Yo soy cristiano viejo, sólo me dejo impresionar por las vírgenes.
viejo
La estatua de mi abuela
Ficción«Confundí una farola con la estatua de negrito de mi abuela.»
En la penumbra anaranjada de la calle, entre el susurro de las hojas secas que arrastraba el viento, creí haberla visto. Ahí estaba, con su postura inmutable y la sonrisa apenas insinuada, como cuando lo hallaba en la esquina del jardín de mi abuela. La negrita de hierro fundido, con su bandeja diminuta que alguna vez sostenía dulces pegajosos o monedas herrumbradas. Me acerqué con sigilo, arrastrado por una mezcla de ternura y desconcierto.
Las farolas alineadas en la acera se desdibujaban como testigos mudos, pero aquel bulto oscuro, bañado por la luz trémula de la lámpara de sodio, tenía algo distinto. No podía ser una farola. La curvatura de su sombrero, el reflejo del metal viejo y liso… hasta parecía que llevaba puesta aquella pátina de otoños repetidos que yo conocía bien. Mis dedos se extendieron, temblorosos, y el frío del hierro me devolvió a una infancia donde los veranos eran eternos y el tiempo se filtraba perezoso entre las sombras del naranjo.
El viento arreció, y de pronto la farola recobró su forma real, alzada sobre mí con su tallo largo y recto, inamovible en su función de iluminar sin asombro. Retrocedí, desconcertado, mientras la noche volvía a cerrarse en torno a mis pasos. Pero el eco de aquella confusión persistía en mi pecho, como si por un instante breve y fugaz, la farola hubiese aceptado encarnar la figura perdida de mi memoria.
¡Confundir una farola con la estatua de negrita que tenía mi abuela!
Receta de la greguería
FicciónPara hacer una greguería lea con mirada de cartero…
Para hacer una greguería, léala con mirada de cartero. Esta era la filosofía de Don Ernesto, un escritor excéntrico que vivía en el último piso de un antiguo edificio en el corazón de la ciudad. Don Ernesto, de cabello desaliñado y anteojos gruesos, se había ganado la reputación de ser un maestro de la greguería, un género literario que él mismo había perfeccionado.
Cada mañana, antes de que el sol iluminara las estrechas calles adoquinadas, Don Ernesto se dirigía al viejo buzón de correos al final de la acera. Vestía su bata de casa, un sombrero raído y zapatillas desgastadas, dándole la apariencia de un auténtico cartero de antaño. Iba allí a recoger su correspondencia matutina, aunque en realidad, el buzón estaba vacío.
Para él, esos paseos matutinos eran cruciales. Sostenía su respiración, observando los detalles más insignificantes a su alrededor. Veía los adoquines desgastados por los años y las sombras que se alargaban mientras el día despertaba. Escuchaba el suave murmullo de los vecinos que comenzaban a despertar y el susurro del viento entre las hojas de los árboles. Sentía la vida de la ciudad palpitar a su alrededor como si fuera el latido de un corazón gigante.
De vuelta en su apartamento, Don Ernesto se sentaba frente a su vieja máquina de escribir. Los personajes y las situaciones que observaba en sus paseos se convertían en palabras en la pantalla. Escribía greguerías, frases ingeniosas que capturaban la esencia de la vida cotidiana, a menudo con un toque de humor y absurdo. Sus greguerías eran como pequeños tesoros literarios que iluminaban el mundo de quienes las leían.
La gente comenzó a escuchar sobre Don Ernesto y sus greguerías, y su apartamento se convirtió en un lugar de peregrinación para escritores y curiosos por igual. Todos querían conocer al hombre que veía el mundo a través de la mirada de un cartero y transformaba lo ordinario en algo extraordinario.
La fama de Don Ernesto creció, y su obra se publicó en libros que se vendieron en todo el país. A pesar de su modesta apariencia y su enfoque poco convencional, Don Ernesto se convirtió en un icono literario, recordándonos que la belleza se encuentra en los detalles más simples de la vida, si tan solo aprendemos a mirar con los ojos de un cartero.
CONDENADO DOS
FicciónHe sembrado como un tubérculo su carne y la he regado de rocío. Conviene tener ese detalle. Sólo porque hoy celebro esa clase de éxito moderno de enterrar al enemigo. Levanto mi sombrero. Le dejé en calzoncillos, pienso con gran satisfacción. En este laberinto, de todas formas, no lo van a encontrar. Qué muerte tan poética, comenta Mira. Ha sido rápido, respondo. El cascabel de la muerte sonando de nuevo en nuestra familia, otro cadáver más, dice. El cementerio huele a orín y ese maldito símbolo está por todas partes. Saco un pañuelo del bolsillo y cubro mi nariz. La literatura, muchacha, es el barco en que este viejo acaricia tus senos, digo para animarla. Sonríe.
El loco
FicciónYo soy un loco, uno que vive en el patio, con mirada extraviada, tocado por la divinidad, perseguido por los demonios, acunado por los arcángeles negros. De mi huyen los niños y me persiguen los viejos. Yo soy un loco de remate… mi mente es un torbellino de pensamientos y emociones que se entrelazan en una danza caótica. Me sumerjo en un océano de ideas que desafían las convenciones sociales y despiertan el temor en los corazones de quienes me rodean.
Desde muy temprana edad, me di cuenta de que mi mente funcionaba de manera diferente a la de los demás. Mientras mis compañeros de clase se dedicaban a seguir las normas establecidas, yo me perdía en un laberinto de imaginación y creatividad. Mi espíritu inquieto buscaba respuestas a preguntas que muchos consideraban absurdas o inalcanzables.
El patio se convirtió en mi refugio, en el escenario de mis pensamientos desbordantes. Allí, rodeado de árboles y pájaros que trinaban melodías desconocidas, me sentía libre. Era como si la naturaleza misma entendiera mi locura y me aceptara tal como era.
A menudo, me encontraba perdido en mis propios laberintos mentales. En esas ocasiones, me sentaba en una silla desvencijada y dejaba que mi mirada se extraviara en el horizonte. Era entonces cuando la divinidad tocaba mi alma, susurrándome secretos que solo yo podía comprender.
Pero no todo era luz en mi camino. Los demonios también acechaban mis pensamientos y me tentaban con sus sombras. Me susurraban palabras de desesperación y tristeza, intentando arrastrarme hacia la oscuridad. Sin embargo, resistía con todas mis fuerzas, aferrándome a la chispa de esperanza que ardía en mi interior.
Los niños me evitaban, temerosos de mi aparente locura. Tal vez veían en mí un reflejo de sus propios miedos y fracasos, y preferían mantenerse alejados. Pero los viejos eran diferentes. Ellos no conocían el temor y me perseguían con ojos brillantes, ansiosos por descubrir los secretos que habitaban mi mente.
No puedo negar que soy un loco de remate, pero esa locura es mi regalo y mi maldición. A través de ella, he visto mundos desconocidos y he explorado dimensiones que solo existen en los confines de mi imaginación. A veces me siento como un arlequín en un mundo de monotonía, un destello de color en un lienzo en blanco.
La sociedad puede tildarme de excéntrico, de inadaptado. Pero yo sé que mi locura es mi esencia, mi brújula en un mundo confuso. Soy un navegante solitario en un océano de pensamientos, en busca de respuestas que tal vez nunca encuentre.
Así que seguiré viviendo en el patio, con mi mirada extraviada y tocado por la divinidad. Continuaré persiguiendo mis sueños más audaces y desafiando los límites impuestos por aquellos que no entienden mi locura.
Las casas y las almas
FicciónHoy he visitado dos casas inhabitables y sus almas vacías.
La primera es una casa con planta en forma de L que tiene una salida a calles diferentes en cada uno de sus extremos. La casa tiene innumerables habitaciones y pasillos que forman un laberinto difícil de recordar. Hay estancias secas y oscuras pero también las hay húmedas y luminosas, con patios interiores soleados o lluviosos. Sus dos fachadas son viejas y resquebrajadizas. Una de ellas da al campo y se sale por un rústico y viejo portón de madera. La otra fachada da a una calle de ciudad de provincias y su puerta es de madera o hierro, según los días, aunque es de una apariencia mediocre. Es incómodo vivir en ella porque está casi vacía de muebles, desconchada y polvorienta. Tan solo una pequeña parte se usa. El resto es visitada ocasionalmente por dos de los tres moradores: padre, madre e hija. Únicamente la niña recorre con frecuencia los lugares más alejados e inhóspitos y conoce todos sus rincones y laberintos. El padre solo se atreve a recorrerla con su hija por miedo a perderse, aunque se siente atraído por sus enormes posibilidades y le agradan especialmente esos abandonados jardines y patios con galerías acristaladas a los que llega la luz y las nubes. La madre no sale nunca de los dos o tres cuartos principales que dan a la ciudad.
La segunda casa es redonda y alta, con forma de cúpula y una indescriptible arquitectura de estancias interiores. La cúpula está recubierta por una única y continua estantería de libros imposibles de alcanzar ni leer. Nada tiene una función concreta en este alojamiento: se puede dormir, cocinar o bailar, de forma indiferente, en cualquiera de sus múltiple rincones. Aunque hay muros, vigas y escaleras… la separación entre espacios nunca es total ni resulta evidente. A veces se tiene la sensación de que los elementos arquitectónicos cambian a capricho y con desasosiego para algunos de sus habitantes y visitantes. Otros, en cambio, parecen acostumbrados a los cambiantes designios de la mansión. No se sabe si los vanos exteriores son puertas o ventanas. Por cualquiera de ellos se puede entrar y salir. Incontables personas, cada cual más extraña, entran y salen continuamente. Hay gente que vive allí siempre, en su recodo imposible y otros que entran tan solo a curiosear y marcharse. Se cuentan por centenas los cachivaches inútiles que la adornan y a los que los habitantes intentamos encontrar una utilidad para satisfacer una perentoria necesidad del momento: freír un huevo frito con un disco; oler las noticias en un tintero; escuchar música con unas gafas sin cristales; fabricarnos un reloj digital con una caja de cuchillas de afeitar o un smartphone con lo que parecen las pastillas de freno de un coche.
Desaliento
FicciónSinopsis:
«Desaliento» es una obra de microteatro que se desarrolla íntegramente en una sola habitación. A través de una experiencia inmersiva, los espectadores se sumergen en la vida de un personaje que lucha contra sus propios demonios y experimenta un profundo desaliento. La obra aborda temas universales como la soledad, la pérdida y la búsqueda de sentido en un mundo aparentemente desolado. Con un enfoque minimalista pero poderoso, «Desaliento» invita a reflexionar sobre la condición humana y la resiliencia necesaria para enfrentar la adversidad.
Descripción escénica:
La habitación en la que se desarrolla la obra es un espacio pequeño y claustrofóbico, decorado de manera austera y desordenada. El mobiliario consiste en una cama, una silla y una pequeña mesa con algunos objetos personales dispersos. La iluminación es tenue y sombría, acentuando la sensación de tristeza y desesperanza que envuelve al personaje.
El personaje principal es un individuo atormentado y agotado, cuya apariencia refleja su estado emocional. A lo largo de la obra, se muestra su lucha interna mientras se enfrenta a sus propias frustraciones y desilusiones. A medida que avanza la historia, se revelan detalles de su pasado y las circunstancias que lo llevaron a su presente desalentador.
La obra se desarrolla en tiempo real, sin saltos temporales, lo que permite que los espectadores experimenten de manera más profunda la angustia y la desesperanza del personaje. Aunque la trama se centra en una sola habitación, el diálogo y las acciones del personaje principal son el foco central de la obra, transmitiendo la complejidad de sus emociones y pensamientos.
«Desaliento» es un viaje emocional impactante que busca generar una conexión íntima con el público, explorando los aspectos más oscuros de la condición humana y planteando interrogantes sobre la búsqueda de significado en un mundo desafiante. A través de su formato de microteatro, logra concentrar la intensidad y la carga emocional en un espacio reducido, invitando a la reflexión y a la empatía hacia el protagonista y su lucha interna.
Título: Desaliento
Escena 1: Una habitación pequeña y desordenada. Hay una cama en un rincón, una silla cerca de una mesa y algunos objetos personales dispersos por el suelo. La iluminación es tenue y sombría, acentuando la sensación de tristeza y desesperanza. El personaje principal, JAVIER, está sentado en la silla, mirando fijamente al vacío. Su apariencia refleja su agotamiento y angustia.
JAVIER: (Susurra) ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo todo esto terminará?
(Se levanta de la silla y camina de un lado a otro de la habitación, agitado.)
JAVIER: (Voz temblorosa) Me siento atrapado, como si estuviera encerrado en un laberinto sin salida. Cada paso que doy parece llevarme más cerca del abismo.
(Se detiene junto a la ventana y observa la lluvia que cae fuera.)
JAVIER: (Suspira) Incluso la lluvia parece llorar mi desdicha. ¿Cuándo fue la última vez que sentí verdadera alegría en mi corazón? Parece que los días felices se desvanecieron hace tanto tiempo.
(Regresa a la silla y se sienta, apoyando la cabeza en las manos.)
JAVIER: ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué seguir luchando cuando cada paso hacia adelante parece ser en vano? Me pregunto si alguna vez encontraré la paz que tanto anhelo.
(Recuerdos del pasado comienzan a invadir su mente. Se levanta de repente, agitado.)
JAVIER: ¡No! No puedo dejar que los recuerdos me consuman. Pero es difícil ignorar las heridas que siguen abiertas en mi alma.
(Se acerca a la mesa y toma un viejo álbum de fotos. Lo abre y empieza a hojearlo lentamente, recordando momentos felices.)
JAVIER: (Con melancolía) Aquí estábamos, sonriendo y riendo juntos. Pero ahora, todo eso parece un sueño lejano. Me pregunto si alguna vez volveré a sentir esa alegría inocente.
(Deja el álbum en la mesa y vuelve a sentarse en la silla, con la mirada perdida.)
JAVIER: La vida me ha golpeado tan fuerte que me ha dejado exhausto. Siento como si estuviera caminando por un camino oscuro sin ninguna guía, sin ninguna esperanza de encontrar la luz al final.
(Se levanta nuevamente y mira fijamente a su reflejo en un espejo cercano.)
JAVIER: ¿Quién soy ahora? ¿Cómo puedo encontrar la fuerza para seguir adelante cuando cada día parece más oscuro que el anterior?
(Se acerca a la cama y se sienta al borde, sumido en sus pensamientos.)
JAVIER: Tal vez el desaliento sea solo una prueba, una oportunidad para descubrir quién realmente soy. Quizás en mi lucha encuentre la resiliencia que creía haber perdido.
(La habitación se queda en silencio mientras Javier se sumerge en sus pensamientos más profundos, buscando una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.)
Escena 2: La Infancia
(El escenario se transforma para representar un flashback de la infancia de Javier. La iluminación se vuelve más cálida y suave, y los objetos personales de la habitación desaparecen, dejando espacio para un ambiente más lúdico y lleno de recuerdos. Javier, ahora interpretado por un niño actor, entra corriendo en escena.)
JAVIER NIÑO: (Con entusiasmo) ¡Vamos, vamos, rápido! ¡No te quedes atrás!
(Entra en juego un amigo de la infancia de Javier, interpretado por otro niño actor. Juegan y ríen mientras representan escenas de juegos imaginarios, como si estuvieran en un mundo mágico.)
AMIGO DE JAVIER: ¡Cuidado, Javier! ¡El dragón está cerca! ¡Tenemos que derrotarlo!
JAVIER NIÑO: (Llena de emoción) ¡No te preocupes, amigo! ¡Somos invencibles juntos!
(La escena se desarrolla con juegos y risas, mostrando momentos de alegría y complicidad entre los niños.)
JAVIER NIÑO: (Mirando al cielo) ¿Recuerdas cuando construimos una fortaleza secreta en aquel árbol? Ahí escondimos nuestros tesoros más valiosos.
AMIGO DE JAVIER: ¡Sí! Y prometimos que siempre seríamos amigos, pase lo que pase.
JAVIER NIÑO: (Sonríe con nostalgia) Aquellos días eran tan simples y llenos de magia. No teníamos preocupaciones ni miedos. Solo vivíamos el presente y soñábamos con un futuro lleno de aventuras.
AMIGO DE JAVIER: (Serio) Pero entonces, algo cambió, ¿verdad? Todo se volvió más difícil.
JAVIER NIÑO: (Baja la mirada) Sí, la vida nos golpeó con fuerza. Perdimos nuestra inocencia y nuestros sueños se nublaron.
(El ambiente de la infancia comienza a desvanecerse lentamente, volviendo a la habitación sombría y desordenada de la escena anterior.)
JAVIER: (Voz en off) La infancia fue como un oasis en medio del desierto. Pero a medida que crecí, me enfrenté a desafíos que oscurecieron mi espíritu.
(Javier, ahora adulto, regresa al centro del escenario, mirando hacia el pasado con melancolía.)
JAVIER: (Susurra) Aunque esos días quedaron atrás, la esencia de aquel niño lleno de sueños sigue latiendo en lo más profundo de mi ser. Tal vez, en mi búsqueda por encontrar sentido, pueda redescubrir la magia y la fuerza que alguna vez poseí.
(La escena termina con Javier reflexionando sobre su infancia y cómo esos recuerdos podrían influir en su presente y futuro.)
Fin de la escena 2.
Escena 3: La Adolescencia
(La habitación se transforma nuevamente para representar la adolescencia de Javier. La iluminación adquiere un tono más vibrante y juvenil. Javier, ahora interpretado por un actor adolescente, entra en escena con actitud rebelde y desafiante.)
JAVIER ADOLESCENTE: (Suspira) La adolescencia… un torbellino de emociones, descubrimientos y desafíos.
(Entra en juego un grupo de amigos adolescentes, interpretados por otros actores jóvenes, que se unen a Javier en el escenario.)
AMIGO 1: (Entusiasmado) ¡Ey, Javier! ¿Vamos a esa fiesta esta noche?
JAVIER ADOLESCENTE: (Sonríe) ¡Por supuesto! Estoy listo para romper las reglas y vivir al límite.
(La escena se llena de música, luces intermitentes y baile mientras los adolescentes disfrutan de la libertad y la euforia de la juventud.)
JAVIER ADOLESCENTE: (Gritando) ¡Somos invencibles! El mundo es nuestro y no hay nada que nos detenga.
AMIGO 2: (Serio) Pero también hay momentos difíciles, ¿no? Problemas, dudas sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.
JAVIER ADOLESCENTE: (Reflexivo) Sí, es cierto. La presión de encajar, las expectativas de los demás… A veces, esas voces internas nos confunden y nos alejan de nuestros verdaderos deseos.
(En medio del bullicio, Javier se aleja del grupo y se queda en un rincón, perdido en sus pensamientos.)
JAVIER ADOLESCENTE: (Voz en off) En la adolescencia, tratamos de encontrarnos a nosotros mismos mientras nos enfrentamos a las contradicciones de la sociedad. Buscamos nuestra identidad, nuestro propósito.
(Regresa al centro del escenario, con una mezcla de determinación y vulnerabilidad en su mirada.)
JAVIER ADOLESCENTE: (Decidido) Aunque me siento perdido en este laberinto de emociones, no puedo dejar que las expectativas o el desaliento me definan. Debo encontrar mi voz y seguir mis sueños, sin importar cuán desafiante sea el camino.
(La música y el baile se desvanecen gradualmente, dejando a Javier solo en el escenario, enfrentando el próximo capítulo de su vida.)
Fin de la escena 3.
Escena 4: La Juventud
(El escenario se transforma nuevamente para representar la juventud de Javier. La iluminación adquiere un tono vibrante y energético. Javier, ahora interpretado por un actor joven adulto, entra en escena con confianza y determinación.)
JAVIER JOVEN: (Sonríe) ¡La juventud! Un período de exploración, de oportunidades y de encontrar nuestro lugar en el mundo.
(Entra en juego un grupo de amigos jóvenes, interpretados por otros actores jóvenes adultos, que se unen a Javier en el escenario.)
AMIGO 1: (Emocionado) ¡Vamos a conquistar el mundo, Javier! ¿Recuerdas nuestros sueños y planes de grandeza?
JAVIER JOVEN: (Asiente) ¡Claro que sí! Prometimos que no nos conformaríamos con una vida mediocre. Estamos aquí para marcar la diferencia.
(La escena se llena de risas, música y diálogos animados mientras los jóvenes persiguen sus pasiones y se embarcan en nuevas aventuras.)
JAVIER JOVEN: (Eufórico) Cada día es una oportunidad para crecer, para aprender y para enfrentar nuevos desafíos. No podemos permitir que el desaliento nos detenga.
AMIGO 2: (Sereno) Pero también hay momentos de duda, de incertidumbre sobre nuestras decisiones y el camino que elegimos.
JAVIER JOVEN: (Reflexivo) Sí, es verdad. A veces, nos encontramos con obstáculos y fracasos que nos hacen cuestionar nuestro propósito. Pero es en esos momentos de adversidad donde se forja nuestra resiliencia.
(En medio de la efervescencia, Javier se separa del grupo y se queda en silencio, reflexionando.)
JAVIER JOVEN: (Voz en off) La juventud nos brinda la oportunidad de descubrir quiénes somos realmente y qué queremos lograr en la vida. Es un momento crucial para definir nuestro camino y encontrar nuestro propósito.
(Regresa al centro del escenario con determinación y pasión en sus ojos.)
JAVIER JOVEN: (Enérgico) No importa cuántas veces caiga, me levantaré una y otra vez. No permitiré que el desaliento me venza. Estoy listo para enfrentar el mundo con valentía y determinación.
(La música y el bullicio se desvanecen gradualmente, dejando a Javier solo en el escenario, preparado para abrazar los desafíos y las oportunidades de su futuro.)
Fin de la escena 4.
Escena 5: La Llegada del Desaliento
(La habitación vuelve a su estado sombrío y desordenado. Javier, interpretado por el actor adulto, entra en escena con un aire de tristeza y cansancio evidente en su rostro.)
JAVIER: (Suspira) El desaliento se apoderó de mí sin previo aviso, como una sombra que se adentra sigilosamente en mi vida.
(El sonido de la lluvia golpeando contra la ventana se intensifica, creando una atmósfera melancólica.)
JAVIER: (Voz en off) Los golpes de la vida me hicieron tropezar y caer una y otra vez. Las expectativas incumplidas, las pérdidas, los sueños quebrantados… poco a poco, el desaliento se fue instalando en mi corazón.
(Javier se sienta en la silla y mira a su alrededor, contemplando los objetos dispersos que reflejan su estado emocional.)
JAVIER: (Con tristeza) Cada día se convierte en una lucha constante. La desesperanza se arraiga en mi mente, nublando cualquier destello de alegría o esperanza.
(Se levanta de la silla y camina de un lado a otro de la habitación, como si estuviera atrapado en un laberinto sin salida.)
JAVIER: ¿Dónde se perdió la pasión y la vitalidad que alguna vez me impulsaron? Siento como si estuviera navegando a la deriva en un mar de desaliento.
(Se detiene junto a la ventana y observa la lluvia que cae sin cesar.)
JAVIER: (Susurra) Incluso la lluvia parece reflejar mi estado de ánimo. El mundo exterior se desvanece en tonos grises, sin vida ni esperanza.
(Regresa a la silla y se sienta, abatido y sumido en sus pensamientos.)
JAVIER: ¿Cómo puedo encontrar una salida de este abismo emocional en el que me encuentro? El desaliento parece consumirme por completo.
(Se queda en silencio, con la mirada perdida en la distancia, enfrentando la profundidad de su desaliento.)
Fin de la escena 5.
Escena 6: El Último Respiro
(El escenario se transforma en un paisaje de trigales dorados y hermosos. La iluminación adquiere un tono cálido y resplandeciente. Javier, interpretado por el actor adulto, aparece en el centro del escenario, rodeado de la belleza de la naturaleza.)
JAVIER: (Maravillado) ¿Dónde estoy? Este lugar… es como un sueño.
(A medida que Javier se adentra en el paisaje, su expresión de asombro se mezcla con una serenidad creciente.)
JAVIER: (Susurra) Los trigales… su suave danza con el viento me llena de paz. Aquí, puedo respirar libremente.
(Javier camina con determinación hacia el horizonte dorado mientras la música suave y reconfortante se intensifica.)
JAVIER: (Sonríe) El desaliento no me define. Aunque haya conocido la tristeza y la desesperanza, puedo encontrar un último respiro de esperanza en este lugar.
(A medida que Javier continúa caminando, su respiración se vuelve más tranquila y rítmica. La música y los trigales crean un ambiente de calma y serenidad.)
JAVIER: (Con gratitud) Gracias por este instante de belleza. Aquí, me libero de las cadenas del desaliento y me abrazo a la calidez de la vida.
(De repente, Javier se detiene en seco y su expresión se transforma en una paz absoluta. Se desploma suavemente en el suelo, como si finalmente encontrara la paz y el descanso que tanto anhelaba.)
(La música se desvanece lentamente y los trigales se convierten en un fondo oscuro y misterioso.)
Fin de la escena 6.
¿Estaré muerto?
FicciónMe llamo Juan, y me encuentro atrapado en una terrible historia de terror. Nadie parece escucharme, y me pregunto si acaso estaré muerto. En medio de la oscuridad y la desesperación, siento cómo mi existencia se desvanece lentamente, como si fuera un fantasma errante en un mundo indiferente.
Cada día que pasa, esa sensación de desconexión se hace más fuerte. Las palabras que pronuncio caen en oídos sordos, y mis acciones pasan desapercibidas. Es como si estuviera atrapado en un vacío existencial, sin ningún eco que responda a mi llamada.
Una noche, mientras camino por las solitarias calles de mi ciudad, algo extraño comienza a suceder. Un susurro inquietante invade mi mente, pero nadie más parece notarlo. «Nadie te escucha, ¿estarás muerto?», susurra esa voz siniestra en lo más profundo de mi ser.
El susurro se vuelve más intenso y perturbador con cada día que pasa. La paranoia se apodera de mí, y tengo la constante sensación de que alguien me está observando en todo momento. La angustia y el temor se apoderan de mi mente, y siento cómo mi cordura comienza a resquebrajarse.
Desesperado por encontrar respuestas, busco ayuda en todos lados. Visité médicos, psicólogos e incluso un sacerdote, pero ninguno de ellos pudo ofrecerme una explicación lógica. Me consideran un caso perdido, un enigma sin solución.
Con el tiempo, el susurro se vuelve más opresivo, y las visiones horripilantes me atormentan sin descanso. Me veo a mí mismo convertido en un cadáver abandonado, olvidado en algún rincón oscuro. El miedo de estar muerto y ser invisible para el mundo se arraiga en lo más profundo de mi ser, convirtiéndose en una obsesión incontrolable.
Un día, mientras exploraba un viejo edificio abandonado en busca de respuestas, encuentro un cuaderno oculto entre los escombros. Parece pertenecer a alguien que ha experimentado lo mismo que yo. Las páginas están llenas de relatos de personas que se sienten ignoradas y excluidas del mundo, todos hablando del siniestro susurro que resuena en sus mentes, llevándolos a la locura. Intrigado y aterrado, continúo leyendo el cuaderno…
Extraño encuentro
FicciónLa tarde era gris y melancólica mientras caminaba sin rumbo por las calles desiertas de mi ciudad. Un sutil viento soplaba entre los edificios abandonados, trayendo consigo un escalofrío que recorría mi espina dorsal. El ambiente parecía envuelto en un halo de tristeza y nostalgia, como si el propio paisaje estuviera llorando.
Fue entonces cuando, al doblar una esquina, vislumbré una figura conocida en la distancia. Mi corazón dio un vuelco al reconocer a mi viejo amigo, David, quien había decidido poner fin a su vida hace ya varios años. La sorpresa se mezcló con la incredulidad mientras mis pies se arrastraban, impulsados por una extraña fuerza, hacia él.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos eran oscuros y profundos, con un brillo que parecía trascender el tiempo y el espacio. Sin mediar palabra, supe que algo había cambiado en mí. Una certeza indescriptible se apoderó de mi ser, como si los hilos que me mantenían anclado a este mundo se hubieran desvanecido.
David me miró con una sonrisa triste en los labios y pronunció las palabras que marcarían mi destino: «Amigo, ya no estás vivo, pero tampoco estás muerto. Eres un viajero entre mundos, atrapado en una dimensión desconocida». Las palabras resonaron en mi mente como ecos lejanos, mientras luchaba por comprender su significado.
Desde aquel encuentro, mi existencia se volvió una extraña amalgama de realidades. Percibía el mundo a mi alrededor, pero también era consciente de que mi presencia era efímera, etérea. Me convertí en un espectador silencioso de la vida de aquellos que aún habitaban el plano terrenal. Observaba las sonrisas, las lágrimas, los amores y las despedidas, todo desde la penumbra de mi nueva condición.
A medida que el tiempo pasaba, descubrí que tenía la capacidad de comunicarme con otros seres en circunstancias similares. Nos encontrábamos en los rincones más oscuros de la realidad, compartiendo nuestras historias y reflexionando sobre el significado de nuestra existencia en este limbo entre la vida y la muerte.
Sin embargo, cada vez que me acercaba a alguien del mundo de los vivos, sentía una extraña incomodidad. Mi presencia parecía perturbar su paz y traer consigo una sensación de angustia inexplicable. Me convertí en un paria, condenado a vagar por los intersticios de la existencia sin poder encontrar mi lugar en ninguna parte.
Con el tiempo, comprendí que mi encuentro con David había sido una señal, una advertencia de que mi tiempo en este estado de transición llegaba a su fin. Me había aferrado demasiado tiempo a la vida que ya no me pertenecía y era hora de despedirme.
En una noche de luna llena, me desvanecí lentamente en la bruma de lo desconocido. Mis pensamientos se desvanecieron y mis recuerdos se desdibujaron hasta convertirse en nada. Me entregué al abrazo del olvido, con la esperanza de encontrar una nueva existencia en algún rincón del vasto universo.
Y así, mi historia se desvanece en las páginas del tiempo, dejando una huella fugaz en la memoria de aquellos que aún habitan los confines de la realidad. Pero si alguna vez te encuentras con un amigo que hace tiempo se suicidó, sé consciente de que la muerte no siempre es el final. Puede que también descubras que, de alguna manera, estás muerto y vivo a la vez, un viajero en el umbral de los mundos desconocidos.
Fantasma de Hébuterne en el espejo
FicciónHomenaje a Jeanne Hébuterne y Amedeo Modigliani
Fantasma de Hébuterne en el espejo
En la Casa Grande había un espejo que nadie quería mirar después de la puesta del sol.
Estaba en una de las cámaras más antiguas, detrás de una puerta que casi siempre permanecía cerrada. El espejo era alto, estrecho y tenía el marco cubierto de pequeñas flores talladas. Nadie sabía quién lo había llevado allí.
Los adultos decían que era un espejo viejo.
Los niños sabían que aquello no explicaba nada.
Tomás fue el primero en descubrirlo.
Una tarde entró en la cámara buscando una pelota que había desaparecido. La encontró debajo de una mesa, pero antes de salir levantó los ojos y se miró en el espejo.
Al principio vio su propio rostro.
Después vio la habitación.
Y luego vio a una niña.
Estaba detrás de él.
Tomás se volvió.
No había nadie.
Volvió a mirar.
La niña seguía allí.
Tenía el cabello oscuro y un vestido antiguo. No parecía triste ni alegre. Parecía, sencillamente, estar esperando.
Tomás salió corriendo.
Aquella noche se lo contó a Clara.
—¿Cómo era?
—Como una niña.
—Eso ya lo has dicho.
—No sé cómo explicarlo.
Clara pensó un momento.
—¿Te habló?
Tomás negó con la cabeza.
—No.
—Entonces quizá quería que la escucharas.
Al día siguiente volvieron juntos.
La cámara estaba vacía.
El espejo también.
Pero cuando Clara se acercó, la niña apareció.
Esta vez estaba sentada.
En sus manos tenía una flor.
Clara levantó una mano.
La niña hizo lo mismo.
—¿Quién eres? —preguntó Clara.
La aparición señaló el espejo.
En el cristal comenzaron a formarse unas letras.
HÉBUTERNE.
Los dos niños no conocían aquel nombre.
Debajo apareció otra palabra:
AUGUSTIN.
Tomás recordó entonces algo que había oído a su abuela.
Hébuterne era el nombre de un lugar lejano, y también el apellido de una familia que había vivido allí muchos años antes.
Pero nadie sabía por qué el espejo mostraba aquel nombre.
Clara tocó el cristal.
Estaba frío.
La niña acercó la mano desde el otro lado.
Durante unos segundos, las manos de ambas parecieron tocarse.
Entonces el espejo cambió.
Ya no mostró la cámara.
Mostró un jardín.
Había árboles, una casa y un camino cubierto de hojas.
La niña caminó por aquel jardín.
Al fondo apareció un hombre.
La niña corrió hacia él.
Pero antes de llegar, la imagen desapareció.
Quedó solamente el reflejo de los dos niños.
—Creo que no es un fantasma —dijo Clara.
—¿Entonces qué es?
Clara miró el espejo.
—Quizá es un recuerdo.
Aquella explicación les pareció más extraña que un fantasma.
Durante varios días regresaron a la cámara.
Cada vez que aparecía la niña, les mostraba una parte distinta de su historia.
Una mesa.
Un jardín.
Una ventana.
Una casa.
Un hombre.
Una flor.
Nunca hablaba.
Nunca sonreía.
Nunca pedía ayuda.
Finalmente, una tarde, la niña señaló a Tomás.
Después señaló el espejo.
Tomás comprendió.
Se acercó.
La niña puso la flor contra el cristal.
Tomás hizo lo mismo con una pequeña hoja de la huerta.
Durante un instante, ambos objetos parecieron ocupar el mismo lugar.
Luego el espejo quedó completamente oscuro.
La niña había desaparecido.
Desde aquel día nadie volvió a verla.
Pero Tomás conservó la hoja.
La guardó dentro de un libro.
Muchos años después, cuando ya era adulto, regresó a la Casa Grande.
La cámara seguía allí.
El espejo también.
Tomás entró.
Se miró.
Vio su propio rostro, envejecido por los años.
Pero durante un instante, detrás de él, apareció la niña.
Ya no parecía una niña.
Era una mujer.
Y en sus manos llevaba la misma flor.
Tomás comprendió entonces algo que nunca había entendido de pequeño.
Quizá los fantasmas no son los muertos.
Quizá son las personas que quedaron atrapadas en un instante de su propia vida.
Y quizá los espejos no reflejan solamente aquello que somos.
A veces reflejan aquello que fuimos.
O aquello que alguien, en algún lugar del tiempo, todavía recuerda.
Tomás cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, el espejo estaba vacío.
Pero sobre el cristal había quedado una pequeña palabra escrita desde dentro:
GRACIAS.
Fastissimus diebus
FicciónEn San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.
Nadie supo quién dio la orden.
A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.
—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.
Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.
El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.
Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.
Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.
Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.
El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.
—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.
—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.
—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.
—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.
A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.
Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.
Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.
Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.
Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.
Oyó el mar.
Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.
Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.
—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.
Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.
En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.
—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.
—Porque no sé adónde voy.
—Todos saben adónde van.
—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?
La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.
—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.
Isidoro se sentó a su lado.
La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.
—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.
El hombre cerró los ojos.
Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.
Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.
Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.
La niña le tendió la muñeca sin rostro.
—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.
—¿Y cómo se llega?
—Despacio.
Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.
Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.
Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.
—Vengo a recuperar un día.
—¿Cuál?
—El día que perdí a mi hermano.
El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.
—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.
—Era una tarde de agosto. Había amapolas.
El guardia suspiró.
—Las tardes de agosto son muy caras.
—No tengo dinero.
—Entonces no tiene tiempo.
Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.
—Tengo esto.
El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.
—¿De dónde lo ha sacado?
—De mi abuelo.
—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.
Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.
El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.
Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.
Lo abrió.
Y el mundo se detuvo.
El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.
En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.
Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.
Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.
Se sentó en la hierba.
Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.
—Has tardado mucho —dijo el niño.
—Lo sé.
—¿Te quedas?
Isidoro lloró sin hacer ruido.
—Me quedo.
Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.
Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.
Isidoro cerró el frasco.
No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.
Después rompió el reloj contra el suelo.
El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.
Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.
En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.
Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.
Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.
Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.
En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:
Fastissimus diebus.
Los días velocísimos.
Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:
No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.
Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.
Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.
Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.
La muerte en la quinta dimensión
FicciónEn la quinta dimensión tampoco somos inmortales por el hecho de viajar en el tiempo. Si bien, morir en la quinta dimensión, es una cuestión accidental. Casi nadie muere de viejo. Es lógico. Si te notas enfermar, vuelves para atrás en el tiempo, y vuelta a empezar. Así que solamente morimos por error o accidente imprevisto. Imagínate que siento una irrefrenable curiosidad de saber que va a pasar mañana y, movido por tal instinto, decido visitar el futuro. Imagínate que viajo a un tiempo futuro en el que ya estoy muerto. Pues se acabó. No hay vuelta atrás. FIN
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