RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

En los bares se habló de… lo de siempre

No ficción

España amaneció hoy con esa luz incierta que no es del todo invierno ni del todo promesa. En los bares se habló de lo de siempre y de lo de hoy, que en este país suelen ser lo mismo: política, precios, cansancio. El café siguió subiendo, pero no tanto como las conversaciones.

En Madrid, el poder volvió a representarse a sí mismo. Reuniones, declaraciones medidas al milímetro, gestos que pretenden firmeza y transmiten fragilidad. El Gobierno habló de estabilidad y diálogo, palabras que en España siempre suenan a negociación permanente. La oposición respondió con advertencias y reproches, como si el país fuera una cuerda tensa que solo se mantiene en pie porque nadie se atreve a soltarla del todo.

En las comunidades autónomas, la política tuvo un tono más terrenal. Presupuestos que no llegan, servicios que resisten por pura inercia, alcaldes midiendo cada decisión con el temor de equivocarse en un contexto donde el error se castiga más que la parálisis. La España descentralizada siguió funcionando como sabe: a base de acuerdos incompletos y conflictos gestionados a medias.

El campo miró al cielo. Siempre. Las cifras del agua se comentaron con más seriedad que muchos discursos parlamentarios. Los embalses, los cultivos, la próxima temporada. Aquí el cambio climático no es ideología, es calendario. La tierra no espera a que se pongan de acuerdo.

En las ciudades, la vida continuó con una mezcla de resignación y creatividad. El transporte lleno. La vivienda imposible. Jóvenes calculando futuros pequeños, adultos defendiendo equilibrios precarios, mayores recordando que ya han visto cosas peores, aunque no siempre sea cierto. España sigue siendo un país que aguanta mucho antes de romper, pero también uno que acumula silencios peligrosos.

La cultura apareció en los márgenes, como suele. Un estreno discreto, un concierto con aforo justo, un libro presentado ante pocas sillas ocupadas. Nada espectacular, pero constante. En un día cualquiera, la cultura no salva a nadie, pero impide que todo se vuelva puramente utilitario, que ya sería una derrota mayor.

En los informativos, el mundo entró en España como ruido de fondo: guerras lejanas, mercados inquietos, cumbres que prometen soluciones aplazadas. España escuchó, opinó, siguió con lo suyo. Este país tiene una habilidad particular para convivir con el caos externo mientras gestiona el propio, como si ambos formaran parte del mismo paisaje.

El día terminó sin grandes titulares históricos. Ninguna caída estrepitosa, ninguna victoria rotunda. Y quizá esa sea la noticia real: España sigue avanzando a trompicones, sin consenso pleno ni colapso definitivo, sostenida por una combinación extraña de costumbre, discusión constante y una vida cotidiana que se niega a detenerse.

Mañana todo volverá a empezar. Con las mismas preguntas, algunos matices nuevos y la persistente sensación de que el país no sabe muy bien hacia dónde va, pero tampoco está dispuesto a dejar de caminar.

Dos años de genocidio. Gaza para la memoria

No ficción

Escribir sobre Gaza después de dos años de destrucción continuada no es hacer una crónica. Es recoger restos. Fragmentos de vidas, de calles, de nombres que ya no están completos. Habría que empezar no por las cifras, sino por el polvo. El polvo que se mete en la boca, en los pulmones, en la memoria. El polvo que iguala a los vivos y a los muertos.

Todo empezó, como siempre, con un hecho concreto y una explicación inmediata. Luego vinieron las justificaciones largas, las palabras solemnes, las ruedas de prensa. Y mientras el mundo discutía el vocabulario correcto, Gaza se iba quedando sin verbos. Solo quedaban sustantivos básicos: hambre, miedo, refugio, cadáver.

Durante estos dos años, la palabra “genocidio” se convirtió en un campo de batalla en sí mismo. Algunos la pronunciaron con urgencia moral. Otros la rechazaron con tecnicismos jurídicos. En Gaza, la discusión no existía. Allí no se debate el término que nombra la aniquilación cuando esta ocurre todos los días a la misma hora. Allí se cuenta el tiempo por bombardeos, no por calendarios.

La guerra no fue una línea recta, sino un aplastamiento progresivo. Primero los barrios. Luego los hospitales. Después las escuelas, los convoyes, los refugios improvisados. Cada destrucción venía acompañada de una explicación. Demasiadas explicaciones. La violencia moderna siempre llega con notas al pie.

Los civiles dejaron de ser daño colateral para convertirse en paisaje. Familias enteras borradas en una sola noche. Niños que aprendieron a distinguir el sonido de los misiles antes que el alfabeto. Madres que dejaron de llorar porque el cuerpo también se agota de tanto duelo. El sufrimiento no fue accidental. Fue persistente, acumulativo, metódico.

Las imágenes salieron de Gaza como mensajes en botellas. Algunas llegaron a las pantallas del mundo. Otras se perdieron en el mar de la saturación informativa. Al principio hubo conmoción. Luego debate. Después cansancio. El horror prolongado tiene ese efecto perverso: deja de sorprender. Y cuando deja de sorprender, deja de importar.

Las organizaciones humanitarias hablaron de colapso. De hambruna. De sistema sanitario inexistente. De niños amputados sin anestesia. Los informes se acumularon como ruinas burocráticas. Muy bien escritos. Muy bien ignorados. El derecho internacional se convirtió en un idioma ceremonial que nadie se atrevía a hablar en voz alta cuando más falta hacía.

Las grandes potencias midieron cada palabra como si el lenguaje pudiera romper alianzas. Condenaron con cuidado. Lamentaron sin consecuencias. La diplomacia trabajó intensamente para que nada esencial cambiara. La paz fue mencionada muchas veces y practicada ninguna.

Israel habló de seguridad, de supervivencia, de amenazas existenciales. Palestina habló de exterminio, de ocupación, de asfixia histórica. Ambos discursos no eran simétricos en poder ni en consecuencias. Uno tenía ejército, cielo, fronteras. El otro tenía cuerpos.

En Gaza, la vida se redujo a una pregunta diaria: quién sigue vivo. Todo lo demás se volvió secundario. La política, la ideología, incluso la esperanza. Sobrevivir se convirtió en una forma de resistencia silenciosa. No heroica. Cansada.

Y aun así, algo persistió. Médicos que operaron sin luz. Periodistas que escribieron sabiendo que podían ser los siguientes. Vecinos que compartieron el último trozo de pan. No porque creyeran en un futuro cercano, sino porque rendirse del todo era una forma de muerte anticipada.

Dos años después, Gaza no es solo un territorio devastado. Es una acusación permanente. No solo contra quienes apretaron el gatillo, sino contra un orden internacional que miró, midió, calculó y decidió que el coste político de detener la matanza era demasiado alto.

La historia recordará estos años no solo por la destrucción, sino por la normalización de la destrucción. Por cómo el mundo aprendió a convivir con la aniquilación retransmitida. Por cómo la palabra “nunca más” volvió a quedarse sin destinatario.

Esta no es una crónica cerrada. Porque Gaza no ha terminado. Sigue. Bajo los escombros, en los campamentos, en la memoria de quienes sobrevivieron y en la conciencia incómoda de quienes miraron desde lejos. Es una herida abierta en tiempo real. Y escribir sobre ella no es un acto literario. Es un intento torpe, insuficiente, de no aceptar que todo esto haya sido tratado como algo inevitable.

Porque lo verdaderamente insoportable no es solo la violencia. Es la idea de que podía haberse evitado.

Vale. Dejemos la retórica a un lado y pongamos orden para la memoria, que es lo único que suele sobrevivir cuando la justicia llega tarde o no llega.

Esto es una cronología esencial, no exhaustiva, de lo ocurrido hasta ahora. No para cerrar el relato, sino para que no se diluya.

Cronología esencial del genocidio en Gaza

Antes de 2023. El terreno preparado

Gaza llevaba más de 15 años bajo bloqueo terrestre, marítimo y aéreo. Dos millones de personas confinadas en un espacio mínimo, con control externo de fronteras, electricidad, agua, importaciones y salidas. No era paz. Era una tregua estructuralmente violenta. La población ya vivía en emergencia permanente antes de que empezara la fase abierta de aniquilación.

Octubre de 2023. El punto de ruptura

Tras los ataques de Hamás en Israel, el Estado israelí declara una ofensiva total sobre Gaza.
Se anuncia el “asedio completo”: sin electricidad, sin combustible, sin agua, sin ayuda suficiente.
Desde el inicio, la respuesta no se plantea como una operación limitada, sino como castigo colectivo.

Bombardeos masivos sobre zonas densamente pobladas. El discurso oficial empieza a deshumanizar explícamente a la población gazatí.

Finales de 2023. Destrucción sistemática

Barrios enteros arrasados.
Hospitales atacados o inutilizados.
Escuelas, universidades, mezquitas y refugios destruidos.

Las cifras de muertos civiles crecen de forma vertiginosa, con una proporción altísima de niños y mujeres.
Las advertencias internacionales empiezan, pero sin consecuencias reales. El mundo “pide contención” mientras envía armas o protege diplomáticamente.

Principios de 2024. Colapso humanitario

El sistema sanitario deja de funcionar.
Cirugías sin anestesia.
Enfermedades prevenibles reaparecen.
El hambre empieza a utilizarse como arma de guerra.

Organismos de la ONU y ONG hablan ya de hambruna inducida.
Las imágenes de niños desnutridos recorren el mundo. Duran poco. La saturación informativa hace su trabajo.

Mediados de 2024. Normalización del horror

La guerra entra en fase de rutina.
Cada semana hay nuevas masacres, nuevos desplazamientos, nuevos “errores”.

Más del 70–80 % de la población desplazada, muchas veces varias veces.
El sur de Gaza, presentado como “zona segura”, también es bombardeado.

La palabra genocidio empieza a aparecer en informes jurídicos, declaraciones de expertos, resoluciones simbólicas. Los Estados poderosos la evitan cuidadosamente.

Finales de 2024. El derecho internacional en coma

La Corte Internacional de Justicia dicta medidas provisionales para prevenir actos genocidas.
No se cumplen.
No hay sanciones efectivas.

Israel continúa la ofensiva.
El suministro de ayuda sigue siendo insuficiente y condicionado.
El mensaje implícito es devastador: el derecho internacional existe, pero no para todos.

2025. Dos años de destrucción continuada

Gaza es ya un territorio físicamente irreconocible.
Decenas de miles de muertos confirmados, probablemente muchos más bajo los escombros.
Una generación entera traumatizada, mutilada, huérfana.

La infraestructura civil está destruida de forma casi total.
Hablar de reconstrucción suena obsceno mientras continúan los ataques.

El mundo debate cómo llamar a lo ocurrido.
En Gaza, esa discusión no tiene ningún sentido práctico.

Para la memoria

Esta cronología no es neutral. No puede serlo.
La neutralidad ante un proceso prolongado de destrucción masiva de una población civil no es equilibrio. Es posición.

Recordar el orden de los hechos importa porque dentro de unos años alguien dirá que fue confuso, que era complicado, que no se sabía.
Sí se sabía.
Se vio.
Se documentó.
Se permitió.

La memoria no devuelve a los muertos.
Pero evita que la mentira sea lo último que quede en pie cuando todo lo demás ha sido reducido a escombros.

La cultura no hace ruido

No ficción

La cultura hoy en España no hace ruido. Respira. Se mueve despacio, como esos teatros a los que se entra cuando ya ha empezado la función y nadie te mira, pero todos saben que estás ahí.

En una sala pequeña de cualquier ciudad, alguien recita versos para treinta personas que no han venido a cambiar el mundo, solo a entenderlo un poco mejor antes de volver a casa. El poeta habla de la infancia, de una madre que envejece, de una calle que ya no existe. No hay aplausos largos. Hay silencio. Ese silencio es la crítica más honesta que existe.

En otro punto del país, un museo inaugura una exposición con presupuesto mínimo y ambición máxima. Cuadros colgados con la obstinación de quien cree que la belleza todavía sirve para algo. El comisario explica, con voz cansada, que el arte no da respuestas, solo incomodidades. Nadie le discute. España sabe convivir con la incomodidad desde hace siglos.

La industria editorial publica novelas que no serán trending topic. Historias de pueblos vacíos, de mujeres que sostienen la memoria familiar como quien sujeta una casa en ruinas para que no caiga. Libros que se venderán poco pero circularán mucho, de mano en mano, como mensajes cifrados entre personas que todavía leen sin prisa.

En la música, los algoritmos empujan, pero no mandan del todo. Un cantautor toca en una sala con goteras. Canta sobre precariedad sin nombrarla, sobre amor sin prometer nada. El público graba un fragmento, lo sube a redes, y luego guarda el móvil. Hay cosas que no se comparten. Se quedan.

La cultura española hoy no es épica ni espectacular. No pretende serlo. Es resistencia doméstica. Una función que se mantiene aunque falte luz. Una canción que sobrevive al olvido. Un relato contado mil veces que se sigue contando porque dejar de hacerlo sería aceptar que ya no importa nada.

Y mientras los titulares gritan desde otros ámbitos, la cultura hace lo de siempre. Observa. Espera. Toma nota. Sabe que el país pasará por encima de ella sin mirarla demasiado, pero también sabe algo más antiguo y más terco: cuando todo falla, siempre acaban volviendo.

Crónica del día en España

No ficción

Sentado en una terraza imaginaria en una plaza de Madrid, con el café ya frío y la luz gris de diciembre colándose entre los periódicos que se deshacen como hojas bajo la lluvia, uno intenta hacer sentido de este mosaico de titulares que llaman “noticias” —palabra que en España suena a ritual diario de asombro y resignación.

Las discusiones de poder trascienden el teatro parlamentario y llegan hasta las fronteras de Europa. El primer ministro español, Pedro Sánchez, emerge como una rara excepción en el coro de dureza frente a la inmigración que resuena en otros capitales continentales. No es una postura heroica, sino un gesto de resistencia en un continente que parece abrazar muros y exclusiones mientras España apuesta, con toda la ambigüedad de su democracia, por reconocer la contribución social y económica de quienes llegaron de lejos.

El espíritu festivo también reinterpreta su guion. En Tiflis, jóvenes voces españolas intentaron transformar la brecha de la infancia en música, y aunque no fue la victoria final, el quinto lugar en Eurovisión Junior dejó una sensación de dulzura amarga. Entre el orgullo y la nostalgia, algunas miradas vagan hacia la decisión de la radiotelevisión pública de no retransmitir la edición adulta del certamen el año próximo, gesto que escenifica cuanto pesan hoy la política y la cultura en una sola respiración nacional.

Mientras tanto, la sed sigue siendo una presencia muda y persistente. Las reservas de agua de los embalses se sitúan alrededor de un 54 % de su capacidad, cifra que no canta promesas de abundancia sino más bien un recordatorio constante de la larga batalla contra la sequía y la incertidumbre climática que inclina la balanza del campo y la vida cotidiana.

La ley y el orden, siempre un relato paralelo en España, han hecho hoy una entrada sin música ni sonrisas. La policía desarticuló una banda criminal que usaba helicópteros para transportar drogas desde Marruecos, una escena que podría ser parte de una novela noir si no fuera porque las consecuencias tardan en desaparecer de los barrios y las historias personales.

En medio de todo, sigue el clic monótono de los algoritmos y las miradas digitales: listas de artistas más vistos en YouTube en España recuerdan que, pese a todo, hay almas buscando consuelo o distracción en la música y los clips virales, fragmentos de belleza ligera en un mar de titulares densos.

Ese es el país hoy: un cruce de política, agua, crimen, música y debate cultural. Nada es demasiado grandioso, pero todo es pesado en su frágil cotidianeidad, como si cada noticia fuera otra gota en el embalse de nuestra memoria colectiva, siempre a punto de desbordarse o secarse.

Un grito que no alcanza

Poesía

Negro
demasiada compondrán
tesoro en aromas extraviadas
de un otoño que se astilla.

Sabiduría
mendigos desearía
poderes en el puño,
camino que se entrega
al golpe,
andar que no pregunta.

Sombra
cuyas edades contestan
lo amable encontrado
al atar
lo pagano,
la dicha otorgada
en desenvolvimientos rotos.

Yo también sentía entonces
la magia de la luz
tras queridos armad,
hallo quienes entre zarzas
vacían el mundo
y lo oxidan.

Temporada de esperanza
fingía ser mirada,
seguirlo al abismo,
familias en el vientre
habían explicado
lo que gira
luego
aquí
en su instinto ciego.

Guijarros para pensar,
moda que haya llevado
a dormir tumbado el día.

Trague tres
muda adopté acciones,
horrores
existencias
mejor
ambiciones.

No tengo otra manera
de gritar.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Sans adieu

Ficción

 

Sí. Me gusta morderle el cuello como una rata que ha decidido olvidar su condición de sombra. También, dicho en voz baja y sin necesidad de paréntesis, en la entrepierna. Siempre ha sido un juego extraño entre nosotros, un contrato tácito donde la piel es territorio y la respiración, frontera. En el interior del coche, la luz del amanecer entra temblando por el parabrisas como si dudara de su propio derecho a existir.

Cierra la guantera, le digo, porque la tapa vibra con cada bache del camino y me pone nervioso. Ella obedece despacio, como si cada gesto cargara un significado oculto. Es una moraleja tu mirada, contesta sin mirarme. Su voz se derrama por la cabina, espesa y dulzona, incapaz de decidir si es burla, advertencia o simple ruido.

Son veinte pavos, digo al fin, intentando volver al terreno firme de lo concreto. Nunca funciona. Ella toma los billetes y los esparce en el aire con un gesto teatral, casi solemne, como un árbol que acepta que el otoño es un destino y no una estación. Los papeles caen sobre nosotros con suavidad, rozando mejillas y muslos, dejando un perfume a tinta y abandono.

Gracias, digo, bonita demostración de poder. La frase flota entre ambos, cargada de un sarcasmo que ninguno quiere reconocer abiertamente. Luego todo ocurre rápido, casi con la limpieza de un acto mecánico: la culata del arma baja en un arco preciso, chocando contra su cabeza con un sonido hueco, casi elegante. Durante un segundo su cuerpo parece querer responder, pero la conciencia se desploma antes de encontrar palabras.

¿Puedo fumar?, pregunto al vacío. Esta vez no recibo ni un murmullo, ni una frase enigmática, ni una de esas respuestas suyas que siempre parecían sacadas de un libro leído demasiado joven. Solo el susurro del viento entrando por la ventana entreabierta.

Oh mundo, pienso mientras enciendo el cigarrillo. Qué precio tiene la cultura, y qué barato lo que se paga por la carne. La primera bocanada me lleva de vuelta a la infancia, a los patios donde se jugaba a morir y resucitar sin comprender del todo que un día el juego sería la vida real. Recuerdo un polvo apresurado entre los senos de una vecina mayor, un memento mori improvisado que no supe interpretar, y la risa ligera de una mosca posándose en mi cuello sudado como si quisiera bautizarme.

Regreso al presente con el cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. Muevo el cuerpo inerte hasta apoyarlo sobre la vaca del coche, como quien coloca una prenda demasiado usada en un perchero destinado al olvido. El motor aún tiembla, expectante. Con una calma que no entiendo, ni intento entender, pongo marcha atrás, coloco el vehículo mirando hacia el barranco y dejo que el peso de la gravedad haga lo que siempre ha querido hacer conmigo.

El coche se precipita con un grito metálico que no pertenece a ningún idioma. Lo observo perderse entre las rocas, una caja de secretos que por fin encuentra silencio.

Adieu, sans adieu. El eco se lo lleva todo, incluso la posibilidad del arrepentimiento.

La tierra, el cielo, la historia y yo nos quedamos quietos mientras el vehículo desaparece entre pliegues irreales.

Y por un instante, muy breve, juro que la escucho reír.

Capítulo I — La Llama que Vuelve

Ficción

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto. ¿Qué importancia tiene ya? Aquellos frutos dorados, antes custodios de mis desvelos, se han tornado en presencias casi ajenas, sombras de un pasado que anidó en mí, más por terquedad que por destino. No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más. Tampoco me someteré al comercio forzado de la doméstica vida, esa mecánica del gesto y la palabra que reduce a cenizas cualquier impulso de grandeza.

¿Y qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Me hago la pregunta una y otra vez mientras observo la llanura que se despliega ante mí, silenciosa como un animal antiguo que respira sin moverse. He acabado con las cortas mangas del porvenir, esas expectativas mezquinas que alguna vez creí suficientes. Las arrojé, contundentes, al foso ardiente donde crepita todo aquello que ya no admito en mí. Repugnancias descriptivas como espesa lava; recuerdos tibios, palabras que se quedaron a medio pronunciar.

Mi causa, exasperada, se va soñando sola. Avanza como el rayo que cae en el desierto: súbito, abrasador, sin testigos que lo confirmen. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? No lo sé. Tal vez fui un nombre extraño en la boca de quienes creí cercanos, o una imagen borrosa en el pensamiento de aquellos que juraron comprenderme.

Bajé de los limbos, sí. Bajé para encontrar la tierra firme, para respirar un aire que no fuera prestado. Y por las fogatas inspirado me siento: las que encendí con mis propias manos y las que encontré en ruinas ajenas. Arde, arde, repito, como si esa palabra fuera el conjuro que me sostiene.

Pero pensemos. Aparte de cizaña e innobles corazones, ¿Qué nos queda? Un puñado de preguntas, un manto de incertidumbre, un eco que persiste tras cada paso. Y aun así, ¿os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Porque hay algo —una pequeña estrella que no renuncia— que insiste en que la lucha puede desembocar en un alba distinta.

Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones. No las grandes, no las escritas en mármol o en sangre ajena, sino las íntimas, las que se gestan sin pronunciarse, en el recoveco más oculto de la voluntad. Y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Fue allí, en aquella oscuridad densa, donde comprendí que incluso la sombra posee memoria. Y que cuando uno decide encender una luz, aunque sea pequeña, el mundo entero se acomoda para mirarla.

A lo lejos, el horizonte vibra. Algo se aproxima. O quizás soy yo quien, por primera vez, avanza.

La llama aún no se ha extinguido. Y ese es el comienzo de todo.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.