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Ficción

Hoy, en este preciso instante de tiempo que fluye, como un río callado que se desplaza entre la niebla del amanecer, te contaré la historia de un hombre que nunca alcanzó el instante que soñó. Su nombre era Elías, y había dedicado su vida a las sombras, buscando, como tantos otros, esa luz fugaz que ilumina la existencia de un modo tan transitorio que nadie puede aferrarse a ella.

Elías vivía en un pequeño pueblo sobre una colina olvidada, rodeado de campos que se deshacían lentamente bajo la mirada indiferente del sol. Cada mañana, se sentaba junto a la ventana, mirando cómo la niebla se disipaba con lentitud, como si la misma naturaleza supiera que él no debía apurarse en sus quehaceres. A través de la penumbra de su casa, las cosas parecían estar más cerca de la eternidad; las sillas, las mesas, la copa de cristal con un rosario de polvo acumulado, todo conservaba el aire de la quietud inalterable.

Una tarde de otoño, cuando las hojas doradas caían y la tierra estaba impregnada del aroma húmedo de la caída, Elías decidió que algo debía cambiar. La rutina había comenzado a pesar como un manto de plomo sobre sus hombros, como esas horas muertas que se deslizan sin esfuerzo entre los dedos, invisibles pero implacables.

«Hoy,» se dijo, «hoy voy a caminar hasta el final del camino que nunca recorrí.»

Se puso el abrigo de lana, aunque la tarde ya se anunciaba fría, y comenzó su peregrinaje. El viento soplaba entre las ramas, un murmullo bajo, como si las voces de aquellos que ya no estaban pudieran ser escuchadas en la corriente de aire. Cada paso que daba le parecía un eco de sí mismo, un repaso de su propia vida.

Pero mientras avanzaba, una figura extraña se le apareció. Era una mujer, de rostro envejecido pero sereno, cuyos ojos reflejaban un horizonte lejano. Llevaba una cesta de mimbre, del que caían algunas flores secas. La miró, y un silencio profundo se extendió entre ambos, como un puente invisible.

«¿A dónde vas?» le preguntó ella, con una voz que parecía venir de otra época.

«Voy al final del camino,» respondió Elías, aunque no sabía muy bien qué significaba esa meta.

La mujer sonrió con tristeza y dijo: «No hay final para los que buscan sin saber qué buscan.»

Elías, sorprendido, le preguntó: «¿Y tú? ¿Dónde vas?»

«Voy a recoger las flores que olvidé en el tiempo,» contestó, y se desvaneció lentamente, como una niebla disuelta por el sol.

El hombre quedó allí, en el mismo lugar, con la misma sensación de estar buscando algo que no podía identificar. Y, de alguna manera, comprendió que esa búsqueda era lo único que podía darle sentido al camino. Porque tal vez, al final, no importa el destino, sino el transitar.

Y así, Elías siguió caminando, pero ahora con una nueva perspectiva: sabía que la búsqueda en sí misma era el único fin posible. La tarde continuó su curso, y el viento, al igual que los pensamientos de Elías, nunca dejó de moverse, sin nunca detenerse del todo.

Para hacerse desear de las mujeres

Ficción

Tómese el corazón de una paloma virgen y hágase tragar por una víbora: la víbora morirá (jeje) de resultas, a causa del emblema de virtud e inocencia que representa la paloma, al paso que ella lo es de vicio y calumnia (jejeje); muerta la víbora (jejejeje), tómese su cabeza, póngase a secar hasta que no le deje olor, májese entonces en una almirez con doble cantidad de cañamón y tómense los polvos que resulten en un vaso de vino de cuatro años, al que se habrán mezclado algunas gotas de extracto de opio, conocido con el nombre de láudano. Con esto la tez se pone encendida, los labios de color rosa, y todas las mujeres lo desean a uno de cualquiera edad que sea. Esto es infalible y la prueba sale siempre bien con tal que se haga en día y hora conveniente.

(Secretos sacados del libro de Cleopatra)

Fantasma de Hébuterne en el espejo

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne y Amedeo Modigliani

 

Fantasma de Hébuterne en el espejo

En la Casa Grande había un espejo que nadie quería mirar después de la puesta del sol.

Estaba en una de las cámaras más antiguas, detrás de una puerta que casi siempre permanecía cerrada. El espejo era alto, estrecho y tenía el marco cubierto de pequeñas flores talladas. Nadie sabía quién lo había llevado allí.

Los adultos decían que era un espejo viejo.

Los niños sabían que aquello no explicaba nada.

Tomás fue el primero en descubrirlo.

Una tarde entró en la cámara buscando una pelota que había desaparecido. La encontró debajo de una mesa, pero antes de salir levantó los ojos y se miró en el espejo.

Al principio vio su propio rostro.

Después vio la habitación.

Y luego vio a una niña.

Estaba detrás de él.

Tomás se volvió.

No había nadie.

Volvió a mirar.

La niña seguía allí.

Tenía el cabello oscuro y un vestido antiguo. No parecía triste ni alegre. Parecía, sencillamente, estar esperando.

Tomás salió corriendo.

Aquella noche se lo contó a Clara.

—¿Cómo era?

—Como una niña.

—Eso ya lo has dicho.

—No sé cómo explicarlo.

Clara pensó un momento.

—¿Te habló?

Tomás negó con la cabeza.

—No.

—Entonces quizá quería que la escucharas.

Al día siguiente volvieron juntos.

La cámara estaba vacía.

El espejo también.

Pero cuando Clara se acercó, la niña apareció.

Esta vez estaba sentada.

En sus manos tenía una flor.

Clara levantó una mano.

La niña hizo lo mismo.

—¿Quién eres? —preguntó Clara.

La aparición señaló el espejo.

En el cristal comenzaron a formarse unas letras.

HÉBUTERNE.

Los dos niños no conocían aquel nombre.

Debajo apareció otra palabra:

AUGUSTIN.

Tomás recordó entonces algo que había oído a su abuela.

Hébuterne era el nombre de un lugar lejano, y también el apellido de una familia que había vivido allí muchos años antes.

Pero nadie sabía por qué el espejo mostraba aquel nombre.

Clara tocó el cristal.

Estaba frío.

La niña acercó la mano desde el otro lado.

Durante unos segundos, las manos de ambas parecieron tocarse.

Entonces el espejo cambió.

Ya no mostró la cámara.

Mostró un jardín.

Había árboles, una casa y un camino cubierto de hojas.

La niña caminó por aquel jardín.

Al fondo apareció un hombre.

La niña corrió hacia él.

Pero antes de llegar, la imagen desapareció.

Quedó solamente el reflejo de los dos niños.

—Creo que no es un fantasma —dijo Clara.

—¿Entonces qué es?

Clara miró el espejo.

—Quizá es un recuerdo.

Aquella explicación les pareció más extraña que un fantasma.

Durante varios días regresaron a la cámara.

Cada vez que aparecía la niña, les mostraba una parte distinta de su historia.

Una mesa.

Un jardín.

Una ventana.

Una casa.

Un hombre.

Una flor.

Nunca hablaba.

Nunca sonreía.

Nunca pedía ayuda.

Finalmente, una tarde, la niña señaló a Tomás.

Después señaló el espejo.

Tomás comprendió.

Se acercó.

La niña puso la flor contra el cristal.

Tomás hizo lo mismo con una pequeña hoja de la huerta.

Durante un instante, ambos objetos parecieron ocupar el mismo lugar.

Luego el espejo quedó completamente oscuro.

La niña había desaparecido.

Desde aquel día nadie volvió a verla.

Pero Tomás conservó la hoja.

La guardó dentro de un libro.

Muchos años después, cuando ya era adulto, regresó a la Casa Grande.

La cámara seguía allí.

El espejo también.

Tomás entró.

Se miró.

Vio su propio rostro, envejecido por los años.

Pero durante un instante, detrás de él, apareció la niña.

Ya no parecía una niña.

Era una mujer.

Y en sus manos llevaba la misma flor.

Tomás comprendió entonces algo que nunca había entendido de pequeño.

Quizá los fantasmas no son los muertos.

Quizá son las personas que quedaron atrapadas en un instante de su propia vida.

Y quizá los espejos no reflejan solamente aquello que somos.

A veces reflejan aquello que fuimos.

O aquello que alguien, en algún lugar del tiempo, todavía recuerda.

Tomás cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el espejo estaba vacío.

Pero sobre el cristal había quedado una pequeña palabra escrita desde dentro:

GRACIAS.

Jeanne Hébuterne

Ficción

Homenaje a Jeanne Hébuterne

La mujer que habitaba los espejos

Hubo una joven llamada Jeanne Hébuterne que aprendió muy pronto que los espejos pueden mentir.

Le decían que era hermosa.

Le decían que era la compañera de un pintor.

Le decían que su nombre debía pronunciarse junto al de Modigliani, como si una mujer pudiera convertirse en la sombra de otro hombre por el simple hecho de haberlo amado.

Pero Jeanne pintaba.

Y antes de ser recuerdo, fue una muchacha que miraba el mundo.

Había en sus ojos una paciencia triste, esa forma de tristeza que no pertenece todavía a la desgracia sino al presentimiento. Caminaba por las calles de París con sus cuadernos y sus colores, y acaso ignoraba que algún día otros hombres escribirían sobre ella sin preguntarle nada.

Tal vez por eso me gusta imaginarla frente a un espejo.

No al espejo que devuelve un rostro, sino a ese otro espejo secreto que conserva lo que el tiempo destruye.

Jeanne se mira.

Tiene el cabello recogido.

Sus manos sostienen un pincel.

Detrás de ella está París.

El París de los talleres, de las habitaciones pobres, de los cafés donde los artistas hablaban demasiado y pagaban demasiado poco. Afuera llueve.

Ella no sabe que el futuro la ha condenado a una fecha.

No sabe que habrá libros.

No sabe que habrá cuadros.

No sabe que millones de ojos buscarán en los retratos de Modigliani la forma de sus ojos, de su cuello, de su silencio.

Sólo sabe que quiere pintar.

Y pinta.

Quizá en alguno de sus cuadros haya una puerta.

Quizá detrás de esa puerta esté la verdadera Jeanne, la que no conocemos.

Una Jeanne sin leyenda.

Sin tragedia.

Sin el nombre de ningún hombre junto al suyo.

Una muchacha que ríe.

Una mujer que envejece.

Una pintora que continúa trabajando cuando todos se han marchado.

Una anciana que todavía conserva aquel primer pincel.

Ésa es la Jeanne que quisiera rescatar del espejo.

Porque el tiempo tiene una crueldad particular con las mujeres jóvenes: las convierte demasiado pronto en símbolos.

A unas las llama musas.

A otras, amantes.

A otras, víctimas.

Y casi nunca les pregunta quiénes fueron.

Por eso este homenaje no quiere hacer de Jeanne una estatua.

Quiere devolverle movimiento.

Que camine.

Que mire.

Que se equivoque.

Que pinte.

Que tenga una tarde cualquiera en la que no ocurra absolutamente nada.

Que pueda salir de casa sin saber que el porvenir la está observando.

Que tenga, aunque sea dentro de este cuento, todos los años que la realidad le negó.

En el espejo, Jeanne levanta el pincel.

Pero esta vez no pinta su rostro.

Pinta una ventana.

Después pinta un árbol.

Después una calle.

Después una casa.

Y finalmente pinta a una mujer que se parece a ella, pero que no es ella.

La mujer del cuadro mira hacia afuera.

Jeanne comprende entonces el secreto.

No ha pintado su pasado.

Ha pintado una posibilidad.

La mujer del cuadro tiene ochenta años.

Está sentada junto a una ventana.

Hay luz sobre sus manos.

Sobre la mesa descansan pinceles.

En la pared cuelgan cuadros que nadie ha visto.

Y debajo de uno de ellos, apenas visible, hay una firma:

Jeanne Hébuterne.

La joven contempla el cuadro.

Por primera vez sonríe.

Después deja el pincel.

Y sale del espejo.

Desde entonces, cuentan que en ciertas tardes de lluvia, cuando París parece una ciudad inventada por alguien que ha olvidado el final de su historia, puede verse a una mujer caminando junto al Sena.

No lleva flores.

No busca a nadie.

Lleva consigo un cuaderno.

Se detiene.

Mira el agua.

Y comienza a dibujar.

Quizá sea un fantasma.

Quizá sea un recuerdo.

Quizá sea simplemente Jeanne, que por fin ha conseguido escapar de la historia que otros escribieron para ella.

El espejo queda vacío.

Pero en su superficie permanece una última imagen:

una mujer pintando.

No la mujer de Modigliani.

No la tragedia.

No la leyenda.

Jeanne.

Sólo Jeanne.

Y eso, después de tantos años, es quizá la forma más justa de recordarla.

Enithar

Ficción

Un vórtice tenebroso que nos arrastra en otros abismos insondables. Postrimerías de un hombre rendido, que rema en la noche ante el numerador cuántico sobre las ciudades afligidas. El oscuro globo sigue latiendo en las profundas estelas, como en el útero de las galaxias… donde permanecen suspendidos lanzando sus atroces chispas, eructando tétricos fuegos, sobre las ciudades afligidas, llenando el firmamento de verde polvorín. En la oscuridad  están en calma. Las estrellas brillan serenas en lo alto. También reposa bajo ellas contemplando un azul profundo y un tenue resplandor. Mientras tanto el mundo asiste a las postrimerías del poder ilimitado de las huestes. planetas desiertos. el señor Rojo. arenas draconianas. El solitario en la inmensidad. En el momento del tiempo oscuro… el solitario en la inmensidad sobrevuela los mares de estrellas de carbono desplegando sus alas blancas. No hay globos de atracción, todo es uniforme, aunque salpicado de espuma. ¿Quiénes fueron los divergentes y todos los demás? Aulladores. Le infundió terror en su alma… Aulladores, rugiendo feroces en la noche negra. La Torre se eleva blanca y roja entre las plomizas nubes de la noche. Sobre su culmen el rojo es aún más intenso como un faro alertando del peligro. Todos los héroes han muerto, solos quedan los divergentes entre la bruma de un espacio intergaláctico sin esferas. El secreto oculto. Mi casa de cristal es un escondrijo secreto, ni todas las miríadas de la eternidad… por el portal dimensional un duende burlón, que venía del vórtice tenebroso, se deslizó sibilinamente. El pórtico secreto de la biblioteca se abre, los dorados lomos de los libros crujen como espantados. Hemos dejado atrás al que trae los óbolos necesarios. Principio de la luz. Comenzaron a tejer cortinas de tinieblas para reflejar la primera luz. el infinito que se halla oculto, el transportador raudo. El vórtice tenebroso devora neutrones de fusión, eructando tétricos fuegos en la oscuridad y esparciendo sus luces en el abismo sobre las llamas rojas. Martillos invernales. En torno al estentóreo con tenebrosa y letárgica dicha contempla los martillos invernales sosteniendo un farol de luces amarillas. Su anillo relumbra en su mano, una capa roja la cubre hasta los hombros dejando sus brazos desnudos. Agachada contempla con expectante mirada la inminente llegada de los martillos invernales. Los divergentes congelados, petrificados se encuentran por todas partes como estatuas de sal, mientras permanece enmarcada en su dorado cuadro. Sobre las llamas rojas. El secreto oculto es llevado sobre las llamas rojas en el transportador raudo por guardianes de las galaxias que luchan encarnizadamente con Millones de estrellas, que arden en la materia oscura. Tenebrosa y letárgica dicha. Una estela cruza en el cielo a lo largo de millones de parsec dejando a todo el universo atónito. Un fondo de radiación violeta y negro sostiene las estrellas. Ni los guardianes de las galaxias han podido evitarlo, impotentes tras su poder burlado. En torno al estentóreo. Desgajados de la eternidad fueron llevados por el transportador raudo. Mi casa de cristal. Se sienta llorando en el umbral, a su lado, trato de persuadirlo en vano.  ha sido cruel al convertir mi casa de cristal en torres de arena semejantes a totems. se ha marchado lejos.  camina entre nubes blancas sobre un cielo azul y todos se esconden en sus guaridas. Como truenos de otoño se desatan las huestes de los … el primer engendro en el transportador raudo surge en torno al estentóreo. Eructando tétricos fuegos, la de melena larga, eructando tétricos fuegos sobre la multitud incauta que la rodea. Desgajados de la eternidad, entramos con las luces en el abismo. Al emerger de las aguas. El ojo ve más que el corazón. Amar a un gusano. globos de atracción. Los óbolos necesarios. La blanca divergente, bella rubia, pone su óbolo dorado sobre el ojo izquierdo y contempla con el otro al que viene por el portal dimensional, su rostro desafiante, intriga al visitante. Se derramaron en los vientos. Primera edad, por el portal dimensional se derramaron en los vientos los óbolos necesarios.  encuentras a los divergentes, continua su viaje. Sobre las ciudades afligidas. el magno y Los dragones de las alturas, por el portal dimensional se derramaron en los vientos. principio de la luz.  desciende a las ciudades afligidas. Un complejo mecanismo mantiene a los divergentes en continua y frenética actividad. Las megalópolis crecen en todas las dimensiones como un cáncer y los espacios se llenan cada vez de más gente que acude de todos los rincones. La noche no para en ellas y las luces permanecen encendidas, como si nadie durmiera nunca. Los plutócratas compiten por hacer los edificios más altos, más profundos, más extensos, más modernos, más … El primer engendro. ¿Qué fue de los divergentes? Quizás por el portal dimensional se fueron a los planetas desiertos. La mujer negra dió a luz el primer engendro, las paredes manchadas de sangre y de luz adquieren caprichosas formas y un globo rojo se eleva sobre su cabeza. La mujer negra sostiene a su engendro entre sus manos, y se mantiene firme y altanera, orgullosa y fuerte. La vemos de perfil pues no quiere mirarnos, parece ignorarnos, toda la noche nos rodea y enmarca. Sólo hay rojo y negro.  la desea. Los divergentes la admiran y temen. Con crujidos, punzadas y palpitaciones. Las tormentas se desgarraron, las olas se extendieron y las aguas hirvieron con crujidos, punzadas y palpitaciones, se derramaron los vientos sobre las ciudades afligidas y un lobo surgió de la nieve entre los cargados pinos de nieve y de neutrones. Guardianes de las galaxias. Un divergente contempla las estrellas y ve descender por el portal dimensional los guardianes de las galaxias que caen en la noche sobre las llamas rojas, el globo gira y derrama polvo negro sobre el suelo, todo queda oculto, el templo de la vida se tambalea. Luces en el abismo. los ciclos legendarios se conservan en la torre cumular. principio de la luz. El agujero negro primordial. la casa, el solitario en la inmensidad. Apresada en las tinieblas. Brota la bestia como un claro manantial en la oscuridad. Apresada en las tinieblas. buscando el secreto oculto por el portal dimensional. Los ciclos legendarios primera edad. sube a la torre más alta y se lanza al vacío, flota en el éter y se desvanece entre luces carmines y blancas. Su vestido blanco ondula suavemente y se derrama en los vientos solares. aunque forma no tenía, neutrones de fusión. Postrimerías del derecho y del revés Vórtice tenebroso planetas desiertos, primera edad.  entierra a. Una cálida luz ilumina la caverna frente al mar embravecido. Galaxia. vía láctea Según el método se puede atravesar el universo por el portal dimensional, un agujero de gusano intergaláctico. el roble eterno aulladores de, laberintos delusorios, templo de la vida Arrancas una flor y asciendes por el valle entre truenos. Entre desiertos helados y abrasadores transcurre El camino. Todo el espacio intergaláctico puede ser recorrido por los neutrones de fusión… numerador cuántico. Comenzó a andar. Nadie … El camino no es de nadie. Surgen espirales de humo desde el océano y se condensan en llamas.

Recuerdo de la Navidad futura

Ficción

Una mujer canosa es vista junto a la ventana de un viejo salón de una casa de pueblo. Es a primeros de noviembre por la tarde. Una caldera de calefacción ruge como un león hambriento. Oye, chico (siempre me llama así), tenemos que hacer tartas, muchas tartas. Trae tu carro, me dice. Lo miro y con desgana mi perro, Karko, adivina que tiene que levantarse del carro. Se viene a mi lado y me mira. Qué hacemos ahora, parece querer decirme. Vamos, le digo.

Tenemos ya todas las gavillas recogidas y esperando en la cocina. Karko se relame. Yo salivo también pero no recibo nada. No puedes comértelas todas antes de haber empezado, me dice.