Soy Vargas, Antonio Vargas

Ficción

Vine al mundo hace ya casi cincuenta años en un club de Kansas City. Mis padres fueron dos auténticos desconocidos. De hecho nunca me enteré de quiénes eran. Un saxofón y una trompeta se hicieron cargo de mí. Siempre me gustó pensar que fueron el del gran Charlie Parker y la del bueno de Gillespie. Lo bien cierto es que lo único que heredé de ellos fue una sordera incurable y una morbosa atracción por los pentagramas vacíos. Detesto a los poetas y a los músicos, los unos por prescindibles, los otros por cretinos. No se me conoce ocupación remunerada. El mejor día de mi vida lo tengo asociado a un paseo bajo la lluvia una tarde de domingo en la que recorrí mi ciudad borracho. Recuerdo que en el último bar, el de los Pérez Brothers, una generosa mujer le arrimaba a su pequeño vástago dos domingas rotundas que nunca he olvidado. Cuántas veces mis sueños han bebido de esa leche imposible.

Vargas vuelve

Ficción

Caminábamos mi amigo Ahasvero y yo por los tuétanos de la noche, cuando hete aquí que, movido por la amistad y el entusiasmo, empecé a declamarle los pomposos versos de un pésimo y ferruginoso poeta a dos lascivas lamias que se pusieron inmediatamente cachondas al son de tan apestosos sonetos. Juro, desde ahora, considerar algo más a los poetas aunque sólo sean como engrasadores de los calenturientos sótanos de las hijas de la noche. ¿Verdad, primo?