¿Has oído hablar de las greguerías?

Poesía

Son una forma literaria única y fascinante que se originó en España a principios del siglo XX. La palabra «greguería» proviene del español «gregario», que significa «plebeyo» o «persona común». En esencia, una greguería es una frase ingeniosa y a menudo surrealista que combina dos ideas no relacionadas de manera inteligente e inesperada. Son como poemas en miniatura o aforismos que juegan con el lenguaje y la perspectiva. El inventor de las greguerías fue el escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien escribió miles de ellas a lo largo de su carrera. Hoy en día, las greguerías siguen siendo populares en España y América Latina, e incluso han inspirado a escritores de otros idiomas a crear sus propias versiones. Si te gustan los juegos de palabras, el humor o simplemente la escritura creativa, vale la pena descubrir las greguerías.

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¿Qué son las greguerías?

Las greguerías son una forma literaria que consiste en una frase ingeniosa y sorprendente que combina dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa. A menudo se les compara con los aforismos o los haikus, pero tienen un estilo y una estructura únicos. El objetivo de una greguería es sorprender al lector con una idea ingeniosa que, aunque aparentemente extraña, tiene un cierto sentido de verdad.

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Historia de las greguerías

Las greguerías fueron inventadas por el escritor español Ramón Gómez de la Serna en la década de 1910. Gómez de la Serna escribió miles de greguerías a lo largo de su carrera, y su obra fue muy influyente en la literatura española de la época. Además de ser un escritor prolífico, Gómez de la Serna también era conocido por ser un personaje excéntrico y extravagante. Fue un gran defensor del arte moderno y una figura clave en la vanguardia literaria y artística de España en la primera mitad del siglo XX.

Escritores famosos de greguerías

Además de Ramón Gómez de la Serna, muchos otros escritores españoles y latinoamericanos han experimentado con las greguerías a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentran Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, y Julio Cortázar, entre otros. También ha habido escritores de otros idiomas que han sido influenciados por las greguerías, como el escritor francés Raymond Queneau, quien creó una forma literaria similar llamada «centón».

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Características de las greguerías

Las greguerías tienen algunas características distintivas que las hacen diferentes de otras formas literarias. Por ejemplo, a menudo son breves y concisas, pero también pueden ser muy poéticas. También se caracterizan por su ingenio y su capacidad para combinar dos ideas de manera sorprendente. Las greguerías también pueden ser surrealistas o absurdas, pero siempre tienen un cierto sentido de verdad o realidad.

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Ejemplos de greguerías

Aquí hay algunos ejemplos de greguerías para que puedas ver cómo funcionan en la práctica:

  • «El reloj es un cangrejo que camina hacia la muerte»
  • «El pelo es la antena que recibe las ondas de la belleza»
  • «La luna es una uña rota en el dedo del cielo»

Cómo escribir tus propias greguerías

Escribir greguerías puede ser un ejercicio divertido y desafiante para cualquier persona interesada en la escritura creativa. Para escribir una buena greguería, debes combinar dos ideas aparentemente no relacionadas de manera ingeniosa y sorprendente. También es importante tener en cuenta que las greguerías deben ser breves y concisas, pero también poéticas. Aquí hay algunos consejos para escribir tus propias greguerías:

  • Piensa en dos ideas que no tengan relación aparente entre sí.
  • Juega con el lenguaje y busca conexiones ingeniosas entre las dos ideas.
  • Trata de encontrar un sentido de verdad o realidad en la frase resultante.
  • Asegúrate de que la greguería sea breve y concisa, pero también poética.

Beneficios de leer y escribir greguerías

Leer y escribir greguerías puede tener varios beneficios creativos y cognitivos. Por un lado, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu creatividad y habilidades literarias. También pueden ser una forma divertida de jugar con el lenguaje y explorar nuevas formas de expresión. Además, las greguerías pueden ayudarte a desarrollar tu capacidad para encontrar conexiones entre ideas aparentemente no relacionadas, lo que puede ser útil en muchos aspectos de la vida.

Greguerías versus otras formas de poesía

Si bien las greguerías se comparan a menudo con los aforismos o los haikus, tienen algunas diferencias importantes. Por ejemplo, las greguerías tienden a ser más surrealistas y absurdas que los aforismos, pero también tienen un cierto sentido de verdad o realidad. También son más breves y concisas que los haikus, pero a menudo más poéticas. En general, las greguerías son una forma literaria única y fascinante que vale la pena explorar por sí misma.

Recursos para aprender más sobre las greguerías

Si estás interesado en aprender más sobre las greguerías, hay muchos recursos disponibles en línea y en la biblioteca. Algunos libros que puedes consultar son «Greguerías» de Ramón Gómez de la Serna, «Greguerías selectas» de Miguel Mihura, y «Greguerías ilustradas» de Ricardo Gómez. También hay muchos sitios web y blogs dedicados a las greguerías, donde puedes encontrar ejemplos, consejos y recursos adicionales.

Ejemplos

Las greguerías onduladas son como olas poéticas que se deslizan por la playa de la imaginación

El tiempo es un acordeón cósmico que estira y encoge la melodía de nuestras vidas.

Los sueños son mariposas que revolotean en el jardín de la mente y se posan delicadamente en nuestras pestañas.

Las palabras son hilos invisibles que tejen las telarañas de la comunicación, atrapando pensamientos en su danza etérea.

Los pensamientos fluyen como ríos en constante movimiento, erosionando las piedras de la ignorancia a su paso.

El corazón es un reloj de arena que derrama sus emociones con cada latido, dejando un rastro de memorias en la arena del tiempo.

Las miradas son rayos de sol que iluminan el paisaje de las almas, creando sombras y reflejos en cada interacción.

El silencio es una paleta de colores que pinta paisajes emocionales, donde los tonos suaves revelan secretos profundos.

Los suspiros son cometas en el cielo del alma, despegando con anhelos y aterrizando con susurros de nostalgia.

Las nubes son esculturas de algodón que el viento esculpe en un lienzo azul, narrando historias efímeras.

El mar es un espejo gigante que refleja el cielo, uniendo dos infinitudes en un abrazo eterno.

Los recuerdos son burbujas de jabón que flotan en el aire del pasado, frágiles y hermosas en su efímera existencia.

Las estrellas son luciérnagas cósmicas que titilan en la bóveda nocturna, guiándonos con su luz intermitente.

El amor es un laberinto de emociones enredadas, donde cada esquina esconde una sorpresa, y cada camino lleva a nuevas experiencias.

En las greguerías onduladas, la imaginación y la creatividad fluyen como olas que acarician la playa de las palabras, creando imágenes inusuales y bellos destellos poéticos. ¡Surfea en este mar de ideas y déjate llevar por su magia!


La luna es la uña plateada de una gigante celestial que rasca el cielo nocturno

La luna es el farol del universo, guiando a los viajeros perdidos en la inmensidad del cosmos.

La luna es la perla solitaria que adorna el collar negro del cielo estrellado.

La luna es el espejo de los sueños, reflejando nuestras esperanzas y anhelos en su superficie brillante.

La luna es la lágrima de una diosa enamorada que llora su amor por el sol ausente.

La luna es una cuchara de plata que remueve la sopa de las mareas en el océano de la noche.

La luna es el faro de los amantes, iluminando su camino en la oscuridad romántica.

La luna es un reloj de arena cósmico, midiendo el tiempo de los sueños mientras dormimos.

La luna es una sonrisa tímida que se asoma entre las nubes, regalándonos su resplandor nocturno.

La luna es un ojo curioso que observa desde lo alto los secretos de la Tierra.

La luna es el espejo mágico de los cuentos de hadas, reflejando mundos misteriosos y fantásticos.

La luna es un lienzo en blanco donde los poetas pintan versos con la tinta de la inspiración.

La luna es una mariposa nocturna que despliega sus alas luminosas en el firmamento estrellado.

En las greguerías sobre la luna, la poesía y la fantasía se entrelazan para capturar la belleza y el misterio de nuestro brillante satélite. Sus formas cambiantes y su presencia en el cielo nocturno inspiran imágenes sorprendentes y evocadoras que despiertan la imaginación.


Las ondas de radio son susurros del espacio que viajan en la velocidad del pensamiento

Las ondas de radio son como mensajes en una botella cósmica, lanzados al vasto océano del universo.

Las ondas de radio son bailarinas invisibles que atraviesan el éter con elegancia y gracia.

Las ondas de radio son puentes de comunicación que unen mundos distantes en un abrazo electromagnético.

Las ondas de radio son las melodías del universo, transmitiendo sus notas ocultas entre el ruido cósmico.

Las ondas de radio son como los ecos del tiempo, llevando consigo la historia de civilizaciones pasadas y presentes.

Las ondas de radio son pintores que crean paisajes sonoros en el lienzo del espacio.

Las ondas de radio son mensajeros cósmicos que llevan noticias desde las estrellas más lejanas.

Las ondas de radio son las cartas de amor del cosmos, escritas con luz invisible para todos aquellos que las sintonizan.

Las ondas de radio son como las corrientes del océano cósmico, conectando galaxias y sistemas solares en una danza cósmica.

Las ondas de radio son antenas invisibles que capturan los secretos del universo y los traducen en conocimiento humano.

Las ondas de radio son como huellas dactilares del espacio, dejando marcas únicas que nos permiten rastrear los rumbos del tiempo.

Las ondas de radio son destellos de luz en el éter oscuro, guiando nuestras exploraciones más allá de las fronteras terrestres.

Las greguerías sobre las ondas de radio capturan la esencia misteriosa y fascinante de estas formas de energía que nos permiten conectarnos con el universo y explorar sus secretos más profundos. Desde su papel en la comunicación hasta su uso en la astronomía y la exploración espacial, las ondas de radio nos invitan a reflexionar sobre nuestro lugar en el vasto cosmos.

Las greguerías son una forma literaria única y fascinante que combina ingeniosamente dos ideas aparentemente no relacionadas. Aunque se originaron en España a principios del siglo XX, las greguerías siguen siendo populares en todo el mundo y han inspirado a muchos escritores de otros idiomas. Si te interesa la escritura creativa o simplemente quieres explorar nuevas formas de expresión, las greguerías son una forma divertida y desafiante de hacerlo.

Fastissimus diebus

Ficción

En San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.

Nadie supo quién dio la orden.

A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.

—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.

Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.

El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.

Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.

Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.

Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.

El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.

—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.

—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.

—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.

—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.

A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.

Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.

Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.

Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.

Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.

Oyó el mar.

Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.

Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.

—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.

Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.

En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.

—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.

—Porque no sé adónde voy.

—Todos saben adónde van.

—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?

La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.

—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.

Isidoro se sentó a su lado.

La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.

—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.

El hombre cerró los ojos.

Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.

Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.

Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.

La niña le tendió la muñeca sin rostro.

—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.

—¿Y cómo se llega?

—Despacio.

Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.

Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.

Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.

—Vengo a recuperar un día.

—¿Cuál?

—El día que perdí a mi hermano.

El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.

—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.

—Era una tarde de agosto. Había amapolas.

El guardia suspiró.

—Las tardes de agosto son muy caras.

—No tengo dinero.

—Entonces no tiene tiempo.

Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.

—Tengo esto.

El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.

—¿De dónde lo ha sacado?

—De mi abuelo.

—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.

Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.

El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.

Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.

Lo abrió.

Y el mundo se detuvo.

El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.

En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.

Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.

Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.

Se sentó en la hierba.

Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.

—Has tardado mucho —dijo el niño.

—Lo sé.

—¿Te quedas?

Isidoro lloró sin hacer ruido.

—Me quedo.

Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.

Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.

Isidoro cerró el frasco.

No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.

Después rompió el reloj contra el suelo.

El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.

Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.

En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.

Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.

Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.

Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.

En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:

Fastissimus diebus.

Los días velocísimos.

Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:

No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.

Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.

Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.

Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.

JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

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