El sueño americano es una pesadilla para la tortilla española

Ficción

La tortilla española llegó a Nueva York en la maleta de Teresa, una cocinera madrileña con aspiraciones internacionales y una inquebrantable fe en las propiedades místicas del huevo. Venía con una receta ancestral, heredada de su abuela, que según la leyenda familiar había conseguido evitar tres guerras, dos divorcios y una plaga de langostas.

—Aquí, en América, lo vais a flipar con mi tortilla —dijo Teresa, convencida de que la mezcla de huevos, patatas y cebolla haría temblar a Gordon Ramsay.

Montó su food truck en Brooklyn, el lugar donde los hipsters van a morir de ironía, y lo bautizó “Omelette? No, gracias”. Pintó una gran tortilla sonriente sobre fondo rojo y escribió en letras doradas: “Sabe a España. No es paella. No lleva chorizo. No es un taco.” Porque uno tiene que cubrir todas las bases.

Los primeros clientes llegaron por curiosidad. El primero, un influencer gastronómico llamado Sky con más seguidores que neuronas, preguntó:

—¿Esto tiene gluten?

—No.

—¿Y es vegano?

—No. Es huevo, cielo. Huevo real.

Sky hizo una mueca de dolor, como si le hubieran ofrecido un filete crudo en una reunión de veganos de Vermont.

—¿Y si le pones tofu? ¿Y lo sirves en una tostada de pan de cúrcuma?

Teresa sintió un escalofrío recorrerle el espinazo. La palabra tofu y tortilla española no deberían compartir planeta, mucho menos frase. Pero como buena emprendedora, fingió una sonrisa homicida y contestó:

—Claro, lo apunto para nunca hacerlo.

Pero lo peor estaba por llegar. Un día se acercó un ejecutivo de una cadena de comida rápida con una camiseta que decía: “Innovar es freír la tradición”. Le propuso franquiciar el concepto.

—Imagínatelo: TortiBurger. Tortilla en pan de brioche, con ketchup, bacon y… ¿Qué te parece si le metemos trufa?

Teresa pensó en el espíritu de su abuela revolviéndose en la tumba y probablemente también preparando una maldición. Contestó:

—Lo que me parece es que acabas de matar a toda mi línea materna con esa frase.

Pero el capitalismo, como el colesterol, no descansa. El concepto Tortilla 2.0 se viralizó gracias a un vídeo donde un actor que no sabía pronunciar “España” probaba la tortilla mientras decía:

—Es como un panqueque de papas… pero con más alma. ¡Y sin hot sauce! So exotic.

La gente empezó a hacer colas kilométricas. Pero no por la tortilla original. No, eso sería demasiado lógico. Querían la “versión con esencia de trufa y espuma de chipotle” creada por un chef de Portland que había visto un tutorial en YouTube sobre tapas.

Teresa, frustrada, vio cómo su receta se deformaba como una pesadilla freudiana: tortillas en conos de helado, tortillas azules (por la estética Instagram), tortillas servidas con leche de avena, y una cosa que llamó especialmente su atención: tortilla molecular desestructurada en cápsulas de gelatina biodegradable. Eso último lo sirvieron en una galería de arte moderno con una performance de fondo titulada «Desayuno postcolonial».

Para cuando Teresa quiso reaccionar, la tortilla ya no le pertenecía. Había pasado a ser parte del catálogo de apropiaciones culturales junto con los sombreros mexicanos y el yoga sin contexto.

Una mañana, al ver una versión “low carb” servida en hojas de kale y decorada con oro comestible, Teresa rompió. Cerró el food truck, se compró un billete de ida a Madrid y dejó un cartel que decía: “La tortilla ha muerto. Viva la tortilla.”

En el vuelo de regreso, una azafata le ofreció un menú internacional.

—¿Quiere probar nuestro Spanish egg pie? —preguntó sonriendo.

Teresa lloró en silencio mientras miraba por la ventana. Allá abajo, el mundo giraba sin entender nada. Y yo tampoco.

Teresa volvió a Madrid como quien regresa de una guerra que nadie ha reconocido, con el alma revuelta y el colesterol en cifras de escándalo. Al llegar a Barajas, la recibió un cartel que decía: “Bienvenido a Madrid: ahora también con poke bowls”. Tuvo una visión rápida de la Virgen del Pilar llorando lágrimas de soja dulce.

Ya no confiaba en nadie. Ni en los turistas con acento de GPS ni en las abuelas que cocinaban tortillas light “porque el médico me lo ha dicho”. Teresa se encerró en su cocina con su sartén de hierro fundido, esa que tiene más carácter que un concejal corrupto, y decidió hacer una última tortilla, una definitiva, una tortilla que haría que los dioses se levantaran de sus sillas plegables del Olimpo y aplaudieran con las chanclas puestas.

Pero algo falló.

La patata lloraba nostalgia americana. El huevo dudaba de su identidad. La cebolla estaba infiltrada por el existencialismo francés. El aceite, antes virgen, ahora venía con traumas. Teresa gritó:

—¡Maldita globalización, me has jodido la yema!

Encendió la tele para olvidar, pero ahí estaba: un concurso culinario llamado Master Castiza. Un jurado con acento argentino-madrileño-croata le explicaba a un niño de 9 años que su tortilla debía “tener altura emocional y narrativa transmedia”. El niño, que llevaba un delantal con emojis y se llamaba Kevin José, respondía:

—Yo la hice sin patata porque es más sostenible. Le puse quinoa y esencia de huevo.

Teresa soltó una greguería en voz baja, como quien lanza un conjuro:

La tortilla sin patata es como un toro sin cuernos: se convierte en vaca y da pena.

Fue entonces cuando decidió vengarse. Si no podía salvar la tortilla, al menos arrastraría al enemigo con ella. Se infiltró en una de esas startups gastronómicas donde sirven aire en tarros de vidrio reciclado y tienen menús escritos en código QR, como si la comida fuera un videojuego indie.

Pidió trabajo como “consultora de identidad culinaria”.

—¿Experiencia? —le preguntó una chica con el pelo rosa y un máster en Fenomenología Gastronómica Comparada.

—Mi abuela me pegó con una espumadera por ponerle perejil a la tortilla. ¿Eso cuenta?

La contrataron de inmediato.

Teresa entonces lo hizo. Lanzó la “Tortilla NFT”: una tortilla virtual, en 3D, que se vendía en Ethereum y solo se podía comer con los ojos (literalmente, venía con unas gafas de realidad virtual). Se volvió un éxito rotundo. La gente pagaba 800 euros por verla girar en cámara lenta mientras sonaba flamenco vaporwave.

Cuando entrevistaron a Teresa en El País Gourmet, respondió:

—Es la evolución lógica. Si no puedes comerte una tortilla sin sentir culpa por las calorías, cómprate una tortilla que solo existe en la nube. Así engordas el alma, que es lo único que engorda sin consecuencias fiscales.

Mientras tanto, en un barrio olvidado de Madrid, una anciana encendía su cocina de gas, pelaba patatas sin Wi-Fi y batía los huevos con ritmo de bolero. Sin saberlo, estaba resistiendo. Porque hay cosas que no se pueden destruir ni siquiera con likes: la memoria, el fuego lento, y el punto exacto en el que la tortilla está jugosa pero no babosa.

Teresa lo entendió demasiado tarde.

Una noche, su propia tortilla NFT apareció en un museo posmoderno dentro de una vitrina, al lado de un zapato con espuma de lenteja y una performance titulada «El hummus soy yo». Un turista se acercó, leyó la descripción y dijo:

—¿Tortilla española? ¡Ah! ¿Eso no es lo que hacen en Texas con jalapeños y bacon?

Y en ese momento, la tortilla, desde su encierro digital, suspiró. Sí, la tortilla suspiró. Porque hasta las ideas, cuando se retuercen lo suficiente, acaban teniendo alma. Una alma frita, por supuesto.

Greguerías finales, por cortesía de Teresa:

  • El huevo es el círculo perfecto donde la patria se derrite.
  • El aceite de oliva es el sudor del sol llorando por la gastronomía.
  • A la tortilla le duele el mundo y sangra cebolla cada vez que alguien le dice “omelette”.

Confesiones poéticas

Poesía

Desvelar tras el humo,
una verdad en ruinas,
que se desliza entre las sombras
como un fantasma de carne y alma.

Recibirían, locuras enganchadas a las carnes,
gallos y sapos, ingenuos,
danza de bestias en el eco del abismo,
quien hubiera habitado tu cama
tan segura de sí misma,
blindada del combate de los días.
Pero el mundo se desgasta
y el sabor que dejaste
en mi lengua es un grito silenciado,
un eco amargo en el laberinto de las obligaciones.

Rodábamos, sí,
por dramas que no eran más que espejos rotos,
fragmentos de vidas ajenas
en los que nos ahogábamos sin querer.
Pero todo tiene un precio,
y la cuenta debería pagarse
en muebles de poder y de olvido,
en silencios que ahora ya no duelen.

Ni tu magia,
ni tus palabras,
ni tu caricia escapista
podrán secuestrarme.
Soy dueño de mis cadenas,
de mi sacrilegio compartido,
de este grito insostenible
que rasga el aire
y cae como lluvia en la tierra baldía.

Ambos necesitamos
gritar a las orugas,
a esos gusanos que transforman,
que destruyen para crear,
que nos llaman a renacer
en un mundo que aún no conocemos.

Atraed, narrador,
con tus cánticos espirituales
y tus avellanos mágicos,
lleva este caos hacia un destino nuevo,
donde las sombras se disuelvan
y la luz se forje
en la fragua de nuestros propios deseos.

BROCHES DE LA ESTACIÓN BRILLANTE

Ficción

Campo mojado en primavera,
en hierba de oro -ya espigada-
es la flor de rocío,
el moho de la tierra.

Las verdes esferas
lucen los húmedos diamantes
que la lluvia ha plantado
con sus gotas.

Sus hojas de pelusa
son besos de hada
de olor decapitado en mayos,
caprichos de la hiedra.

Fósil de nieve
inseminan las ramas;
brillo de inflorescencia.

El aire azul es libre;
mojado el viento
y blur travieso,
el verde extracto de los rayos.

Enero

Ficción

Descúbreme, mi única conexión es la palabra.
Tu mirada me dejó sin aliento.
Qué inútil decir adiós a los que ya no escuchan.
Las estrellas son fango donde hundir la mirada.
Cerca del silencio están tus labios, tus lágrimas, tus huesos, en el callado lugar de las estrellas.
Soy sonoro silencio que incendió tu mirada. Mis cenizas volaron cabalgando los vientos para buscar el aire que respiraste hoy.
Es oscura la noche en el mar del olvido. Y mientras busco el faro de tus ojos, me recreo en la niebla de mi dolor dormido.
El precio del amor es el infierno.
Mi amor estará pensando en mi…
Sin pasión ¿qué puede quedar en pie en nuestras ruinas?
Pasaron las nubes como pasa el olvido.
No quiero sentirlo, lo siento sin querer.
No me sigas, amor… yo voy a todas partes para perderte.
¿Cuánto rinden mis sueños en el banco de tu realidad?
Mis lágrimas quieren escribirse en tu corazón.
Para amarte están las nubes hoy así.
El tiempo es estar a más de una mirada de ti.
La distancia es estar a más de diez labios de mi.
Hay delirio en tus labios, hay locura en mi cuerpo, vayamos al veneno ahora.
Te he raptado tantas veces con mi pensamiento… Y tú sin enterarte.
La ciudad en que nos conocimos era un mito. Por eso jamás te encontré.
Ves la gacela y tras ella un cazador. Desarmado serás mío.
No me sigas, amor… Yo voy a todas partes para perderme.
Busco un amor incondicional. ¿Hay uno así?
El destino te ha traído hasta mi. No juegues con el destino.
No me sigas si no esperas un gran amor en tu vida.
Eres el mejor presagio de una gran tormenta.
Las pestañas se hicieron para volar en tu mirada.
Al fin me encontré en el doble cielo de tus ojos.
Me atravesó la rapsodia en azul de tu mirada.
La música de tu corazón es el jazz de mis latidos.
Cada día saco brillo a tus labios.
No hay fracaso para el que regala amor.
Llenaré mis manos de tu cuerpo.
Guardo mi corazón para el que viva por él.
Tu aliento funde mi cuerpo.
Buenas noches a todos los que hoy me amaron con un click.
Cambio un amor por tu cielo de bolsillo.
Las corcheas al borde del abismo: veneno en tus labios, venus de ébano, ni el aire, ni las hojas arpa de lluvia, son reflejo de otro lado.
Luces de muñecas rusas entre tus labios. Cuajada celeste, la noche del oráculo es nieve y agua.

Junio

Ficción

Oh luna silente que los árboles aman y eres sobre el llano dulzura de la sombra o niebla y resonancia en el alma dormida del paisaje.
Todas la rosas de la pálida luna caían, fantasmales, por la ventana abierta de tu cuerpo desnudo.
Estábamos juntos. Después lo he olvidado. (Walt Whitman)
Hazme, divino amor, la lluvia dorada de tus versos.
Limpios son los abismos de la ausencia. Como besos sin aire que no dejan huella. Como miradas que ni rastro dejan. Como la pena.
Hoy somos como los pasajeros de un vuelo perdido. Pasajeros del amor que no saben coger pista de aterrizaje.
A los pies que idolatro desplegada, Mano al fin de madurez inesperada, Otro rebelde henchido de mirada Repicará la carne desgarrada.
Como estrellas fugaces, todos los sueños se rompen. Fin?
Quiero aprender tu piel como mapa de un tesoro imposible, escondido en la isla de los sueños, en la playa arenosa de tus días, en tu mar.
El polvo sometido iza sus llamas, conteniendo de luz sólo las formas. Las fúlgidas espinas de mis lágrimas tristes sonríen a tus ojos.
Cerebro hueco: vergel de perversiones debajo del sombrero.
Acaríciame como la suave y fresca sombra de junio.
El amor eterno es inconcluso.

¿Comeremos insectos? La proteína sostenible

No ficción

La proteína sostenible se refiere a las proteínas que se producen de manera sostenible, es decir, que se cultivan o producen en condiciones ambientalmente sostenibles y socialmente responsables. A menudo se asocia con alternativas a la carne convencional, como la proteína de plantas, la proteína de insectos y la proteína de cultivo celular.

Ventajas de la proteína sostenible:

  • Reducción de la huella de carbono: la producción de proteína sostenible a menudo genera menos emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con la producción convencional de carne.
  • Ahorro de recursos naturales: la producción de proteína sostenible utiliza menos recursos naturales, como agua y tierra, en comparación con la producción de carne convencional.
  • Reducción del impacto ambiental: la producción de proteína sostenible a menudo genera menos contaminación del agua y del aire en comparación con la producción convencional de carne.
  • Alternativa saludable: algunas formas de proteína sostenible, como la proteína de plantas, son más saludables que la carne convencional, ya que tienen menos grasas saturadas y más fibra.

Inconvenientes de la proteína sostenible:

  • Costo: la producción de proteína sostenible todavía puede ser más costosa que la producción convencional de carne, lo que puede limitar su disponibilidad y accesibilidad.
  • Sabor y textura: algunos consumidores pueden encontrar que la proteína sostenible no tiene el mismo sabor o textura que la carne convencional, lo que puede limitar su aceptación.
  • Conocimiento limitado: la proteína sostenible es un concepto relativamente nuevo y todavía hay limitaciones en el conocimiento y la comprensión de las diferentes alternativas disponibles y sus beneficios o limitaciones.

Hay varios tipos de alimentos que se pueden producir de manera sostenible, algunos ejemplos incluyen:

  1. Proteína vegetal: la proteína vegetal se produce a partir de fuentes vegetales como la soja, el guisante, la lenteja, la quinoa, entre otros. Estas fuentes de proteína vegetal se pueden utilizar para hacer productos como hamburguesas, salchichas, leche, queso y yogur.
  2. Proteína de insectos: la proteína de insectos se produce a partir de insectos comestibles, como grillos, saltamontes y gusanos de la harina. Estos insectos se pueden utilizar para hacer productos como barras de proteína, snacks y productos alimenticios para mascotas.
  3. Proteína de cultivo celular: la proteína de cultivo celular se produce a partir de células de animales que se cultivan en un laboratorio. Estas células se pueden utilizar para hacer productos como hamburguesas, carne picada y otros productos cárnicos.
  4. Frutas y verduras orgánicas: las frutas y verduras orgánicas se cultivan sin el uso de pesticidas y otros productos químicos sintéticos. Estos productos se pueden utilizar para hacer una variedad de alimentos, desde ensaladas hasta salsas y conservas.
  5. Productos lácteos alternativos: los productos lácteos alternativos se producen a partir de fuentes no lácteas como la soja, el arroz, la avena, la almendra y el coco. Estos productos se pueden utilizar para hacer leche, queso, yogur y otros productos lácteos.

Estos son solo algunos ejemplos de los tipos de alimentos que se pueden producir de manera sostenible. La producción de alimentos sostenibles también puede incluir prácticas agrícolas sostenibles, como la agricultura regenerativa y la agroforestería.

La agroforestería es una práctica agrícola sostenible que combina la producción de árboles, arbustos y cultivos en un mismo sistema de producción. Se trata de una práctica que busca integrar el cultivo de árboles y arbustos en las actividades agrícolas para mejorar la producción, proteger el medio ambiente y proporcionar beneficios sociales y económicos a las comunidades locales.

En la agroforestería, los árboles y arbustos se cultivan junto con cultivos alimentarios, animales de pastoreo u otros sistemas de producción. Los árboles y arbustos pueden proporcionar sombra y protección contra el viento, lo que puede mejorar las condiciones de crecimiento de los cultivos. Además, pueden ayudar a mantener la fertilidad del suelo, reducir la erosión del suelo y proporcionar alimentos y forraje para los animales.

La agroforestería también puede proporcionar beneficios ambientales, como la conservación de la biodiversidad y la mitigación del cambio climático, ya que los árboles y arbustos pueden actuar como sumideros de carbono y mejorar la calidad del suelo.

En resumen, la agroforestería es una práctica agrícola sostenible que integra los árboles y arbustos en los sistemas de producción agrícola para mejorar la productividad y proteger el medio ambiente, y proporcionar beneficios sociales y económicos a las comunidades locales.

La producción de proteína sostenible es un tema que está ganando cada vez más atención en la industria alimentaria, y hay algunos datos disponibles sobre este tema:

  • Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción de proteína sostenible puede ser una forma efectiva de reducir los impactos ambientales de la producción de proteína animal convencional, como la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación del agua y la pérdida de biodiversidad.
  • Un estudio publicado en la revista Science en 2018 encontró que la producción de proteína a partir de insectos, como los grillos, podría ser una forma más sostenible y eficiente de producir proteína que la producción convencional de proteína animal.
  • Según un informe de la empresa de investigación de mercado MarketsandMarkets, se espera que el mercado de proteína sostenible crezca a una tasa compuesta anual del 9,5% entre 2020 y 2025, impulsado por la creciente demanda de alternativas de proteína más sostenibles y saludables.
  • Un estudio publicado en la revista Environmental Science & Technology en 2020 encontró que la producción de proteína a partir de microalgas podría ser una forma más sostenible de producir proteína que la producción convencional de proteína animal, ya que la producción de microalgas requiere menos tierra y agua y produce menos emisiones de gases de efecto invernadero.
  • Según un informe de la empresa de investigación de mercado Future Market Insights, se espera que el mercado de proteína a base de plantas crezca a una tasa compuesta anual del 8,4% entre 2020 y 2030, impulsado por la creciente demanda de alternativas de proteína más sostenibles y saludables.

Estos son solo algunos ejemplos de los datos disponibles sobre la producción de proteína sostenible. En general, la evidencia sugiere que la producción de proteína sostenible puede ser una forma efectiva de reducir los impactos ambientales de la producción de proteína animal convencional y satisfacer la creciente demanda de alternativas de proteína más sostenibles y saludables.

Igualmente, hay varios estudios y datos disponibles sobre la agroforestería y sus beneficios. Algunos de los datos más relevantes incluyen:

  • Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la agroforestería puede aumentar la productividad de los cultivos hasta en un 40%.
  • Un estudio publicado en la revista Nature en 2018 encontró que la agroforestería puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 20-40%, en comparación con los sistemas de monocultivo.
  • Según la FAO, la agroforestería puede mejorar la biodiversidad y la resiliencia de los ecosistemas agrícolas, lo que puede ayudar a proteger la diversidad biológica y los servicios ecosistémicos.
  • Un estudio publicado en la revista PLOS ONE en 2016 encontró que la agroforestería puede mejorar la seguridad alimentaria y los medios de vida de las comunidades rurales.
  • Según un informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la agroforestería puede proporcionar beneficios económicos, como la diversificación de ingresos y la reducción de los costos de producción.

En general, la evidencia sugiere que la agroforestería puede ser una práctica agrícola sostenible y efectiva para mejorar la productividad agrícola, proteger el medio ambiente y proporcionar beneficios sociales y económicos a las comunidades locales.

Aliento del olvido

Poesía

Aquí,
donde muere la memoria,
donde se disuelve el tacto,
como sal en la noche marina,
quiero estarme.

Donde no ardan ya las cartas,
ni los ojos tengan
el peso cruel del «fuiste».

Un lugar sin pronombres,
sin relojes que digan
cuánto dolió tu nombre.

Donde la memoria se descalce,
y camine sin rostro por la niebla,
como un dios hastiado de sí mismo.

Ahí,
donde el silencio no pregunta,
donde el deseo duerme sin forma,
me habitaré sin nombre.

Y si alguna vez vuelves,
como vuelven los insectos a la luz
que los mata,
no llames.

Mi sombra no estará para abrirte.

Lejos,
donde el eco no vuelve,
ni el nombre,
ni el perfume roto en la almohada.

Allí quiero disolverme,
en ese rincón sin pasado,
donde el deseo no muerde,
donde los ojos no ven,
ni recuerdan.

Quiero la paz
de lo que no ha sido,
no es, no será,
la caricia de un aire sin historia,
la huida sin forma,
el país sin pronombres.

No me des más memoria,
ni tu voz de sal que aún sangra.

Déjame caer,
como una hoja sin árbol,
como un dios sin creyentes,
en la tersura intacta
de lo jamás amado.

Porque sólo allí,
donde el olvido es raíz enésima
y ni sombra vacía,
mi aliento dejará de doler.

Dédalo de hambre

Poesía

Roto el día,
se desangra en su engranaje
de minutos ciegos.
El pan no alcanza su forma,
se queda en migaja, en latido
masticado por la sombra.

Madre, el tiempo ha caído de bruces,
se ha roto la frente contra el aire.
Los trenes no llegan a sus estaciones,
se quedan en el hueso de la espera.

La risa, ese animal sin casa,
se perdió en la geometría del hambre.
Aquí todo es un verbo cojo,
una luna que no cabe en su noche,
un niño que llora en números primos.

Y aún así,
la lluvia insiste en escribirnos,
pero el papel se niega
a ser página escrita.

La suma no cuadra, oh cálculo errante,
las cifras se escapan
por los agujeros del día.
Uno más uno,
y el pan sigue huérfano en la mesa,
y el reloj sigue sangrando
sus minutos torcidos.

Ayer tuve un nombre,
pero el viento lo restó del aire.
Hoy soy apenas un residuo,
un decimal errante
en la división absurda de los días.

¿Y si el mundo es solo una resta infinita,
una ecuación con hambre en el pecho?
Madre, se han quebrado los números,
y yo sigo contando, entre sueños,
las sombras que me faltan.

DANZA DE INMUNDICIA

Poesía

La peste sigue su lenta danza,
escupe pruebas malsanas
sobre el sendero seco donde habito.

Nosotros, feroces y pueriles,
bandoleros del hambre y la rabia,
seguimos contando extraños
como quien mide el aire con los dedos.

La domesticidad amarga abrió su choza,
pero no quise habitarlo.
Hubiera sido seguro,
hubiera sido permitido,
pero mi olor no era inmundicia
y nadie quiso alquilarme su sombra.

Corteses artistas caritativos
dejaban su conocimiento protegido,
pero yo sólo quise consagrarla,
estrangularla,
dejarla llorada en la cuneta.

No queda nada.
Habiéndose ido hasta el unto de los sentidos,
estaré seco.
Sólo queda la danza,
y la danza no deja estarse.

LA ÉPICA DE LA IRONÍA

Ficción

En el crepúsculo de una era absurda, el Emperador, un tipo con el carisma de una piedra y la inteligencia de un zapato izquierdo, decidió que la única forma de inmortalizar su legado era organizar un torneo de proporciones mitológicas. El premio: un anillo encantado capaz de conceder cualquier deseo, o al menos, eso decía la publicidad.
Los participantes llegaban de todos los rincones del mundo conocido (y algunos del desconocido). Prometeo, harto de que la humanidad no le enviara ni una simple carta de correspondencia agradeciéndole el fuego, decidió competir solo para pedir como deseo la extinción de la especie. Lilith, con su eterna actitud de femme fatale, quería la victoria para demostrar que el patriarcado no era más que un chiste mal contado.
Entre los concursantes destacaba un bucentauro, mitad hombre, mitad barco (un error de hechizo, evidentemente). También estaba un gigante con un coeficiente intelectual inferior al de una serpiente, un dragón con problemas de autoestima y una de las Hespérides, que solo participaba porque le habían prometido un vale de descuento en un spa celestial.
La primera prueba consistía en atravesar un bosque de encinas carnívoras, seguido de un duelo con Cerbero, quien, en plena crisis existencial, se negaba a luchar a menos que alguien le diera una razón válida para seguir viviendo. Nadie la encontró.
Más tarde, en una prueba patrocinada por farmacéuticas, los concursantes debían escalar una montaña resbaladiza mientras lidiaban con los efectos secundarios de una dosis letal de Viagra. (Algunos siguen atrapados en esa ladera hasta el día de hoy).
El Enamorado, un donjuán con la elocuencia de una piedra pómez, intentó conquistar a Lilith. Ella, con una mezcla de fuerza y hartazgo, le estampó una maza en la cara.
El último obstáculo era un combate cuerpo a cuerpo con el pájaro de la mala suerte. Un gallo con complejo de dictador que se había autoproclamado juez supremo del torneo. Solo una persona lo venció: un competidor anónimo que, en un gesto de abrumadora sensatez, decidió usar un arma de verdad en lugar de las espadas de goma espuma provistas por la organización.
Para sorpresa de todos, el premio no era el anillo mágico, sino un vale de descuento para un servicio de cremación con un 10 % de rebaja. El Emperador, entre risas, declaró que la verdadera victoria era el aprendizaje.
Prometeo, con su paciencia agotada, prendió fuego al estadio y se marchó con un aire de satisfacción. Lilith fundó un gimnasio de guerreras radicales. Cerbero encontró un trabajo como terapeuta de almas errantes. Y el dragón, después de una intensa terapia, aceptó que no necesitaba que los demás le dijeran que era imponente para saberlo.

La moraleja: no te apuntes a torneos organizados por idiotas.

¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!

No ficción

La felicidad es un bulo. Un fraude a gran escala. Una campaña de marketing diseñada para vendernos velas aromáticas y retiros de meditación en Bali. Nos han hecho creer que la felicidad es un destino, un nirvana alcanzable si combinamos la dosis justa de esfuerzo, pensamiento positivo y aguacates en tostada. Pero no, amigos. La felicidad es una línea de meta que se aleja cada vez que damos un paso.

Lo más gracioso de todo es que el verdadero verdugo de la felicidad no es la tristeza, sino las expectativas. Ay, las expectativas, esos castillos en el aire con wifi ultrarrápido y vistas al mar. Nos prometemos a nosotros mismos que seremos felices cuando consigamos ese trabajo, cuando viajemos a Tokio, cuando tengamos pareja, cuando la pareja nos deje, cuando compremos un perro, cuando el perro deje de destrozarnos los zapatos… Y así, la zanahoria sigue colgando delante de la nariz, mientras trotamos con la ilusión de que algún día la atraparemos.

Nos pasamos la vida haciendo malabares con lo que creemos que debería ser y lo que realmente es. “Debería haber conseguido más a mi edad”, “Debería ser más delgado”, “Debería estar disfrutando esto más”. Debería, debería, debería… Qué palabra más hermosa para amargarnos la existencia.

El enemigo no es la infelicidad, sino la farsa. Nos vendieron la idea de que la felicidad es un estado permanente, una línea recta de éxtasis ininterrumpido. Pero la felicidad no es más que un accidente químico, un vaivén de dopamina que dura lo que un suspiro. Unas veces viene y otras se esfuma sin previo aviso, como un amante cobarde. Y ahí estamos nosotros, exigiéndole que vuelva, como si fuera un empleado con horario fijo.

Lo peor de todo es que seguimos negociando con la vida como si ella nos debiera algo. «Si trabajo duro, seré exitoso». «Si soy una buena persona, encontraré el amor». Queridos míos, la vida no ha firmado ningún contrato con nosotros. No hay reembolsos, ni garantías, ni servicio de atención al cliente. Lo que hay es caos, puro y bello caos, en el que a veces la suerte te sonríe y otras veces te da una patada en la boca, o en sitios peores.

Así que, ¿Qué hacemos? ¿Nos rendimos? ¿Nos ponemos en modo zombi y aceptamos la mediocridad? No. Lo que hacemos es afilar el cinismo y ajustar las expectativas a la realidad, como quien se compra un paraguas en Londres sabiendo que tarde o temprano va a llover. ¿Quieres ser feliz? Perfecto. Pero no le pidas demasiado a la felicidad. No le pongas condiciones. No esperes que sea espectacular. A veces es simplemente no tener dolor de cabeza, encontrar sitio en el metro o que tu canción favorita suene en la radio. A veces es aceptar que la vida es más tragicómica que épica.

Así que deja de esperar que el destino sea justo. Deja de imaginar que en algún momento todo encajará perfectamente. Porque si sigues persiguiendo esa zanahoria, lo único que conseguirás es morirte de hambre.

Nos han programado para vivir con un ojo puesto en el horizonte y el otro en la calculadora. Siempre proyectando, siempre midiendo, siempre anticipando. Pero, ¿y si el truco no está en la previsión sino en la entrega? No en la esperanza ciega, sino en la disposición plena a lo inesperado. Porque la esperanza, aunque parezca un bálsamo, tiene su trampa: es una deuda con el futuro. Un contrato implícito con lo que debería ser, con lo que esperamos recibir a cambio de nuestros desvelos. Y cuando la esperanza se frustra, se convierte en resentimiento, en cinismo mal llevado, en esa amargura de quien siente que la vida le debe algo. En un Trump.

Pero ojo, tampoco se trata de temer. Porque el miedo es solo la otra cara de la misma moneda: un exceso de expectativas, pero en negativo. En lugar de promesas radiantes, nos inventamos futuros lúgubres y nos preparamos para lo peor como si estuviéramos en una película apocalíptica. La clave está en bajar las armas sin rendirse. En caminar sin guion, sin pedir garantías, sin hipotecar la felicidad en una idea prefabricada de éxito. Es mirar al presente con la curiosidad infantil de quien ha olvidado lo que viene después, de quien no necesita que la vida le dé la razón.

Sorprenderse es el arte de vivir sin mapa, sin un destino rígido. No significa resignación, sino ligereza. No significa apatía, sino disponibilidad. Es la diferencia entre esperar el amanecer con ansiedad y dejarse encandilar por la luz que se filtra entre los edificios grises de nuestra ciudad sin haberlo previsto. No se trata de no querer nada. Se trata de no necesitar que las cosas sean de una forma específica para sentirse vivo. Se trata de dejar que la vida nos desarme y, en ese desarme, encontrar lo que nunca supimos que buscábamos. Afrontemos con un chiste la desgracia, démosle una lección. Sorprendámonos y conjuremos la vida con una gran carcajada cuando nos viene mal dada. Como decía Gila: «¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!

Tiempo fugaz

Ficción

De tan fugaz, algún día el tiempo acabará fugándose con otra. El tiempo siempre ha sido un amante infiel. Nunca se ha quedado quieto, nunca ha sabido de fidelidades ni de pactos eternos. Nos ha susurrado al oído promesas de infinitud, nos ha acariciado con la ilusión de que estará ahí para siempre… pero todos sabemos que, de tan fugaz, un día se irá con otra.

Quizá se fugue con el Olvido, esa musa traicionera que deshace recuerdos como un soplo de polvo en la brisa. O tal vez huya con la Nada, esa amante silenciosa que no exige, no pregunta, solo devora. Puede que el tiempo se canse de nosotros, de nuestro afán por atraparlo en relojes, calendarios y fotografías amarillentas. Puede que, harto de ser perseguido, decida largarse sin previo aviso, dejando tras de sí un universo en pausa, un caos de segundos congelados en el aire como un aplauso que nunca llega a sonar.

Y ahí quedaremos nosotros, sin pasado que nos sostenga ni futuro que nos empuje, mirándonos los unos a los otros con una pregunta en los labios: ¿Y ahora qué? Porque si el tiempo se fuga con otra, lo único que nos quedará será el presente puro, desnudo, inmóvil como un amante abandonado en la estación de tren.

Tal vez entonces entendamos que nunca fue nuestro, que siempre fue un forastero con maletas listas, un viajero que solo hacía escala en nuestras vidas. Y quién sabe, quizá sin él aprendamos, por fin, a vivir sin prisas.