Hoy un viejo de mirada extraviada se ha sentado a mi mesa sin decir nada, sin saludar. Fumaba un purito, simplemente. No hablaba. No quería nada. Se ha sentado sin más. Huesos y pellejos parecían una misma cosa. Encorvado y enjuto ha permanecido allí. Al principio me he sentido incómodo, algo violento por esa invasión de mi espacio y mi privacidad. Yo estaba comiendo solo. Disfrutando de una estupenda sepia a la plancha y una cerveza. Oliendo el fresco y el sol de este mediodía preotoñal, simplemente. ¿Qué pasaba por su mente? ¿Qué extraño delirio le ha llevado hasta mi mesa, frente a mí? Mi ojo clínico se ha puesto a escrutar su mirada: demencia senil. ¿Qué tal va el día? He preguntado para iniciar conversación. Tirando. Ha dicho seca pero suavemente. Tal y como está la cosa no es poco ir tirando, he contestado. No es poco, ha replicado sin más y ha seguido fumando su puro hasta el final.
viejo
Viejas costumbres
FicciónLa abadía emergía entre la bruma matinal como un navío varado en el tiempo, con sus muros de piedra que parecían rezar por sí mismos. Los monjes, envueltos en la cetrina penumbra de sus hábitos, avanzaban en procesión, dejando tras de sí el aroma a lúpulo y cebada, como si cada plegaria se filtrara a través de los barriles envejecidos en la cripta. Desde el portal de roble, tallado con escenas de la Creación y el Diluvio, emanaba un murmullo gregoriano que se fundía con el rumor del río cercano. Era el canto eterno de la devoción y el trabajo, inseparables como dos caras de una misma moneda. En el centro del claustro, bajo el viejo olmo que extendía sus ramas como brazos de mártir, reposaban los cálices de cobre que aún retenían el último vestigio dorado de la última fermentación. Los rayos del sol, al atravesar los vitrales, teñían la espuma naciente de los recipientes de ámbar y oro, y aquel líquido, espeso y perfumado, se antojaba más sagrado que el propio vino de misa. ‘Te Deum Dominus Adoramus‘, rezaba el estandarte que pendía sobre el gran alambique, como si cada gota destilada fuera una forma de veneración, una plegaria líquida que ascendía hacia los cielos. Los visitantes llegaban de lejos, no solo en busca del consuelo espiritual, sino del elixir que prometía calentar el alma. Y al probar aquel brebaje espeso, que en su sabor encerraba siglos de historia y manos curtidas, comprendían que adoraban no solo a Dios, sino también a la vida que se fermentaba en cada rincón de la abadía.
El cristal ya tiene añicos ¡Pobre viejo
FicciónEl cristal ya tiene añicos, ¡Pobre viejo!
El cristal ya tiene añicos ¡Pobre viejo
FicciónEl cristal ya tiene añicos, ¡Pobre viejo!
CARLOS GAYOL
FicciónSaludó con la mano a su viejo vecino que en ese momento parecía haberse quedado petrificado sobre la mecedora. Para ir a la iglesia tenía que cruzar el bosque. Su propósito era firme. Sabía que esto sería especialmente difícil pero no podía dejarse vencer al primer intento. Recorrió el trecho que le separaba del mismo sin dejar de apartar la vista de su vecino, que seguía inmóvil en su tumbona. Cierto era que nunca le había saludado, pero hoy, que había tomado la irrevocable decisión de cambiar, había que ser amable también con él. Volvió a saludarle al pasar frente a la cancela que daba entrada a su granja. El viejo se levantó tembloroso y convulso e hizo un áspero gesto como de despedirse.
CARLOS GAYOL
FicciónSaludó con la mano a su viejo vecino que en ese momento parecía haberse quedado petrificado sobre la mecedora. Para ir a la iglesia tenía que cruzar el bosque. Su propósito era firme. Sabía que esto sería especialmente difícil pero no podía dejarse vencer al primer intento. Recorrió el trecho que le separaba del mismo sin dejar de apartar la vista de su vecino, que seguía inmóvil en su tumbona. Cierto era que nunca le había saludado, pero hoy, que había tomado la irrevocable decisión de cambiar, había que ser amable también con él. Volvió a saludarle al pasar frente a la cancela que daba entrada a su granja. El viejo se levantó tembloroso y convulso e hizo un áspero gesto como de despedirse.
CARLOS GAYOL
FicciónEntró a su casa con la celeridad que le permitían sus reumáticos huesos y sin cerrar la puerta se quedó oculto en la penumbra de la entrada. Gayol no le dió ninguna importancia, era de esperar que aquel viejo chocho, que era su vecino desde hacía veinte años -cuando llegó a vivir al campo- y al que nunca había saludado, se comportase esquivamente en su primer intento de establecer amigables relaciones vecinales. En cambio le intranquilizaba que el viejo continuase observándole tras la puerta. Nunca se había sentido acechado -hubiera sido fatal para sus antiguos propósitos- pero, conforme avanzaba, sentía tras su espalda la mirada clavada de aquel insólito abuelo. Al girar su cabeza, el ochentón cerró de un portazo. […]
CARLOS GAYOL
PoesíaEntró a su casa con la celeridad que le permitían sus reumáticos huesos y sin cerrar la puerta se quedó oculto en la penumbra de la entrada. Gayol no le dió ninguna importancia, era de esperar que aquel viejo chocho, que era su vecino desde hacía veinte años -cuando llegó a vivir al campo- y al que nunca había saludado, se comportase esquivamente en su primer intento de establecer amigables relaciones vecinales. En cambio le intranquilizaba que el viejo continuase observándole tras la puerta. Nunca se había sentido acechado -hubiera sido fatal para sus antiguos propósitos- pero, conforme avanzaba, sentía tras su espalda la mirada clavada de aquel insólito abuelo. Al girar su cabeza, el ochentón cerró de un portazo. […]
Duque
FicciónDuque arrastraba sus pantuflas y su mirada por el suelo. Tambaleante a cada paso, salió al porche y se sentó en la mecedora. Las nubes pasaban veloces sobre un terso cielo azul que contrastaba con las costrosas arrugas del viejo. Sus labios hundidos a causa de su falta de dentadura le daban un aspecto aún más tétrico e inquietante. Hacía tiempo que vigilaba a su vecino, siempre a la misma hora. Sus ojos eran saltones como los de un batracio de tanto fijar la vista durante veinte años. Para no levantar sospechas no quiso aceptar unos binoculares que le ofreció su mejor amigo cuando se lo contó. También se negó a ser acompañado en sus guardias, a causa de lo cual rompieron su, hasta entonces, larga amistad. Duque frotaba sus temblorosas manos con insistencia. No era a causa del frío. Formaba parte del ritual diario. «Tres frotes y saldrá»-pensaba. Era como conjurar al genio de la lámpara. A pesar de todo el tiempo transcurrido vigilándole -lo había visto miles de veces- no conseguía interpretar su peculiar lenguaje corporal. Hoy en cambio sí. […]
Duque
FicciónDuque arrastraba sus pantuflas y su mirada por el suelo. Tambaleante a cada paso, salió al porche y se sentó en la mecedora. Las nubes pasaban veloces sobre un terso cielo azul que contrastaba con las costrosas arrugas del viejo. Sus labios hundidos a causa de su falta de dentadura le daban un aspecto aún más tétrico e inquietante. Hacía tiempo que vigilaba a su vecino, siempre a la misma hora. Sus ojos eran saltones como los de un batracio de tanto fijar la vista durante veinte años. Para no levantar sospechas no quiso aceptar unos binoculares que le ofreció su mejor amigo cuando se lo contó. También se negó a ser acompañado en sus guardias, a causa de lo cual rompieron su, hasta entonces, larga amistad. Duque frotaba sus temblorosas manos con insistencia. No era a causa del frío. Formaba parte del ritual diario. «Tres frotes y saldrá»-pensaba. Era como conjurar al genio de la lámpara. A pesar de todo el tiempo transcurrido vigilándole -lo había visto miles de veces- no conseguía interpretar su peculiar lenguaje corporal. Hoy en cambio sí. […]
ZÓHAR VENDE
FicciónSubidos en su árbol,
adoran su cabeza,
esa víscera urna de camello enjuto y cuaternario.
Descienden la escalera cual divas impolutas.
Mas venden hilo viejo de vanos Sefirotes.
No hay simbolismo más mudo
que el rebuzno fonético
de estos pardos gramáticos.
Ni orín errante
que aclare sus comerciales y bárbaras tinieblas.
Cristiano viejo
FicciónYo soy cristiano viejo, sólo me dejo impresionar por las vírgenes.
Debe estar conectado para enviar un comentario.