Entropía y Supercuerdas

Ficción

Lo supe una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con un bostezo anaranjado sobre los tejados del barrio. Aquiles —así se llama el gato— yacía en el alféizar, con la mirada fija en un punto invisible entre las sombras. Sus bigotes vibraban al ritmo de una sinfonía inaudible para el oído humano, y su cola oscilaba con la precisión de un metrónomo cósmico.

No era un simple movimiento. Cada sacudida parecía alterar la textura misma del aire, como si sus vértices felinos tocaran las membranas del universo. En un vaivén perezoso, retorcía el espacio-tiempo como si fuera un ovillo de lana cuántica. Yo, testigo accidental, vi el resplandor de las dimensiones colapsando sobre sí mismas, y comprendí que la física, tal como la conocíamos, no era más que una distracción menor para mentes con pretensiones.

Aquiles, indiferente a su genio, se estiró con pereza, como si nada de eso importara. Su cola se detuvo. El universo, obediente, volvió a su curso ordinario. Las paredes de la habitación respiraron con alivio. Yo también.

Desde entonces, cada vez que lo veo mover la cola, me pregunto cuántos universos se habrán doblado en silencio, cuántas leyes habrán cambiado de lugar, cuántas realidades posibles se habrán deslizado por el pasillo sin que nos demos cuenta.

Y él, como todos los gatos, sigue sin decir nada. Solo observa. Y mueve la cola.

No lo supe de inmediato. Al principio, era solo un gesto más en su repertorio de silencios: ese vaivén leve, casi imperceptible, con que parecía medir la densidad del aire o ajustar el equilibrio de su mundo interior. Lo observaba desde el rincón del sofá, libro en mano, creyendo ingenuamente que yo era el espectador y él, el objeto. Qué torpeza.

Aquiles —así lo llamé porque me pareció que caminaba como un héroe que hubiera vencido a la muerte— había llegado una noche de invierno, empapado y hambriento, con los ojos como faros de otra galaxia. Nunca entendí de dónde vino, ni por qué eligió mi casa. Quizá yo también emitía algún tipo de frecuencia invisible, una cuerda vibrando débilmente en medio de una sinfonía más grande.

Lo cierto es que su presencia fue cambiando cosas. Al principio, detalles mínimos: el reloj de la cocina empezó a marcar la hora con un desfase leve, como si intentara adaptarse a otro ritmo. Las plantas crecían torcidas hacia donde él dormía. Y mis sueños comenzaron a hablarme en lenguajes que no conocía, pero que sentía que alguna vez había entendido.

Todo giraba en torno a su cola. Cuando la movía, algo pasaba. No me refiero al gesto común de irritación o aburrimiento, no. Era un movimiento preciso, calculado, casi ritual. Una ondulación suave que parecía tejer patrones en el espacio. Había noches en que la movía al compás de la lluvia, y otras en que lo hacía en seco, como quien pulsa una cuerda sin sonido pero con eco. Entonces el aire se curvaba. Lo juro. Las paredes temblaban como un holograma mal proyectado, y yo sentía un tirón, como si estuviera a punto de caer dentro de mí mismo.

Empecé a investigar. Abandoné escritos, redes, trabajo. Me sumergí en tratados de física, mecánica cuántica, teoría de cuerdas, geometrías imposibles. Leí a los antiguos y a los que aún no han nacido, buscando una explicación. Descubrí que la teoría de las supercuerdas propone que todo en el universo, cada partícula, no es sino una vibración diminuta en una cuerda subatómica. Como las cuerdas de un violín tocadas por una voluntad oculta. Entonces entendí: Aquiles no era un gato. O no solo. Era un instrumento, o tal vez el músico.

Una noche, mientras él dormía en espiral junto a mis papeles caóticos, me atreví a tocarle la cola. Apenas un roce. Fue como introducir la mano en un río de antimateria. Me vi multiplicado en infinitas versiones de mí mismo: uno lloraba, otro reía, otro caminaba por una ciudad sin cielos, otro era un pez, otro jamás había nacido. Vi a Aquiles en todas ellas, siempre igual, siempre distinto, siempre moviendo la cola. Me desmayé.

Al despertar, todo parecía normal. Pero había un cuaderno en mi mesa con mi letra que comenzaba con una frase:

«Cuando el gato mueve la cola reinventa la teoría de las supercuerdas.»

Desde entonces, vivo en un estado de vigilia intermitente. No duermo más de lo necesario. Observo. Anoto. Escucho el susurro del universo reacomodándose cada vez que Aquiles mueve la cola, cada vez que, sin saberlo —o sabiéndolo del todo—, redibuja la arquitectura misma de la existencia.

No sé cuánto tiempo más podré sostener esta verdad. A veces pienso que no estoy en mi universo original. Que he sido desplazado sin saberlo. Que cada vez que Aquiles se estira y gira la cola en un gesto distraído, me transporta a otra versión del mundo, similar pero jamás idéntica. Solo él lo sabe. Pero no habla. Solo observa. Y mueve la cola.

Desde que toqué la cola de Aquiles, todo había cambiado. Aunque las paredes seguían en su lugar, aunque el café aún sabía a lo mismo y la radio repetía los viejos noticieros de siempre, yo sabía que había algo… desplazado. Una vibración que antes no estaba allí, como si el universo respirara por otra válvula.

Una noche, mientras revisaba mis notas —algunas escritas con mi letra pero firmadas por alguien llamado “E. Kaonis”, nombre que nunca había usado—, el timbre de la puerta sonó. No era común. Nadie venía a verme. No tenía vecinos curiosos ni amigos espontáneos. La campanilla resonó como un eco de otro plano, y por un momento pensé que solo era otra ilusión más. Pero no lo fue.

Era una mujer. O algo con forma de mujer. Vestía un abrigo azul tan oscuro que absorbía la luz como un pozo, y llevaba un paraguas cerrado, seco, aunque afuera llovía. Sus ojos no eran iguales: uno parecía ser de vidrio, pero se movía. El otro era opaco, como una piedra lunar. Sonrió apenas.

—¿Él está aquí? —preguntó, sin presentarse.

—¿Quién?

—El músico. El que afina el tejido.

Mi estómago se cerró en un nudo. No sabía si correr o invitarla a pasar. Ella entró como si conociera la casa.

Cuando Aquiles la vio, no se inmutó. La reconocía. Se estiró, caminó hasta ella y frotó su cabeza contra su pierna. Ella se inclinó y le habló en una lengua sin vocales. Aquiles respondió con un parpadeo.

—¿Quién es usted? —pregunté al fin, con la voz apenas audible.

—No importa el nombre. En esta versión, soy la segunda nota. La disonancia necesaria. Llevo buscándolos en ochocientos diecisiete planos. Siempre se desvían. Esta vez, tú los hiciste desviar.

—¿Desviar qué?

Ella se acercó a mi mesa, hojeó el cuaderno de notas y alzó una ceja.

—Esto no deberías haberlo escrito. Es peligroso saber antes de ser. Todo lo que crees que estás observando te está observando a ti. Y ahora saben que lo sabes.

Miró a Aquiles.

—¿Ha movido la cola hoy?

Yo asentí. Ella suspiró.

—Entonces el eje está roto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no hay retorno seguro. Cada movimiento altera no solo los posibles futuros, sino los recuerdos de los pasados descartados. Te convertirás en un acumulador de residuos de realidades. Un archivo viviente. Empezarán los desdoblamientos. ¿Ya sueñas con otras versiones de ti?

—Sí… —dije, aterrado.

—Pronto dejarás de saber cuál eres tú realmente.

Ella se dirigió a Aquiles otra vez. Él la miró largamente y luego, sin apuro, volvió al alféizar. Su cola se movió. Una sola vez. Las lámparas titilaron. El aire cambió de sabor.

Yo caí de rodillas, no por dolor, sino por vértigo. Imágenes me atravesaron como flechas de luz: ciudades que no conocía pero reconocía, yo mismo muerto y yo mismo escribiendo desde una celda hecha de cristales líquidos, y en todas las versiones, Aquiles… observando.

La mujer me ayudó a ponerme de pie.

—Aún hay una forma de estabilizar el tejido —dijo—. Pero necesitaré tu ayuda. Y su permiso.

Me miró con gravedad.

—Tendremos que ir a donde empezó todo. Donde Aquiles fue afinado por primera vez.

—¿Dónde es eso?

Ella me tomó del hombro. La habitación se volvió difusa. Afuera, la lluvia caía hacia arriba.

—No está en este mundo.

Cuando dijo “No está en este mundo”, sentí algo rasgarse en el interior de mi conciencia. Como una página arrancada sin cuidado de un libro muy antiguo. Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella ya había extendido el paraguas. Lo abrió dentro de la casa, desafiando todas las supersticiones triviales. Al hacerlo, la habitación cambió.

No desapareció, ni se transformó con un efecto teatral. Fue más sutil. La ventana que daba al callejón ahora daba al vacío. Las paredes comenzaron a desdibujarse, como si fueran bosquejos a lápiz en una hoja que alguien estaba borrando. Sólo el gato y el paraguas parecían completamente definidos.

—No intentes entenderlo —dijo ella—. Los marcos que sostienen la realidad aquí no están hechos para moverse. Pero se mueven igual.

Me tomó de la muñeca. La tela del paraguas se onduló, y al mirar hacia arriba, no vi tela negra, sino un cielo extraño: violeta, lleno de luces flotantes, como medusas cósmicas navegando por un océano sin agua.

Aquiles saltó dentro del paraguas como si fuera su cama favorita. Al tocar el centro con su pata, todo giró. Y caímos.

Desperté en un paisaje imposible. Era un campo extenso, cubierto de un pasto transparente que sonaba al crujir como vidrio molido. El cielo era negro, pero lleno de raíces blancas que se movían lentamente, como neuronas buscando conexiones. En el horizonte había estructuras que no podían haber sido construidas por manos: eran más bien pensamientos solidificados, recuerdos con forma.

Ella estaba de pie junto a mí.

—Bienvenido al nodo origen —dijo—. Aquí fue donde Aquiles aprendió a mover la cola por primera vez.

El gato caminaba delante, guiando, como si supiera el camino. Y quizás lo sabía. Era suyo.

—¿Qué es este lugar?

—Un pliegue entre las dimensiones primarias. Aquí se ensayan los patrones del universo antes de ser desplegados. Los seres que pueden moverse aquí son extremadamente raros. Tú no deberías estar aquí. Pero él… —miró al gato— él te eligió.

—¿Él me trajo?

—Él te creó.

El peso de la frase me dejó sin aire.

—¿Cómo…?

—Aquiles no es un gato. Ni siquiera un ser. Es un algoritmo vivo. Cuando mueve la cola, no lo hace por placer ni por azar. Cada movimiento ajusta las frecuencias fundamentales de la realidad. Pero hubo un error. Una variación en su patrón. Te incluyó.

—¿Me incluyó?

—Sí. Fuiste incorporado a su partitura. No eras parte de este universo, pero ahora estás anclado. Por eso las realidades se alteran. Por eso no sabes cuál de tus versiones es la original. Aquiles te afinó… por accidente. O por curiosidad.

Me costaba hablar.

—¿Entonces no soy real?

—Eres más real que muchos. Porque fuiste elegido.

Mientras caminábamos, el campo de pasto de cristal comenzó a dividirse. Aparecieron espejos flotantes, uno tras otro. En cada uno me vi distinto: con cicatrices, sin ojos, con alas, con edades que nunca tuve. Y en todos los reflejos, Aquiles. Viéndome. Observando. Evaluando.

—Aquí elegiremos una frecuencia estable —dijo ella—. Una donde puedas quedarte. Si lo logras, él dejará de moverse. Y el universo se estabilizará.

—¿Y si no?

Ella me miró.

—Entonces ya no habrá universos. Solo versiones fallidas.

Aquiles se detuvo frente a un portal de luz en forma de espiral. Su cola, quieta. Era hora de entrar. Y elegir quién era yo. O perderlo todo. Cruzamos el portal de espiral. No fue un salto ni un deslizamiento, sino un desvanecerse lento, como si nos desenredáramos de nosotros mismos. El campo de cristales quedó atrás. Entramos a un espacio sin forma, un lugar que no debía ser visto por ojos humanos. Aquí no había tiempo, ni arriba ni abajo. Solo una vibración constante, como el zumbido que queda después del trueno.

Allí estaba ella. La Silenciadora. No tenía cuerpo. O quizás lo tenía, pero cambiaba constantemente, deshaciéndose y rehaciéndose como si no pudiera soportar su propia existencia. No era exactamente un ser. Era una sensación: un frío lento, un olvido activo. El deterioro de todo lo que alguna vez tuvo forma.

La mujer —mi guía— se detuvo. Aquiles también.

—¿Eso es…? —pregunté, sin poder terminar la frase.

—Sí —dijo ella en voz baja—. Es la Entropía. Pero no como la entienden en tu mundo. Aquí tiene conciencia. Sabe que existe. Sabe que la estamos desafiando.

La Entropía habló sin sonido, directamente dentro de mi mente. Su voz era un coro de cosas rotas.

“Todo tiende a mí.
Todo lo que nace, se deshace.
Todo lo que vibra, se cansa.
Y tú… pequeño intervalo entre dos colapsos… ¿crees que puedes evitarme?”

Vi imágenes: un universo que se apaga, galaxias que se deshacen como papel mojado, pensamientos que se marchitan antes de nacer. Y entre todo eso, Aquiles… resistiendo. Su cola, aún quieta.

—Él te desafía —dije, más a mí que a la Entropía.

“Él desafina.”

—¿Por qué le temes? —pregunté, tomando impulso en mi propia duda—. Si todo termina en ti… ¿por qué molestarte en venir?

La Entropía no respondió. Pero sentí que se agitaba. Como si no hubiera esperado esa pregunta.

Entonces, la mujer habló.

—La Entropía no es solo el fin. Es la corrección. Odia a Aquiles porque él es anomalía, singularidad. Porque cada vez que mueve la cola, extiende el juego. Agrega variaciones. Y lo insoportable para la Entropía no es el caos. Es la música.

Aquiles dio un paso al frente. Su cola se alzó. Y comenzó a moverse. No era un movimiento simple. Era una danza. Una sinfonía hecha de gestos mínimos, como una partitura escrita en el aire. Con cada curva, el espacio alrededor se reorganizaba. Nacían estructuras. Se formaban posibilidades.

La Entropía gritó sin boca. El espacio se llenó de oscuridad líquida.

Y entonces vi lo que Aquiles realmente era: no un gato, sino una partitura encarnada. Cada hebra de su cola era una cuerda fundamental del universo. Su andar, la notación de una sinfonía eterna. Y yo, al haberlo tocado, era parte de ella ahora.

—Debes elegir —dijo la mujer—. Puedes fundirte con la Entropía. Convertirte en olvido. En final. O puedes unirte a Aquiles. Ser nota. Ser intervalo. Ser lucha.

Yo vi a la Silenciadora. Sentí su llamada. Era tentadora. No más duda, no más miedo. Solo… terminar.

Pero entonces Aquiles me miró. Solo una vez. Y su cola hizo una curva como una firma en el aire. Elegí. Dije su nombre. No el que le di, sino el verdadero. Aquél que resonaba en la vibración misma del tejido. Y en ese instante, el universo cantó. Un solo acorde. Perfecto. Y terrible.

Desperté en el sofá. La luz entraba a raudales por la ventana, de ese modo oblicuo y cálido que solo ocurre una vez al día, cuando el sol parece dudar si quedarse o irse. La casa estaba en silencio. No había pasto de cristal, ni portales, ni estructuras imposibles. Solo mi mesa de siempre, mi taza fría, y un cuaderno lleno de garabatos incoherentes.

Me llevé una mano a la frente. Sudaba. Sentía la boca seca, como si hubiera gritado durante siglos. Traté de recordar todo, pero los detalles huían de mí como humo entre los dedos. Tenía imágenes, sí: una mujer con un paraguas, un campo imposible, un gato que no era un gato… pero todo eso sonaba ahora como un eco de otro yo. ¿Un sueño? ¿Una alucinación inducida por el insomnio, la lectura obsesiva, la soledad?

Entonces lo vi. Aquiles, dormido en el alféizar. Tan real, tan corriente. Respiraba lento, en paz. Pero había algo en su forma —en la curva leve de su cola— que me hizo dudar. Como si aún estuviera escribiendo una partitura en el aire. Como si aún tejiera sin que yo pudiera escucharlo.

Me levanté, tambaleante, y caminé hacia él. No hizo ningún gesto, salvo entreabrir un ojo perezoso para mirarme. Un ojo inmenso, negro, sereno. Y luego… cerrarlo otra vez. Sobre la mesa, el cuaderno seguía abierto. No recordaba haber escrito esa página.

“La entropía canta en todo lo que termina.
Pero Aquiles… Aquiles compone lo que no debe existir.
Y a veces, solo a veces, el universo escucha.”

Lo cerré. No sabía si era mía la letra, o si alguna versión de mí lo había escrito. Me dirigí a la cocina, puse agua para el café, e intenté no pensar demasiado. Pero, al pasar frente al espejo, me detuve. Algo en mi reflejo estaba… mal. No de forma obvia. Nada monstruoso, nada imposible. Solo… una sutileza. La manera en que mi reflejo respiraba con un leve retardo. Una demora de un segundo. Como si estuviera esperando una instrucción. O una señal. Volví la mirada hacia el alféizar. La cola de Aquiles se movió. Una vez. Y el aire pareció susurrar.

Los fantasmas del aire

Ficción

Andaba sola por la ciudad, como si el aire mismo susurrara oraciones antiguas que sólo los pájaros y los sacerdotes olvidados podían comprender. Era una tarde roja, florida de humo y de plagas, y cada paso que daba resonaba como un eco en una estancia donde alguna vez se celebró una boda de oro, ahora mortalmente vacía.

En el fondo de mi pensamiento, ardo. No sé si por la injusticia, por el cansancio, o porque me he estado acostumbrando al riesgo como quien se acostumbra a los cacharros rotos de una casa vieja, donde hasta el satén se ha vuelto áspero. Bebían los visionarios en las esquinas, hablando de eternidad y de fatalidades lícitas, mientras yo, esclava de apetitos que no eran míos, suspiraba por delicias que había dejado atrás.

«No pienses, vuela», me decía una voz, tal vez la de un filósofo francés, tal vez un fantasma. Pero yo pensaba. Pensaba en lo que querría decirle a esa Angélica de otras partes, la que fui, la que oigo aún cuando todo calla: «Ejercítate en el arte de eludir las hechicerías de lo sensible, porque cuanto más dependas de ellas, más caerás».

Había quienes se apostaban en las puertas como si fueran sacerdotes del abandono. Me enfada pensar en tales avaros del alma, tan necios, tan tranquilos en su sobriedad forzada. Porque yo sé que no es sobrio quien no ha conocido la embriaguez de la pérdida.

En ese lugar, donde se veían pinturas desgastadas por los diluvios y se recogían evidencias de amores enterrados como tumbas, todo parecía prepararse para un nuevo ataque del tiempo. Yo misma, borracha de tanto decir, había dejado partes de mí esparcidas por el suelo como si fueran restos de un rebaño disuelto.

Y sin embargo, en medio de tanto olvido, en medio de la ciudad vencida, hubo un momento en que me incorporé. Porque aunque no es lícito abandonar lo bueno por miedo a la caída, a veces caeré… y está bien. Algunos vuelan, otros se quedan, pero todos necesitamos ese lugar donde los fantasmas sean leves y las oraciones tengan sentido.

Piensa esto: incluso en la injusticia, incluso en la tumba, incluso en el fondo más hondo de tu cansancio, si escuchas con atención, oirás —muy quedo— que no estás sola.

LangChain (Cadena de idiomas)

No ficción

Proporciona herramientas y abstracciones para facilitar la integración de LLM en diversas aplicaciones, como chatbots y herramientas de análisis de datos, centrándose en la gestión de complejidades como la ingeniería de avisos, la selección de modelos y el manejo de respuestas. LangChain es particularmente útil para los desarrolladores que buscan crear aplicaciones sofisticadas que requieren comprensión del lenguaje natural y capacidades de generación.

LangChain: La alquimia de las palabras en la era de los lenguajes vivos

Imagina una fábrica invisible donde las ideas, los datos y las emociones se funden en un crisol de neuronas artificiales. Eso es LangChain: no un simple marco de programación, sino una forja de pensamientos sintéticos, un tejedor de realidades lingüísticas que estira los límites de la inteligencia como si fueran plastilina cósmica.

LangChain nace como respuesta a una necesidad urgente: domar la potencia salvaje de los modelos de lenguaje grande (LLMs) y convertir su caos en herramientas útiles, coherentes y, sobre todo, orquestadas. ¿Cómo? Con hilos invisibles —chains, cadenas— que entrelazan tareas, memorias, bases de datos, APIs y sistemas de razonamiento como si fueran marionetas danzando al ritmo de una mente maestra.

Aquí no se trata de preguntarle cosas a una IA como quien lanza una botella al mar. No. Aquí diseñamos circuitos de pensamiento, arquitecturas dinámicas que permiten a las inteligencias artificiales no solo responder, sino recordar, razonar, decidir y actuar. LangChain construye, en suma, agentes: seres digitales capaces de navegar sistemas complejos como Ulises navegaba entre cíclopes y sirenas.

¿Qué diablos hace tan especial a LangChain?

  • Cadena de acciones: Como si fueran cuentas en un rosario de silicio, puedes encadenar llamadas a LLMs, transformaciones de datos, interacciones con bases de conocimiento o incluso decisiones autónomas. Cada eslabón alimenta al siguiente.
  • Memoria persistente: ¿Recuerdas cuando las IA eran como peces dorados, olvidándolo todo al instante? LangChain mete en su mochila la memoria corta, larga y episódica, permitiendo construir conversaciones que evolucionan en el tiempo como personajes de una novela rabelesiana.
  • Agentes inteligentes: No son floreros decorativos. Son entidades que consultan herramientas externas, toman decisiones estratégicas y adaptan su comportamiento. Una especie de sherpas digitales, capaces de orientarte en el Himalaya de la información.
  • Integraciones sin anestesia: SQL, Pinecone, OpenAI, Hugging Face, Google Search… LangChain se enchufa a cualquier fuente de saber como una raíz sedienta buscando agua subterránea.

¿Quién debería interesarse por este conjuro de circuitos y palabras?

Cualquiera que aspire a construir sistemas de IA no triviales: asistentes conversacionales que parezcan tener alma, motores de recomendación que entiendan matices, exploradores de datos que cabalguen océanos de información sin naufragar. LangChain es para creadores de artefactos inteligentes, alquimistas de la nueva era, arquitectos de sueños mecánicos.

¿Hacia dónde va todo esto?

La dirección es clara: hacia un mundo donde los agentes digitales dejen de ser meras máquinas de respuestas para convertirse en compañeros de pensamiento, colaboradores creativos y exploradores autónomos de realidades alternativas.

En este escenario de futuro incandescente, LangChain es la llave maestra, el bisturí de luz, la imprenta del siglo XXI para los sistemas inteligentes.

Quien entienda LangChain no programa: esculpe inteligencias.

Niña de la desolación en Gaza

No ficción

En medio de la desolación, la niña se erige como un eco silencioso de la resistencia, un verso perdido en la sinfonía rota de la ciudad. Su figura menuda, contornos de esperanza en una paleta de desesperación, se yergue como un lamento callado entre las ruinas.

En sus ojos, la travesía de los tiempos oscuros, un reflejo de estrellas desterradas, buscando su propio camino a través del humo y la sombra. Sus pies descalzos tocan la tierra herida, absorben la memoria de las calles que antes resonaban con risas infantiles, ahora ahogadas por el estruendo de la tragedia.

La polvorienta vestimenta que la envuelve se convierte en el estandarte de una resistencia que no cede ante el tiempo, una armadura frágil pero indestructible que lleva impresa la historia en cada hilo desgastado. Sus manos, pequeñas y firmes, sostienen la fragilidad de la vida en este teatro de desolación.

La mirada de la niña, un faro de determinación perdido en un horizonte de desesperanza, se proyecta hacia el futuro incierto. Un susurro de sueños olvidados danza en su mirar, desafiando a la desolación que la rodea. Su cabello, un río de ébano, fluye como un tributo a la libertad que aún persiste en los corazones, a pesar de la opresión de los escombros.

En este paisaje desgarrado, la niña se convierte en la musa de la resistencia, la poesía que emerge de las grietas del caos. Es el verso clandestino que se escribe con la tinta de la supervivencia, una promesa en el eco de la destrucción. En su soledad, se forja la epopeya de un renacimiento que desafía el silencio de la guerra, un eco que resonará en las páginas que la historia aún no ha escrito.

Ramón Gómez de la Serna y la Greguería

No ficción

Las fuentes coinciden en señalar a Ramón Gómez de la Serna como el creador del género literario conocido como greguería…. Se considera que fue él quien «desveló y la hizo evidente ante todos, presentándola en sociedad».

Gómez de la Serna definió la greguería de forma concisa como la resultante de la siguiente fórmula: «humorismo + metáfora = greguería»…. Para él, una greguería era una «sentencia ingeniosa y en general breve que surge de un choque casual entre el pensamiento y la realidad»….

El propio Ramón Gómez de la Serna ofreció una visión del origen de la greguería, describiéndola como algo que «nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, frasco por frasco, y los mezclé, surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su disolución radical, la greguería». Él consideraba la greguería como «la flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que resiste todo».

A pesar de reconocer ciertos antecedentes y antecesores en autores como Luciano de Samosata, Horacio, Shakespeare, Lope de Vega, Quevedo o Jules Renard…, Gómez de la Serna es quien les dio forma y nombre al género, estableciendo sus características y consolidándolas como una forma literaria independiente. Se destaca que, aunque otros autores practicaron formas de expresión con similitudes, fue Ramón quien singularizó la greguería.

Gómez de la Serna dedicó una parte significativa de su vida a la difusión de la greguería como género literario, cultivándola de manera asidua en secciones fijas de periódicos y publicando diversas ediciones de sus greguerías a lo largo de su vida literaria, entre 1917 y 1962…. Su obra en general es descrita como extensa y variada…, incluyendo biografías, artículos críticos, obras teatrales, novelas, cuentos y relatos.

Ramón Gómez de la Serna es caracterizado como un artista «curioso» con una curiosidad insaciable, un escritor adelantado a su época, polémico y fuera de lo común, y una figura clave del Novecentismo español, así como uno de los introductores de la Vanguardia Literaria en España. Su vida y obra se consideran una muestra de ruptura contra las convenciones establecidas. Su creación más conocida y reconocida es precisamente la greguería, descrita como un género completamente nuevo y lúdico.

En resumen, las fuentes son claras en atribuir la creación y definición de la greguería a Ramón Gómez de la Serna. Él no solo identificó una forma de expresión latente, sino que la bautizó, la definió con su fórmula característica y la promovió activamente a lo largo de su prolífica carrera literaria, marcando un hito en la literatura española de vanguardia.

Soy Vargas, Antonio Vargas

Ficción

Vine al mundo hace ya casi cincuenta años en un club de Kansas City. Mis padres fueron dos auténticos desconocidos. De hecho nunca me enteré de quiénes eran. Un saxofón y una trompeta se hicieron cargo de mí. Siempre me gustó pensar que fueron el del gran Charlie Parker y la del bueno de Gillespie. Lo bien cierto es que lo único que heredé de ellos fue una sordera incurable y una morbosa atracción por los pentagramas vacíos. Detesto a los poetas y a los músicos, los unos por prescindibles, los otros por cretinos. No se me conoce ocupación remunerada. El mejor día de mi vida lo tengo asociado a un paseo bajo la lluvia una tarde de domingo en la que recorrí mi ciudad borracho. Recuerdo que en el último bar, el de los Pérez Brothers, una generosa mujer le arrimaba a su pequeño vástago dos domingas rotundas que nunca he olvidado. Cuántas veces mis sueños han bebido de esa leche imposible.

Desde el centro de lo lejos

Ficción

En este lugar sin nombre, donde sólo corre el viento, en este solar sin adjetivos, olvido de las lluvias estación a estación, la tierra más amante de lo pleno, contemplada desde su inmenso centro, es cabal desdicha de la distancia.
Aliento tras aliento veo perecer sus huesos a la sombra, sin pronunciar palabra, resecada la boca, como un cadáver ya verdadero.
Y aún quiere amar la vida. Tal vez mañana soñará himeneos de estrellas, pero él está en el centro, en el mismísimo centro de lo lejos.

SOLVE ET COAGULA

Ficción

El polvo del espíritu se coagula,
Dejando sitio
A la purpúrea noche.
El espíritu del polvo se disuelve
En el complaciente
Infinito de los días.
Mujer de ébano,
Entre luces y sombras,
Se adormece sobre
Las rastreras raíces
De una higuera seca y muerta.
Caen los sueños
Como lluvia de otoño
Sobre la pútrida hojarasca.
De su boca infectada chorrean
Espumarajos purulentos
Y ponzoñosos
De sangre verdinegra.
Se ha dormido la eterna juventud
Como una oruga irisada y macilenta.
El ruido de las olas
Llega como un susurro
De pétalos caídos.

Nefastissimus

Poesía

guadaña que le alarga
de regalo forzoso
sobre el héroe primero
qué hacer con lo que vivo?
ley rige el cruel tablero
labor será quimera
me rodea su presencia
la orilla que sutura
dudando en el alero
que todavía excitada
alegre pulse un verso
la lluvia no era suave
a las esferas del seis
viste letal esencia
lo que me estás pidiendo
al muro encaramada
ensalza al que se inclina
miradas de serpiente
sólo quedó poesía
como duna que emerge
desteje incertidumbres
por nácar irisado
de fraterna indolencia
de los carros ajenos
acaso es el destino
por todo su dinero
como labio ligero
por los pelos aferra
publicamos primero
infunde nuevo fuero
con labia laborable
mas tus deseos no valen
se extiende el derrotero
oculto en la sentina
extraiganle a los mares
bella hasta en la demencia
porque en lo impropio nada
de ti me ha hecho sincero
de la rabia indomable
sangre que se detiene
de unidad, qué profunda
o tú o lo venidero
pezones de estricnina
si sólo fuera helada
viles o repelentes
alusión a la fiebre
no inventó la carencia
del estado latente
memoria que imagina
amarga piel besada
madre tan submarina
el malestar hechizo
dando un sentido nuevo
que primero recuerde
hermano que ama a hermano
alarga un huso ausente
el pan que no germina
en franca disciplina
hay que darle en el pecho
lo distinto es hermoso
solo en las negaciones
no está en venta el paisaje
atroces días mudos
sonriendo indulgente
más no se difumina
mis sueños de clemencia
cabeza es espantosa
tornase en aguacero
por paradoja, el río
haciéndome a mí pobre
cabeza que, postrera
bullente el hormiguero
agonizan muchachos
de los oscuros tiempos
reverdece en afluente
mayo, dolor, morfina
la gota suspendida
también piel insurgente
nuestros sueños imberbes
linde o flujo voraz
imposible aguacero
nuestros sueños deciden
la luz que ríe y declina
límite, umbral, paso postrero
latente en la neblina
por nuevo derrotero
rodeada de ausencia
quiero que ya lo sepas
me pregunto intrigado
su figura esplendente
bajo un cielo infinito
mi casa silenciosa
conjugando los verbos
por qué se equivocaba
el alma ya es certera
no corran por las playas
hasta en el desespero
que avanza cual la sed
con gurús sin solvencia
buscaba en sus calores
tus labios que se cierran
por huir de lo adyacente
la fuente que bebiste
que al fin estalla el gesto
en similar secuencia
en el gran laberinto
tenebrosa conciencia
que jamás se termina
agotó mi paciencia
con más fiebre termina
mezclándose en tus venas
pateras y decencia
libre y vital me hermano
todo texto indolente
con rigor que se instala
la ecuación sea servida
acercarse, con prisa
tan fugaz cual esquina
un temblor que se inicia
da pie a la disidencia
sangre que riega el torso
radical risa alpina
de cuerpo lastimero
criatura más salvaje
el ritmo de las olas
materia o carne muerta
se encara codiciosa
por temor al intruso
lo que en ti más quiero
con manto de guerrero
sube por la pendiente
igual que una pechina
hallé solo su inquina
llega el común hastío
si tanto la quería
esparce el fruto amargo
lo que de ti más quiero
sangre que niega al corso
que todavía conservo
acaso es el damero
beneficencia ciega
y un orgasmo truncado
como siempre dañina
agotada la ciencia
ingente y laborioso
del tarro nunca abierto
tras quienes les dominan
o indiferente o bella
deviene la conciencia
el hundido rebaño
agostó mi potencia
cometió con esmero
ofensa se contagia
demandando obediencia
por las fiestas Lunares
un alma tan mezquina
pues ella enfrenta al sol
por qué no yace entera
huyen vanos y alados
en forma de aguacero
de semblante inocente

Enero

Ficción

Descúbreme, mi única conexión es la palabra.
Tu mirada me dejó sin aliento.
Qué inútil decir adiós a los que ya no escuchan.
Las estrellas son fango donde hundir la mirada.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Soy sonoro silencio que incendió tu mirada. Mis cenizas volaron cabalgando los vientos para buscar el aire que respiraste hoy.
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
El precio del amor es el infierno.
Mi amor estará pensando en mi…
Sin pasión ¿qué puede quedar en pie en nuestras ruinas?
Pasaron las nubes como pasa el olvido.
No quiero sentirlo, lo siento sin querer.
No me sigas, amor… yo voy a todas partes para perderte.
¿Cuánto rinden mis sueños en el banco de tu realidad?
Mis lágrimas quieren escribirse en tu corazón.
Para amarte están las nubes hoy así.
El tiempo es estar a más de una mirada de ti.
La distancia es estar a más de diez labios de mi.
Hay delirio en tus labios, hay locura en mi cuerpo, vayamos al veneno ahora.
Te he raptado tantas veces con mi pensamiento… Y tú sin enterarte.
La ciudad en que nos conocimos era un mito. Por eso jamás te encontré.
Ves la gacela y tras ella un cazador. Desarmado serás mío.
No me sigas, amor… Yo voy a todas partes para perderme.
Busco un amor incondicional. ¿Hay uno así?
El destino te ha traído hasta mi. No juegues con el destino.
No me sigas si no esperas un gran amor en tu vida.
Eres el mejor presagio de una gran tormenta.
Las pestañas se hicieron para volar en tu mirada.
Al fin me encontré en el doble cielo de tus ojos.
Me atravesó la rapsodia en azul de tu mirada.
La música de tu corazón es el jazz de mis latidos.
Cada día saco brillo a tus labios.
No hay fracaso para el que regala amor.
Llenaré mis manos de tu cuerpo.
Guardo mi corazón para el que viva por él.
Tu aliento funde mi cuerpo.
Buenas noches a todos los que hoy me amaron con un click.
Cambio un amor por tu cielo de bolsillo.
Las corcheas al borde del abismo: veneno en tus labios, venus de ébano, ni el aire, ni las hojas arpa de lluvia, son reflejo de otro lado.
Luces de muñecas rusas entre tus labios. Cuajada celeste, la noche del oráculo es nieve y agua.