«Los ojos pequeños tienen niñas y los grandes mozas.»

Ficción

I

El sol se filtraba a través de las cortinas raídas de la taberna, dibujando manchas doradas sobre las mesas gastadas. En un rincón, bajo la penumbra que el humo de los cigarrillos y el bullicio apenas lograban disipar, estaba don Félix, un hombre con ojos pequeños como cuentas de azabache, tan profundos que parecían guardar dentro el reflejo de una infancia que jamás había abandonado.

Aquella tarde, don Félix observaba con curiosidad a las mozas que llenaban el local. Sus risas resonaban como campanas jóvenes, llenas de vida y de la promesa de un mañana que ellas se figuraban eterno. Una de ellas, con ojos grandes y brillantes, se acercó a su mesa, y con la frescura que solo la juventud otorga, le preguntó si le importaba que compartieran su rincón.

Don Félix, sin dejar de mirarla, sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que no alcanzaba a tocar sus labios del todo, pero sí sus ojos. Eran esos ojos pequeños, que, como espejos, devolvían una imagen de algo que la moza no comprendió del todo. Había en ellos una chispa que la hizo sentirse como una niña frente a un misterio antiguo.

—Dime, muchacha —dijo don Félix con voz suave, inclinándose hacia adelante—, ¿cuántos años tienes?

La joven, sorprendida por la pregunta, respondió con una risa ligera.

—Veinte años recién cumplidos, señor. ¿Por qué lo pregunta?

Don Félix la observó en silencio un momento más antes de hablar, como si buscara algo en el brillo de esos ojos grandes que la juventud hacía resplandecer.

—Dicen que los ojos pequeños tienen niñas y los grandes mozas —murmuró, casi para sí mismo—. Y al verte, he recordado que la juventud vive en las pupilas, como un destello que se apaga demasiado pronto.

La joven frunció el ceño, sin comprender del todo. Se quedó observando a don Félix, preguntándose qué edad tendría, cómo habría sido su vida, qué historias guardarían aquellos ojos diminutos. Pero lo único que veía era un hombre mayor, con la sombra de una sonrisa y una mirada que, aunque pequeña, parecía abarcar todo un universo de vivencias que ella apenas comenzaba a intuir.

—Pero usted tiene ojos pequeños, ¿no es así? —se atrevió a decir finalmente, intentando desentrañar el enigma de su interlocutor.

Don Félix sonrió de nuevo, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus labios.

—Así es, muchacha. Así es. Y en estos ojos pequeños vive aún la niña que fui, una que nunca dejó de soñar, aunque el cuerpo se hiciera viejo y el tiempo me transformara en lo que ves ahora. Pero tú, con esos ojos grandes, eres una moza en plena floración. A ti, la vida aún te pertenece, te embriaga y te llama con su canto.

La joven no supo qué responder. Algo en las palabras de don Félix la hizo sentirse extrañamente melancólica, como si, de repente, hubiera visto un atisbo del futuro que le aguardaba, un futuro en el que esos ojos grandes tal vez se harían pequeños, guardando recuerdos en lugar de promesas.

Se despidió de don Félix y regresó a su grupo de amigas, pero aquella conversación no la abandonó en todo el día. Sus risas ya no eran tan despreocupadas, y en sus ojos grandes brillaba un reflejo de la pequeña niña que aún habitaba en su interior, una niña que no sabía cuánto tiempo más se quedaría con ella.

Don Félix, por su parte, la observó marcharse con la misma sonrisa tranquila. Sabía que algún día, tal vez dentro de muchos años, aquella moza con ojos grandes recordaría sus palabras, cuando descubriera que el tiempo, como la vida, siempre termina por achicar las pupilas, dejando solo el brillo de una juventud perdida. Y, al hacerlo, tal vez se daría cuenta de que, en el fondo, los ojos pequeños no son más que grandes ojos que han aprendido a guardar sus secretos con el pasar de los años.


II

En el rincón más apartado del pueblo, donde las casas parecían inclinarse unas sobre otras como si compartieran secretos bajo el sol agrietado, vivía doña Nicanora. Era una anciana que había visto tantas estaciones como los árboles del camino a la ermita, y cuya mirada era tan penetrante como el filo de una navaja olvidada en el tiempo.

Doña Nicanora tenía los ojos pequeños, unos ojos oscuros y profundos, en los que cualquiera podría perderse si se atrevía a mirarlos más de lo necesario. Se decía en el pueblo que en sus pupilas, si uno miraba con la paciencia de un monje y la osadía de un niño, se podían ver reflejadas las figuras de pequeñas niñas bailando en un carrusel interminable. Las niñas giraban y giraban, y algunos murmuraban que eran las almas de las hijas que doña Nicanora nunca tuvo, atrapadas en un juego sin fin, un eco de lo que jamás podría ser.

Los niños del pueblo, curiosos como son los niños, solían acercarse a la casa de la anciana en las tardes de verano, cuando el calor hacía languidecer hasta a las lagartijas, para ver si lograban percibir ese enigma que tantas veces había sido motivo de conversación en las cocinas. Se apostaban en la ventana, en un silencio expectante, y esperaban a que doña Nicanora alzara la vista de sus labores, como si aquel sencillo gesto pudiera abrir una puerta hacia un mundo diferente.

Pero la anciana rara vez levantaba la cabeza. Era como si supiera que aquellos ojos suyos, tan llenos de vida y de misterio, podían llevar a las criaturas a un lugar del que tal vez nunca regresarían. Así que guardaba sus secretos para sí misma, tejiendo día tras día los hilos de un destino que solo ella comprendía.

Un día, llegó al pueblo una joven de cabellos como la miel derretida, con ojos grandes como lagos en los que uno podría sumergirse sin miedo a tocar fondo. Se llamaba Leonor, y su presencia pronto se convirtió en el susurro favorito de las comadres. Ella venía de la ciudad, decían, a cuidar de una tía enferma, y en sus ojos grandes se veía la promesa de todo lo que la vida podría ofrecer. Eran ojos llenos de juventud y de una luz que ningún otro en el pueblo poseía. Algunos decían que en esos ojos grandes se veía a las «mozas» de Quevedo, jóvenes llenas de vida, deseosas de correr hacia su destino, brillantes con la esperanza y el deseo.

Leonor, intrigada por las historias que había oído sobre doña Nicanora, decidió visitarla una tarde. No por curiosidad morbosa, sino porque algo en su corazón le decía que debía conocer a esa mujer cuya mirada contenía tanto de lo no dicho. Llamó a la puerta de la vieja casa, y tras unos momentos que le parecieron eternos, la puerta se abrió lentamente.

Doña Nicanora la observó en silencio. No dijo palabra alguna, pero sus ojos pequeños escudriñaron los grandes lagos de Leonor con una intensidad que hizo que la joven sintiera un leve escalofrío. En esos ojos oscuros y diminutos vio el reflejo de su propia vida, una vida que aún no había vivido, y que se desplegaba ante ella como un sendero incierto.

«Pasá, niña,» dijo la anciana con voz áspera, y Leonor, sin saber por qué, obedeció.

Durante horas que parecieron minutos, y minutos que se hicieron eternos, las dos mujeres se sentaron juntas en la penumbra de la pequeña sala. Hablaron poco, pero no fue necesario. Sus miradas lo dijeron todo. La de doña Nicanora, llena de los recuerdos y los secretos de una vida larga, y la de Leonor, cargada de las promesas de un futuro que aún debía desvelarse.

Cuando Leonor se levantó para marcharse, la anciana le tomó la mano y le dijo, con una sonrisa apenas perceptible: «Los ojos pequeños tienen niñas, y los grandes mozas. Pero es en la unión de ambas miradas donde se encuentra el verdadero camino.»

Leonor asintió, aunque no entendía del todo. Sin embargo, cuando se despidió y cerró la puerta tras de sí, algo había cambiado en ella. Había visto, por un breve instante, el entrelazamiento de dos vidas: una que se desvanecía como la bruma en el amanecer, y otra que apenas comenzaba a descubrirse a sí misma.

Con el tiempo, Leonor comprendió el significado de aquellas palabras. Y en su corazón supo que, mientras sus ojos siguieran abiertos al mundo, ya fueran grandes o pequeños, niñas o mozas, ella podría descubrir los secretos que la vida le ofrecía, uno por uno, como se desgrana un racimo de uvas bajo el sol de otoño.

Banjo

Ficción

El banjo, con su resonancia metálica y su cuerpo redondo, parece una sartén que ha sido transformada en instrumento por las manos caprichosas de un dios juguetón. Al igual que una sartén, el banjo es humilde en su apariencia, pero en el momento en que se toca, revela una complejidad inesperada. Las cuerdas vibran con una energía que recuerda al chisporroteo del aceite caliente, una danza de sonidos agudos y penetrantes que se entrelazan con la melodía de la vida en el campo. En el mundo del country, es el fogón que calienta el alma, el utensilio esencial en la cocina sonora de los paisajes rurales. Como una sartén que lleva en sí las huellas del tiempo, el banjo acarrea la memoria de viejas canciones, de historias cantadas al calor del hogar, de tradiciones que se pasan de generación en generación, como una receta familiar que nunca se olvida.

El banjo, con su cuerpo redondo y resonante, es la sartén musical del country, en cuyo ardiente aceite se fríen las notas agudas y chispeantes que definen el género. Sus cuerdas, tensas y vibrantes, producen un sonido metálico que evoca las crepitaciones de una fogata en las noches del sur más profundo, cuando las historias, como las melodías, surgen espontáneamente y se mezclan con el aroma del tabaco y el crujir de las hojas secas.

En la sartén del banjo, se cuecen las raíces del folclore rural americano, desde las praderas vastas hasta las montañas escarpadas, cada nota una burbuja de historia y tradición sin tradición. Las melodías del banjo son el sonido de los campos dorados y de las carreteras polvorientas, un sonido que resuena con la calidez rústica de las cocinas antiguas, donde el fuego constante alimenta la vida diaria.

Así, el banjo no solo es un instrumento; es un utensilio primordial en la cocina musical del country, donde se mezclan los sabores de lo viejo y lo nuevo, lo sencillo y lo complejo, creando un plato sonoro que alimenta los huesos y mantiene viva la esencia rural del pueblo americano.

El regreso

Ficción

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, pensaba Flegreo mientras observaba la danza caprichosa del polvo en el aire, cada partícula atrapada en un rayo de sol que se filtraba tímidamente por la ventana. La casa, con sus paredes gastadas y suelos de madera que crujían bajo el peso de los recuerdos, parecía resonar con sus pensamientos.

El murmullo de las voces pasadas susurraba en cada rincón, un coro de fantasmas familiares que se mezclaba con el zumbido lejano de la ciudad, esa urbe insaciable que devoraba sueños y esperanzas con la misma voracidad con la que el mar engulle las huellas en la arena.

Flegreo sentía el peso de los años, como si cada paso dado hubiese sido una vuelta más en una espiral infinita, una cinta de Moebius de experiencias y desencantos. Volvía a esa morada materna, no como el hijo pródigo que regresa en busca de redención, sino como un náufrago que se deja llevar por la corriente hacia la seguridad de una orilla conocida, aunque esta se revele inhóspita y ajena.

Los muebles, testigos mudos de infinidad de momentos íntimos y banales, parecían querer confesarle sus secretos, aunque él ya los conociera todos. Las fotos amarillentas en las paredes narraban historias de rostros conocidos, ahora desdibujados por la distancia del tiempo. Los rostros sonrientes en esas imágenes, antaño llenos de vida, se le antojaban máscaras de un teatro olvidado, donde él mismo había representado su papel con mayor o menor éxito.

En el corazón de aquella casa, la cocina permanecía inmutable, como un santuario. El aroma a café recién hecho y a pan horneado aún flotaba en el aire, un eco de tiempos más simples, cuando los problemas parecían resolverse con una caricia o un consejo sabio. Flegreo recordaba las manos de su madre, siempre ocupadas, siempre cálidas, capaces de transformar la harina y el agua en manjares que nutrían tanto el cuerpo como el alma.

Sentado en la mesa desgastada, donde tantas veces se habían discutido las alegrías y las penas de la vida, Flegreo se dejó llevar por una corriente de pensamientos y sensaciones. El murmullo del presente se entrelazaba con los susurros del pasado, y en ese vaivén, comprendió que regresar no era un acto de cobardía, sino un intento desesperado por hallar en el útero conocido un refugio contra el caos del mundo exterior.

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, y sin embargo, en esa aparente regresión, Flegreo vislumbró una verdad profunda: en la raíz de todas las cosas, en el origen de todo, residía una fuerza poderosa y eterna, una matriz de amor y pertenencia que, aunque distante, nunca había dejado de palpitar dentro de él.

El cementerio estaba vacío, y Flegreo se sentía como un espectro errante en ese mar de lápidas y cipreses. El viento susurraba entre las ramas, acariciando suavemente las tumbas con un murmullo melancólico, como si tratara de consolar a los muertos en su eterno reposo. Caminaba despacio, sus pasos resonando con un eco hueco sobre el sendero de grava, cada crujido una nota en la sinfonía de soledad que componía aquel lugar.

Las estatuas de mármol, guardianas silenciosas de los secretos más íntimos, observaban con sus ojos inertes y vacíos. Ángeles con alas extendidas, rostros tallados en expresiones de piedad eterna, testigos mudos del paso del tiempo y del olvido. Flegreo pensaba en las vidas que habían llegado a su fin, cada una una historia, un universo en sí mismo, ahora reducido a un nombre y unas fechas grabadas en piedra fría.

El aire estaba impregnado de un olor a tierra húmeda y flores marchitas, un aroma que le evocaba recuerdos de funerales pasados, de lágrimas derramadas y palabras susurradas en medio de la tristeza. El cielo, encapotado y gris, parecía compartir su luto, como una gran bóveda que reflejaba la pena del mundo. En ese manto grisáceo, las nubes se movían lentas, arrastrando con ellas las esperanzas y los sueños que alguna vez flotaron libres.

Se detuvo ante una tumba sin nombre, cubierta de musgo y enredaderas, una tumba olvidada por todos menos por el tiempo, que con paciencia infinita la reclamaba para sí. Flegreo se inclinó, dejando que sus dedos rozaran la piedra áspera, sintiendo en su piel la fría indiferencia de la muerte. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos fluyeran libremente, como un río desbordado por una tormenta interna.

Recordaba los días de su juventud, cuando la vida parecía eterna y la muerte una sombra lejana. Las risas compartidas, los amores fugaces, las promesas hechas bajo cielos estrellados. Pero el tiempo, implacable y voraz, había devorado esas ilusiones, dejando tras de sí un rastro de cicatrices y ausencias. Flegreo entendía ahora que el cementerio no era solo un lugar de descanso para los cuerpos, sino un espejo en el que se reflejaban las pérdidas de su propia alma.

El viento arremolinó las hojas caídas a sus pies, y en ese remolino vio la danza de los recuerdos, cada hoja un fragmento de su vida, un eco de lo que fue y ya no es. Se sintió parte de esa naturaleza cíclica, un ser efímero en medio de la perpetuidad de la tierra y el cielo. En la soledad de aquel cementerio vacío, Flegreo encontró una extraña paz, una aceptación de su propia finitud y de la eternidad del universo.

El cementerio estaba vacío, y en esa vacuidad, Flegreo se descubrió a sí mismo, no como un ser separado de todo lo demás, sino como una nota en la sinfonía eterna de la existencia. La muerte, pensó, no era el fin, sino una transición, un retorno al vientre primordial del que todos surgimos y al que todos, inevitablemente, regresamos.

Deposité las flores sobre la tumba, con la delicadeza de quien ofrece un tributo sagrado, una comunión silenciosa entre lo efímero y lo eterno. Las flores, recién cortadas, desprendían un aroma dulce y melancólico que se mezclaba con el aire frío del atardecer. Sus colores vibrantes, rojos intensos y amarillos soleados, parecían desafiar la penumbra que comenzaba a envolver el cementerio, como pequeños faros de vida en un mar de mármol y sombras.

La tumba, con su lápida desgastada y sus inscripciones casi ilegibles, se erguía ante mí como un recordatorio implacable del paso del tiempo. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, no de miedo, sino de una profunda reverencia ante la fragilidad de la existencia. En ese espacio consagrado, donde el silencio se tornaba casi palpable, me parecía escuchar el murmullo de voces lejanas, ecos de vidas pasadas que aún resonaban en la memoria del mundo.

Me arrodillé frente a la tumba, sintiendo la humedad de la tierra penetrar en mis rodillas, un contacto crudo y real que me anclaba al presente. Cerré los ojos y dejé que mis pensamientos vagaran libremente, como hojas llevadas por el viento. Recordé sus ojos, esos ojos que alguna vez me miraron con ternura y comprensión, que ahora estaban cerrados para siempre, dejando tras de sí un vacío insondable.

Las palabras, tantas veces inútiles, parecían aún más fútiles en ese momento. Sin embargo, en la intimidad de mi mente, pronuncié un silencioso adiós, una plegaria muda cargada de amor y tristeza. Cada flor depositada era un gesto de despedida, un intento desesperado de mantener viva una conexión que trascendía la barrera de la muerte.

El crepúsculo avanzaba, tiñendo el cielo de tonos púrpura y dorado, como una pintura sublime que marcaba el final de un día y el comienzo de la noche. Las sombras se alargaban, abrazando las tumbas en un manto de penumbra, mientras el viento susurraba entre los árboles, su canto un lamento y una promesa a la vez.

En el recogimiento de aquel lugar, comprendí que la muerte no era un final abrupto, sino un pasaje hacia otra forma de existencia, un retorno al vasto océano de donde todos provenimos. Las flores sobre la tumba, efímeras en su belleza, eran un símbolo de esa transición, un puente entre lo tangible y lo inefable.

Me levanté con un suspiro, sintiendo el peso de la despedida en mis hombros, pero también una extraña ligereza, una paz nacida de la aceptación. Mientras me alejaba, volví la vista una última vez hacia la tumba. Las flores brillaban en la penumbra, una ofrenda silenciosa que hablaba de amor, pérdida y esperanza en la perpetuidad de la memoria.

Deposité las flores sobre la tumba, y en ese gesto simple y profundo, dejé una parte de mi corazón, sabiendo que, aunque los cuerpos perecen, el amor perdura, latente en cada rincón del alma, en cada soplo de viento que acaricia las flores y las lleva a danzar en un abrazo eterno con el universo.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y me recibió el silencio como un viejo amigo que aguardaba pacientemente mi retorno. Las calles, una vez animadas con el ir y venir de los aldeanos, ahora yacían desiertas, bañadas por una luz tenue que el sol de la tarde derramaba con parsimonia. Los muros de las casas, encalados y adornados con geranios marchitos, parecían testigos mudos de un tiempo que se había detenido, congelado en un instante de perpetua espera.

Caminé despacio, dejando que mis pasos resonaran en el empedrado, un eco solitario que reverberaba en la quietud. Cada esquina, cada rincón de aquella aldea, evocaba recuerdos de días llenos de vida y risas. Recordé las fiestas que iluminaban las noches de verano, con farolillos colgando de los árboles y música que se mezclaba con las voces alegres de la gente. Ahora, todo parecía un sueño lejano, un susurro de tiempos mejores que se desvanecía en el aire.

Las ventanas cerradas y las puertas entornadas me miraban con ojos vacíos, como si la aldea misma hubiera perdido su alma. Sentí un nudo en la garganta al pasar frente a la plaza principal, donde antes los niños jugaban y los ancianos se sentaban a contar historias. La fuente en el centro, que antaño burbujeaba con agua fresca, estaba seca, y su estructura de piedra estaba cubierta de musgo, una reliquia de una vitalidad extinguida.

El viento, que solía llevar consigo el aroma del pan recién horneado y el canto de los pájaros, soplaba ahora con un susurro sordo, arrastrando consigo hojas secas y polvo. Me acerqué a la iglesia, cuyas campanas habían dejado de sonar, y entré en su interior fresco y sombrío. La luz se filtraba a través de los vitrales, proyectando sombras coloridas en las paredes desnudas. En el altar, una vela solitaria parpadeaba, su llama temblorosa un reflejo de la esperanza que aún latía, aunque débilmente, en el corazón de la aldea.

Me senté en un banco, dejando que el silencio y la penumbra me envolvieran. Mis pensamientos se agolparon, recordando los rostros de aquellos que habían sido mis compañeros de juegos, mis amigos, mi familia. La aldea, con su quietud desoladora, me hablaba de ausencias, de partidas sin retorno, de un ciclo inevitable de vida y muerte que se repetía una y otra vez.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y en ese retorno encontré un espejo de mi propia existencia. La vida, como la aldea, tiene sus momentos de esplendor y sus épocas de recogimiento, de silencios cargados de significado. Mientras me levantaba para salir, comprendí que la aldea no estaba muerta, solo dormía, esperando el regreso de la vida, de las risas, del bullicio que algún día, quizás, volvería a llenar sus calles y sus plazas.

Y así, con una mezcla de melancolía y esperanza, dejé la iglesia y retomé mi camino, sintiendo que, aunque la aldea estuviera en silencio, su espíritu permanecía intacto, aguardando el día en que despertaría una vez más al son de la vida.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pensaba Flegreo mientras observaba el lento fluir del arroyo, cuyas aguas cristalinas reflejaban los cielos cambiantes y las sombras alargadas de los árboles. La vida, en su incesante movimiento, era un vaivén de cicatrices y sanaciones, un tejido de experiencias que se entrelazaban en un ciclo perpetuo de dolor y curación.

Flegreo se sentó junto a la orilla, dejando que el sonido del agua le brindara un consuelo sutil. Miró sus manos, marcadas por el tiempo y las labores, y en cada arruga vio un recuerdo, un testimonio de los desafíos enfrentados y las alegrías vividas. En la quietud del momento, su mente se remontó a esos días donde el dolor parecía insoportable, y la esperanza una luz distante.

Recordó la pérdida de seres queridos, aquellos momentos en que el corazón parecía romperse en mil pedazos, y la oscuridad lo envolvía todo. Pero también recordó cómo, con el paso de los días, la herida abierta empezaba a cerrarse, lenta pero inexorablemente, dejando una cicatriz que, aunque visible, se convertía en un símbolo de resistencia. Cada despedida, cada adiós doloroso, había dejado una marca indeleble, un aprendizaje.

En su juventud, las heridas parecían más profundas, las pérdidas más intensas, como si cada fracaso, cada desilusión, fuera una herida abierta en el alma. Pero con el tiempo, Flegreo había aprendido que las cicatrices eran signos de fortaleza, recordatorios de su capacidad para sanar y seguir adelante. Entendió que el dolor era parte intrínseca del vivir, un maestro cruel pero necesario que enseñaba a valorar los momentos de paz y felicidad.

Mientras contemplaba el movimiento constante del arroyo, Flegreo reflexionó sobre las heridas del presente, aquellas que aún supuraban y dolían. Pensó en las palabras no dichas, en los rencores no resueltos, en las oportunidades perdidas. Sabía que, con el tiempo, estas también sanarían, aunque el proceso fuera arduo y lento. Cada día traía consigo una nueva herida, pero también una nueva oportunidad de curación, un nuevo comienzo en el ciclo interminable de la vida.

El cielo comenzó a teñirse de colores cálidos con la llegada del crepúsculo, y las sombras se alargaron, envolviendo el paisaje en una suave penumbra. Flegreo se levantó, sintiendo una calma renovada, una aceptación de la dualidad de la existencia. Las heridas, comprendió, eran inevitables, pero también lo era la capacidad de sanarlas. En cada cicatriz veía una historia, una prueba superada, un paso más en su viaje hacia la sabiduría.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pero en ese continuo fluir, en ese balance entre el dolor y la curación, Flegreo encontró una profunda belleza. La vida, con todas sus cicatrices y sanaciones, era un proceso de transformación constante, una danza entre la fragilidad y la fortaleza. Y en esa danza, Flegreo se descubrió más humano, más completo, aceptando tanto el sufrimiento como la alegría como partes esenciales de su ser.

Con una sonrisa serena, Flegreo se adentró en la penumbra de la noche, llevando consigo la sabiduría de las cicatrices y la esperanza de las sanaciones futuras, listo para enfrentar el siguiente amanecer con el coraje de quien ha aprendido a vivir plenamente, a pesar de, y gracias a, cada herida.

O quizás solo era uEl eco de un ladrido reverbera entre las colinas rocosas como si la caliginosa niebla lo tuviera atrapado, prisionero de su espesura etérea. Flegreo se detiene un instante, aguzando el oído, tratando de discernir la dirección de ese sonido solitario que rompe el silencio de la noche. La aldea duerme, sumida en un sopor tranquilo, pero el ladrido parece vibrar con una urgencia primitiva, una llamada desde lo profundo de las entrañas de la tierra.

La niebla, densa y pesada, envuelve todo a su paso, difuminando los contornos y creando formas espectrales que se mueven al compás del viento. Las colinas, normalmente claras y definidas, se transforman en fantasmas de sí mismas, sus perfiles apenas visibles a través del velo blanquecino. El ladrido resuena de nuevo, más cercano esta vez, y Flegreo siente un escalofrío recorrer su espalda, no de miedo, sino de una extraña anticipación, como si el ladrido fuera un presagio, un mensaje cifrado en el lenguaje de la naturaleza.

Avanza con paso firme, siguiendo el rastro del sonido, sus botas resonando sobre el suelo pedregoso. El eco parece guiarlo, llamándolo hacia un destino incierto pero inevitable. La niebla se agita a su alrededor, como si tuviera vida propia, acariciando su rostro con dedos fríos y húmedos. En su mente, se desatan pensamientos que se mezclan con los recuerdos, formando un torrente de imágenes y emociones que lo envuelven en una corriente incesante.

El ladrido se hace más insistente, casi desesperado, y Flegreo siente que el corazón le late con más fuerza, como si cada palpitar fuera un martilleo en el silencio espectral de la noche. Los árboles, apenas visibles en la penumbra, parecen inclinarse hacia él, sus ramas extendidas como manos que buscan un sueño, una fantasía tejida por la mente enredada en recuerdos y añoranzas.

Finalmente, llega a un claro entre las colinas, donde la niebla se dispersa ligeramente, revelando un paisaje de rocas y arbustos que parecen surgir de la tierra como figuras petrificadas en un gesto de asombro. El ladrido suena una vez más, fuerte y claro, y Flegreo ve, en el centro del claro, una silueta borrosa que se mueve inquieta entre las sombras.

Se acerca con cautela, sus pasos amortiguados por la vegetación húmeda. Al llegar más cerca, distingue la figura de un perro, de pelaje oscuro y ojos brillantes que reflejan la luz tenue de la luna oculta tras las nubes. El animal lo mira con una mezcla de temor y esperanza, como si su presencia fuera tanto una amenaza como una salvación.

Flegreo se agacha lentamente, extendiendo una mano en un gesto de paz. El perro, después de un momento de duda, se acerca con cautela, oliendo el aire entre ellos. Su cuerpo tiembla ligeramente, y Flegreo puede sentir la tensión en cada músculo del animal. Murmura palabras suaves, casi sin sentido, solo sonidos tranquilos para calmarlo. Lentamente, el perro se relaja, acercándose lo suficiente para que Flegreo pueda acariciarle el lomo.

El ladrido, ahora convertido en un suave gemido, parece desvanecerse en la quietud de la noche. Flegreo siente una conexión profunda con el animal, una comprensión mutua nacida de la soledad compartida. Mira alrededor, tratando de entender por qué el perro estaba allí, solo y perdido en la niebla. Pero el paisaje no ofrece respuestas, solo el eco distante de la naturaleza que se mezcla con el murmullo del viento.

Flegreo decide que no puede dejar al perro allí, abandonado a su suerte. Se levanta despacio, y el animal lo sigue de cerca, sus pasos sincronizados en una marcha silenciosa hacia la aldea. La niebla, como si comprendiera la resolución de Flegreo, empieza a disiparse, revelando el camino de regreso con una claridad creciente.

Mientras caminan, Flegreo siente que no solo ha encontrado al perro, sino también una parte de sí mismo que había estado perdida en la bruma de sus pensamientos y recuerdos. Cada paso parece borrar una herida, cerrar una cicatriz, y en la compañía del animal encuentra un reflejo de su propia búsqueda, de su necesidad de conexión y comprensión.

Llegan a la aldea cuando las primeras luces del amanecer comienzan a teñir el horizonte de tonos rosados y dorados. El silencio de la noche se rompe con los primeros cantos de los pájaros y el susurro de la vida que despierta. Flegreo y el perro se detienen en la plaza central, donde la fuente, ahora visible en toda su claridad, parece brillar con una luz renovada.

Flegreo se sienta en un banco, y el perro se acurruca a su lado, sus ojos cerrándose en un descanso merecido. Observa el cielo cambiar de color, y en ese momento de transición, comprende que cada día trae consigo nuevas heridas y nuevas sanaciones, pero también oportunidades para encontrar paz y propósito en los lugares más inesperados.

El eco del ladrido se desvanece en su memoria, reemplazado por el susurro tranquilo de la aldea que despierta. En la compañía silenciosa de su nuevo amigo, Flegreo encuentra una serenidad que había estado buscando, un recordatorio de que, incluso en la soledad y la niebla, siempre hay luz y compañía esperando ser descubiertas.

Mientras avanzaba por los caminos empedrados de la aldea, las imágenes se desvanecían como neblina matinal al toque del sol. La realidad y la ilusión se entrelazaban, creando un tapiz de sensaciones que oscurecían la frontera entre lo vivido y lo imaginado.

Cada piedra del camino, cada rincón polvoriento, me hablaba con la familiaridad de lo conocido y la extrañeza de lo olvidado. Me pregunté si alguna vez había realmente existido ese bullicio, esa alegría palpable que ahora parecía tan distante. Los ecos de risas y canciones podían ser recuerdos de tiempos pasados o simplemente creaciones de una mente hambrienta de consuelo y compañía.

La luz del atardecer se extendía perezosamente sobre las casas, alargando las sombras en una danza lenta y melancólica. Miré a mi alrededor, buscando signos de vida, pero todo permanecía inmutable, como un escenario abandonado tras el final de una obra. La aldea, en su soledad, parecía un reflejo de mi propio estado interior, un paisaje desierto de emociones y conexiones.

Me detuve frente a una antigua casa, sus ventanas oscurecidas y su puerta entreabierta. Recordé haber jugado en su jardín, corriendo tras las mariposas en tardes soleadas. Pero ahora, esa imagen parecía tan lejana, casi irreal, como si perteneciera a otra vida, a otro yo. Entré en la casa, mis pasos resonando en las habitaciones vacías. Las paredes, cubiertas de polvo, guardaban los susurros de conversaciones olvidadas, de momentos íntimos que se desvanecieron con el tiempo.

Subí las escaleras crujientes, cada peldaño un lamento de madera envejecida. Llegué a una habitación con una ventana rota, donde el viento soplaba suavemente, moviendo las cortinas con un murmullo tenue. Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera, hacia la aldea sumida en su silenciosa vigilia. Me pregunté si realmente alguna vez había dejado este lugar o si siempre había estado aquí, prisionero de mis propias memorias.

O quizás solo era un sueño, un espejismo creado por una mente fatigada de buscar sentido en la vastedad de la existencia. Tal vez, en el fondo, sabía que la aldea no era más que un símbolo, una representación de mis anhelos y temores, un lugar donde el pasado y el presente se fundían en una amalgama de realidad y fantasía.

Sentí una paz extraña, una aceptación serena de la incertidumbre. Salí de la casa y volví a caminar por las calles, dejando que el silencio me acompañara. Cada paso era un retorno a mí mismo, una exploración de los rincones más profundos de mi ser. La aldea, con su quietud y su misterio, me enseñaba que a veces, lo real y lo soñado se entrelazan de tal manera que es imposible distinguir uno del otro.

O quizás solo era un sueño, pero en ese sueño encontré respuestas que la vigilia me había negado, una comprensión de que la vida, con todas sus incertidumbres y dualidades, es un viaje continuo entre lo tangible y lo intangible, entre lo que es y lo que podría ser. Y así, seguí caminando, abrazando la dualidad, dejando que el sueño y la realidad se fusionaran en un todo armonioso, en el cual encontrar mi propio sentido y mi propio lugar.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» – «Cambian de cielo, no de alma, aquellos que cruzan el mar.» Estas palabras de Horacio resonaban en la mente de Flegreo mientras caminaba por las calles desiertas de la aldea, envuelto en una neblina de recuerdos y melancolía. Se preguntaba si todo el esfuerzo de su viaje había sido en vano, si al regresar a este lugar, que una vez fue hogar, había encontrado algo más que un reflejo de su propia inquietud.

El cielo sobre la aldea se teñía de un azul profundo, salpicado de nubes que parecían carneros vagando en un prado celeste. A pesar del cambio de escenario, la inquietud persistía en su corazón, una constante que no se disipaba con la distancia ni con el paso del tiempo. Los paisajes que había visto, las gentes que había conocido, todo se fundía en una amalgama de experiencias que, aunque enriquecedoras, no lograban apaciguar el torbellino interno que lo había impulsado a partir.

Se detuvo frente a la fuente en la plaza central, cuya agua cristalina reflejaba su rostro con una precisión inquietante. En sus ojos vio las huellas de las jornadas pasadas, de las esperanzas y los desengaños que habían jalonado su camino. Recordó las palabras de Horacio y comprendió que el viaje no había cambiado su esencia, sino que había revelado con más claridad las verdades que llevaba consigo, ocultas bajo capas de ilusión y deseo.

Las flores silvestres que crecían alrededor de la fuente, en tonos de violeta y amarillo, parecían susurrar sus propios secretos al viento. Flegreo se inclinó y recogió una, sintiendo el delicado tacto de los pétalos entre sus dedos. Pensó en cómo esas flores, arraigadas en la misma tierra, florecían cada año con una belleza renovada, sin necesidad de buscar nuevos horizontes. Quizás, reflexionó, la verdadera transformación no estaba en el cambio de lugar, sino en la capacidad de ver con nuevos ojos el lugar de siempre.

Las casas encaladas, las callejuelas serpenteantes, el murmullo del arroyo cercano: todo adquiría un matiz diferente bajo su nueva perspectiva. En cada piedra del camino, en cada rincón del paisaje, encontraba fragmentos de su propia historia, trozos de un puzzle que finalmente empezaban a encajar. La aldea, que antes le parecía un lugar de partida, se revelaba ahora como un símbolo de la constancia, de la inalterabilidad del alma frente a los avatares del mundo.

Flegreo se dirigió al mirador, desde donde podía contemplar el valle extendiéndose hasta el horizonte. El sol poniente bañaba la escena en tonos dorados, y las sombras se alargaban como si quisieran abrazar todo a su paso. Allí, en la quietud del crepúsculo, sintió una paz profunda, una reconciliación con su propio ser. Entendió que no importaba cuán lejos viajara, siempre llevaría consigo su esencia, su alma inmutable que, como un faro, lo guiaba a través de las tormentas y las calmas.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» Las palabras de Horacio se desvanecieron suavemente, dejando en su lugar una certeza renovada: el cielo puede cambiar, pero el alma permanece fiel a sí misma. Y en esa fidelidad, en esa aceptación serena de su propia naturaleza, Flegreo encontró finalmente el sosiego que había buscado a lo largo de su travesía.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, como si cada momento, cada emoción y cada rostro amado se desplegara ante sus ojos en un tapiz de recuerdos que lo envolvía en su calidez. Flegreo sintió cómo el peso de los años, las penas acumuladas y las alegrías efímeras se deslizaban suavemente de sus hombros, dejándolo libre, ligero como una pluma en la brisa vespertina.

El sol se deslizaba lentamente tras las colinas, pintando el cielo con tonos de oro y púrpura, un espectáculo de despedida que parecía hecho para él. La aldea, con su silencio sagrado, se convertía en un santuario donde su espíritu podía finalmente encontrar reposo. Los árboles susurraban una melodía ancestral, y el arroyo cercano cantaba con una voz serena, acompañándolo en su último viaje.

En su mente, las imágenes fluían con una claridad sorprendente. Vio su niñez, corriendo descalzo por los campos verdes, sintiendo la hierba fresca bajo sus pies y el sol cálido sobre su piel. Escuchó las risas de sus amigos, las voces de sus padres, y sintió de nuevo el abrazo reconfortante de su madre, un refugio de amor incondicional. Cada sonrisa, cada lágrima, se desvelaba en un mosaico perfecto, un reflejo de la belleza y la fragilidad de la vida.

Revivió los primeros amores, esos amores jóvenes y ardientes que parecían capaces de conquistar el mundo. Recordó las cartas perfumadas, los paseos bajo la luna y las promesas susurradas al oído. Sintió de nuevo la intensidad de esos momentos, la chispa de la pasión y la dulzura de la entrega. Luego, los años de madurez, las decisiones difíciles, las responsabilidades asumidas. Cada triunfo y cada derrota, cada alegría y cada dolor, formaban parte de la compleja sinfonía de su existencia.

Los rostros de aquellos que habían compartido su camino aparecieron ante él, uno por uno, como estrellas en la noche. Amigos leales, amores perdidos, hijos que habían crecido y seguido sus propios senderos. Flegreo comprendió que su vida había sido un entramado de conexiones, de vínculos tejidos con hilos invisibles pero irrompibles, que lo habían sostenido y dado forma a su ser.

Finalmente, sintió el abrazo de la aldea, ese lugar que había sido su punto de partida y ahora se revelaba como su destino final. Las flores silvestres, el sonido del viento, el murmullo del arroyo: todo conspiraba para envolverlo en una paz profunda, una armonía que trascendía el tiempo y el espacio. Supo, en lo más hondo de su ser, que había llegado a casa.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, aceptando cada fragmento con gratitud y amor. En ese momento de quietud absoluta, de completa entrega, comprendió la esencia de su existencia: un viaje lleno de significado, de aprendizajes y de amor. Con una sonrisa serena, cerró los ojos, dejando que su espíritu se fundiera con el universo, libre y eterno, como un susurro de viento en la vastedad del cielo estrellado.

Álamo de invierno

Poesía

A Manuel Moreno Díaz, hermano, amigo, poeta.

En el vasto paisaje de la llanura manchega,
los arroyos arrastran su carga fangosa,
cortando la tierra reseca y pétrea
con su anémico caudal de sombra.

Son serpientes de barro en el cuarteado suelo.
Cada curva es una trampa en el camino,
cada remanso es el charco y el lodazal
de sienas y pardos oasis.

En el eco de su chapoteo se escucha el desgaste
de la erosión y el acarreo de su retorcido curso de fangos,
de su laberinto de cieno bajo el sol implacable.

Las aguas turbias nos reflejan
en un cielo pardo, zaino,
pero en las orillas,
testigos de una furia desatada en silencio,
se alzan los álamos,
con sus ramas enredadas en el aire plomizo,
guardianes taciturnos, dorados y sabios
de los áridos desiertos.

Así, los arroyos de la Mancha, en sus crudas brañas,
sostienen a este viejo hermano, el álamo de invierno.

Declaración Calmavez

Poesía

Campo de la mente, en que las horas viejas se cobijan,
Volviendo individuos, como el vino de dulzura convertido,
Representaba el general César su metal, nunca cambiante, e
Iremos, bajo el manto de la noche, hacia la declaravez de acción.

En innumerables momentos, viejos cobardes,
Arrastraré por valles y campos mi ser,
Subiré las cumbres, buscando las respuestas correctas,
Acecho en el silencio, donde el miedo alimentado se desvanece.

Debía ser así, idiota, en este adiós cantar súbitamente,
Expresiones de miedo, alimentado por el cerebro nadan,
Habiéndome borrar en el momento, tras veces repetir,
Dispersando países solas, en la calma del crujir.

Hambres, incienso va, condenación perecía,
En la huida que suele seguir la ciencia de los políticos del hablar,
Pero en cada partida, en cada regreso,
La esperanza se alza, como el sol en su danza eterna.

Así, en la alquimia de la vida, donde las sombras y la luz se entrelazan,
Nosotros, los viajeros de este camino sin fin,
Encontraremos la verdad en las palabras olvidadas,
Y en cada paso, seremos libres de ser.

En la declaración de la vida, la tarea es volvernos individuos, como el vino que representa la general dulzura del César, nunca cambiante. Iremos hacia la metal dulzura que nunca cambia, donde los viejos cobardes no encontrarán hora para dormir. En innumerables campos, arrastraré valles y subiré a las correctas acechanzas, donde deber ser debía, idiota, decir adiós.

Cantaré súbitamente expresiones de miedo alimentado, que desaparecen y se borran, habiéndome a mi mismo, momento, veces, repetirás dispersando países, solas, en la Calmavez que crujir de hambres de incienso van. Condenación, perecía la huida que suele la ciencia de los políticos hablar.

Según la herrumbre

Poesía

Danzor olvidé bien, egópata,
donde la felicidad se hallaba,
salvaguardándola como tesoro,
al habitar la prueba de otros.

En sembrados de otras vidas impuras,
gente podía hallar castigo o conversión,
viendo en ello una idea propia,
explicarme la consoladora verdad.

Entre el grito y el musgo, según la herrumbre,
apariencias cambiantes como climas,
bautizo de emociones recibirán, y
en paños de nostalgia me envolvía.

Las estaciones, testigos de mi tontería,
capitales abiertamente derrochadas,
en pareja con los principios viejos,
y una bastarda de Corán especial.

Tragado por el tiempo como hervidos sueños,
distraído por los licores del olvido,
aquelarre de emblemas en el ganado del destino,
mis abuelas solían decirlos todos, según la herrumbre.

Ahora, en la senda del recuerdo,
te invito a caminar conmigo, otrólata,
por los senderos de esta vida, savia y vigor,
donde las palabras son versos mudos,
y los versos, suspiros del perenne estruendo.

La disposición de activos de TI

No ficción

La disposición de activos de TI se refiere al proceso de gestionar y administrar los activos de tecnología de la información (TI) de una organización durante todo su ciclo de vida, desde su adquisición hasta su desecho.

Esto incluye la identificación de los activos de TI de la organización, su evaluación y selección, su adquisición, implementación, configuración, mantenimiento, monitoreo, actualización y eventual desecho. La disposición de activos de TI también implica la gestión de los costos asociados con la adquisición, mantenimiento y desecho de los activos de TI.

Un enfoque efectivo de disposición de activos de TI puede ayudar a las organizaciones a maximizar el valor de sus inversiones en tecnología, garantizar la seguridad y cumplimiento normativo, minimizar el riesgo de interrupciones del servicio y mejorar la eficiencia operativa.

La disposición adecuada de los activos de TI puede tener varias ventajas ecológicas, como:

Ventajas:

  • Reducción de la generación de residuos electrónicos, que contienen materiales peligrosos como plomo, mercurio, cadmio, entre otros, y que pueden contaminar el medio ambiente si no se eliminan correctamente.
  • Reducción del consumo de energía al reemplazar equipos viejos e ineficientes por otros más modernos y eficientes.
  • Aprovechamiento de equipos viejos y obsoletos mediante la reutilización y el reciclaje, lo que reduce la necesidad de fabricar nuevos equipos y, por lo tanto, reduce la huella de carbono asociada con la producción de nuevos equipos.

Sin embargo, la disposición inadecuada de los activos de TI puede tener graves consecuencias ambientales, como: Desventajas:

  • Contaminación del suelo, el agua y el aire debido a la liberación de sustancias tóxicas y peligrosas presentes en los residuos electrónicos.
  • Aumento del consumo de energía y la emisión de gases de efecto invernadero si se reemplazan los equipos viejos antes de su final de vida útil.
  • Riesgo de contaminación de datos personales y confidenciales si los equipos no se eliminan correctamente y los datos no se eliminan de manera segura.

Por lo tanto, es importante que las organizaciones adopten prácticas responsables de disposición de activos de TI, incluyendo la evaluación de los riesgos ambientales y la implementación de medidas de mitigación adecuadas para minimizar cualquier impacto negativo en el medio ambiente.

La disposición adecuada de los activos de TI puede tener costos y ahorros ambientales y sociales significativos. Algunos de los costos y ahorros más comunes son:

Costos:

  • Costos de eliminación adecuada de los residuos electrónicos, incluyendo el transporte y el procesamiento de los equipos desechados.
  • Costos de implementación y mantenimiento de sistemas de gestión de activos de TI y de seguridad de datos.
  • Costos de adquisición de nuevos equipos y de actualización de los sistemas existentes.

Ahorros:

  • Ahorro de energía y reducción de la huella de carbono mediante la sustitución de equipos viejos e ineficientes por otros más modernos y eficientes.
  • Ahorro de costos de energía a largo plazo mediante la implementación de medidas de eficiencia energética.
  • Ahorro de costos a través de la reutilización y el reciclaje de equipos viejos y obsoletos en lugar de la adquisición de nuevos equipos.
  • Reducción del riesgo de multas y sanciones por no cumplir con las regulaciones ambientales y de seguridad de datos.

Además, la disposición adecuada de los activos de TI también puede tener ahorros sociales, como la creación de empleos en la industria de reciclaje de electrónica y la reducción de la exposición a sustancias tóxicas y peligrosas para las personas que trabajan en la eliminación de residuos electrónicos. También puede mejorar la seguridad y privacidad de los datos personales y confidenciales de los clientes y empleados, lo que puede mejorar la confianza del público y la reputación de la empresa.