Con máscara te canto

Poesía

Con máscara te canto, para adquirir el fulgor mugriento
de los dispensados niños que juegan junto a las atarjeas,
como si Vallejo hubiese dejado su pan
entre las costillas del aire.

Te llamé con mis tiernos caballos al galope,
los que reservaba para el combate,
y me respondieron legumbres tontas,
capaces de descarnar la autenticidad de un festín mecánico,
mientras las moscas del lago replicaban
con su zumbido de martirio.

Encogía el gris,
manchado mártir recuperado por la fe de nadie;
ni las leyes del polvo,
ni las de la camisa que manda sobre los decorados
pudieron detener la oportunidad
de hacerse alimaña.

Se apagaba el cuento cuyo guardián lloraba,
aventurero y santo a la vez,
mostrando sus humanos delirios como un espejo de Rimbaud.
Tratad, de inmediato,
de emborracharnos con carámbanos
espantosamente rodeados de consejos
que faltan, que no existen.

Y entonces,
arrojaré todo esto a los paisajes de la clave:
la clave de los descalzos,
la clave de los festines apagados,
la clave que Lorca susurró a las manos
de los que aún sueñan
con caballos tiernos al galope.

EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

Mientras caen los cuerpos

No ficción

Uno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.

Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.

En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.

En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.

En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.

Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

No ficción

La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

El Libro de Khafaal de Thaunn

Poesía

NOTA PRELIMINAR: He dejado en blanco las partes que no eran legibles en la tablilla encontrada. Hay quien interpreta que la tablilla se va reescribiendo a lo largo de la historia, cuando pierde palabras, sin perder nunca su sentido y su potencia profética. Según esta teoría, el libro marcará el final del mundo cuando sólo quede la última palabra. Por ahora quedan 1722 palabras que he traducido como sigue…

Oh tierra batida por soles negros
tierra donde no germina el nombre
tierra donde el viento guarda juramentos rotos
escucha ahora el relato que nadie pidió
pero que aún así persiste

Había un hombre
No un rey No un dios No un héroe
Un hombre sin escudo
sin sangre real
pero con una herida que no cerraba

A él se le apareció el dragón de los siete rostros
el que se oculta en la raíz del silencio
el que devora nombres y los olvida
sin saborearlos

Y el hombre
el sin-manto
el que ya había perdido la ciudad de su infancia
sacó la fíbula de su cintura
símbolo inútil
símbolo último

No como arma
No como escudo
sino como juicio

Y fue entonces que descendió
no en carro de fuego
no con trompetas
no con antorchas
sino con polvo en los pies
y verdad en los ojos

“¡Tarde vienes!” gritó el hombre
“¡Todo está perdido!”
Pero él respondió
“No vengo a ganar
Vengo a mirar contigo”

Entonces el cielo se cerró
No con trueno
No con ira
sino con esa calma espesa
que anuncia la extinción del lenguaje

El dragón se alzó
No era un monstruo
Era la memoria sin dueño
Era el pasado que nadie sostuvo
Era el olvido con forma de aliento

Y el hombre caminó hacia él
Solo
Con el nombre roto colgando del pecho
como un amuleto vencido

El fuego no lo consumió
El dragón no lo devoró
El cielo no lo reconoció

Pero la ceniza supo su nombre

Y eso para algunos
fue suficiente

Amante de la verdad

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
para poder acosar al dragón con ella

Estaba realmente enfurecido

Y vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
afortunadamente

Adiós
Adiós viejo cielo

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
No como adorno
No esta vez
Como acero
Como grito
Como rabia

Con ella acosé al dragón
No el de escamas y fuego
El otro
El que se arrastra bajo la piel
El que devora los nombres de los caídos
El que susurra en las noches sin estrellas
«Ya no queda nada por salvar»

Estaba realmente enfurecido
No por miedo No por honor
Por memoria
Por los que creyeron
Por los que aún me llaman
Hermano
desde los huesos

Y entonces vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
Khafaal que juró no volver a empuñar su lanza
Khafaal que perdió a su hijo en las minas de Lorsamm Aar
Khafaal el último justo en esta tierra torcida
Gracias a los dioses rotos vino

Y juntos lo enfrentamos
El dragón
El pasado
El fin

El cielo
Ah viejo cielo
tan cansado de mirar guerras de hombres
Tan azul Tan inútilmente azul

Adiós
Adiós viejo cielo
Que otro levante la espada
Que otro recuerde nuestros nombres
Yo
Yo me duermo ya

Me la quité sin temblor
No era un adorno
era el eco de mi nombre
cosido al pecho

La lancé como lanza
y silbó en el aire
como si supiera
lo que el acero ha olvidado
«Que toda belleza
puede volverse herida»

No ruge
No alza el vuelo
No duerme sobre oro

Se arrastra por los pasillos
donde guardo los nombres de los que amé
Sabe deletrear el olvido
con lengua de humo

Y cada vez que dudo
se hace más real
Más hueso
Más rastro

Él llegó sin armadura
Solo una mirada
de quien ya ha muerto dos veces

No preguntó por qué luchaba
Clavó su lanza
como quien siembra algo
en tierra yerma

Luchó sin fe
pero con memoria
Y eso quizás
fue suficiente

Ese cielo
azul de cansancio azul de olvido
gris de tanto mirar sin tocar
no tiene dioses
Solo testigos

Cada estrella es una promesa rota
Cada nube un juramento olvidado

Le dije adiós
como se saluda a un padre
que nunca estuvo ahí

Cuando la sangre calla
el viento habla

Dice cosas que olvidamos
Que no hay victoria
Que no hay tumba justa
Que el mundo no recuerda

Pero aún así
mientras caía
apreté la fíbula en mi puño
como si fuera una flor

Y sonreí
Porque no me rendí

El Fuego de Thaunn
No descendió del cielo de ningún dios
Nadie abrió los cielos con relámpagos
La tierra no tembló
Y sin embargo supimos que había llegado la hora

El dragón no vino desde los bosques lejanos
ni surgió del abismo con alas negras
Estaba ya allí
en los pliegues del silencio
en la palabra no dicha
en la carne que recuerda
lo que la mente querría olvidar

Yo arrojé al suelo la fíbula
ya sin manto sin escudo
con el pecho expuesto al juicio del acero
No porque creyera en la victoria
sino porque aún me aferraba
a una forma rota de la verdad

Entonces llegó Khafaal de Thaunn
No traía estandarte
ni un nombre grabado en los anales
Solo cicatrices en el rostro
y una lámpara encendida
que parecía arder sin aceite

“No hay oro que salvar” dijo
“Ni mundo que redimir
Solo tú
y la llama que aún se resiste a extinguirse”

No me dio órdenes
No tomó mi mano
Se sentó a mi lado
y esperó

El dragón nos encontró así
uno con su lanza enterrada en la tierra
el otro con la mirada vuelta hacia adentro
Y cuando rugió
no fue su aliento lo que nos amenazó
sino su pregunta

“¿Por qué aún estás de pie?”

Yo no respondí con palabras
La fíbula ya era hierro candente entre mis dedos
Y la arrojé
No para matar
sino para marcar el límite
entre la oscuridad y lo que aún puede arder

El dragón no cayó
El cielo no se abrió
Pero en el humo
algo se quebraba

Y en el crujido de ese instante
supe que el mundo no se salva
pero uno puede salvar
una chispa
Una memoria
Un gesto limpio
en medio del caos

Khafaal asintió
Se levantó
Y sin mirar atrás
se perdió por el mismo camino
por donde vino

No todas las brasas son ceniza
Hay algunas que fingen haberse extinguido
pero en la noche del alma
arden más que el sol

Khafaal dijo
«Guarda esas brasas
No para incendiar el mundo
sino para iluminar tu nombre
cuando te sea negado»

El dragón no se alimenta de cuerpos
Devora los nombres
Los pronuncia lentamente
hasta hacerlos polvo

Por eso luchamos
no por el cuerpo
sino por el eco que lo sigue

El cielo es testigo pero no aliado

Khafaal alzó la mirada y dijo:
«No reces No maldigas
Mira ese azul
como quien mira una piedra
sin esperar respuesta
pero sabiendo que existes
porque puedes contemplarlo»

El umbral no es la puerta
Es la pregunta antes de cruzarla

¿Qué de ti debe morir
para que lo que debe vivir
respire?

Cuando el guerrero partió la fíbula en dos
ya no era un broche
Era el primer signo de revelación

Uno de los fragmentos se hundió
en el pecho del dragón
El otro en el suyo

Y así se volvieron iguales
dos cuerpos marcados
por la misma herida

Aquel que no haya sentido
el peso de un símbolo
no ha sentido aún el mundo

No busques la verdad como un mapa
búscala como se busca un recuerdo
sabiendo que quizás lo que encuentres
te cambie

El fuego no pregunta por tu causa
Solo consume lo que arde

Khafaal habló ante las llamas:
“No hay metal noble sin horno
Ni rostro verdadero sin incendio”

Y arrojó su nombre al brasero
como quien entrega una llave

Algunos fueron tocados
por una llama distinta
no los hirió
pero tampoco los dejó igual

Se les conocía por la mirada
ardían en silencio
y no buscaban testigos

No es el cuerpo el que muere primero
sino el nombre al que ya nadie llama

El dragón lo sabe
por eso guarda los nombres
en su vientre
como huesos no digeridos

“Cuando digas mi nombre
dilo despacio
No por reverencia
sino por precisión
Cada sílaba fue ganada
como una trinchera”

Lo que no se nombra
se desvanece
Pero lo que se nombra mal
también perece

La noche no es oscuridad
Es el silencio donde se decide
si aún eres tú

Cuando no pude dormir
Khafaal habló
“La noche es el rostro
de lo que no pudiste perdonar
Pero si la atraviesas
te hablará sin mentir”

Si ves una figura en la noche
que no tiene sombra
síguela

No te llevará a la luz
pero tampoco al engaño

No hay mayor consuelo
que aquel que no promete consuelo

Khafaal no prometió nada
Se sentó
Y en su silencio
supe que no estaba solo

El compañero no lucha por ti
Lucha para que tú no olvides
cómo hacerlo

“¿Y si caemos?”
“Entonces no caerás solo”

“¿Eso basta?”
“A veces es todo lo que hay”

No todo lo olvidado está perdido
Hay cosas que duermen bajo la ceniza
esperando que alguien respire hondo

El olvido no borra
Desvía

Un día miras un rostro y no sabes
si fue un enemigo
un hermano
o tú mismo

La muerte no es olvido
El olvido es más lento

Es el crujido del nombre
mientras cae
sin que nadie lo recoja

Yo no fui testigo
No combatí en los días de la fíbula
No hablé con Khafaal de Thaunn
No vi al dragón
ni al cielo viejo
ni al fuego sin causa

Y sin embargo he vivido con estas tablillas
más tiempo del que he vivido con mi propio nombre
Las heredé de manos temblorosas
en un zigurat sin lámparas
entre estantes rotos y juramentos carcomidos

Nadie recuerda ya por qué se escribió este libro
Algunos creen que es un canto épico
disfrazado de fragmentos
Otros dicen que es alquimia
disfrazada de mito

Para mí es un espejo

No uno liso no uno de palacio
sino de los antiguos
curvo oxidado
que muestra el rostro
que no sabías
que llevabas dentro

Hay quienes buscan aquí instrucciones
No las hay
Hay quienes buscan consuelo
Lo encontrarán pero no como esperaban

Aquí hay fuego Nombre Noche Compañero Olvido
Y algo más
Un Eco Un eco
un eco

Porque cada vez que recito estas líneas
aunque las sepa de memoria
hay una palabra que suena distinta

Como si el libro no fuera un libro
sino un ser que escucha

Que espera
Que no olvida

Que quizás recuerda de ti
más de lo que tú mismo recuerdas

La lagartija es el abrecartas del muro

Ficción

Viví durante siete años en la casa de mi tío Julio, un edificio vetusto de piedra gris, encajado como un ataúd entre dos colinas baldías. Allí, los días caían espesos como telarañas, y las noches eran tan silenciosas que se escuchaba el crujir de los pensamientos.

En el ala oeste, una pared destacaba sobre todas: un muro tan perfectamente liso, tan absurdamente inalterado por el tiempo, que se volvía sospechoso. No había en él ni un solo clavo, ni una grieta, ni un recuerdo de humedad. Se decía que esa pared no pertenecía a la arquitectura original. Algunos —los pocos que aún hablaban de la casa— aseguraban que ocultaba algo.

Y sin embargo, no fue el muro lo que me inquietó primero. Fue la lagartija.

Comenzó a aparecer cada atardecer, cuando la última luz del sol se hundía tras las colinas. Era una criatura diminuta, de escamas casi transparentes, y se movía con la precisión de una cuchilla. Se arrastraba directamente hacia el muro, siempre por el mismo camino, hasta detenerse en un punto apenas perceptible. Allí, apoyaba su cabeza contra la piedra… y desaparecía.

Sí, desaparecía. La primera vez creí que había caído en alguna grieta, pero al examinar el muro, no hallé abertura alguna. Ni siquiera una línea. Toqué con los dedos, raspé con uñas, golpeé con nudillos: piedra lisa, indiferente.

Y sin embargo, cada día, la criatura volvía a entrar. Como una llave. Como un abrecartas. Como si ella supiera lo que nadie más sabía.

Comencé a esperar su llegada. Pasaba horas en la penumbra, con los ojos fijos en la pared, el corazón latiendo con un ritmo que no era mío. Observaba la danza casi ritual del animal, su confianza absoluta al cruzar el umbral invisible.

Comencé a dibujarla. A medir sus pasos. A trazar el contorno del muro en mis cuadernos. Mis manos temblaban cada vez que la veía desaparecer. ¿Qué abría tras su paso? ¿Qué había detrás?

Una noche, impulsado por un terror que rozaba la euforia, tracé una línea con carbón donde la criatura se desvanecía. Al día siguiente, la lagartija no apareció.

Fue entonces cuando escuché el rasguño. Un sonido mínimo, metálico, como de hoja de papel siendo cortada por una navaja. Me acerqué al muro. La línea de carbón había sido borrada… desde dentro.

Y allí, encajada entre dos piedras, vi una hendidura. Tan fina como un sobre sellado. Metí los dedos. Palpé algo. Una hoja de papel.

Temblando, la deslicé hacia fuera. Era una carta. Antigua, amarillenta. Sellada con un símbolo que no reconocí, salvo por una coincidencia enfermiza: era la forma exacta del reptil.

La abrí. Solo tenía una frase, escrita con una caligrafía casi infantil:

“La lagartija es el abrecartas del muro.”

Y debajo, en tinta más oscura, escrita con otra mano:

“Tú eras la carta.”

Desde esa noche, el muro comenzó a agrietarse. Primero fue una fisura delgada como un cabello. Luego, una rendija suficiente para que pasara la luz. Y en la penumbra, desde el otro lado, alguien miraba. La lagartija nunca regresó. Pero algo más sí lo hizo.

Desde el momento en que leí aquella frase —“Tú eras la carta”— supe que ya no era dueño de mí mismo. Caminaba por la casa con pasos ajenos, como si me hubieran escrito desde adentro. Mi sombra ya no coincidía del todo conmigo. A veces se adelantaba, otras se quedaba quieta cuando yo me movía. El muro —mi obsesión, mi espejo— respiraba.

Las grietas crecían. Lentas, como raíces en carne dormida. No solo se abría la piedra: se abría el aire, el tiempo, la cordura. Dormía en un sillón frente al muro, con una vela encendida y un cuchillo a mis pies. El miedo se me pegaba a los párpados. No sabía qué esperaba… hasta que lo vi.

Primero fue una pupila. Redonda, negrísima. Se formó en la rendija, como si estuviera hecha de humo sólido. No parpadeaba. No temía. Solo miraba. Y yo… no pude apartar la vista.

Sentí entonces una presión en el cráneo, como si me buscaran palabras entre los huesos. Escuché una voz sin sonido, articulada desde dentro de mí:

No abrimos muros. Leemos destinos. Tú fuiste sellado. Fuiste escrito.

La grieta exhaló un olor húmedo, antiguo, mezcla de tinta seca y flores podridas. En el aire flotaban motas doradas, como polvo de pergamino quemado.

A la noche siguiente, algo comenzó a reptar por las paredes del cuarto. No eran lagartijas. Eran pieles vacías. Como si algo las hubiera mudado y abandonado. Algunas llevaban formas humanas. Otras, algo menos definidas.

Una se descolgó desde el techo y cayó junto a mí, flácida como un abrigo desollado. En su interior, encontré trozos de papel pegados a la dermis. Fragmentos de frases:

“…lo que entra no puede salir…”

“…escribirse es borrarse…”

“…todo muro es una herida que aprende a leer…”

Comencé a entender. El muro ya no era un muro. Era un párpado. Era una membrana delgada entre lo que somos y lo que nos lee.

Me arrastré hacia la grieta, ahora más ancha. Cabía una mano. Luego, un brazo. Luego, el pecho. La pared ya no ofrecía resistencia. Me absorbía. Como si me reconociera.

Al otro lado no había oscuridad. Había luz. Pero no una luz cálida ni salvadora. Era una luz que mostraba todo, incluso lo que debía permanecer sin nombre.

Vi mesas llenas de cartas sin abrir. Muros repletos de ojos. Sombras que susurraban oraciones escritas en lenguas vivas y muertas. Y vi otras versiones de mí. Selladas. Esperando ser leídas.

Comprendí, al fin, la naturaleza de la lagartija. No era un animal. Era una firma. Un símbolo viviente que abre lo que fue sellado por manos que no nacieron.

Y yo… yo había sido sellado al nacer. Un sobre andante. Una carta con forma humana. El muro no era mi prisión: era mi sobre. Y ahora que lo habían abierto, solo quedaba una cosa por hacer: Firmar la próxima.

Si estás leyendo esto, no me busques. No abras la pared. No sigas la lagartija. Ella ya te vio. Ya sabe tu nombre. Y tú… tú también eres una carta.

Entropía y Supercuerdas

Ficción

Lo supe una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con un bostezo anaranjado sobre los tejados del barrio. Aquiles —así se llama el gato— yacía en el alféizar, con la mirada fija en un punto invisible entre las sombras. Sus bigotes vibraban al ritmo de una sinfonía inaudible para el oído humano, y su cola oscilaba con la precisión de un metrónomo cósmico.

No era un simple movimiento. Cada sacudida parecía alterar la textura misma del aire, como si sus vértices felinos tocaran las membranas del universo. En un vaivén perezoso, retorcía el espacio-tiempo como si fuera un ovillo de lana cuántica. Yo, testigo accidental, vi el resplandor de las dimensiones colapsando sobre sí mismas, y comprendí que la física, tal como la conocíamos, no era más que una distracción menor para mentes con pretensiones.

Aquiles, indiferente a su genio, se estiró con pereza, como si nada de eso importara. Su cola se detuvo. El universo, obediente, volvió a su curso ordinario. Las paredes de la habitación respiraron con alivio. Yo también.

Desde entonces, cada vez que lo veo mover la cola, me pregunto cuántos universos se habrán doblado en silencio, cuántas leyes habrán cambiado de lugar, cuántas realidades posibles se habrán deslizado por el pasillo sin que nos demos cuenta.

Y él, como todos los gatos, sigue sin decir nada. Solo observa. Y mueve la cola.

No lo supe de inmediato. Al principio, era solo un gesto más en su repertorio de silencios: ese vaivén leve, casi imperceptible, con que parecía medir la densidad del aire o ajustar el equilibrio de su mundo interior. Lo observaba desde el rincón del sofá, libro en mano, creyendo ingenuamente que yo era el espectador y él, el objeto. Qué torpeza.

Aquiles —así lo llamé porque me pareció que caminaba como un héroe que hubiera vencido a la muerte— había llegado una noche de invierno, empapado y hambriento, con los ojos como faros de otra galaxia. Nunca entendí de dónde vino, ni por qué eligió mi casa. Quizá yo también emitía algún tipo de frecuencia invisible, una cuerda vibrando débilmente en medio de una sinfonía más grande.

Lo cierto es que su presencia fue cambiando cosas. Al principio, detalles mínimos: el reloj de la cocina empezó a marcar la hora con un desfase leve, como si intentara adaptarse a otro ritmo. Las plantas crecían torcidas hacia donde él dormía. Y mis sueños comenzaron a hablarme en lenguajes que no conocía, pero que sentía que alguna vez había entendido.

Todo giraba en torno a su cola. Cuando la movía, algo pasaba. No me refiero al gesto común de irritación o aburrimiento, no. Era un movimiento preciso, calculado, casi ritual. Una ondulación suave que parecía tejer patrones en el espacio. Había noches en que la movía al compás de la lluvia, y otras en que lo hacía en seco, como quien pulsa una cuerda sin sonido pero con eco. Entonces el aire se curvaba. Lo juro. Las paredes temblaban como un holograma mal proyectado, y yo sentía un tirón, como si estuviera a punto de caer dentro de mí mismo.

Empecé a investigar. Abandoné escritos, redes, trabajo. Me sumergí en tratados de física, mecánica cuántica, teoría de cuerdas, geometrías imposibles. Leí a los antiguos y a los que aún no han nacido, buscando una explicación. Descubrí que la teoría de las supercuerdas propone que todo en el universo, cada partícula, no es sino una vibración diminuta en una cuerda subatómica. Como las cuerdas de un violín tocadas por una voluntad oculta. Entonces entendí: Aquiles no era un gato. O no solo. Era un instrumento, o tal vez el músico.

Una noche, mientras él dormía en espiral junto a mis papeles caóticos, me atreví a tocarle la cola. Apenas un roce. Fue como introducir la mano en un río de antimateria. Me vi multiplicado en infinitas versiones de mí mismo: uno lloraba, otro reía, otro caminaba por una ciudad sin cielos, otro era un pez, otro jamás había nacido. Vi a Aquiles en todas ellas, siempre igual, siempre distinto, siempre moviendo la cola. Me desmayé.

Al despertar, todo parecía normal. Pero había un cuaderno en mi mesa con mi letra que comenzaba con una frase:

«Cuando el gato mueve la cola reinventa la teoría de las supercuerdas.»

Desde entonces, vivo en un estado de vigilia intermitente. No duermo más de lo necesario. Observo. Anoto. Escucho el susurro del universo reacomodándose cada vez que Aquiles mueve la cola, cada vez que, sin saberlo —o sabiéndolo del todo—, redibuja la arquitectura misma de la existencia.

No sé cuánto tiempo más podré sostener esta verdad. A veces pienso que no estoy en mi universo original. Que he sido desplazado sin saberlo. Que cada vez que Aquiles se estira y gira la cola en un gesto distraído, me transporta a otra versión del mundo, similar pero jamás idéntica. Solo él lo sabe. Pero no habla. Solo observa. Y mueve la cola.

Desde que toqué la cola de Aquiles, todo había cambiado. Aunque las paredes seguían en su lugar, aunque el café aún sabía a lo mismo y la radio repetía los viejos noticieros de siempre, yo sabía que había algo… desplazado. Una vibración que antes no estaba allí, como si el universo respirara por otra válvula.

Una noche, mientras revisaba mis notas —algunas escritas con mi letra pero firmadas por alguien llamado “E. Kaonis”, nombre que nunca había usado—, el timbre de la puerta sonó. No era común. Nadie venía a verme. No tenía vecinos curiosos ni amigos espontáneos. La campanilla resonó como un eco de otro plano, y por un momento pensé que solo era otra ilusión más. Pero no lo fue.

Era una mujer. O algo con forma de mujer. Vestía un abrigo azul tan oscuro que absorbía la luz como un pozo, y llevaba un paraguas cerrado, seco, aunque afuera llovía. Sus ojos no eran iguales: uno parecía ser de vidrio, pero se movía. El otro era opaco, como una piedra lunar. Sonrió apenas.

—¿Él está aquí? —preguntó, sin presentarse.

—¿Quién?

—El músico. El que afina el tejido.

Mi estómago se cerró en un nudo. No sabía si correr o invitarla a pasar. Ella entró como si conociera la casa.

Cuando Aquiles la vio, no se inmutó. La reconocía. Se estiró, caminó hasta ella y frotó su cabeza contra su pierna. Ella se inclinó y le habló en una lengua sin vocales. Aquiles respondió con un parpadeo.

—¿Quién es usted? —pregunté al fin, con la voz apenas audible.

—No importa el nombre. En esta versión, soy la segunda nota. La disonancia necesaria. Llevo buscándolos en ochocientos diecisiete planos. Siempre se desvían. Esta vez, tú los hiciste desviar.

—¿Desviar qué?

Ella se acercó a mi mesa, hojeó el cuaderno de notas y alzó una ceja.

—Esto no deberías haberlo escrito. Es peligroso saber antes de ser. Todo lo que crees que estás observando te está observando a ti. Y ahora saben que lo sabes.

Miró a Aquiles.

—¿Ha movido la cola hoy?

Yo asentí. Ella suspiró.

—Entonces el eje está roto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no hay retorno seguro. Cada movimiento altera no solo los posibles futuros, sino los recuerdos de los pasados descartados. Te convertirás en un acumulador de residuos de realidades. Un archivo viviente. Empezarán los desdoblamientos. ¿Ya sueñas con otras versiones de ti?

—Sí… —dije, aterrado.

—Pronto dejarás de saber cuál eres tú realmente.

Ella se dirigió a Aquiles otra vez. Él la miró largamente y luego, sin apuro, volvió al alféizar. Su cola se movió. Una sola vez. Las lámparas titilaron. El aire cambió de sabor.

Yo caí de rodillas, no por dolor, sino por vértigo. Imágenes me atravesaron como flechas de luz: ciudades que no conocía pero reconocía, yo mismo muerto y yo mismo escribiendo desde una celda hecha de cristales líquidos, y en todas las versiones, Aquiles… observando.

La mujer me ayudó a ponerme de pie.

—Aún hay una forma de estabilizar el tejido —dijo—. Pero necesitaré tu ayuda. Y su permiso.

Me miró con gravedad.

—Tendremos que ir a donde empezó todo. Donde Aquiles fue afinado por primera vez.

—¿Dónde es eso?

Ella me tomó del hombro. La habitación se volvió difusa. Afuera, la lluvia caía hacia arriba.

—No está en este mundo.

Cuando dijo “No está en este mundo”, sentí algo rasgarse en el interior de mi conciencia. Como una página arrancada sin cuidado de un libro muy antiguo. Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella ya había extendido el paraguas. Lo abrió dentro de la casa, desafiando todas las supersticiones triviales. Al hacerlo, la habitación cambió.

No desapareció, ni se transformó con un efecto teatral. Fue más sutil. La ventana que daba al callejón ahora daba al vacío. Las paredes comenzaron a desdibujarse, como si fueran bosquejos a lápiz en una hoja que alguien estaba borrando. Sólo el gato y el paraguas parecían completamente definidos.

—No intentes entenderlo —dijo ella—. Los marcos que sostienen la realidad aquí no están hechos para moverse. Pero se mueven igual.

Me tomó de la muñeca. La tela del paraguas se onduló, y al mirar hacia arriba, no vi tela negra, sino un cielo extraño: violeta, lleno de luces flotantes, como medusas cósmicas navegando por un océano sin agua.

Aquiles saltó dentro del paraguas como si fuera su cama favorita. Al tocar el centro con su pata, todo giró. Y caímos.

Desperté en un paisaje imposible. Era un campo extenso, cubierto de un pasto transparente que sonaba al crujir como vidrio molido. El cielo era negro, pero lleno de raíces blancas que se movían lentamente, como neuronas buscando conexiones. En el horizonte había estructuras que no podían haber sido construidas por manos: eran más bien pensamientos solidificados, recuerdos con forma.

Ella estaba de pie junto a mí.

—Bienvenido al nodo origen —dijo—. Aquí fue donde Aquiles aprendió a mover la cola por primera vez.

El gato caminaba delante, guiando, como si supiera el camino. Y quizás lo sabía. Era suyo.

—¿Qué es este lugar?

—Un pliegue entre las dimensiones primarias. Aquí se ensayan los patrones del universo antes de ser desplegados. Los seres que pueden moverse aquí son extremadamente raros. Tú no deberías estar aquí. Pero él… —miró al gato— él te eligió.

—¿Él me trajo?

—Él te creó.

El peso de la frase me dejó sin aire.

—¿Cómo…?

—Aquiles no es un gato. Ni siquiera un ser. Es un algoritmo vivo. Cuando mueve la cola, no lo hace por placer ni por azar. Cada movimiento ajusta las frecuencias fundamentales de la realidad. Pero hubo un error. Una variación en su patrón. Te incluyó.

—¿Me incluyó?

—Sí. Fuiste incorporado a su partitura. No eras parte de este universo, pero ahora estás anclado. Por eso las realidades se alteran. Por eso no sabes cuál de tus versiones es la original. Aquiles te afinó… por accidente. O por curiosidad.

Me costaba hablar.

—¿Entonces no soy real?

—Eres más real que muchos. Porque fuiste elegido.

Mientras caminábamos, el campo de pasto de cristal comenzó a dividirse. Aparecieron espejos flotantes, uno tras otro. En cada uno me vi distinto: con cicatrices, sin ojos, con alas, con edades que nunca tuve. Y en todos los reflejos, Aquiles. Viéndome. Observando. Evaluando.

—Aquí elegiremos una frecuencia estable —dijo ella—. Una donde puedas quedarte. Si lo logras, él dejará de moverse. Y el universo se estabilizará.

—¿Y si no?

Ella me miró.

—Entonces ya no habrá universos. Solo versiones fallidas.

Aquiles se detuvo frente a un portal de luz en forma de espiral. Su cola, quieta. Era hora de entrar. Y elegir quién era yo. O perderlo todo. Cruzamos el portal de espiral. No fue un salto ni un deslizamiento, sino un desvanecerse lento, como si nos desenredáramos de nosotros mismos. El campo de cristales quedó atrás. Entramos a un espacio sin forma, un lugar que no debía ser visto por ojos humanos. Aquí no había tiempo, ni arriba ni abajo. Solo una vibración constante, como el zumbido que queda después del trueno.

Allí estaba ella. La Silenciadora. No tenía cuerpo. O quizás lo tenía, pero cambiaba constantemente, deshaciéndose y rehaciéndose como si no pudiera soportar su propia existencia. No era exactamente un ser. Era una sensación: un frío lento, un olvido activo. El deterioro de todo lo que alguna vez tuvo forma.

La mujer —mi guía— se detuvo. Aquiles también.

—¿Eso es…? —pregunté, sin poder terminar la frase.

—Sí —dijo ella en voz baja—. Es la Entropía. Pero no como la entienden en tu mundo. Aquí tiene conciencia. Sabe que existe. Sabe que la estamos desafiando.

La Entropía habló sin sonido, directamente dentro de mi mente. Su voz era un coro de cosas rotas.

“Todo tiende a mí.
Todo lo que nace, se deshace.
Todo lo que vibra, se cansa.
Y tú… pequeño intervalo entre dos colapsos… ¿crees que puedes evitarme?”

Vi imágenes: un universo que se apaga, galaxias que se deshacen como papel mojado, pensamientos que se marchitan antes de nacer. Y entre todo eso, Aquiles… resistiendo. Su cola, aún quieta.

—Él te desafía —dije, más a mí que a la Entropía.

“Él desafina.”

—¿Por qué le temes? —pregunté, tomando impulso en mi propia duda—. Si todo termina en ti… ¿por qué molestarte en venir?

La Entropía no respondió. Pero sentí que se agitaba. Como si no hubiera esperado esa pregunta.

Entonces, la mujer habló.

—La Entropía no es solo el fin. Es la corrección. Odia a Aquiles porque él es anomalía, singularidad. Porque cada vez que mueve la cola, extiende el juego. Agrega variaciones. Y lo insoportable para la Entropía no es el caos. Es la música.

Aquiles dio un paso al frente. Su cola se alzó. Y comenzó a moverse. No era un movimiento simple. Era una danza. Una sinfonía hecha de gestos mínimos, como una partitura escrita en el aire. Con cada curva, el espacio alrededor se reorganizaba. Nacían estructuras. Se formaban posibilidades.

La Entropía gritó sin boca. El espacio se llenó de oscuridad líquida.

Y entonces vi lo que Aquiles realmente era: no un gato, sino una partitura encarnada. Cada hebra de su cola era una cuerda fundamental del universo. Su andar, la notación de una sinfonía eterna. Y yo, al haberlo tocado, era parte de ella ahora.

—Debes elegir —dijo la mujer—. Puedes fundirte con la Entropía. Convertirte en olvido. En final. O puedes unirte a Aquiles. Ser nota. Ser intervalo. Ser lucha.

Yo vi a la Silenciadora. Sentí su llamada. Era tentadora. No más duda, no más miedo. Solo… terminar.

Pero entonces Aquiles me miró. Solo una vez. Y su cola hizo una curva como una firma en el aire. Elegí. Dije su nombre. No el que le di, sino el verdadero. Aquél que resonaba en la vibración misma del tejido. Y en ese instante, el universo cantó. Un solo acorde. Perfecto. Y terrible.

Desperté en el sofá. La luz entraba a raudales por la ventana, de ese modo oblicuo y cálido que solo ocurre una vez al día, cuando el sol parece dudar si quedarse o irse. La casa estaba en silencio. No había pasto de cristal, ni portales, ni estructuras imposibles. Solo mi mesa de siempre, mi taza fría, y un cuaderno lleno de garabatos incoherentes.

Me llevé una mano a la frente. Sudaba. Sentía la boca seca, como si hubiera gritado durante siglos. Traté de recordar todo, pero los detalles huían de mí como humo entre los dedos. Tenía imágenes, sí: una mujer con un paraguas, un campo imposible, un gato que no era un gato… pero todo eso sonaba ahora como un eco de otro yo. ¿Un sueño? ¿Una alucinación inducida por el insomnio, la lectura obsesiva, la soledad?

Entonces lo vi. Aquiles, dormido en el alféizar. Tan real, tan corriente. Respiraba lento, en paz. Pero había algo en su forma —en la curva leve de su cola— que me hizo dudar. Como si aún estuviera escribiendo una partitura en el aire. Como si aún tejiera sin que yo pudiera escucharlo.

Me levanté, tambaleante, y caminé hacia él. No hizo ningún gesto, salvo entreabrir un ojo perezoso para mirarme. Un ojo inmenso, negro, sereno. Y luego… cerrarlo otra vez. Sobre la mesa, el cuaderno seguía abierto. No recordaba haber escrito esa página.

“La entropía canta en todo lo que termina.
Pero Aquiles… Aquiles compone lo que no debe existir.
Y a veces, solo a veces, el universo escucha.”

Lo cerré. No sabía si era mía la letra, o si alguna versión de mí lo había escrito. Me dirigí a la cocina, puse agua para el café, e intenté no pensar demasiado. Pero, al pasar frente al espejo, me detuve. Algo en mi reflejo estaba… mal. No de forma obvia. Nada monstruoso, nada imposible. Solo… una sutileza. La manera en que mi reflejo respiraba con un leve retardo. Una demora de un segundo. Como si estuviera esperando una instrucción. O una señal. Volví la mirada hacia el alféizar. La cola de Aquiles se movió. Una vez. Y el aire pareció susurrar.

LA HUERTA

Ficción

Cuando era pequeño, vivía en un cortijo en medio del campo, rodeado de olivos y caminos de tierra que se perdían entre veredas y sierras. La primavera llegaba con fuerza, y todo olía a tierra húmeda, a flores nuevas y a leña quemada de la chimenea.

Mi abuelo me despertaba temprano, cuando el cielo azul apenas empezaba a clarear. Salíamos al corralito donde nos esperaba nuestro viejo burro, “Canela”, que rebuznaba con impaciencia por salir. Le poníamos los aparejos y cargábamos unas cestas de mimbre con pepinos, tomates y hojas de tabaco que habíamos secado con cuidado durante días.

La huerta quedaba justo detrás del nogal grande, ese que daba sombra al banco donde mi abuelo pelaba almendras. Allí, junto a una higuera llena de brevas, estaba la noria. Yo me quedaba embobado mirando cómo los cangilones subían el agua desde el fondo. El agua iba a parar a unos aljibes que teníamos repartidos por el terreno, y desde ahí regábamos los surcos con palos que abrían pequeñas compuertas en la tierra.

A veces, mientras los mayores trabajaban, yo me escapaba por los caminos y veredas. Tenía escondrijos secretos entre los zarzales o debajo de una roca plana donde guardaba mis canicas y mis tesoros: un botón brillante, una navajita rota y una pluma azul que me gustaba imaginar que era de un pájaro mágico.

La vida en el cortijo era sencilla. Por la tarde, recogíamos leña y la apilábamos junto a la puerta. El sol se ponía tras la sierra, tiñendo todo de dorado. Entonces, nos sentábamos junto a la chimenea, con las manos aún manchadas de tierra, y yo escuchaba las historias de mi abuelo, mientras el burro roncaba tranquilo en su corralito.

Había olivos que contaban cuentos con sus ramas al viento, una higuera que daba sombra a mis juegos y una noria que cantaba cada vez que giraba.
Esa era mi huerta, y aunque ahora vivo lejos, cada vez que huelo el tabaco seco o veo un cielo azul de primavera, cierro los ojos… y vuelvo a ella.

¿Comercio Social o Comercio Justo?

No ficción

El nuevo teatro de las transacciones humanas

En este instante donde el pulso del mundo late a la velocidad de un clic, el Comercio Social ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un paisaje que respiramos a diario. Como una enredadera salvaje, trepa por los muros de Instagram, serpentea entre los Reels de TikTok y se incrusta en los grupos de WhatsApp como un virus de deseo.

El comercio ya no habita frías páginas de catálogo: ahora se desliza entre stories, vibra en directos, se convierte en meme, en trend, en necesidad disfrazada de descubrimiento casual. La compra no se siente como compra; se siente como un guiño, una confesión entre amigos, un susurro de «yo también lo quiero».

¿Qué diablos es el Comercio Social?
Es el matrimonio posmoderno entre redes sociales y transacciones económicas. Una boda sin corbata, llena de filtros, emojis y ventas que parecen conversaciones entre almas gemelas. Es vender en el escenario donde la gente ya está —entre sus likes, sus comentarios, sus eternos desplazamientos de pulgar.

¿Cómo funciona esta alquimia?
Se nutre de dos carburantes potentes: confianza y urgencia.

  • La confianza se construye a través de influencers, reseñas, y recomendaciones boca-oreja digitales.
  • La urgencia se incendia con botones de “compra ahora”, ofertas que desaparecen como luciérnagas al amanecer y lanzamientos que se agotan antes de que puedas decir «¡lo necesito!«.

Los escaparates se han convertido en timelines, los vendedores en creadores de contenido, y los clientes en comunidades orgánicas de replicadores emocionales. Comprar es compartir, consumir es pertenecer.
El producto ya no basta: hay que vender una historia, un universo, una causa.

¿Por qué importa?
Porque quien ignore el Comercio Social hoy, será fósil mañana. Empresas grandes y pequeñas están entendiendo que su tienda virtual debe bailar al ritmo del algoritmo, hablar en hashtags, moverse en tendencia. Quien no sepa vender en los patios digitales, venderá para nadie.

Y atención: el Comercio Social no es solo para cosméticos o zapatillas con suela de espuma lunar. Estamos viendo seguros, cursos, muebles y hasta vehículos deslizarse dentro de este torbellino.

¿El futuro?
Llevamos la brújula clavada al pecho: la inteligencia artificial personalizará los escaparates hasta el delirio, las experiencias inmersivas (hola, Realidad Aumentada) convertirán el “ver para creer” en un “probar para querer”, y las comunidades de compra evolucionarán en verdaderas tribus digitales donde se elegirá qué comprar como quien elige un tótem.

En el horizonte ya se divisan nuevas bestias: compra por voz, live shopping gamificado, pagos invisibles. La frontera entre el contenido y el carrito desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia.

El Comercio Social es una bestia que no piensa esperar a nadie. No importa si tienes una tienda o un proyecto de garaje: o te haces uno con la bestia, o acabarás siendo parte de su decorado fosilizado.
Y recuerda: en este nuevo mundo, no gana quien más grita, sino quien más conecta.

Comercio Justo: sembrar dignidad, cosechar futuro

Vivimos en un planeta que gira loco sobre su propio eje, donde la avaricia corta el hilo de la justicia como una tijera oxidada. En este tablero de juego desigual, surge el Comercio Justo: no como una moda de escaparate, sino como un latido necesario, un acto de rebeldía y ternura a la vez.

¿Qué es el Comercio Justo?
Es el arte de hacer negocios sin pisotear. Es un pacto silencioso entre productores, consumidores y comerciantes para que la balanza no se incline siempre hacia el más fuerte. No es caridad ni limosna: es intercambio con dignidad, un apretón de manos limpio de trampas.

Significa pagar precios que reflejen el verdadero valor del trabajo, respetar los ritmos de la tierra y de los cuerpos, garantizar condiciones de trabajo humanas, abolir las cadenas invisibles del abuso. Significa decir no a la explotación infantil, no a las jornadas eternas por migajas, no al envenenamiento de nuestros ríos y nuestras almas.

¿Cómo funciona esta utopía práctica?

  • Precios justos: el productor recibe lo que merece, no lo que dicta el capricho del mercado.
  • Relaciones a largo plazo: no se juega al usa y tira con las personas. Se construyen alianzas estables.
  • Respeto al medio ambiente: cada semilla, cada cosecha, cada gota de agua se honra como si fuera un poema.
  • Empoderamiento: especialmente de mujeres y comunidades vulnerables, dándoles voz, no solo un salario.

Las certificaciones como Fairtrade, WFTO o Ecocert funcionan como escudos: no perfectos, pero necesarios en esta jungla de etiquetas huecas.

¿Por qué importa hoy más que nunca?
Porque mientras tú lees esto en la comodidad de tu nube digital, millones de trabajadores cultivan, cosen, extraen, bajo soles que matan o bajo techos que gotean miseria.
Porque la globalización puede ser una máquina trituradora o un puente de manos entrelazadas: tú decides con cada euro que gastas.

El Comercio Justo es urgente porque el planeta no soporta más saqueos; porque la inequidad no se resuelve sola; porque la ética no debe quedarse colgada en discursos bonitos.

¿Y el futuro?
El Comercio Justo debe mutar, expandirse, infiltrarse en la corriente principal hasta volverse la norma, no la excepción.
El consumidor del futuro —ese ser despierto que no traga cuentos— exigirá trazabilidad, justicia, y coherencia.
Las marcas que no entiendan esto serán dinosaurios atrapados en ámbar.

Comprar Comercio Justo no es cambiar el mundo de un plumazo.
Es regar pequeñas semillas de equidad en un jardín que ha estado demasiado tiempo reseco.
No es perfección, es intención. No es caridad, es justicia.

Y la justicia, como el buen café de Comercio Justo, debe saborearse caliente, urgente, colectiva.