La foto

Ficción

La foto en blanco y negro está firmada por René Berger en 1942. Un atractivo hombre de alrededor de 40 años de edad dirige su mirada escrutadora al objetivo. En sus hundidos ojos se advierte una mirada profunda e incisiva de águila. Apenas es posible adivinar su atuendo, tan sólo es visible el cuello de una camisa a cuadros de estilo rústico. Por lo demás el hombre tiene unos marcados rasgos. Mentón anguloso y barbilla partida. Unos labios finos y bien dibujados están enmarcados en el doble paréntesis de sus comisuras y de sus mentones, también partidos y obscurecidos por la barba descuidada de un día. Una amplia frente deja paso a dos entradas no excesivamente pronunciadas que se internan hacia su negro, liso y abundante cuero cabelludo cuyos mechones parecen formar una fuente. La nariz es recta con un potente puente nasal que encaja como una cuña en la frente. El ceño está al límite de ser fruncido manteniendo sus cejas horizontales, como en tensión. Unas ojeras no muy marcadas subrayan sus profundos ojos negros. Cuando vuelvo de nuevo la mirada hacia él la suya ha dejado de ser incisiva y tiene un aire quizás más triste y melancólico. Al reverso de la foto una inscripción congela mi sangre: «Death Can Come True».

El peso de la frase en el reverso de la foto es un ancla helada en mi pecho. «Death Can Come True». La muerte puede hacerse realidad. Como si no lo supiéramos ya. Pero verlo escrito ahí, en esa caligrafía apretada y precisa, como si cada letra hubiera sido cincelada en la celulosa con la determinación de un profeta, me produce un escalofrío insalvable. El hombre de la foto sigue mirándome. O mejor dicho, sigue mirándonos, a todos los que nos atrevemos a sostener su imagen por más de un instante. Un parpadeo tarde, y podría jurar que su expresión ha cambiado. Algo sutil, imperceptible en un primer vistazo, pero innegable si se observa con detenimiento. La melancolía que antes era apenas un matiz en su rostro, ahora parece empapar cada línea de su piel. Es como si la imagen hubiera evolucionado en el tiempo que ha tardado en recorrer el aire entre mis dedos y mi retina.

No es posible, me digo. Pero ya no estoy seguro de nada.

El nombre en la firma, René Berger, tampoco me deja en paz. Algo en él resuena en los sótanos de mi memoria, en los archivos polvorientos de la mente donde los nombres sin contexto flotan como espectros olvidados. ¿Dónde lo he oído antes? Busco en mi escritorio. Entre papeles y libros desordenados, tropiezo con un viejo cuaderno de tapas de cuero ajadas. Lo abro al azar. La fecha, escrita con tinta desvaída, es de 1943, un año después de la foto. Y ahí, en una entrada breve, en mi propia letra (¿o en la de alguien más?), está su nombre. René Berger. El texto es críptico, un fragmento de conversación capturado sin contexto:

«No lo olvides. Él dijo que las fotografías son puertas. Que algunas pueden abrirse en ambos sentidos.»

El frío se clava en mi espina dorsal. La foto. La maldita foto. Vuelvo a mirarla. Y esta vez, lo sé con certeza. El rostro ha cambiado de nuevo. La boca del hombre se ha curvado en una sonrisa. Una sonrisa que antes no estaba ahí.

Amante fría

Poesía

Te cuelas al anochecer,
silenciosa como un susurro sin piel.
Te sientas en el sofá vacío,
mirándome sin ojos y sin voz.

Eres el eco de lo que no se dijo,
la sombra que permanece,
el tiempo suspendido en el aire,
el silencio que pesa.

Amante fría,
llenando el espacio con ausencia.
Me abrazas con tu vacío,
y en tu mirada me encuentro,
desnudo frente a mí mismo.

Eres el tintineo de la cuchara en la taza,
la mesa puesta para uno,
el crujir del suelo en una casa sin pasos,
el tiempo que no avanza.

Pero también espacio,
un lienzo en blanco,
la oportunidad de escuchar mi propia voz,
de encontrarme sin distracciones.

Amante fría,
llenando el espacio con ausencia.
Me abrazas con tu vacío,
y en tu mirada me encuentro,
desnudo frente a mí mismo.

Eres sombra y luz,
el reflejo de quien fui,
la verdad sin adornos,
la calma de estar solo.

Amante fría,
a veces cruel, a veces fiel.
En tu abrazo helado,
quizás encuentre la fuerza,
para bailar con mi propia sombra.

Explora

Ficción

Hoy, en este preciso instante de tiempo que fluye, como un río callado que se desplaza entre la niebla del amanecer, te contaré la historia de un hombre que nunca alcanzó el instante que soñó. Su nombre era Elías, y había dedicado su vida a las sombras, buscando, como tantos otros, esa luz fugaz que ilumina la existencia de un modo tan transitorio que nadie puede aferrarse a ella.

Elías vivía en un pequeño pueblo sobre una colina olvidada, rodeado de campos que se deshacían lentamente bajo la mirada indiferente del sol. Cada mañana, se sentaba junto a la ventana, mirando cómo la niebla se disipaba con lentitud, como si la misma naturaleza supiera que él no debía apurarse en sus quehaceres. A través de la penumbra de su casa, las cosas parecían estar más cerca de la eternidad; las sillas, las mesas, la copa de cristal con un rosario de polvo acumulado, todo conservaba el aire de la quietud inalterable.

Una tarde de otoño, cuando las hojas doradas caían y la tierra estaba impregnada del aroma húmedo de la caída, Elías decidió que algo debía cambiar. La rutina había comenzado a pesar como un manto de plomo sobre sus hombros, como esas horas muertas que se deslizan sin esfuerzo entre los dedos, invisibles pero implacables.

«Hoy,» se dijo, «hoy voy a caminar hasta el final del camino que nunca recorrí.»

Se puso el abrigo de lana, aunque la tarde ya se anunciaba fría, y comenzó su peregrinaje. El viento soplaba entre las ramas, un murmullo bajo, como si las voces de aquellos que ya no estaban pudieran ser escuchadas en la corriente de aire. Cada paso que daba le parecía un eco de sí mismo, un repaso de su propia vida.

Pero mientras avanzaba, una figura extraña se le apareció. Era una mujer, de rostro envejecido pero sereno, cuyos ojos reflejaban un horizonte lejano. Llevaba una cesta de mimbre, del que caían algunas flores secas. La miró, y un silencio profundo se extendió entre ambos, como un puente invisible.

«¿A dónde vas?» le preguntó ella, con una voz que parecía venir de otra época.

«Voy al final del camino,» respondió Elías, aunque no sabía muy bien qué significaba esa meta.

La mujer sonrió con tristeza y dijo: «No hay final para los que buscan sin saber qué buscan.»

Elías, sorprendido, le preguntó: «¿Y tú? ¿Dónde vas?»

«Voy a recoger las flores que olvidé en el tiempo,» contestó, y se desvaneció lentamente, como una niebla disuelta por el sol.

El hombre quedó allí, en el mismo lugar, con la misma sensación de estar buscando algo que no podía identificar. Y, de alguna manera, comprendió que esa búsqueda era lo único que podía darle sentido al camino. Porque tal vez, al final, no importa el destino, sino el transitar.

Y así, Elías siguió caminando, pero ahora con una nueva perspectiva: sabía que la búsqueda en sí misma era el único fin posible. La tarde continuó su curso, y el viento, al igual que los pensamientos de Elías, nunca dejó de moverse, sin nunca detenerse del todo.

DÁNAE

Ficción

Para colmo de mis desdichas, una vez en la habitación, Dánae no siempre se mostraba tan solícita como mi imaginación y mis deseos lo pergeñaban. Un día, cuando acababa de caer el sol, escalé la alta torre que me separaba de las placenteras victorias del amor, no sin hartos peligros. Con su amplio vestido de vuelo, ella estaba afortunadamente allí, y su corsé o justillo -como entonces le llamaban- elevaba sus erguidos, indomables y danaides senos. Mi inocente corazón trepidaba ansioso por acariciarlos cuando irrumpió la Damgalnunna en su ya, por fin, mancillada habitación para hacer su aún inmaculada cama. Imaginaos entonces mi azaroso rubor y patetismo tratando de ocultar lo que es más evidente que el sol de mediodía.

Como un náufrago desesperado aferrándose a un madero, intenté ocultarme tras los pliegues de un biombo de laca china, donde dragones escarlata danzaban entre nubes doradas, pero mi torpeza, avivada por el pánico, convirtió la maniobra en un estrépito lamentable. Dánae, con una mezcla de horror y sofocada risa, se giró hacia mí mientras sus mejillas se encendían con un carmesí tan vibrante como la flor del granado.

La Damgalnunna, cuyo nombre resonaba en mi mente como una sentencia bíblica, alzó una ceja con la calma severa de quien sabe dominar el caos con un solo ademán. Sus manos, endurecidas por años de faena doméstica, continuaron alisando las sábanas con movimientos precisos, ignorándome con una indiferencia que, lejos de tranquilizarme, me convertía en un espectro incómodo y grotesco en aquella escena casi litúrgica.

El silencio era un cuchillo afilado. Sólo se oía el susurro del lino al deslizarse bajo sus manos y el sonido de mi respiración desbocada. Cuando al fin la mujer rompió el silencio, fue como si el universo entero se detuviera:

—Señorita Dánae, ¿acaso no os han enseñado a cerrar las ventanas de vuestra alcoba? Parece que los vientos traen consigo cosas… inesperadas.

Su mirada, fugaz y punzante como una daga, se clavó en el biombo tras el cual yo intentaba hacerme invisible. Era imposible determinar si su tono contenía reprimenda o diversión, pero el doblez de sus labios insinuaba que gozaba de la situación más de lo que su severa compostura dejaba entrever.

Dánae, temblando entre el desconcierto y la risa, apenas logró responder:

—Oh, Damgalnunna, no hay más que brisas inocentes esta tarde… nada de importancia ha cruzado por mi ventana, os lo aseguro.

Su voz, normalmente firme y musical, se quebró al final de la frase, y yo sentí que su intento por salvarme del abismo de la humillación era tan frágil como una telaraña en medio de una tormenta.

Pero la anciana no se dejó engañar. Con un gesto teatral, tomó el candelabro de bronce de la mesa cercana y se dirigió hacia el biombo. Cada paso suyo resonaba como un eco fúnebre en mi pecho. Con una lentitud exasperante, rodeó mi improvisado refugio, y ahí estaba yo, congelado, más patético que un cervatillo frente a un lobo.

Cuando sus ojos encontraron los míos, su expresión fue una obra maestra de contención. La teatralidad del momento pareció desmoronarse como un castillo de naipes, y, en un giro inesperado, Damgalnunna suspiró profundamente y murmuró, más para sí misma que para nosotros:

—Juventud… Siempre tan temeraria y absurda.

Sin decir más, dejó el candelabro sobre la mesa, se giró y salió de la habitación con la dignidad de una reina exiliada. Pero, antes de cerrar la puerta, añadió con un tono ambiguo:

—Cerrad la ventana la próxima vez. No siempre seré yo quien entre.

Y así nos dejó, a Dánae y a mí, petrificados entre la vergüenza y el alivio, con el crepúsculo tiñendo de sombras y destellos la habitación, como si el universo, cómplice silencioso, nos regalara una última tregua antes de que la inevitable consecuencia de nuestra osadía se desatara.

La puerta se cerró tras Damgalnunna con un susurro que pareció más un sello ominoso que un gesto cotidiano. Dánae, aún temblorosa, se dejó caer sobre el lecho, los dedos crispados en la colcha bordada. Sus ojos, como estanques turbios bajo la penumbra del crepúsculo, buscaron los míos con una mezcla de miedo y desesperación.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó, y su voz, usualmente vibrante, apenas fue un murmullo quebrado.

Yo, incapaz de responder de inmediato, me quedé de pie junto al biombo, sintiendo cómo el mundo entero se comprimía en esa habitación. Afuera, el ulular del viento contra los muros de piedra parecía reírse de nuestra desgracia. Finalmente, tomé aire y me acerqué a ella, tomándole las manos entre las mías.

—No todo está perdido, Dánae. Si ella sospecha, debemos darle algo que satisfaga su curiosidad… y que, al mismo tiempo, la desvíe de la verdad.

Sus cejas se alzaron, dibujando una sombra de esperanza teñida de incertidumbre.

—¿Y qué podríamos decirle? —preguntó, aunque en su tono ya resonaba el eco de la complicidad.

La respuesta vino a mí como un relámpago.

—Le diremos que he venido de parte de tu tío Eudoro —improvisé, recordando al viejo comerciante cuya fama de excéntrico nos serviría de escudo—. Le he traído una carta que, por prudencia, no puedes mostrar a nadie más.

Dánae asintió lentamente, como quien ve un puente débil pero no tiene otra opción que cruzarlo.

—Es arriesgado… pero podría funcionar.

Nos dedicamos entonces a construir nuestro relato, hilando detalles que parecían crecer con vida propia. La carta sería una misiva relacionada con un acuerdo de tierras entre su tío y su padre. Mi llegada nocturna, un intento desesperado por evitar que la noticia llegara demasiado tarde. Por supuesto, no habría carta alguna que mostrar: sería nuestro secreto más vulnerable.

Pero, como pronto descubriríamos, el destino tiene una manera peculiar de enredar las mentiras.

La noche transcurrió en una vigilia tensa. Apenas pude dormir en el desván de los criados, donde Dánae me había escondido con la ayuda de un viejo lacayo fiel. Antes del amanecer, el eco de pasos firmes en los pasillos me despertó: Damgalnunna había cumplido su amenaza.

—La señora y el señor quieren verte, Dánae —anunció con una sonrisa ladeada que no auguraba nada bueno.

Bajé al jardín trasero, un rincón oculto tras los arrayanes, para evitar cualquier encuentro desafortunado. Desde allí, escuché cómo Dánae enfrentaba a sus padres.

—Un mensajero de tío Eudoro llegó anoche —afirmó ella con una convicción que me dejó sin aliento.

—¿A esas horas? —preguntó su madre, incrédula.

—Era algo urgente… y reservado —respondió Dánae con firmeza.

El padre, un hombre conocido por su desdén hacia los secretos, exigió más detalles. Fue entonces cuando Dánae cometió un error que encendería un nuevo incendio:

—La carta… está en mi habitación.

El silencio que siguió fue como el filo de una daga. Yo, escondido entre las sombras, comprendí con terror que ahora debíamos fabricar no solo una mentira, sino un objeto tangible que la sustentara. Una carta inexistente que pronto sería buscada.

El latido en mi pecho era un tambor de guerra mientras me deslizaba por las sombras, ideando una solución antes de que Dánae y yo fuéramos atrapados por nuestra propia red.

El fumador

Poesía

Malabarista de la materia oscura

Sol en la penumbra,
el silencio tiembla y el tiempo se repliega,
el fumador enciende el filo de un instante.
El humo, como un río de sombras,
se enrosca en su aliento,
escapando de su boca como si fuera un conjuro.

Es un malabarista de la materia oscura.
Con dedos precisos, toma un fragmento del vacío
y lo convierte en forma efímera.
Cada bocanada es un truco,
un equilibrio entre lo visible y lo que se disuelve,
entre el todo y la nada.

El cigarro es su bastón de mando,
un fragmento de estrellas colapsadas
que arde en su palma.
Cada chispa es un eco de galaxias extintas,
cada ceniza, un testigo de lo que nunca fue.

En su pecho, el universo se contrae,
pulmones que inhalan constelaciones moribundas.
Exhala un cosmos en ruinas,
un espiral que danza hacia lo desconocido,
desvaneciéndose en el aire
como un secreto que nadie podrá descifrar.

El fumador es artista y cómplice,
arquitecto de sombras y luces fugaces.
Habita en el umbral donde la materia
se transforma en misterio,
donde lo intangible encuentra hogar en el humo.

Malabarista sin público,
su acto termina siempre igual:
el cigarro se consume,
la materia oscura lo envuelve,
y el hombre regresa al silencio,
dejando tras de sí
solo el aroma de un enigma.

Sombra de mi choza

Poesía

Sombra de mi choza,

entre versos y susurros,
el silencio y el eco

son amantes eternos.

Te escribo, amigo mío,

en este lienzo oscuro,
que el alma desnuda,

y el corazón sincera.

En este yermo inhóspito,

el tiempo se dilata,
se entretejen mis palabras,
como hilos de esperanza,
buscando en la penumbra,

la luz que nos sombrea,
para hallar en el misterio,

la verdad que aguarda.

Entre sueños y quimeras,

se deslizan mis teclas,

dibujando en el aire

suspiros del silencio,
y en cada verso roto,

historias perfumadas,
como un beso en la distancia,
que el viento exhala.

Amigo de mi vida,

compañero de mis hastíos,
en este páramo infinito,

te busco en la oda,
para compartir contigo

secretos del rocío de Orión,
que humedece nuestras almas,
en este azul desierto.

Que nuestras voces se unan,

en un canto desgarrado,
que atraviese la distancia,

y el oscuro tiempo,
que en cada verso encuentres
un refugio fluido,

que el amor y la amistad,

sean nuestros huesos.

Playboy intempestivo

Poesía

Fragua de la noche urbana,
un suspiro de neón se quiebra,
y la sombra, enmascarada en lujo,
desliza su espectro envarado,
por salones de espejos circenses.

Sombras juguetonas, azules
cuerpos de humo, bocanadas
danzan en la penumbra
de un escenario sin aire.

El eco de risas sintéticas
roza las paredes huecas
y un corazón de papel
late de monotonía ceniza.

Días de orín y sangre, agónicos,
gotean por las grietas del tiempo,
y la máscara de cera cruje, estalla,
el vacío se oculta tras un brillo dorado.

Caverna de los silencios nocturnos,
un murmullo, un trazo en la oscuridad.
Plumas invisibles dibujan signos,
constelaciones de un anhelo en fuga.

Refugio de la soledad adusta,
cada sombra es un verso muerto,
el espectro se contempla, hombre
despojado de sus máscaras.

Susurro pobre del viento, sin pan,
memorias de un deseo inefable,
y entre las ruinas de amores efímeros,
florecen pensamientos de barro y luz.

Días de orín y sangre trémulos,
manchas que el tiempo no borra,
la soledad, fiel compañera, como perra,
teje hilos dorados en la noche desierta.

Un laberinto de espejos rotos,
cada reflejo es un recuerdo triste,
y en el centro, un ser sin nombre,
esculpiendo sus ritos en el éter fatuo.

Bajo la luz de Isis

Poesía

Dolor de hombre, muerte en tiempo,
bajo la sombra de madre,
la infancia grita su canto amargo
en la vida que se desgarra.

Dios observa, sangre y luz,
tristeza negra, rota soledad,
extraña y profunda,
trémula y pobre,
en el infinito eco del ser.

Triste es el día, negro su lamento,
la soledad rompe el aire,
la amargura nos acaricia, fiel,
y la vida se vuelve canto roto.

Oh, madre,
en tus brazos de sombra,
el tiempo se quiebra en luz, intuye,
la infancia se esconde en tus labios,
mientras la sangre dibuja su trazo.

Profunda es la herida, extraño su pulso,
el dolor es un eco trémulo, oscuro,
la muerte un suspiro en la noche,
y la vida, un poema circunciso.

En el dolor de ser hombre,
en la muerte que acecha el tiempo,
la tristeza es negra y sola, esquiva,
la luz, un destello roto.

Oh, madre,
en tu abrazo se disuelve el miedo,
la infancia se torna eco, ya triste,
la sangre canta su memoria,
y el hombre, en su pobreza,
es un poema pueril.

Amargura de lo vivido, memoria
en la soledad profunda del ser,
oh Isis, oh madre, oh madres,
la tristeza negra se convierte en luz,
y la vida, en su dolor, es insondable.

El Jardín de la Luz

Poesía

En el cielo claro, el azul danza,
la luz se desnuda en río cristalino,
serena y pura, melodía blanca,
fresco amanecer, beso de alas.

Oh aire dulce, suspiro inmóvil,
acaricia las alas de los tuétanos libres.

Luminosa en su vuelo,
como estrella fugaz, la flor,
en su jardín más íntimo,
espejo de sueños suaves,
susurra pulso y signo.

Oh tarde, áurea y serena, mar de miel,
donde el sol, amante, se baña.

Oh silencio profundo de la noche,
cofre de estrellas de cristal, reluce.

Oh Música de la selva, clara,
voz del tiempo, inmortal y dulce,
vastedad del ser, lo profundo,
se un océano de luz, solo y pulcro.

Oh vida, espejo de sol y agua,
la belleza se cierne como flores silvestres,
y en su reflejo, un ser descubre
la esencia pura de lo hondo sin fin.

El jardín de la luz,
donde habita el ensueño,
es un canto de albas y auroras,
y en cada rincón, la voz más humana,
el viento fresco, beso de alas.

El zapato de cristal

Ficción

El tren avanza, silbando su lamento metálico en la desierta llanura. Miro por la ventana, intentando atrapar las estrellas que se diluyen en el horizonte como lágrimas de un dios cansado. Cada estación es un latido que se pierde en la vasta soledad del tiempo, un eco que resuena en mi pecho como un tambor olvidado.

Llevo conmigo una caja de madera, desgastada por los años y las penas. Dentro, guardo un viejo reloj de bolsillo, único testigo de mi búsqueda incansable. Los segundos escapan, resbalando entre mis dedos como la arena del desierto, como los besos que nunca doy, como las promesas que se disuelven en la lluvia.

Llego a un pueblo sin nombre, donde el viento es el único habitante. La gente allí, sombras de un pasado marchito, me mira con ojos de vidrio, reflejando el vacío de sus propios corazones. Pregunto por el castillo, por la princesa, por el baile perdido en el tiempo. Nadie sabe, nadie recuerda.

Sigo mi camino, guiado por un hilo invisible que se entrelaza con mi destino. Los días se confunden con las noches, y mi esperanza se viste de harapos, danzando al ritmo de una melodía olvidada. Encuentro montañas que susurran historias de antaño, ríos que cantan elegías a los viajeros perdidos. Pero ni rastro del zapato de cristal, ese fragmento de ensueño que brilla en mi mente como una estrella moribunda.

Una noche, en la penumbra de un bar solitario, un anciano de barba gris y mirada triste me habla de un lugar al final de la carretera, un burdel donde las almas extraviadas buscan consuelo en la oscuridad. Con el corazón en un puño y la esperanza como único equipaje, emprendo mi último viaje.

El burdel es un edificio desvencijado, sus luces parpadean como ojos enfermos en la noche. El aire huele a desengaño y alcohol barato. Entro, mis pasos resuenan en el suelo de madera, y me encuentro rodeado de miradas cansadas, de risas que mueren en la garganta.

En un rincón, una mujer de cabellos dorados y sonrisa quebrada sostiene algo en sus manos. Nuestros ojos se encuentran, y en ese instante, sé que mi búsqueda ha terminado. Con manos temblorosas, la mujer me entrega el zapato de cristal, sucio y gastado, un vestigio de un cuento que nunca fue.

Y el zapato de cristal aparece en un sucio burdel de carretera, como una reliquia olvidada de un tiempo en que los sueños no pueden ser reales. Con el corazón lleno de cicatrices, comprendo que la magia ya no está, que los pasos dados son inútiles y las estrellas ya no brillan, inalcanzables, en el cielo desierto, negro, abismal.

Pacto fugaz con la sombra

Poesía

El cigarro en la noche
es el punto de mira de la muerte,
fósforo en mano,
susurra promesas inseguras
de incierta eternidad.
Las brasas se encienden
como recuerdos de amores caídos,
en la penumbra, sola,
donde las sombras
son espectros sin piel.

Ay, amigo, que escuchas
¿ves cómo danza la llama,
como danza la ausencia?
En cada bocanada
se deshojan los días,
pétalo a pétalo,
y el humo serpentea,
como un fantasma
que acaricia el aire,
desdibujando las líneas
entre lo que somos
y lo que fuimos.

La muerte nos observa, cínica,
desde aquel lado de la trinchera,
como un amante rechazado
que aún susurra versos al oído.

La noche es un lienzo negro
en que las estrellas son agujeros,
por donde se escapa la vida,
lenta, sigilosa, hacia lo ignoto.

Encendemos otro cigarro,
como quien revive un viejo ritual,
con el viento de la soledad
silbando melodías de antaño.

Y en ese instante, lento,
en ese preciso
y quebradizo instante,
somos más que carne y hueso,
somos humo y ceniza,
somos nada.

La luna es testigo,
cómplice silenciosa
de nuestro soliloquio,
iluminando apenas
las grietas de nuestra frágil piel.
Y mientras el cigarro se consume,
nos consumimos también,
en el abrazo efímero de la noche,
con la muerte en el pecho.

El cigarro en la noche
es el punto de mira de la muerte,
un pacto fugaz con la sombra,
una tregua en la vasta negrura.
Y tú y yo, amigo mío,
somos los funámbulos
en esta cuerda floja, ilusa,
bailando al filo del abismo,
con el humo como única compañía.

El viento

Ficción

El viento, cual fiera desatada, azota los calzoncillos tendidos, arrancando de ellos un lamento sordo que se mezcla con el susurro de los árboles. Las prendas, izadas como banderas sin nación, ondean en un baile frenético, atrapadas en una coreografía impuesta por la naturaleza. Cada pliegue, cada costura, se tensa y se relaja al compás del aire, evocando recuerdos de antiguas batallas y viejos amores. Los colores desteñidos por el sol y el tiempo, ahora vibrantes bajo el yugo del viento, cuentan historias de días pasados, de cuerpos que los habitaron y de manos que los doblaron con esmero.

Los calzoncillos, símbolos humildes de la cotidianidad, se tornan en protagonistas de una danza épica, testigos mudos del inexorable paso del tiempo. El viento, caprichoso y omnipresente, los sacude con una fuerza casi maternal, como si intentara devolverles la vida que el uso y el desgaste les han arrebatado. En su vuelo efímero, los calzoncillos se convierten en metáforas de la existencia misma: frágiles, sometidos a fuerzas invisibles, pero siempre dispuestos a alzar el vuelo en el torbellino de la vida.

El viento, indomable y juguetón, azota los calzoncillos tendidos como un niño caprichoso que encuentra diversión en lo cotidiano. Los calzoncillos, blancos como el primer suspiro del alba, se inflan y despliegan en una danza etérea, susurros de libertad arrancados del monótono día a día. Parecen aves atrapadas entre los alambres, batiendo sus alas de tela en un desesperado intento de emprender el vuelo hacia horizontes desconocidos.

Los hilos que los sostienen, tenues y frágiles, vibran con la fuerza del viento, creando una melodía tenue, casi inaudible, que acompaña el ballet improvisado de estas prendas íntimas. Es como si cada golpe de aire fuese una caricia invisible, un amante invisible que juega a poseer y liberar en un mismo acto.

En la distancia, el murmullo del mar se mezcla con el ajetreo del viento, componiendo una sinfonía que sólo aquellos con alma de poeta pueden entender. Y en ese instante fugaz, el viento se convierte en un narrador omnisciente, contando historias de otros tiempos y otros lugares a través del movimiento ondulante de los calzoncillos. Cada sacudida es un verso, cada vaivén, una estrofa de un poema que se escribe y se desvanece en el mismo aliento, efímero y eterno como la vida misma.