HERMES

Ficción

El sol se pone en el horizonte, y con él se va el día. La brisa marina mece las palmeras, y el sonido de las olas me lleva lejos. Las estrellas brillan en el cielo, como diamantes en un mar de oscuridad. El aroma exótico de las flores se mezcla con el salado olor del mar. Aquí, en este lugar exótico, me siento en paz y en armonía. Lejos de la agitación y el caos, solo existe la belleza y la tranquilidad. Esta es mi isla paradisíaca, donde me siento libre y feliz. Aquí, en este lugar exótico, mi alma encuentra su verdadera paz.

Fastissimus diebus

Ficción

En San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.

Nadie supo quién dio la orden.

A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.

—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.

Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.

El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.

Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.

Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.

Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.

El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.

—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.

—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.

—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.

—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.

A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.

Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.

Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.

Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.

Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.

Oyó el mar.

Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.

Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.

—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.

Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.

En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.

—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.

—Porque no sé adónde voy.

—Todos saben adónde van.

—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?

La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.

—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.

Isidoro se sentó a su lado.

La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.

—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.

El hombre cerró los ojos.

Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.

Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.

Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.

La niña le tendió la muñeca sin rostro.

—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.

—¿Y cómo se llega?

—Despacio.

Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.

Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.

Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.

—Vengo a recuperar un día.

—¿Cuál?

—El día que perdí a mi hermano.

El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.

—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.

—Era una tarde de agosto. Había amapolas.

El guardia suspiró.

—Las tardes de agosto son muy caras.

—No tengo dinero.

—Entonces no tiene tiempo.

Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.

—Tengo esto.

El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.

—¿De dónde lo ha sacado?

—De mi abuelo.

—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.

Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.

El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.

Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.

Lo abrió.

Y el mundo se detuvo.

El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.

En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.

Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.

Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.

Se sentó en la hierba.

Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.

—Has tardado mucho —dijo el niño.

—Lo sé.

—¿Te quedas?

Isidoro lloró sin hacer ruido.

—Me quedo.

Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.

Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.

Isidoro cerró el frasco.

No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.

Después rompió el reloj contra el suelo.

El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.

Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.

En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.

Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.

Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.

Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.

En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:

Fastissimus diebus.

Los días velocísimos.

Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:

No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.

Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.

Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.

Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.

Hasta el final

Ficción

Hoy un viejo de mirada extraviada se ha sentado a mi mesa sin decir nada, sin saludar. Fumaba un purito, simplemente. No hablaba. No quería nada. Se ha sentado sin más. Huesos y pellejos parecían una misma cosa. Encorvado y enjuto ha permanecido allí. Al principio me he sentido incómodo, algo violento por esa invasión de mi espacio y mi privacidad. Yo estaba comiendo solo. Disfrutando de una estupenda sepia a la plancha y una cerveza. Oliendo el fresco y el sol de este mediodía preotoñal, simplemente. ¿Qué pasaba por su mente? ¿Qué extraño delirio le ha llevado hasta mi mesa, frente a mí? Mi ojo clínico se ha puesto a escrutar su mirada: demencia senil. ¿Qué tal va el día? He preguntado para iniciar conversación. Tirando. Ha dicho seca pero suavemente. Tal y como está la cosa no es poco ir tirando, he contestado. No es poco, ha replicado sin más y ha seguido fumando su puro hasta el final.

EXT. ESPACIO

Aventura, Ficción

Panorámica de un fondo de estrellas del espacio en el que se ven tres astros parecidos a la luna, el sol y la tierra girando interminablemente en el espacio celeste. En primer plano, PAPOM, un planeta casi transparente con forma de gran pompa de jabón que refleja las estrellas de la galaxia, siendo difícil distinguir pues parece una deformación del espacio. Una estrella destaca sobre las demás. Música galáctica, ruido de hervores, fuegos crepitantes y magma en ebullición. Una vieja nave espacial cruza lentamente el espacio.

Cabo Malkut

Aventura, Ficción

BODOS
Si pudiera llevarme allí.
GHÍMEL
Lo siento, yo vengo de allí y no voy a volver de nuevo al Laberinto del Malkut.
AYUDANTE, cantando
Menudo lío hay en Malkut…
BODOS
Entonces ¿No puede llevarme?
GHÍMEL
No puedo llevarte, cacharro caído del cielo.
AYUDANTE, cantando
Muy cerca del sol el Limbo está, en el polo norte el Limbo está; Nadie lo sabe, ni lo sabrá…

EXT. BOSQUE – DÍA

Aventura, Ficción

Un bosque, árboles. Hay una cuerda amarilla anudada a un travesaño entre dos árboles deshojados de tonalidad verde azulada. Unas monedas debajo en el suelo y el colgado. Ruidos del bosque. Graznidos de pájaros, chillidos de jabalí, etc. Los 12 caballeros de la tabla redonda pasan sin entretenerse.
TAU y la emperatriz intentan volver al palacio.
TAU y la emperatriz son atacados por un bandido en el bosque, LAMED CUL, comerciante colgado y avaro.
Los bandidos dejan colgado a TAU por los pies en un árbol.
La emperatriz es raptada.
LAMED
La llevaremos a vender como esclava a los Detritor.
Primero es colgado TAU y luego LAMED.
BODOS y TAU encuentran colgado a TAU.
TAU
¡Anda, un colgado!
BODOS
¿Un colgado?
TAU
Sí, mira.
BODOS
¿Ya estás otra vez fumando hierba?
TAU
Oye, hojalata parlante, un respeto.
BODOS
Es un colgado de verdad, en el árbol.
TAU
¡Vaya! Eso si que es estar colgado.
Liberan a TAU.
Cuerda amarilla atada a un travesaño.
TAU coge la cuerda.
Una cuerda muy apropiada.
BODOS
He aquí el ejemplo, la enseñanza, la lección pública.
El misticismo, el sacrificio, la abnegación.
La continencia, el sueño utópico.
TAU
¡Calla, bocazas!
, al que descuelgan.
LAMED
¡Ladrón, ladrón, esas monedas son mías!
TAU
¡Qué colgado más desagradecido!
, al que cuelgan.
LAMED
¡Socorro, asesinos!
, al que descuelgan.
LAMED
Gracias, os recompensaré.
, al que cuelgan.
LAMED
¡No, no, criminales!
Monedas de oro y plata en el suelo.
TAU coge las monedas.
Bonitas monedas.
BODOS
Quien no tiene cabeza todo son pies.
TAU
Sí, y a nadie le amarga un dulce.
, al que roban y dejan colgado.
LAMED
¡Ladrones, rateros, bajadme de aquí!
TAU
Es insoportable.
Hay que colgarlo.
LAMED
Alto, alto.
Hagamos un trato, te doy el dinero, si no me cuelgas.
TAU
¿Qué? ¿Se te baja a la cabeza? ¿Eh?
, al que dejan colgado y le roban las monedas.
LAMED
¡Canallas, soltadme!
, al que descuelgan.
LAMED
Gracias, gracias.
Os será compensado.
, al que cuelgan pero no le quitan las monedas, llorando.
LAMED
¡No, no, os daré mi dinero, pero no me colguéis, por favor!
TAU
Un vuelco, eso es lo que necesita.
, al que roban y dejan colgado, amenazador.
LAMED
¡Soltadme, os acordaréis de mí, canallas!
TAU
Nada de facilidades.
Que nos dé el dinero si quiere que no lo atemos.
LAMED
Vale, vale, os doy el dinero, pero no me ahorquéis, por favor.
TAU
Deberíamos colgarte.
Aunque también podemos hacer un trato.. Si nos das el dinero, no te colgamos.
LAMED
Está bien, está bien.. Os daré el dinero.
El ahorcado comerciante.
Una vez descolgado LAMED, sólo queda la cuerda, que sirve para colgarlo.
TAU coge a LAMED para colgarlo.
¡Ven acá, amigo!
TAU
Sé que he estado colgado en el borrascoso árbol durante nueve noches seguidas, herido por la lanza, dedicado a Odín, yo mismo a mí mismo.
El comerciante LAMED, ha sido robado y atado por unos bandidos malhechores a un árbol.
¡Socorro, socorro, ayuda, por favor!
TAU, con sorna
¡Pero si es de nuevo nuestro amigo LAMED, el generoso y bienintencionado comerciante perseo!
BODOS
Aunque el sol te fatigue de día y la luna te entristezca de noche no lleves tu pie al resbaladero, ni duermas cuando haces guardia.
LAMED, el avaro comerciante, personaje parecido al juglar o mago suspendido por un pie de la cuerda.
El traje de este ahorcado es rojo y blanco.
Los brazos atados de éste sostienen sacos entreabiertos de los que se derraman monedas de oro y plata.
TAU
¿Este es el sitio?
BODOS
¿Qué, lo colgamos o no?
TAU
Desde luego.
Se lo merece.
LAMED
¡Qué! ¿Cómo?
TAU
Lo que has oído, chato.
No seas varón de ojos abiertos a la codicia.
Ni mujer de oído abierto a la lisonja.
Llevan al comerciante al bosque y lo dejan colgado.
Le encuentran colgado y lo sueltan, cae de cabeza, se hace un chichón y le sale sangre por la nariz, este les promete recompensarlos pero como es un avaro no cumple su palabra.
Si está Colgado puedes descolgarlo o dejarlo colgado.
Si está descolgado puedes colgarlo o dejarlo descolgado.
Si coges las monedas te da puntos pero puede ser AVARICIA.
Si le sueltas o ayudas, CARIDAD.

EXT. PRADOS – DÍA

Aventura, Ficción

Una muralla con un prado delante. Un gran sol brilla sobre un limpio cielo azul. Rueda del templo del sol en Konarak, India. Una de las siete señales del derrumbamiento del reino del centro y del progresivo encantamiento del mismo, este es primero un lugar idílico y luego cada vez más inhóspito, es la imperfección del círculo del sol que se produce aquí por su deformación, un eclipse inesperado del mismo. Risas y voces de niños jugando que se van convirtiendo progresivamente en gritos, llantos y posteriormente en amenazadoras trompetas de guerra.
TAU y la emperatriz se reúnen felizmente.
La emperatriz le comunica a TAU que esperan descendencia y se casan, convirtiéndose en el nuevo emperador.
La emperatriz le ofrece a su ayudante TAU, que después se convierte en el eunuco NUN, como su sirviente para toda la vida.
Agotado, TAU, se queda dormido.
TAU
La muralla oculta al sol en un eclipse.
BODOS
El libro del mago dice, «Toma el escudo de tu fe y avanza con paso decidido ya sea a favor del viento o contra todos los vientos».

EXT. PRADERA – DÍA

Aventura, Ficción

Una pradera en campo abierto que es cruzada por un río tranquilo y navegable. Canto de canarios, cigarras y grillos. Un águila, un buey, un hombre y un león. Centelleo de las olas fluviales.
En la huida por el Camino de vuelta los Detritor convertidos en bestias y animales salvajes del Apocalipsis lanzan su última ofensiva.
SHIN, una doncella desnuda en el interior de una guirnalda con dos varitas en las manos es perseguida y rodeada por las cuatro bestias tetramórficas, Águila, Buey, Hombre y León de SHIN.
Los gemelos y la emperatriz están jugando despreocupados en la pradera.
Son raptados por los Detritor.
TAU tiene que superar la fuerza del león, la inteligencia y astucia del hombre, la tozudez y constancia del buey y la valentía y arrojo del águila.
Otra señal de derrumbamiento, la desprotección de la mujer.
Pero también la destrucción de los animales dañinos o benéficos.
Equilibrio de fuerzas.
El camino de vuelta.
SHIN KO PES, una mujer de mundo ligera de cascos y ropas, que trata de tentar a TAU para que saboree los placeres mundanos de la carne, acaba torturándolo sádicamente.
BODOS y TAU escapan pero las Arpías lanzan a los Detritor para perseguirlos.
Serán castigados a recoger los excrementos de los animales.
Lo sensitivo, el carro, el cuerpo, la vida transitoria.
El mundo de SHIN, una trampa para atraparlos.
BODOS y TAU vienen sobre un barco y la oyen gritar.
Intentan ayudarla pero no pueden desde donde están.
Confunden a SHIN con una diosa buena y la adoran pero al darse cuenta que no es así, tienen que salir huyendo.
Los poderes les fallan y salen corriendo cómicamente convertidos en aterradas y timoratas mujeres.
Todos los Detritor se convierten en basura que BODOS recoge obsesivamente en su nave.
TAU
No podemos permitir el triunfo de los animales dañinos.
SHIN
Sale el sol y se pone, y otra vez vuelve a su lugar donde torna a nacer.

Mayo

Poesía

Sufre mi corazón con sólo rozar tu sombra sin poder abrazarte.
Ola tras ola el mar deja mi ojos como la arena.
Se desmaya la verde primavera todos los días.
A veces, sólo a veces, la espera es tan larga como un día sin baile.
Si hoy eres mi roca, mañana serás mi arena.
Sólo importan las estrellas que te iluminan.
Sígueme. No sé adónde voy. Quizás a todas partes. Quizás a la nada. Pero siempre a ti.
Qué tristes son los caminos que nos separan y qué negras las frías noches en que no estás.
Por las distancias cortas, los besos largos, la flores rojas, …yo te amé.
Hoy somos como los pasajeros de un vuelo perdido. Pasajeros del amor que no saben coger pista de aterrizaje.
Cuando el pétalo de mi rostro se marchite, quiero morir escribiendo como la espina de quien muere matando.
Donde Están Los Besos Que El sol Te dió, Allí Estará Mi amor.
Vosotros que admiráis la belleza en el rostro, obviando el dolor de los desahucios interiores ¿Qué sabéis de belleza y de dolor?
Lloran las tímidas guitarras bajo las nubes de un sol de lágrimas vibrantes.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Y el final del día es la ruina solitaria, la que queda tirada por el suelo, entre olvidados páramos y lágrimas de rocío en la hierba.
Ese oscuro objeto de tuiteo eres tu que me lees ahora.
HAIKU DE LA ROSA Llora la rosa: el rocío de la mañana es su frescura.
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
Llave de mi puerta Luz de mi ventana Venda de mi herida
HAIKU DE LA ROSA ENAMORADA De mi amor por ti, en sábanas perfumadas caerán los pétalos.
A veces veo muertos de ganas en el cementerio de los deseos por cumplir.
Soy sonoro silencio que incendió tu mirada. Mis cenizas volaron cabalgando los vientos para buscar el aire que respiraste hoy.
Si te conformas con sus hermosos ojos negros, dejarán de mirarte como te miraron. Si te conformas con su sonrisa, no sonreirá.
El amor está lleno de miradas, silencios… De palabras azules Y de rojos besos, De sonrisas y lágrimas Y de dulces «te quiero».
Los amores se van como los días y la muerte no llega tan deprisa para olvidarlos a todos de repente.
Love is made of little moments.
Eres trigo verde Bajo mi limonero. El quimono de seda Que cubre mi desnudo. El abrupto barranco Donde caer rendida.
Cuando el pétalo de mi rostro se marchite, quiero morir escribiendo como la espina de quien muere matando.
Donde Están Los Besos Que El sol Te dió, Allí Estará Mi amor.
Caen al vacío pétalos y palabras que se marchitan.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Tan sólo quiero amarte en defensa propia.
Y el final del día es la ruina solitaria, la que queda tirada por el suelo, entre olvidados páramos y lágrimas de rocío en la hierba.
Ese oscuro objeto de tuiteo eres tu que me lees ahora.
HAIKU DE LA ROSA Llora la rosa: el rocío de la mañana es su frescura.
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
Llave de mi puerta Luz de mi ventana Venda de mi herida
HAIKU DE LA ROSA ENAMORADA De mi amor por ti, en sábanas perfumadas caerán los pétalos.
A veces veo muertos de ganas en el cementerio de los deseos por cumplir.
Soy sonoro silencio que incendió tu mirada. Mis cenizas volaron cabalgando los vientos para buscar el aire que respiraste hoy.
Si te conformas con sus hermosos ojos negros, dejarán de mirarte como te miraron. Si te conformas con su sonrisa, no sonreirá.
Llega la luz del alba: soles de himeneo sobre mi almohada.
Los amores se van como los días y la muerte no llega tan deprisa para olvidarlos a todos de repente.
El amor está lleno de miradas, silencios… De palabras azules Y de rojos besos, De sonrisas y lágrimas Y de dulces «te quiero».
Cuando el pétalo de mi rostro se marchite, quiero morir escribiendo como la espina de quien muere matando.
Eres trigo verde Bajo mi limonero. El quimono de seda Que cubre mi desnudo. El abrupto barranco Donde caer rendida.
Donde Están Los Besos Que El sol Te dió, Allí Estará Mi amor.
Lloran las tímidas guitarras bajo las nubes de un sol de lágrimas vibrantes.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Ese oscuro objeto de tuiteo eres tu que me lees ahora.
HAIKU DE LA ROSA Llora la rosa: el rocío de la mañana es su frescura.
Llave de mi puerta Luz de mi ventana Venda de mi herida
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
Las alas del amor están vacías de sus brazos y sólo queda arena en las pestañas.
Qué dirán los que han visto el rumor herido de mi sombra sobre tus ojos.