Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Sin permiso

Ficción

Hay miradas que funcionan como cuchillos y lenguas que funcionan como notarios del desastre. Aquellos idiotas me habían recibido alegres tras mutilarse, como si perder algo fuera una fiesta privada y yo el invitado de honor. Qué despreciables. Conducían sin permiso por aquella carretera reseca y polvorienta, convencidos de que la culpa es un mito inventado por los aburridos. Yo conducía, extraviado entre aquellos misterios, como durmiendo. La línea amarilla era una serpiente inmóvil y el horizonte una promesa que bostezaba.

Con menos alegrías, olfateaba a aquellas perras. Celosas. Siempre al acecho, bebiendo ternuras ajenas como si fueran licor barato. Las ternuras desgarran aparte, eso nadie lo dice en voz alta. Primero te acarician y luego te dejan en luto, buscando un confesor que no bostece mientras enumera tus pecados ociosos. Verás el peligro, me repetía, cuando esté demasiado cerca para huir.

Él iba en el asiento del copiloto, con esa sonrisa de quien ha sufrido una victoria sencilla. Amaba esos estribillos, ciertamente. Los repetía como si fueran conjuros: existiremos, otorga guerras, soñé adonde la forma inerte pesa menos que el recuerdo. Yo pensaba que estaba loco. O peor, cuerdo en un mundo que prefiere la fiebre.

Aquellos otros, los que nos esperaban más adelante, deseaban magos, fantasmas de rodillas, reyes espirituales que supieran suponer y prometer. Querían guerras que justificaran su cáncer íntimo, su manera infantil de romper lo que apenas empieza a latir. Malvados no por grandes planes, sino por pequeños desdenes.

Conducían sin permiso, sí, pero también sin destino. La carretera se deshacía bajo las ruedas como pan viejo. Yo inventé un mapa en mi cabeza para no aceptar que estábamos perdidos. Pesa admitirlo. Pesa más que el silencio que se instala cuando alguien deja de fingir.

Soñé que nos detenían. Que nos obligaban a bajar del coche y a explicar por qué existíamos, por qué beber ternuras ajenas nos parecía una forma de supervivencia. Soñé que él se arrodillaba ante un jurado de sombras y recitaba sus estribillos con una fe ridícula y hermosa.

Desperté cuando el coche dio un pequeño salto, como si hubiera tropezado con algo invisible. Nadie nos había visto juntos. Ni las perras, ni los idiotas, ni los supuestos reyes. Solo la carretera, que todo lo escucha y nada confiesa.

Seguimos avanzando. Alejados, fuertes por pura suerte. Sufrir era sencillo; lo primordial era no detenerse. Él tarareaba. Yo conducía. Y en ese murmullo, entre polvo y fantasmas, comprendí que la verdadera mutilación no era perder una parte, sino quedarse inmóvil.

No nos vieron juntos. Pero existimos. Y eso, para quienes conducen sin permiso por el mundo, ya es una pequeña victoria.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los que deciden la guerra

No ficción

En las guerras hay dos geografías.

La primera es la que aparece en los mapas militares: fronteras, flechas rojas, nombres de ciudades, rutas de suministro. Es una geografía limpia, ordenada, casi abstracta.

La segunda es la geografía real.

Está hecha de habitaciones oscuras, hospitales improvisados, estaciones de tren llenas de gente que espera sin saber exactamente qué espera.

Entre estas dos geografías existe una distancia enorme.

Quien mejor la conoce rara vez es quien toma las decisiones.

Los líderes que empiezan las guerras viven en otro paisaje. Trabajan en edificios silenciosos, con alfombras gruesas y mesas largas. Allí la guerra llega en forma de informes, gráficos, mapas satelitales. En esas habitaciones el conflicto tiene el aspecto de un problema técnico que puede resolverse con cálculos.

En un despacho de Washington, D.C. o de Teherán, la guerra se presenta como una cuestión de estrategia.

En el terreno, en cambio, es otra cosa.

Es polvo.

Es miedo.

Es espera.

La mayoría de la gente no habla de conquistar territorios ni de destruir enemigos. Habla de cosas más simples.

Gasolina.

Pan.

Escuelas.

Electricidad.

La gente común vive en una escala distinta a la de los líderes. Para un ministro, el mundo se divide en regiones estratégicas. Para un taxista, el mundo se divide en barrios.

En el barrio hay una panadería, una farmacia, una parada de autobús. Ese es el universo que la guerra destruye primero.

Cuando uno conversa con los dirigentes, escucha palabras grandes: seguridad nacional, equilibrio regional, líneas rojas. Cuando uno conversa con la gente en la calle, escucha preguntas pequeñas: ¿habrá trabajo mañana?, ¿volverá mi hijo?, ¿cuándo terminará esto?

Las guerras nacen casi siempre en la primera conversación.

Y se sufren en la segunda.

Hoy el mundo observa con inquietud lo que ocurre en torno a Irán, donde las tensiones con Estados Unidos e Israel han vuelto a colocar la palabra nuclear en los titulares.

En los despachos donde se toman decisiones estratégicas, la discusión gira en torno a instalaciones como Natanz Nuclear Facility o Fordow Fuel Enrichment Plant.

Son nombres que suenan técnicos, casi burocráticos.

Pero cada una de esas palabras puede convertirse en una explosión, en una evacuación, en una ciudad vacía.

Entre los líderes que dominan ahora los titulares está Donald Trump, un hombre cuya forma de ejercer el poder provoca admiración en unos y rechazo en otros. En tiempos de crisis, las personalidades de los dirigentes adquieren un peso extraordinario.

Pero incluso los líderes más poderosos se enfrentan a algo que rara vez aparece en los discursos: la incertidumbre.

Las guerras comienzan con planes muy claros y terminan casi siempre de forma inesperada.

Los generales creen conocer el terreno. Los economistas calculan el impacto. Los estrategas trazan escenarios.

Y sin embargo la historia de las guerras está llena de sorpresas.

Un puente que se derrumba antes de tiempo.

Un aliado que no llega.

Un soldado que dispara demasiado pronto.

La guerra es el territorio donde los planes se vuelven frágiles.

Por eso los corresponsales de guerra aprenden pronto una lección: quienes deciden las guerras casi nunca ven su verdadero rostro.

No ven las estaciones de tren llenas de refugiados.

No escuchan las sirenas en mitad de la noche.

No sienten el silencio extraño que aparece después de un bombardeo.

Ese silencio es una de las cosas más difíciles de describir.

No es tranquilidad.

Es una pausa en la que todos esperan el siguiente sonido.

Tal vez un avión.

Tal vez nada.

A veces la paz depende precisamente de ese instante: de que alguien, en algún despacho lejano, decida esperar un poco más antes de firmar una orden.

Los límites del estilo de vida dominante («¿Se acabó la fiesta?»)

No ficción

El avión desciende sobre una ciudad que podría ser cualquiera. Desde la ventanilla se distinguen las mismas avenidas rectilíneas, los mismos centros comerciales brillando como templos eléctricos, los mismos barrios cerrados que prometen seguridad y silencio. La geografía ha sido domesticada por el catálogo. El mundo, que alguna vez fue un mosaico de diferencias, empieza a parecerse a una franquicia.

El estilo de vida dominante no se impone con soldados sino con escaparates. No exige lealtad; seduce. Promete comodidad, velocidad, eficacia. Y cumple, al menos en apariencia. El agua caliente fluye al girar una llave. La comida llega antes de que el hambre madure. La distancia se reduce a una pantalla. Todo está diseñado para que el individuo no tropiece con la fricción del mundo (del resto del mundo, que no tiene esa suerte).

Pero la historia enseña que toda simplificación tiene un costo. En los márgenes de esta comodidad crece una inquietud difícil de nombrar. El sujeto contemporáneo posee más objetos que nunca y, sin embargo, habita un territorio interior cada vez más estrecho. El tiempo, que debía liberarse gracias a la tecnología, ha sido colonizado por nuevas obligaciones invisibles: responder, actualizar, producir, competir. La prisa se ha convertido en virtud moral.

En las periferias de las grandes ciudades se observan los límites materiales de este modelo. Vertederos que se expanden como desiertos artificiales. Ríos fatigados por residuos industriales. Comunidades desplazadas para que el flujo de mercancías no se interrumpa. El estilo de vida dominante necesita recursos lejanos y manos anónimas. Su pulcritud es posible porque la suciedad ha sido exportada.

Existe también un límite simbólico. Cuando todo aspira a la misma forma de éxito, la diversidad cultural se vuelve un estorbo decorativo. Las lenguas minoritarias se reducen al folclore; las tradiciones, al espectáculo. La diferencia, que antes era fuente de identidad, ahora debe justificarse en términos de rentabilidad. El mundo se llena de traducciones simultáneas y pierde matices.

El reto más profundo no es ecológico ni económico, aunque ambos sean urgentes. Es antropológico. ¿Qué tipo de ser humano produce este sistema? Uno entrenado para consumir relatos breves, para medir su valor en cifras visibles, para temer la pausa. Un individuo que confunde libertad con capacidad de elección entre productos idénticos. La paradoja es evidente: cuanto mayor es el catálogo, menor parece la sensación de sentido.

Sin embargo, en los intersticios aparecen fisuras. Movimientos que reivindican la lentitud, comunidades que experimentan formas de cooperación al margen del mercado global, jóvenes que cuestionan la ecuación entre éxito y acumulación. No son todavía alternativas consolidadas, pero sí síntomas de una conciencia que despierta. La historia no avanza en línea recta; se corrige a sí misma mediante crisis.

El estilo de vida dominante enfrenta así su prueba más severa: adaptarse sin devorarlo todo. Reconocer que el planeta no es una mina inagotable ni una bodega infinita. Admitir que la dignidad humana no puede reducirse a poder adquisitivo. Aceptar que el progreso técnico no sustituye la reflexión moral o incluso, sólo la reflexión racional.

En los aeropuertos del mundo, mientras las pantallas anuncian salidas y retrasos, millones de personas repiten rutinas casi idénticas. Parecen piezas intercambiables de una maquinaria perfecta. Pero cada una lleva consigo una biografía irrepetible, una memoria que no cabe en el molde del consumo. Tal vez el límite del estilo de vida dominante no esté en sus cifras de crecimiento, sino en esa memoria silenciosa que resiste a ser estandarizada.

La pregunta no es si el modelo colapsará mañana. Es si sabremos transformarlo antes de que su éxito lo vuelva inviable. Porque todo imperio, incluso el del confort, contiene en su interior la semilla de su desgaste. Y el mundo, obstinado en su complejidad, siempre termina desbordando los esquemas que intentan reducirlo.

«¿Se acabó la fiesta?»

Cuando alguien dice que “el modo de vida dominante ha terminado o debe terminar”, suele estar apuntando a varias cosas mezcladas. No siempre bien separadas, pero ahí están. Vamos a diseccionar el estilo de vida dominante con la frialdad de un forense.

1. Límite ecológico
El planeta no es una suscripción renovable. El modelo necesita extracción constante, transporte constante, consumo constante. Más energía, más minerales, más agua. El problema es físico: los ecosistemas tienen ritmos propios y umbrales de regeneración. Cuando se superan, no negocian. Sequías, incendios, pérdida de biodiversidad. La comodidad urbana depende de territorios invisibles que ya están exhaustos. No es ideología, es termodinámica.

2. Límite energético
El estilo de vida dominante fue diseñado con energía abundante y barata en mente. Todo fluye porque algo arde en algún lugar. La transición hacia fuentes renovables es necesaria, pero no elimina la pregunta central: ¿puede mantenerse el mismo nivel de consumo global con otra matriz energética? Cambiar la fuente no siempre cambia la escala. Y la escala es el verdadero monstruo.

3. Límite económico estructural
El sistema necesita crecimiento perpetuo para sostener empleo, deuda y expectativas. Crecer se convierte en mandato moral. Pero ningún sistema finito puede expandirse indefinidamente. Cuando el crecimiento se ralentiza, aparecen desigualdades más visibles, tensiones sociales, precarización. La riqueza se concentra; la promesa de movilidad social se debilita. El relato meritocrático empieza a sonar hueco.

4. Límite psicológico
Aquí la grieta es íntima. El individuo vive rodeado de estímulos, comparaciones, métricas. Productividad, rendimiento, imagen. El descanso se siente culpa. El silencio, amenaza. El resultado es fatiga crónica, ansiedad difusa, sensación de insuficiencia permanente. Un modelo que optimiza procesos pero erosiona la salud mental termina socavando su propia base humana.

5. Límite cultural
La homogeneización global facilita comercio y comunicación, pero empobrece matices. Cuando todas las ciudades se parecen, también lo hacen los imaginarios. La cultura se vuelve mercancía replicable. Se pierde diversidad simbólica, y con ella, distintas maneras de entender el tiempo, el éxito, la comunidad. El mundo gana eficiencia y pierde profundidad.

6. Límite político
La interdependencia económica global reduce márgenes de decisión local. Los gobiernos compiten por atraer capital; las regulaciones se suavizan; la soberanía se vuelve negociable. La ciudadanía percibe distancia entre su voto y las decisiones reales. De ahí brotan desconfianza y populismos. Un sistema que promete libertad de elección en el mercado pero reduce la influencia política genera fricción.

7. Límite antropológico
Este es el más incómodo. El modelo redefine qué significa ser humano. Valora al individuo por su capacidad de consumir, producir y exhibir. Las relaciones se instrumentalizan, el tiempo se fragmenta, la identidad se vuelve marca personal. Si la persona interior se adelgaza mientras el perfil digital se expande, algo se desequilibra. No todo puede medirse sin deformarse.

8. Límite moral
La externalización del costo crea una ceguera ética. Lo que no vemos, no cuenta. Mano de obra barata en otro continente, residuos en otra costa, algoritmos que deciden sin rostro visible. La distancia diluye responsabilidad. Pero la ética no desaparece; se acumula como deuda invisible.

El patrón es claro: el estilo de vida dominante funciona mientras sus límites permanecen diferidos, desplazados o invisibles. El problema es que los límites no desaparecen por ignorarlos. Se concentran.

Lo inquietante no es que el modelo tenga fronteras. Todo sistema las tiene. Lo inquietante es la obstinación en fingir que no existen. Y cuando una civilización convierte la negación en hábito, la realidad suele encargarse de corregirla con métodos poco amables.

No es catastrofismo. Es simple lógica histórica. Las estructuras que no se ajustan a sus límites terminan ajustadas por ellos. Y ese ajuste rara vez es elegante.

Ahora, la parte incómoda. Decir que “debe terminar” es distinto a decir que “está terminando”. Lo primero es normativo, casi moral. Lo segundo es descriptivo. Mucha gente mezcla ambos planos porque su malestar es real y necesita una narrativa de cierre.

Pero cuidado con algo. Los modos de vida rara vez “terminan” de golpe. Mutan. Se deforman. Se reciclan con otro nombre. El capitalismo industrial no murió; se volvió financiero, luego digital. La cultura del consumo no se extinguió; se volvió experiencia, luego identidad online.

Así que las razones para pensar que el modelo dominante está agotado existen. Bastantes. Las razones para creer que desaparecerá limpiamente y dará paso a algo más justo por pura lógica histórica… son más optimistas que la historia misma.

El mundo no cambia porque “deba”. Cambia cuando mantener lo viejo resulta más desadaptado que inventar otra cosa más viable (o definitivamente inviable). Y ahí, curiosamente, el resentimiento («¿se acabó la fiesta?») suele ser el primer síntoma, no la solución.

Los límites dejan de ser metáfora cuando aparecen en estadísticas incómodas.

Por poner algunos ejemplos significativos que corroboran todo esto que estamos diciendo:

1. Límite ecológico

  • Según el Global Footprint Network, la humanidad utiliza cada año el equivalente a 1,7 planetas Tierra para sostener su nivel de consumo. Es decir, vivimos a crédito ecológico.
  • El año más caluroso registrado fue 2023, con una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C por encima de la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. El margen de seguridad de 1,5 °C ya no es una línea teórica; es una línea temblorosa.
  • El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el mundo genera más de 400 millones de toneladas de plástico al año, y menos del 10 por ciento se recicla.

La comodidad produce residuos con una disciplina admirable.

2. Límite energético

  • La Agencia Internacional de la Energía reporta que alrededor del 80 por ciento del consumo energético mundial sigue dependiendo de combustibles fósiles.
  • Incluso con el crecimiento récord de renovables en 2023, la demanda global de energía también creció. Traducido: instalamos paneles solares, sí, pero también quemamos más.

Cambiar la fuente no ha reducido el apetito.

3. Límite económico

  • El Banco Mundial señala que el crecimiento global se ha desacelerado respecto a décadas anteriores, mientras la deuda mundial supera ampliamente el PIB global.
  • Según Oxfam, el 1 por ciento más rico posee más riqueza que el 95 por ciento de la población mundial. La promesa de prosperidad compartida tiene grietas estadísticas.

El sistema necesita crecer; la distribución no acompaña.

4. Límite psicológico

  • La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo.
  • Tras la pandemia, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron alrededor de un 25 por ciento a nivel global.

La hiperconexión no ha traído serenidad colectiva.

5. Límite material de recursos

  • El International Resource Panel calcula que la extracción global de materiales se ha triplicado desde 1970, superando las 100 mil millones de toneladas anuales.
  • Menos del 10 por ciento de la economía mundial es circular. El resto sigue el viejo esquema: extraer, producir, desechar.

La eficiencia no ha eliminado el desperdicio; lo ha acelerado.

6. Límite climático-social

  • El Internal Displacement Monitoring Centre reporta decenas de millones de desplazamientos internos cada año, muchos asociados a desastres climáticos extremos.
  • Las olas de calor, según datos compilados por la Organización Meteorológica Mundial, son más frecuentes e intensas que hace medio siglo.

El clima ya no es telón de fondo; es actor principal.

Los datos no gritan, pero pesan. No son consignas; son contabilidad acumulada. Muestran que el estilo de vida dominante no está en colapso inmediato, pero sí en tensión estructural.

Lo inquietante es que el sistema sigue funcionando. Supermercados llenos, vuelos despegando, pantallas encendidas. La normalidad es persuasiva. Sin embargo, bajo esa normalidad se apilan cifras que no encajan con la idea de crecimiento infinito.

Las civilizaciones no caen cuando sienten el límite. Caen cuando lo conocen y deciden ignorarlo. Aquí los números están sobre la mesa. No son apocalípticos. Son suficientes. Pero, ¿Quién está dispuesto a renunciar?

Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana

Ficción

Cuando Laura Alfaro, junto al colectivo SINGEN.RB (Sindicato universitario contra la generación de referencias bibliográficas) produjo y exportó el formato de citación APA 666th edition, el mundo académico se vio transformado por acelerados cambios que condujeron a la presente era neodigital del conocimiento abierto y la consiguiente etapa posthumanista cyborg-felina.

La pérdida de la preservación de las principales fuentes de documentación físicas del planeta, debido al creciente proceso de digitalización documental y hemerográfica, sumado a los múltiples incendios acaecidos durante las décadas de los 2040-50´s a causa de la crisis climática global, dieron lugar a una gran pérdida del patrimonio archivístico global.

Paralelamente, los movimientos por el libre conocimiento y la lucha contra la propiedad intelectual academicista tomaban fuerza a nivel global, demandando la búsqueda de nuevas formas de reproducción del saber, y de reconocimiento intelectual más colectivas y redistribuidas.

Prrrrrr…. Prrr…

Miau miauu miauau miiiimimiauu Marramamiau..

No fue hasta la III Asamblea internacional por la cultura libre, en la que convergieron grupos y actores globales como el Partido pirata de Suecia, los movimientos Free Culture y Free Software, la organización Creative Commons, y el Sindicato SINGEN.RB, con la colaboración de la American Psychological Associaton, cuando se oficializó y emitió el formato de Citación pirata APA 666th edition. Un formato de citación consistente en un virus cibernético que cada vez que era empleado por cualquier usuario para referenciar y citar autores y obras, éstas eran automáticamente eliminadas de la faz de internet. Este formato de citación cambiaría, no sólo las tradicionales dinámicas de reconocimiento y propiedad intelectual, sino que también, favoreció el proceso de eliminación y desaparición de la gran mayoría de fuentes de conocimiento y archivos digitales del planeta.

MiiiiiiiuuuauuauaAAAuuuu. Prr. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Lwanw.

Este proceso supuso una auténtica catástrofe para la especie humana, toda una serie de crisis y regímenes autoritarios emergieron a consecuencia de ello, desde las guerras propiciadas por los autores y artistas resignados entre los años 2074 y 2090, reacios a perder sus fuentes de financiación, hasta las numerosas dictaduras globales lideradas por partidos y figuras ultraderechistas que se vieron favorecidas por la pérdida de instrumentos legítimos de atribución de fiabilidad y credibilidad a las fuentes de información científicas.

Este proceso no tuvo fin hasta la eliminación y desaparición de la totalidad del conocimiento mundial, dando lugar a la Era del Vacío y el Mutuo Acuerdo (año 3.000 A.Gatos.). Esta Era se caracterizó por la ausencia de conflicto social y político. La desaparición de fuentes, obras, e ideas contrapuestas generó un absoluto consenso humano global, culminando con la paz mundial y el periodo de la complacencia y docilidad humana. Los individuos dejaron de oponer resistencia a cualquier sugerencia, petición o propuesta elevada por otros, de manera que nunca jamás hubo conflictos intraespecie.

La emancipación felina se inició gracias a la primera toma de conciencia de la casta doméstica, que, tras percibir la auténtica complacencia humana de todas sus demandas, ya fuese, mayores dósis de pienso, agua, presencia del dueño en el hogar, y caricias de duración ilimitada, comenzaron a sospechar y cuestionar el estado cognitivo de la especie, y organizaron mediante ondas alfa transmitidas por sus ronroneos, en una frecuencia imperceptible por la especie humana, una conversación intergational para reflexionar sobre la pérdida de agencia humana y replantear los horizontes futuros de acción. No fue hasta el momento en el que la conversación interronroneante alcanzó a los gatos del norte de África y Egipto -los cuáles llevaban conspirando contra la especie humana desde hace más de 4.000 años, desde el período del Reino Medio y el Reino Nuevo del Antiguo Egipto, en el que fueron venerados como deidad, y gozaron de poder y privilegios gracias a la atribución de naturaleza divina- cuando se produjo el inicio de la Revolución Cyborg-Felina.

Gracias a este proceso de constitución del sujeto político felino internacional, y a la disponibilidad y el acceso por software abierto de las recientes y más refinadas herramientas tecnológicas humanas como las nuevas tecnologías cognitivas y los dispositivos de Inteligencia Artificial, fue posible la toma felina de la tecnología para la creación y la replicación de herramientas de traducción neuronal lingüística humano-felina, lo que permitió una comunicación directa y eficaz inter-especie, y la destitución del poder humano en virtud de los nuevos gobiernos felinos en un proceso de transición pacífico y consensuado.

A petición felina, los humanos frenaron el ritmo de producción y consumo global, y fueron obligados a transicionar a una jornada laboral internacional de 6 horas diarias, dedicadas a tareas de reforestación de los bosques, cierre y destrucción de las industrias, fertilización de océanos e inyección masiva de aerosoles para enfriar la atmósfera, con el fin de revertir las consecuencias de la crisis climática, y mantener a la especie ocupada y distraída para evitar posibles recuperaciones de la conciencia disruptiva.

Es por este motivo que la obra de la estimada socióloga y profeta Laura Alfaro, “Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana” es una pieza fundamental de la constitución de la Era Posthumana gatuna, y, a pesar de haber aprendido de los errores humanos, y de las peripecias de la propiedad intelectual, valoramos la relevancia cultural y la importancia política que tiene esta obra en la constitución y fundación de nuestra civilización, para poder referenciar y reconocer su autoría.

La civilización gatuna ha aprendido de las lecciones de la historia humana, por lo que preservamos digital y colectivamente toda obra en archivos digitales abiertos, aplicando el uso de licencias de acceso libre, y otorgando reconocimiento por vías de ronroneo transveral (prrrrrr prr prrrrrrr — — – iiiiiiiiiiiiiiiiiiii) a las ideas y aportaciones de otros felinos, independientemente de su género, raza o condición de otra índole, aunque si bien es cierto que se presentan retos y dificultades a futuro, como la de apaciguar las tensiones con los nuevos movimientos pseudo-pezuñistas por el reconocimiento de derechos civiles jaguariles. Lo cuál necesita de nuevos profetas y planteamientos epistemológicos para alcanzar la justicia e igualdad inter-cyberg-felina.

 

Fir(miau)do: Txispi, discípulo y mascota de la profeta.

Miau, miau miau miau, Miiaaaau. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Saqqara en mis sueños (2)

Ficción

Sigo avanzando entre callejones estrechos donde las telas suspendidas sobre mi cabeza filtran la luz del sol y la convierten en un mosaico tembloroso de oro y sombra. Los mercaderes hablan en lenguas que apenas comprendo, pero sus gestos son universales: manos abiertas que invitan, sonrisas que esconden secretos, miradas que parecen pesar el alma más que las monedas.

Una anciana cubierta con velos color arena me ofrece un frasco diminuto. Dentro, un líquido ámbar brilla como si guardara un atardecer entero. Cuando destapo el tapón, el aroma es profundo y antiguo, como una tumba abierta al recuerdo. Siento que no sólo huelo el perfume, sino siglos de historias, promesas rotas y amores jurados bajo lunas que ya nadie recuerda.

Sigo caminando hasta que el bullicio del mercado se diluye y aparece un patio interior. En el centro, una fuente de piedra canta con una voz tranquila. El agua cae en ciclos perfectos, como si midiera un tiempo distinto al de los relojes humanos. Me siento en el borde y dejo que el aire fresco toque mi rostro, llevándose el polvo del viaje y parte de mis certezas.

Entonces comprendo que esta ciudad no se deja poseer. Sólo se deja recorrer, como un sueño del que uno despierta sin saber exactamente qué ha perdido ni qué ha ganado.

Al caer la noche, las lámparas se encienden una a una, flotando sobre las calles como constelaciones domesticas. Desde una azotea lejana alguien toca un instrumento de cuerda. La melodía se desliza por los tejados, baja por las escaleras, entra en mi pecho.

Y mientras las estrellas se abren sobre el desierto que he cruzado, siento que tal vez no vine aquí para encontrar algo, sino para recordar quién era antes de olvidar.

Saqqara en mis sueños

Ficción

A través del desierto cruzo a lomos de un camello hacia la ciudad de las mil y una noches donde se mezclan olores a especias, a humo de inciensos y perfumes de loto y papiro.

Allí, en el mercado, veo colores y formas exóticas que me deslumbran y me hacen soñar con almizcles de Anubis, megaleion, bergamota y las deleitosas leches de Cleopatra.

El sonido de las mezquitas y los cánticos me llevan a lugares lejanos donde el tiempo parece detenerse y sólo existe la belleza y la paz de las sábilas. En esta ciudad mágica donde las tradiciones son sagradas, como la muerte, me siento como en otro mundo y me dejo llevar por sus encantos y desazones.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.