Con máscara te canto, para adquirir el fulgor mugriento
de los dispensados niños que juegan junto a las atarjeas,
como si Vallejo hubiese dejado su pan
entre las costillas del aire.
Te llamé con mis tiernos caballos al galope,
los que reservaba para el combate,
y me respondieron legumbres tontas,
capaces de descarnar la autenticidad de un festín mecánico,
mientras las moscas del lago replicaban
con su zumbido de martirio.
Encogía el gris,
manchado mártir recuperado por la fe de nadie;
ni las leyes del polvo,
ni las de la camisa que manda sobre los decorados
pudieron detener la oportunidad
de hacerse alimaña.
Se apagaba el cuento cuyo guardián lloraba,
aventurero y santo a la vez,
mostrando sus humanos delirios como un espejo de Rimbaud.
Tratad, de inmediato,
de emborracharnos con carámbanos
espantosamente rodeados de consejos
que faltan, que no existen.
Y entonces,
arrojaré todo esto a los paisajes de la clave:
la clave de los descalzos,
la clave de los festines apagados,
la clave que Lorca susurró a las manos
de los que aún sueñan
con caballos tiernos al galope.