JUGLAR

Poesía

¿Cómo fundiremos el vitral
donde se congregan las naciones?
El mapa de las buenas tierras
y de las que fueron arrasadas por nuestra inclemencia.
La del cuerpo clavado en la arena
entre aprensiones de humedales
y vilezas de cal viva.
¿Cómo amortiguar el estupor, la rabia
y la apatía del mundo
ante el crimen de los cachorros del hombre
inducido por sus patriarcas?
La muerte posa su mano sobre el hombro elegido
y ya lo sabes… te hace suya.
Algo en la memoria del cuerpo produce un rastro inútil
pero tal vez lo imaginé todo
y aún no he comenzado a vivir:
me lo dicen los espinos blancos
y los rojos
que traen otro esplendor a las colinas.

LA HUERTA DE LA CASA GRANDE

Ficción

De todos los lugares de la Casa Grande, la huerta era el que más le gustaba a Tomás.

No era la más grande, ni la más hermosa. Los vecinos preferían el patio, porque allí había sombra en verano y una fuente donde bebían los pájaros. Otros preferían los corrales, donde los caballos golpeaban el suelo con los cascos y las gallinas parecían tener asuntos urgentes que resolver.

Tomás prefería la huerta.

Tal vez porque nadie podía conocerla del todo.

La huerta comenzaba detrás de los corrales y terminaba, según los adultos, junto al muro de piedra que separaba la casa de los campos. Pero Tomás sospechaba que aquello no era verdad.

Había días en que caminaba hasta el muro y encontraba una pequeña puerta entre las zarzas.

La abría.

Al otro lado había más huerta.

Y más allá, otra.

Una vez llegó hasta un árbol que no había visto nunca.

Era un árbol muy viejo, de tronco retorcido y ramas bajas. No daba frutos. En cambio, sus hojas tenían unas pequeñas manchas doradas que parecían letras.

Tomás llevó a Clara para enseñárselo.

—¿Qué árbol es?

—No lo sé.

—¿Y qué dicen las hojas?

Clara tomó una.

La miró durante mucho tiempo.

—Creo que dicen tu nombre.

Tomás se rió.

—Las hojas no saben escribir.

—Entonces será la casa la que escribe por ellas.

A Tomás no le gustó aquella explicación.

Desde aquel día comenzó a visitar el árbol.

Al principio llevaba una manzana, luego una pera y, finalmente, nada. Se sentaba debajo y escuchaba.

La huerta tenía muchos sonidos.

El agua que corría por las acequias.

Las abejas entre las flores.

El viento moviendo las hojas.

Las gallinas que escapaban de los corrales.

Y, algunas tardes, un sonido más extraño.

Un susurro.

No parecía venir de ningún sitio.

Parecía venir de todas partes.

Tomás se quedó quieto una tarde de septiembre.

El viento había cesado.

Sin embargo, las hojas del árbol se movieron.

Una por una.

Como si alguien las estuviera pasando.

Entonces oyó una voz muy débil:

—No olvides.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Qué?

No hubo respuesta.

Volvió a su casa corriendo.

Durante la cena preguntó a su abuela qué había antes en aquella huerta.

La mujer dejó de cortar el pan.

—Muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Árboles.

—¿Cuáles?

La abuela lo miró.

—Algunos ya no existen.

Tomás esperó.

—¿Y por qué?

—Porque los árboles también pueden morir de olvido.

Aquella noche Tomás no pudo dormir.

Al día siguiente regresó a la huerta.

Quería comprobarlo.

Buscó el árbol de las hojas doradas.

Pero no lo encontró.

Buscó durante horas.

Nada.

Sólo había tomates, calabazas, hierbas salvajes y un viejo espantapájaros.

Tomás pensó que quizá había soñado el árbol.

Entonces vio algo junto a la acequia.

Una semilla.

Era pequeña, redonda y dorada.

La recogió.

Cuando volvió a casa, la plantó en una maceta.

La regó durante muchos días.

No ocurrió nada.

Pasó una semana.

Después otra.

Tomás casi había olvidado la semilla cuando una mañana descubrió un diminuto brote verde.

Lo llevó a la huerta.

Cavó un agujero junto al muro y lo plantó.

Pasaron los años.

El brote se convirtió en un árbol.

Y el árbol creció tanto que sus ramas llegaron a cubrir una parte del tejado de la Casa Grande.

Entonces sucedió algo curioso.

Los vecinos comenzaron a recordar.

Una mujer recordó una canción que cantaba su madre.

El herrero recordó dónde había escondido, de niño, una caja de canicas.

La abuela de Tomás recordó el nombre de un hermano que había muerto muchos años antes.

Incluso el viejo dueño de la casa, que ya no distinguía bien los rostros, recordó que una vez había plantado un limonero junto al pozo.

Todos decían que aquellos recuerdos habían vuelto por casualidad.

Tomás sabía que no.

Una tarde regresó al árbol.

En sus hojas doradas apareció una frase:

UNA CASA NO GUARDA COSAS. GUARDA A QUIENES LAS RECUERDAN.

Tomás la leyó varias veces.

Luego sonrió.

Había comprendido por qué la huerta era diferente de los demás lugares de la Casa Grande.

El patio guardaba juegos.

Los corrales guardaban animales.

Las bodegas guardaban vino.

El pozo guardaba agua.

Pero la huerta guardaba el tiempo.

Cada semilla era una pequeña promesa.

Cada árbol era una memoria.

Cada fruto era una historia que todavía no había terminado.

Y las hierbas salvajes, que los adultos arrancaban porque crecían donde no debían, eran quizá las más sabias de todas.

Porque crecían sin que nadie las plantara.

Y recordaban cosas que nadie había querido recordar.

Muchos años después, cuando Tomás ya era viejo, volvió a la Casa Grande.

La huerta seguía allí.

El árbol había crecido tanto que parecía sostener el cielo.

Tomás apoyó una mano sobre su tronco.

Entonces escuchó otra vez aquella voz.

—¿Lo recuerdas?

Tomás cerró los ojos.

—Sí.

—¿Todo?

Tomás sonrió.

—No.

Y aquella fue la respuesta correcta.

Porque nadie puede recordarlo todo.

Ni siquiera una casa tan grande.

Ni siquiera un árbol tan antiguo.

Pero mientras alguien recuerde una pequeña parte, aunque sea un nombre, una canción, un camino entre las plantas o el lugar exacto donde una vez escondió una piedra, la Casa Grande seguirá existiendo.

Aunque algún día desaparezcan sus paredes.

Aunque se derrumben sus corrales.

Aunque se sequen sus acequias.

Aunque el último de sus vecinos cierre los ojos.

La huerta seguirá creciendo en algún lugar.

Porque hay jardines que nacen de la tierra.

Y hay otros que nacen de la memoria.

JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

Santiago de Compostela

Ficción

No hay lugar más escalofriante y terrorífico que aquel donde acaba de pasar el caballero negro de la muerte; donde todavía se mueve como un péndulo amenazante la cadena que ataba a la fiera de afiladas zarpas que acaba de escapar de su mazmorra; donde la carne trémula de la muchacha de blanco semblante ha recibido innumerables cuchilladas, convirtiendo su cuerpo en celosía de sangre; donde, tras el quicio de la puerta de la oscura y maloliente estancia contigua, se desplaza fugaz una mano negra y simiesca; donde las altas sombras no obedecen a nada ni a nadie y el xipro de un afilador de cuchillos se anuncia entre la neblina como un viento helador y espeluznante.

sardana

Ficción

El semen es el pegamento que le hace falta a este fragmentado mundo. Siempre he pensado que la sardana o el sirtaki debieran bailarse, no con las manos o los hombros unidos, sino con una profunda penetración fálico-anal mientras los cuerpos se retuercen y abrazan en ese sagrado recinto creado en las danzas circulares.

Schneider, Marius

Poesía

Relampaguea en Bangkok. La furia del cielo se abate sobre los rascacielos con eléctricos nervios y mientras espero en la calma de la oscuridad.

Hoy vuelve Marius. Sabremos al fin su teoría.

Ureus

Poesía

No hay paz.

Hay una serpiente
levantada en el corazón
como un pequeño dios de veneno.

Ureus.

La noche no duerme:
vigila.

Los dromedarios pasan lejos,
cargados de aldeas muertas,
y nadie levanta la mano.

Nada.

Nada levanta al hombre
cuando el amor se queda
sin su antigua medicina.

¡Grito!

Y mi grito vuelve
con los ojos de los demonios,
con su miscelánea de huesos,
con un Graal vacío
entre las manos.

Las Hespérides han cerrado sus puertas.

Queda el árbol.

Queda la fruta
brillando como una herida.

Queda el cazador
que ya no sabe qué persigue.

Yo también he olvidado.

Los albergues.
Los poemas.
Los nombres.
La paz.

He olvidado incluso
aquello que iba a olvidar.

Y, sin embargo,
algo permanece despierto:

una serpiente
sobre la frente de la noche,
una boca sin sueño,
un veneno que piensa.

Ureus.

Cuando todas las aldeas
encienden sus lámparas,
mi corazón apaga la suya.

Cuando los demás regresan,
yo avanzo.

Cuando la fiesta comienza,
yo escucho debajo de la tierra
el lento movimiento
de algo que todavía vive.

No hay corazón en paz.

Hay corazón.

Y eso basta
para que la noche
no termine.

Gráfico

Ficción

Después de largos y cautelosos estudios nadie supo descifrarlo. Se recurrió incluso a la Adivinación pero los resultados eran muy contradictorios entre los propios adivinos. Alguien propuso que podría tratarse de un antiguo y desconocido Alfabeto. Alguno se atrevió a decir que era de la época de Antimonio, pero el doctor Vischer lo descartó inmediatamente: bien conocía él su alfabeto y esto nada tenía que ver con aquel. Alquimia creyó ver en el mismo Animales sagrados de las lagunas negras, ya extinguidos, y Zollinger, en cambio, el retrato esquemático de Aristóteles el viejo. Tetramorfos por encargo de Valentin el magnífico, sacrificó incluso sus curvilíneas Venus al Alto poder Verde, lo que únicamente dio como fruto la pérdida definitiva de las mismas. Aquel Yang-yin se resistía a ser incluido entre los Símbolos lo mismo que yo me he resistido a ser incluido entre los muertos.

Aquel fue el error de todos: creer que el gráfico hablaba de algo.

Pasaron los años. Murieron tres adivinos, dos intérpretes de sueños y un fabricante de brújulas que había asegurado, en una taberna próxima al mar interior, que las líneas del dibujo señalaban una dirección. El gráfico, sin embargo, permanecía inmóvil sobre la mesa de piedra, indiferente a las teorías que iba devorando. Nadie lo entendía.

Fue entonces cuando el doctor Vischer regresó.

Llegó una tarde cubierta por un polvo verdoso que algunos identificaron como polen y otros como ceniza de estrellas. Traía consigo un volumen encuadernado con piel de pez nocturno y, sin saludar a nadie, se sentó frente al enigma.

Durante siete días observó el dibujo sin tomar una sola nota.

Al octavo anunció:

—No es un alfabeto.

Aquellos que llevaban décadas sosteniendo esa posibilidad celebraron su derrota con una mezcla de decepción y alivio.

—Tampoco es un símbolo. Ni un retrato. Ni un mapa.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Zollinger.

Vischer tardó en responder.

—Es una huella.

La noticia recorrió la ciudad con la velocidad de las malas interpretaciones. Los estudiosos comenzaron a buscar qué criatura podía haber dejado semejante marca. Se habló de los Animales sagrados de las lagunas negras. Alquimia aseguró reconocer la curva de un antiguo anfibio transparente. Otros, más audaces, mencionaron a las Venus sacrificadas al Alto poder Verde. Ninguna explicación resultó satisfactoria.

Solo cuando llegó la primera luna de las lluvias ocurrió algo inesperado.

El gráfico cambió.

Nadie lo vio transformarse. Simplemente una mañana una de sus líneas aparecía donde antes no había nada. Un trazo breve, casi tímido.

Después apareció otro.

Y otro más.

Entonces comprendieron que el dibujo nunca había estado terminado.

Lo que contemplaban era únicamente una parte de algo que continuaba escribiéndose.

Las nuevas líneas no surgían de la tinta ni de la piedra. Nacían durante la noche, como si una mano invisible siguiera trabajando pacientemente desde el otro lado de la realidad.

Tetramorfos, ya muy anciano, recordó una frase atribuida a Antimonio:

—Todo alfabeto describe el mundo. Solo uno es descrito por él.

Por primera vez, el silencio ocupó el lugar de las teorías.

Y mientras los sabios observaban cómo el gráfico seguía creciendo, yo comprendí por qué nunca había querido ser incluido entre los muertos.

Los muertos terminan su historia.

Aquel dibujo, en cambio, todavía estaba empezando.