Soy la sombra que lleva mi nombre

Poesía

Sombrenómbrame,
desquebrajando el aire que me sostiene,
yo me desmonto en sí mismo
y los huesos del verbo me llueven.

No, no soy,
soy-no,
somnombra,
y me arrastro sin nada,
sin nombre, sin sombra,
sin sombra-nombre que me jale.

Gritan los días,
los días que no tienen nombre,
los que inventan mi silencio
y me tragonean la garganta
con dientes de nada.

Yo me derramo,
me derrito,
me derritro,
y el yo que creo
se me rompe en pedacitos
como reloj que nunca fue.

Sombranombre mío,
¡qué me haces!
Me zumbas, me deshielas,
me escupo entre los dedos
y yo no sé si existo o me invento.

Soy sombra que me lleva,
soy sombra que me muele,
soy sombra que me nombra
y me nombra roto,
nunca entero,
nunca mío,
siempre deshecho
en la boca del tiempo que me vomita.

sombrenombre yo,
me deshice en mí-mismo,
me desmigajo y no me encuentro
en los huesóleos del aire roto.

ya no soy,
soy-no,
somnom,
y los días me mastican,
me vomitan las letras
que se me deshacen en la garganta.

gritos sin gritar,
yo-yo me fragmento
y me desbasto en pedacitos
como reloj que nunca fue,
como yo que nunca fui.

Sombrámbre mío,
¡quién me parte!
me zumbas, me deslizo,
me deshecho, me invento,
y el yo que creo se me disuelve
entre nada y nada
y nada.

soy-sombra-yo
que me lleva,
que me muerde,
que me nombra roto,
nunca entero,
siempre deshecho
en la boca del tiempo
que me vomita
sin misericordia
sin nombre
sin sombra.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Sans adieu

Ficción

 

Sí. Me gusta morderle el cuello como una rata que ha decidido olvidar su condición de sombra. También, dicho en voz baja y sin necesidad de paréntesis, en la entrepierna. Siempre ha sido un juego extraño entre nosotros, un contrato tácito donde la piel es territorio y la respiración, frontera. En el interior del coche, la luz del amanecer entra temblando por el parabrisas como si dudara de su propio derecho a existir.

Cierra la guantera, le digo, porque la tapa vibra con cada bache del camino y me pone nervioso. Ella obedece despacio, como si cada gesto cargara un significado oculto. Es una moraleja tu mirada, contesta sin mirarme. Su voz se derrama por la cabina, espesa y dulzona, incapaz de decidir si es burla, advertencia o simple ruido.

Son veinte pavos, digo al fin, intentando volver al terreno firme de lo concreto. Nunca funciona. Ella toma los billetes y los esparce en el aire con un gesto teatral, casi solemne, como un árbol que acepta que el otoño es un destino y no una estación. Los papeles caen sobre nosotros con suavidad, rozando mejillas y muslos, dejando un perfume a tinta y abandono.

Gracias, digo, bonita demostración de poder. La frase flota entre ambos, cargada de un sarcasmo que ninguno quiere reconocer abiertamente. Luego todo ocurre rápido, casi con la limpieza de un acto mecánico: la culata del arma baja en un arco preciso, chocando contra su cabeza con un sonido hueco, casi elegante. Durante un segundo su cuerpo parece querer responder, pero la conciencia se desploma antes de encontrar palabras.

¿Puedo fumar?, pregunto al vacío. Esta vez no recibo ni un murmullo, ni una frase enigmática, ni una de esas respuestas suyas que siempre parecían sacadas de un libro leído demasiado joven. Solo el susurro del viento entrando por la ventana entreabierta.

Oh mundo, pienso mientras enciendo el cigarrillo. Qué precio tiene la cultura, y qué barato lo que se paga por la carne. La primera bocanada me lleva de vuelta a la infancia, a los patios donde se jugaba a morir y resucitar sin comprender del todo que un día el juego sería la vida real. Recuerdo un polvo apresurado entre los senos de una vecina mayor, un memento mori improvisado que no supe interpretar, y la risa ligera de una mosca posándose en mi cuello sudado como si quisiera bautizarme.

Regreso al presente con el cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. Muevo el cuerpo inerte hasta apoyarlo sobre la vaca del coche, como quien coloca una prenda demasiado usada en un perchero destinado al olvido. El motor aún tiembla, expectante. Con una calma que no entiendo, ni intento entender, pongo marcha atrás, coloco el vehículo mirando hacia el barranco y dejo que el peso de la gravedad haga lo que siempre ha querido hacer conmigo.

El coche se precipita con un grito metálico que no pertenece a ningún idioma. Lo observo perderse entre las rocas, una caja de secretos que por fin encuentra silencio.

Adieu, sans adieu. El eco se lo lleva todo, incluso la posibilidad del arrepentimiento.

La tierra, el cielo, la historia y yo nos quedamos quietos mientras el vehículo desaparece entre pliegues irreales.

Y por un instante, muy breve, juro que la escucho reír.

Capítulo I — La Llama que Vuelve

Ficción

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto. ¿Qué importancia tiene ya? Aquellos frutos dorados, antes custodios de mis desvelos, se han tornado en presencias casi ajenas, sombras de un pasado que anidó en mí, más por terquedad que por destino. No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más. Tampoco me someteré al comercio forzado de la doméstica vida, esa mecánica del gesto y la palabra que reduce a cenizas cualquier impulso de grandeza.

¿Y qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Me hago la pregunta una y otra vez mientras observo la llanura que se despliega ante mí, silenciosa como un animal antiguo que respira sin moverse. He acabado con las cortas mangas del porvenir, esas expectativas mezquinas que alguna vez creí suficientes. Las arrojé, contundentes, al foso ardiente donde crepita todo aquello que ya no admito en mí. Repugnancias descriptivas como espesa lava; recuerdos tibios, palabras que se quedaron a medio pronunciar.

Mi causa, exasperada, se va soñando sola. Avanza como el rayo que cae en el desierto: súbito, abrasador, sin testigos que lo confirmen. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? No lo sé. Tal vez fui un nombre extraño en la boca de quienes creí cercanos, o una imagen borrosa en el pensamiento de aquellos que juraron comprenderme.

Bajé de los limbos, sí. Bajé para encontrar la tierra firme, para respirar un aire que no fuera prestado. Y por las fogatas inspirado me siento: las que encendí con mis propias manos y las que encontré en ruinas ajenas. Arde, arde, repito, como si esa palabra fuera el conjuro que me sostiene.

Pero pensemos. Aparte de cizaña e innobles corazones, ¿Qué nos queda? Un puñado de preguntas, un manto de incertidumbre, un eco que persiste tras cada paso. Y aun así, ¿os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Porque hay algo —una pequeña estrella que no renuncia— que insiste en que la lucha puede desembocar en un alba distinta.

Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones. No las grandes, no las escritas en mármol o en sangre ajena, sino las íntimas, las que se gestan sin pronunciarse, en el recoveco más oculto de la voluntad. Y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Fue allí, en aquella oscuridad densa, donde comprendí que incluso la sombra posee memoria. Y que cuando uno decide encender una luz, aunque sea pequeña, el mundo entero se acomoda para mirarla.

A lo lejos, el horizonte vibra. Algo se aproxima. O quizás soy yo quien, por primera vez, avanza.

La llama aún no se ha extinguido. Y ese es el comienzo de todo.

El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
“Fui.”

Tres pulsos del día

No ficción

La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.

El guardián de los sauces

Ficción

Dicen en el pueblo que en cada primavera el viento baja beodo de la sierra, tambaleándose entre los huertos, buscando a los que aún seguirás recordando. Yo lo sé, porque lo huelo: ese aroma de flores engañosas, donde una centella cae sobre las aguas del río y todo parece acné de perfección, pero basta un suspiro para que nadie recuerde lo que vio.

En esas tardes, los eróticos perfumes de la multitud flotan entre los álamos, y la cabellera del aire se llena de hilos de araña que desea atrapar los suspiros de las violetas. Se dice que ellas reavivan lo muerto. Que si uno se atreve a romper una rama de los sauces, puede escapar del destino, aunque ello traiga consigo las puertas del desierto y sus pesares.

Yo lo hice. Lo confieso. Me arranqué la máscara del miedo y seguí el canto del río hasta adquirir una libertad que nunca pedí. Fui dispensada de los niños que reían junto a las atarjeas, porque yo los llamé y ninguno volvió. Eran tan tiernos, y el galope del agua se los llevó, como si el río reservara su propio combate.

Me refugié entre legumbres y sombras, y me creyeron tonta, pero era capaz de hablar con los muertos. Ellos, descarnado consuelo, me pidieron que dijera la auténtica palabra:
—No la que refiero, sino la que no ha nacido todavía.

Entonces el mundo se volvió un festín, un banquete mecánico de risas que no eran mías. Buscar sentido solo replicaba mis cuidados, mientras las moscas, grises, danzaban sobre el lago donde la luna se encogía entre hojas manchada de recuerdos.

Era la mártir del silencio. Había recuperado algo que no tenía nombre: tal vez las leyes antiguas de Francia, o de Europa, o de alguna camisa blanca que manda sobre los decorados del alma. Sentí que era mi oportunidad francesa, y que si vieras bien, entenderías que todo podría repetirse, como los sueños que estaban antes del nacimiento.

Pero las alimañas del tiempo me cercaron. Y supe que hacerse cuento es el único modo de sobrevivir a lo real. Me senté bajo la lámpara apagada, y el guardián —cuyo rostro era de sombra— me habló sin boca:
—No llores más, hija aventurera. Ni santa ni diosa. Solo un eco que mostró a los humanos lo que no deben tratar de comprender.

En el inmediato silencio nos emborrachábamos de vida.
—Si tienes miedo —me susurró—, deja que los carámbanos del norte alejen los espantosamente dulces recuerdos que te rodeen.

Y esto fue lo que aprendí: los consejos del alma valen más que la falta, y el Cristo existente no cuelga de una cruz, sino de un árbol en flor. Si algún día logras arrojar tus paisajes al occidente, verás cómo los halos custodian la clave del regreso.

Porque en este pueblo, donde las violetas hablan y los sauces lloran, la primavera nunca muere: solo cambia de sueño.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

Paranoias

Ficción

Las paranoias revoloteaban en su mente como paragüayas erráticas, deformadas, cada una con su propia rotura, su propio hueco. No eran simples refugios contra tormentas pasajeras, sino más bien escudos inútiles, deshilachados, que dejaban entrar una lluvia fina e insistente de dudas y miedos.

Las veía desplegarse como un desfile absurdo en la penumbra de su conciencia: una con varillas oxidadas que se doblaban al menor soplo de viento, otra pintada con colores vibrantes pero ajada por el tiempo, y la más pequeña, de esas que caben en un bolsillo, girando sin rumbo, atrapada en un ciclón interno.

Sentía que cada paragüaya correspondía a un rincón distinto de su memoria, un eco lejano de palabras dichas o no dichas, de gestos que quizá nunca existieron más allá de su imaginación febril. Allí estaban, empapándolo con gotas de incertidumbre, chorreando significados que se le escapaban entre los dedos como agua en una grieta.

Pero había una belleza melancólica en aquel espectáculo. En medio del caos, notaba cómo la luz —esa luz extraña que solo se filtra en los momentos de introspección más hondos— acariciaba los pliegues de las telas mojadas, convirtiendo lo roto en un caleidoscopio efímero de reflejos irisados. Quizá, pensó, las paranoias no eran otra cosa que artefactos inútiles pero bellos, testigos de su fragilidad y, al mismo tiempo, de su humanidad.

Ese pensamiento lo sacudió, como si al nombrar la belleza de aquello hubiera activado un engranaje secreto en su mente. Las paranoias comenzaron a flotar con menos violencia, como si reconocieran en él una especie de complicidad. Se movían ahora con una cadencia más pausada, danzando en el aire húmedo de su imaginación, casi como si aguardaran instrucciones.

Extendió la mano hacia una de ellas, la de colores vibrantes, desgastada por los años pero aún orgullosa en su miseria. La sintió liviana, hecha de un material que no pertenecía del todo al mundo tangible, y cuando sus dedos la rozaron, el objeto pareció descomponerse en un susurro de voces apenas inteligibles. Eran retazos de conversaciones, risas lejanas, y fragmentos de silencios incómodos, todos girando en espiral hacia un centro invisible.

—¿Qué intentan decirme? —murmuró, no del todo consciente de que hablaba en voz alta.

El eco de su propia voz pareció transformar las paragüayas restantes. Una a una, comenzaron a desplegarse con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cada tela rota revelaba imágenes, como si fueran pantallas proyectando escenas de su vida. Allí estaba él, con cinco años, escondido bajo la mesa de la cocina mientras sus padres discutían sobre algo que ya no recordaba. Luego, con doce, viendo llover desde la ventana del colegio, convencido de que la tormenta le hablaba en un idioma que nunca llegó a descifrar. Y más adelante, con veinte, en un banco del parque, sosteniendo una carta que nunca entregó, mientras el cielo se desplomaba sobre su espalda.

La conexión entre esas imágenes y las paranoias se le escapaba, pero había un patrón que se insinuaba en los pliegues de la tela. Un lenguaje velado, un código que tal vez siempre había estado allí, esperando a que él lo notara. Las gotas que antes caían sobre él sin piedad parecían ahora componerse en figuras, trazando rutas, dibujando mapas de significados.

Se inclinó hacia adelante, hipnotizado por el vaivén de las sombras y reflejos, como si en cualquier momento fuera a alcanzar la clave. Pero entonces una ráfaga de viento imaginario barrió las paragüayas y las hizo desaparecer. Todo quedó en silencio, salvo por el eco de sus propios pensamientos, que ahora parecían menos fragmentados, menos hostiles.

Quizá —pensó— las paranoias no eran enemigas, sino mensajeras torpes, portadoras de verdades que solo podían revelarse entre líneas. O, tal vez, no tenían ningún mensaje, y su única razón de existir era recordarle que el caos, a veces, es solo otra forma de belleza.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.