Imagine: El Algonquino Reversible

Ficción

En los albores del tiempo, cuando la realidad aún era un lienzo fresco y maleable, existían dos mundos tejidos con el mismo hilo, pero con colores opuestos. Estos mundos, el Claro y el Oscuro, danzaban en una eterna simetría, reflejándose el uno en el otro como dos espejos enfrentados, cada uno con su propio reino de criaturas, sus propias reglas y su propio aliento vital.

En el Mundo Claro, donde el sol se filtraba a través de las hojas doradas y las corrientes cantaban canciones de abundancia, vivían los seres de la luz, felices bajo la cálida mirada del Gran Espíritu. Sus días eran largos, llenos de dicha y prosperidad, y sus noches, breves y serenas, con estrellas que parpadeaban como ojos benevolentes en la cúpula celeste.

Pero en el Mundo Oscuro, donde la penumbra era densa y las sombras se enredaban como enredaderas, habitaban los seres del crepúsculo, luchando por cada fragmento de luz que pudieran encontrar. Sus días eran breves, y sus noches, interminables océanos de negrura, donde el frío penetraba los huesos y la desesperanza se arrastraba como un susurro constante.

Entre estos dos mundos, y sin pertenecer a ninguno, existía una figura mítica: el Algonquino Reversible. No era ni hombre ni espíritu, sino ambos a la vez, capaz de cambiar su forma como el viento cambia de dirección. Cuando se movía en el Mundo Claro, su piel resplandecía como el amanecer, y sus ojos destellaban con la sabiduría de las edades. Pero al cruzar al Mundo Oscuro, su figura se alargaba, se volvía tenue y sombría, y sus ojos se oscurecían hasta parecer pozos sin fondo.

El Algonquino Reversible era el guardián del equilibrio, el centinela silencioso que caminaba entre ambos reinos para asegurar que la balanza del cosmos no se inclinara demasiado hacia un lado. Su tarea era solitaria y eterna, pues sabía que si uno de los mundos sobrepasaba al otro, la existencia misma podría desmoronarse en un caos sin fin.

Pero hubo un tiempo en que la ambición despertó en el corazón de un hechicero del Mundo Oscuro, un ser que ansiaba la luz que no podía poseer. Con artimañas y antiguos conjuros, logró abrir un portal hacia el Mundo Claro, cruzando el umbral prohibido. Al poner un pie en esa tierra de fulgor, comenzó a drenar la luz con un hambre voraz, debilitando el tejido que mantenía unidos los dos mundos.

El Algonquino Reversible, sintiendo el desequilibrio, se apresuró a enfrentarse al hechicero. Su lucha no fue una simple batalla de fuerzas, sino un choque de voluntades y destinos. El hechicero, en su desesperación por dominar la luz, extendió su poder, envolviendo al Algonquino Reversible en sombras profundas, intentando consumir también su esencia.

Pero el guardián, sabio y sacrificado, entendió lo que debía hacerse. Con un acto de valentía que resonó en ambos mundos, usó su poder para unir el Claro y el Oscuro en un solo tejido, una sola realidad. En ese instante, los mundos se fusionaron, y el hechicero fue despojado de su poder, disuelto en la nueva creación.

Sin embargo, en su acto de unión, el Algonquino Reversible perdió su don de transformación. Su forma quedó para siempre atrapada entre el día y la noche, el claro y el oscuro. Ahora, su cuerpo era un mosaico de luz y sombra, un símbolo viviente del sacrificio que había hecho para salvar la existencia misma.

Los pueblos Algonquinos aún susurran su nombre en las noches de luna llena, cuando el mundo parece contener dentro de sí tanto el día como la noche. El Algonquino Reversible, convertido en una deidad de dualidad, vigila desde las estrellas, asegurándose de que el equilibrio, ese delicado danzar entre opuestos, nunca vuelva a romperse. Y así, su historia se convierte en una advertencia y una enseñanza, recordando a todos que en el corazón de la creación, la luz y la oscuridad no son enemigos, sino compañeros en una danza eterna.


La historia del Algonquino Reversible es una fábula que se ha transmitido a lo largo de generaciones en la región del noreste de América del Norte, especialmente entre las tribus de los Algonquinos. Aunque esta historia puede tener muchas versiones, una de las más conocidas narra la creación del «mundo doble» y la figura mítica del Algonquino Reversible.

El Mundo Doble

Se dice que en tiempos antiguos, el mundo estaba dividido en dos planos idénticos pero invertidos. Estos planos, conocidos como el «Mundo Claro» y el «Mundo Oscuro», eran reflejos el uno del otro, cada uno con sus propios habitantes y leyes naturales. Los seres que vivían en el Mundo Claro disfrutaban de la luz del sol, la abundancia y la armonía, mientras que aquellos en el Mundo Oscuro vivían en un mundo de penumbra, caos y escasez.

El Algonquino Reversible

El Algonquino Reversible era una criatura mítica, mitad espíritu y mitad hombre, capaz de transitar entre estos dos mundos. Según la leyenda, era el único ser que podía moverse libremente entre los planos, pues su naturaleza dual le permitía adaptarse a las leyes de ambos mundos. Su apariencia cambiaba dependiendo del mundo en el que se encontraba: en el Mundo Claro, era un joven robusto con piel dorada y ojos brillantes; en el Mundo Oscuro, se transformaba en una figura sombría, con ojos oscuros y una apariencia más delgada y alargada.

El Propósito del Algonquino Reversible

El propósito del Algonquino Reversible era mantener el equilibrio entre ambos mundos. Aunque eran reflejos el uno del otro, cada mundo dependía del otro para existir, y cualquier desequilibrio podría llevar a la destrucción de ambos. El Algonquino Reversible, en su rol de guardián, viajaba constantemente entre los mundos, llevando mensajes, conocimientos y a veces, incluso, corregía desequilibrios que surgían.

El Conflicto y la Resolución

Un día, un gran desequilibrio amenazó ambos mundos. Un hechicero del Mundo Oscuro, deseoso de conquistar el Mundo Claro, encontró la manera de acceder a él a través de un portal. Al entrar en el Mundo Claro, el hechicero comenzó a drenar la luz y la vida de ese plano, provocando que ambos mundos comenzaran a colapsar.

El Algonquino Reversible, al percibir el peligro, se enfrentó al hechicero. La batalla fue larga y feroz, con ambos contendientes usando sus poderes al máximo. Sin embargo, el Algonquino Reversible comprendió que la única forma de detener al hechicero era unir los mundos en uno solo, eliminando así la dualidad que permitía la existencia de desequilibrios.

Con un gran sacrificio, el Algonquino Reversible fusionó los dos mundos en uno, creando un nuevo plano donde la luz y la oscuridad coexistían en equilibrio. Sin embargo, al hacerlo, el Algonquino Reversible perdió su capacidad de transformarse, quedando atrapado en su forma original, una figura que era al mismo tiempo clara y oscura, joven y anciana, robusta y esquelética.

El Legado

Desde entonces, se dice que el Algonquino Reversible se convirtió en una deidad que vigila el equilibrio del mundo único, asegurándose de que nunca más vuelva a surgir una amenaza similar. Los ancianos cuentan esta historia a las nuevas generaciones para recordarles la importancia del equilibrio y la coexistencia de las dualidades en la vida, y cómo a veces, el sacrificio es necesario para preservar la armonía.

Esta historia, llena de simbolismo, es una representación de las creencias y valores de los pueblos Algonquinos, quienes siempre han visto el mundo como un lugar de equilibrio entre fuerzas opuestas.

Quién negará lo contrario

Ficción

De piel en piel amanezco a gatas para trasegar la dócil melancolía del vencido, del puro indolente olvidar. Y haber quién negará lo contrario, si al atusar mi pelo no encuentro razones para desamañar, para partir, para viajar a las más altas torres, a las más soberbias capitales.

Ciudades invisibles, visitadas por viajeros invisibles, recorridas por caminos invisibles, en invisibles caravanas. Destino. Jamás origen. Entre una y otra no hay caminos, no hay monturas. No hay.

Tropezando en las piedras, pisando los charcos y los lodos, atascando en campestres barrizales, para no hallar nada más que ciudades invisibles, puentes invisibles, calles invisibles, puertas invisibles, paredes invisibles, en invisibles solares. Y haber quién negará lo contrario.

Las ciudades invisibles se despliegan ante el viajero como espejismos de luz en el desierto. Apenas un temblor en el horizonte, un reflejo que parpadea entre la vigilia y el sueño. Son ciudades que nunca existieron, o tal vez siempre estuvieron ahí, pero nadie las ha visto. No hay mapas que las señalen, ni nombres que las definan; son efímeras, líquidas, hechas de la sustancia misma de la memoria y el olvido.

Por esos caminos desdibujados caminan los viajeros invisibles, sombras apenas perceptibles, como si sus cuerpos fueran hechos de aire, o de tiempo. Desfilan en silencio, con pasos que no dejan eco en la tierra, arrastrando con ellos recuerdos que no son suyos, y deseos que jamás se cumplirán. Sus caravanas serpentean por senderos que el viento borra al paso, los mismos senderos que nadie más recorre porque no se pueden ver, porque están hechos de los sueños de aquellos que ya han muerto.

Las ciudades se erigen y se desmoronan al ritmo de sus pasos. Templos de piedra que jamás serán tocados, plazas vacías donde el eco de risas inexistentes resuena, torres que se disuelven en la bruma como castillos de arena cuando el mar avanza. El viajero se detiene en las puertas de una de ellas, siente el peso del aire cargado de historias no contadas, de palabras que quedaron atrapadas en gargantas que ya no hablan. En su pecho crece una certeza: estas ciudades, estos caminos, nunca fueron para él. Sin embargo, sus pies siguen avanzando, como si un destino velado lo llamara.

La caravana continúa su marcha, y a lo lejos, otra ciudad empieza a perfilarse en el horizonte. También ella desaparecerá cuando el último viajero invisible cruce sus fronteras, dejando solo la promesa de su existencia suspendida en el viento, como un susurro que nadie logrará escuchar.

Tropezando en las piedras, con el peso del barro aferrándose a sus pies, avanzaba el viajero como quien lucha contra un sueño del que no puede despertar. Cada paso era un combate contra la tierra húmeda que lo retenía, cada charco un espejo oscuro que reflejaba su fatiga. Los lodos se alzaban como manos desde el suelo, queriendo abrazar sus tobillos, y él, persistente, seguía adelante, sin saber si algún final aguardaba al final de ese trayecto incierto.

Caminaba por campos desolados, por barrizales interminables que parecían multiplicarse, por veredas que se hundían en la nada. Pero no había descanso. El paisaje, monótono, sin color ni forma precisa, se desvanecía a medida que avanzaba, y todo lo que encontraba eran ciudades invisibles, espectros de civilizaciones que no dejaron huellas, más allá de sus contornos borrosos. Puentes que no sostenían, calles que no llevaban a ningún sitio, puertas que no se abrían, paredes que se alzaban y desaparecían en un parpadeo.

A veces, el viajero sentía que si alzaba la mano, podría tocar algo. Pero al estirarse, lo único que palpaba era el vacío, como si el mundo que lo rodeaba fuese una ilusión tejida de bruma, de la niebla que el viento se lleva. Las ciudades, apenas un susurro en el eco de su mente, no eran más que solares invisibles, ruinas que jamás existieron. Los techos que debieron cobijar alguna vez a sus habitantes eran ahora cielos abiertos, infinitos, y las plazas, silenciosas y vacías, albergaban solo la sombra de pasos nunca dados.

Caminaba, tropezaba y se hundía, como un fantasma que busca su propia tumba, atrapado en un ciclo sin final, donde todo lo que hallaba era invisible, excepto su cansancio. Y aun así, seguía adelante, con la esperanza de que, al doblar una esquina que no estaba allí, quizá, solo quizá, algo tangible se revelara. Pero en cada nueva curva, lo único que aguardaba era la sombra de otra ciudad que no había sido construida.

TRÁNSITO

Ficción

Sobre praderas olvidadas del desierto
Luce la mercancía de infancia evocadora,
Ya sin derrumbe del sonido que deja el bergantín
Y el vago impulso de brasas decorado.

Su Oriente derrotado de emociones falaces,
Vagando en carreteras melancólicas, sombrías…,
Conmueve las soberbias salvajes de melodías burguesas
Ante avenidas juerguistas de Brooklyn o New York.

Olvido las tibias gradas de oro de los campos de mies,
La humareda de escarcha de los valles de plata,
La exiliada ingenuidad de los coros celestiales,
El espejo cromático del estanque de luna…
Y su ilustrada hosquedad de muchedumbres acuáticas…
Por las perfectas bondades del pecado carnal.

Espada

Ficción

En el arte de las armas nadie superó al rey Arturo. Su fuego, su pasión en la guerra no dejaban lugar a dudas. Cada objeto bélico era para el rey motivo de sangre. Refulge al sol el acero del unicornio como un espejo cuando Arturo lo eleva para volver a dejarlo caer sobre dragones y enemigos y alzarlo de nuevo ya empañado del rojo humor.

Un tango con la muerte

Ficción

La muerte, esa vieja dama vestida de sombras, camina por el filo de la existencia, esperando su turno para entrar en escena. Su manto negro ondea con la brisa nocturna, mientras las luces del cabaret titilan en la distancia, reflejando un mundo que se empeña en olvidarla, en disfrazarla de humo y risas, de jazz y copas que tintinean. ¿Qué haría ella, la dama inexorable, si se le ofreciera una copa de champán bajo las luces de neón?

Quizá se detendría, por un instante eterno, al borde del abismo de la vida, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios de hueso. Porque, al fin y al cabo, ¿quién puede resistirse al encanto decadente de un cabaret, a la música que nace de la tristeza, a las danzas que giran como los últimos suspiros de una noche que se desvanece?

Sí, la muerte nos perdonaría la vida, con la generosidad de quien sabe que el final es ineludible, pero también que en la danza fugaz de la vida hay algo que ni ella puede poseer del todo. Se sentaría en la mesa del rincón, bajo una lámpara tenue, y con un gesto elegante aceptaría la invitación, observando el desfile de almas que, aunque efímeras, brillan con una luz que sólo se apaga cuando ella decide cerrar las cortinas.

Porque al final, la muerte no es más que una espectadora en este cabaret de la existencia, y quizás, sólo quizás, nos dejaría bailar un poco más, si supiéramos cómo invitarla a formar parte de este espectáculo llamado vida.

La muerte, esa danzarina de sombras y eternidades, podría detenerse, por un instante fugaz, si supiéramos cómo atraerla con las luces y el ritmo de un cabaret. Imagino la escena: un salón abarrotado de espejos antiguos que reflejan almas en su camino hacia lo desconocido, donde los destellos dorados de los candelabros bailan con el humo de cigarrillos elegantes, y la melodía de un piano, un tanto desafinado, pero apasionado, llena el aire con notas de nostalgia.

Ahí, entre las mesas, la muerte se sentaría, cruzando sus piernas de hueso bajo una mesa de terciopelo carmesí, observando con ojos vacíos el desfile de vidas que se consumen en el escenario. Quizás, por una vez, su guadaña descansaría a su lado, no como amenaza, sino como testigo. Y la muerte, tan seria en su perpetua misión, podría esbozar una sonrisa, aunque sea imperceptible, al ver que, por fin, los mortales han aprendido a entenderla, no como final, sino como la última invitada a la fiesta.

La muerte, en ese cabaret de luces y sombras, perdonaría por un segundo la urgencia de su tarea, si tan solo pudiéramos seducirla con la esencia misma de la vida: la ironía de una risa, la desesperación de un último beso, la embriaguez de un brindis que se sabe el último. Porque, al fin y al cabo, la muerte no es más que la más vieja de las amigas, y quizá, solo quizá, se dejaría llevar por el ritmo de un tango para olvidar, por un momento, que debe llevarnos con ella.

La ‘Areté’ o virtud

No ficción

«En mis virtudes están la mayoría de mis defectos». Qué afirmación tan paradójica y cargada de verdad. Es en esa fina línea, casi imperceptible, donde las luces y sombras de la personalidad se entrelazan en una danza interminable, una coreografía que refleja la complejidad de la condición humana.

Es como si cada virtud fuese una moneda lanzada al aire, con su brillo dorado y su potencial para el bien, pero también con un revés oscuro, afilado como la hoja de un cuchillo. El valor que uno le da a la persistencia puede convertirse en obstinación; la generosidad desbordante, en el impulso autodestructivo de dar hasta quedarse vacío; la honestidad, en la crudeza que hiere más que cualquier mentira.

Es un juego de espejos, donde cada rasgo noble lleva escondido, en su reflejo, un vicio potencial, una debilidad que, bajo cierta luz, reluce con el mismo fulgor que la virtud. Y al reconocerse en ese laberinto de virtudes y defectos, uno se percata de que quizás son las mismas fuerzas las que construyen y desmoronan, las que elevan y derriban con la misma intensidad, dependiendo de cómo se las mire, de cómo se las viva.

Así, en cada acto virtuoso, se gesta el germen de un defecto, en cada destello de bondad, una sombra se alarga. Porque ser humano es, en definitiva, ser esa contradicción, ese hilo sutil que teje con la misma fibra lo más alto y lo más bajo de nuestra naturaleza.

Es un pensamiento tan paradójico como revelador, donde las líneas que separan la virtud del defecto se desdibujan en la niebla de la identidad. Tal vez esa pasión que a menudo te lleva a grandes alturas es la misma que, en su exceso, te arrastra al abismo de la obsesión. La determinación, que en su pureza te impulsa hacia adelante, puede convertirse en terquedad cuando se niega a ceder terreno.

Las virtudes, en su brillo, esconden sombras que las acompañan. La empatía que te permite conectar con otros se convierte en vulnerabilidad, exponiéndote a un sufrimiento que a veces no es tuyo. La honestidad, virtud de los sinceros, puede transformarse en una espada que hiere sin intención, dejando cicatrices invisibles en aquellos que te rodean.

Así, se teje el entramado de tu ser, donde cada hilo de virtud lleva consigo una hebra de defecto, en un juego incesante de luces y sombras que dan forma a la complejidad de tu existencia. ¿Acaso no es esta dualidad lo que te hace humano, lo que dota de profundidad y matices a tu esencia?

Balzac exploró a fondo la complejidad de la naturaleza humana, y esta frase refleja su aguda observación de cómo las cualidades positivas de una persona pueden, en exceso o en determinadas circunstancias, volverse en contra o convertirse en defectos.

Tres quimeras y dos miradas

Ficción

Una quimera está mirando
en el espejo
los arrobados labios
de los rostros.

Una quimera está riendo
bajo un almendro maculado
de estrellas y luceros.

Una quimera está llorando
…
en el estanque
con desoladas lágrimas
de madre.

…

A chimera is watching
in the mirror
the entranced lips
of the faces.

A chimera is laughing
under a spotted almond tree
of stars and bright star.

A chimera is crying
in the pool
with desolate
mother tears.

CHIRÓN 2/5

Ficción

Mi narración escrita de los hechos únicamente me tiene a mi mismo como destinatario, aunque sospecho que los que me tienen aquí encerrado tienen acceso a la memoria del ordenador y por tanto de alguna forma sé que también ellos pueden ser el público lector de mis reflexiones, apuntes, delirios, preguntas, preguntas, preguntas…
Supongo que cuando uno no tiene otra perspectiva de la realidad, esta acaba siendo su única realidad. No tengo espejo, pero el hecho de estar continuamente observando a P. me hace suponer que yo mismo soy a su vez observado por otro o por otros. Ese otro u otros, al que, como ya mencioné, he decidido llamar L., ¿está también pensando en mí, lo mismo que yo pienso en P. como en un juego de espejos paralelos que quizás produce imágenes infinitas, de las que cada uno sólo es capaz de ver a un P. y suponer la existencia de un L.? […]

UNICORNIO

Ficción

Nuestras historias y destinos estaban cruzados, como en aquel famoso castillo de Calvino. Había Animales, provistos o no de Cuernos, como el unicornio; también un Hombre, que compartía el destino con un Pez, y luego estaban todos los Tetramorfos posibles. Era realmente prodigioso dejarse llevar por aquel torrente de vida tan desigual pero tan aleatoriamente uniforme.

Nuestras historias y destinos, entrelazados en una trama invisible, se desplegaban como los pasillos laberínticos del castillo de Calvino, donde cada puerta abierta revelaba un nuevo enigma. Aquella amalgama de seres, como piezas de un rompecabezas cósmico, danzaba en un caos orquestado por manos invisibles. Los Animales, unos con Cuernos afilados que se enroscaban hacia el cielo, otros desprovistos de tales ornamentos, se movían con la gracia de criaturas míticas, como el unicornio, cuya figura destellaba con la luz de lo imposible.

Entre ellos, un Hombre, cuya sombra se alargaba hasta confundirse con la de un Pez, nadaba en aguas de destino compartido. Sus caminos, tan diferentes en apariencia, se fundían en la corriente subterránea de la existencia, como ríos que se encuentran en su búsqueda del mar.

Y allí estaban, además, los Tetramorfos, figuras que desafiaban la lógica y la simetría, componiendo una geometría sagrada que se desplegaba en cada esquina de aquel vasto universo. Sus formas, a la vez familiares y alienígenas, eran reflejos distorsionados de un espejo antiguo, uno que contenía los secretos del tiempo.

En ese torbellino de vida, en esa espiral de seres tan dispares y, sin embargo, tan misteriosamente uniformes, se hallaba una especie de verdad esencial, un ritmo oculto que latía bajo la superficie de lo visible. Era prodigioso, sí, dejarse arrastrar por ese torrente de vida desigual, en el que todo, aunque en apariencia caótico, parecía obedecer a una armonía oculta, a un patrón en el que cada historia, cada destino, encontraba su lugar en la vasta red de lo eterno.

Ah, cómo nos sumergíamos en ese entrelazado de fábulas y ensoñaciones, un tejido finamente hilado con los hilos de lo improbable. En ese castillo etéreo, suspendido entre el sueño y la vigilia, nuestros destinos se cruzaban como la urdimbre y la trama de un tapiz imposible. Allí, los Animales, aquellos seres mitológicos que desafiaban las leyes de la lógica y del tiempo, deambulaban con la misma naturalidad que la niebla se posa sobre los valles.

El unicornio, con su majestuoso cuerno en espiral, no era más que una sombra alargada en ese juego de luces y tinieblas. Pero, ¡ay!, en ese lugar donde lo real y lo fantástico convergían sin esfuerzo, la naturaleza de los seres se volvía un enigma perpetuo. El Hombre, aquel peregrino de caminos inciertos, compartía su alma con un Pez de escamas iridiscentes, como si ambos fueran dos caras de la misma moneda cósmica, nadando en el río insondable del destino. ¿Y qué decir de los Tetramorfos? Esas entidades que parecían surgir de los pliegues de un antiguo grimorio, sus formas múltiples reflejaban la diversidad misma del universo, haciendo del caos una simetría perfecta.

Era en verdad prodigioso, un vértigo de existencia que nos arrastraba en un torbellino de significados ocultos y revelaciones fugaces. Y sin embargo, todo seguía un orden, un ritmo secreto, como si una mano invisible tejiera cada hilo, cada encuentro, cada respiro de ese castillo de Calvino. Nos dejábamos llevar, atrapados en esa corriente de vida donde la disparidad se reconciliaba en una inesperada uniformidad, donde la desmesura encontraba su eco en la armonía.

Ahí estábamos, tú y yo, navegando en ese río sin nombre, cruzando puentes de palabras y silencios, mientras el universo entero, con todos sus seres y formas, se desplegaba a nuestros pies como una alfombra mágica, invitándonos a soñar, a perdernos y, quizás, a encontrarnos.

«Los ojos pequeños tienen niñas y los grandes mozas.»

Ficción

I

El sol se filtraba a través de las cortinas raídas de la taberna, dibujando manchas doradas sobre las mesas gastadas. En un rincón, bajo la penumbra que el humo de los cigarrillos y el bullicio apenas lograban disipar, estaba don Félix, un hombre con ojos pequeños como cuentas de azabache, tan profundos que parecían guardar dentro el reflejo de una infancia que jamás había abandonado.

Aquella tarde, don Félix observaba con curiosidad a las mozas que llenaban el local. Sus risas resonaban como campanas jóvenes, llenas de vida y de la promesa de un mañana que ellas se figuraban eterno. Una de ellas, con ojos grandes y brillantes, se acercó a su mesa, y con la frescura que solo la juventud otorga, le preguntó si le importaba que compartieran su rincón.

Don Félix, sin dejar de mirarla, sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que no alcanzaba a tocar sus labios del todo, pero sí sus ojos. Eran esos ojos pequeños, que, como espejos, devolvían una imagen de algo que la moza no comprendió del todo. Había en ellos una chispa que la hizo sentirse como una niña frente a un misterio antiguo.

—Dime, muchacha —dijo don Félix con voz suave, inclinándose hacia adelante—, ¿cuántos años tienes?

La joven, sorprendida por la pregunta, respondió con una risa ligera.

—Veinte años recién cumplidos, señor. ¿Por qué lo pregunta?

Don Félix la observó en silencio un momento más antes de hablar, como si buscara algo en el brillo de esos ojos grandes que la juventud hacía resplandecer.

—Dicen que los ojos pequeños tienen niñas y los grandes mozas —murmuró, casi para sí mismo—. Y al verte, he recordado que la juventud vive en las pupilas, como un destello que se apaga demasiado pronto.

La joven frunció el ceño, sin comprender del todo. Se quedó observando a don Félix, preguntándose qué edad tendría, cómo habría sido su vida, qué historias guardarían aquellos ojos diminutos. Pero lo único que veía era un hombre mayor, con la sombra de una sonrisa y una mirada que, aunque pequeña, parecía abarcar todo un universo de vivencias que ella apenas comenzaba a intuir.

—Pero usted tiene ojos pequeños, ¿no es así? —se atrevió a decir finalmente, intentando desentrañar el enigma de su interlocutor.

Don Félix sonrió de nuevo, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus labios.

—Así es, muchacha. Así es. Y en estos ojos pequeños vive aún la niña que fui, una que nunca dejó de soñar, aunque el cuerpo se hiciera viejo y el tiempo me transformara en lo que ves ahora. Pero tú, con esos ojos grandes, eres una moza en plena floración. A ti, la vida aún te pertenece, te embriaga y te llama con su canto.

La joven no supo qué responder. Algo en las palabras de don Félix la hizo sentirse extrañamente melancólica, como si, de repente, hubiera visto un atisbo del futuro que le aguardaba, un futuro en el que esos ojos grandes tal vez se harían pequeños, guardando recuerdos en lugar de promesas.

Se despidió de don Félix y regresó a su grupo de amigas, pero aquella conversación no la abandonó en todo el día. Sus risas ya no eran tan despreocupadas, y en sus ojos grandes brillaba un reflejo de la pequeña niña que aún habitaba en su interior, una niña que no sabía cuánto tiempo más se quedaría con ella.

Don Félix, por su parte, la observó marcharse con la misma sonrisa tranquila. Sabía que algún día, tal vez dentro de muchos años, aquella moza con ojos grandes recordaría sus palabras, cuando descubriera que el tiempo, como la vida, siempre termina por achicar las pupilas, dejando solo el brillo de una juventud perdida. Y, al hacerlo, tal vez se daría cuenta de que, en el fondo, los ojos pequeños no son más que grandes ojos que han aprendido a guardar sus secretos con el pasar de los años.


II

En el rincón más apartado del pueblo, donde las casas parecían inclinarse unas sobre otras como si compartieran secretos bajo el sol agrietado, vivía doña Nicanora. Era una anciana que había visto tantas estaciones como los árboles del camino a la ermita, y cuya mirada era tan penetrante como el filo de una navaja olvidada en el tiempo.

Doña Nicanora tenía los ojos pequeños, unos ojos oscuros y profundos, en los que cualquiera podría perderse si se atrevía a mirarlos más de lo necesario. Se decía en el pueblo que en sus pupilas, si uno miraba con la paciencia de un monje y la osadía de un niño, se podían ver reflejadas las figuras de pequeñas niñas bailando en un carrusel interminable. Las niñas giraban y giraban, y algunos murmuraban que eran las almas de las hijas que doña Nicanora nunca tuvo, atrapadas en un juego sin fin, un eco de lo que jamás podría ser.

Los niños del pueblo, curiosos como son los niños, solían acercarse a la casa de la anciana en las tardes de verano, cuando el calor hacía languidecer hasta a las lagartijas, para ver si lograban percibir ese enigma que tantas veces había sido motivo de conversación en las cocinas. Se apostaban en la ventana, en un silencio expectante, y esperaban a que doña Nicanora alzara la vista de sus labores, como si aquel sencillo gesto pudiera abrir una puerta hacia un mundo diferente.

Pero la anciana rara vez levantaba la cabeza. Era como si supiera que aquellos ojos suyos, tan llenos de vida y de misterio, podían llevar a las criaturas a un lugar del que tal vez nunca regresarían. Así que guardaba sus secretos para sí misma, tejiendo día tras día los hilos de un destino que solo ella comprendía.

Un día, llegó al pueblo una joven de cabellos como la miel derretida, con ojos grandes como lagos en los que uno podría sumergirse sin miedo a tocar fondo. Se llamaba Leonor, y su presencia pronto se convirtió en el susurro favorito de las comadres. Ella venía de la ciudad, decían, a cuidar de una tía enferma, y en sus ojos grandes se veía la promesa de todo lo que la vida podría ofrecer. Eran ojos llenos de juventud y de una luz que ningún otro en el pueblo poseía. Algunos decían que en esos ojos grandes se veía a las «mozas» de Quevedo, jóvenes llenas de vida, deseosas de correr hacia su destino, brillantes con la esperanza y el deseo.

Leonor, intrigada por las historias que había oído sobre doña Nicanora, decidió visitarla una tarde. No por curiosidad morbosa, sino porque algo en su corazón le decía que debía conocer a esa mujer cuya mirada contenía tanto de lo no dicho. Llamó a la puerta de la vieja casa, y tras unos momentos que le parecieron eternos, la puerta se abrió lentamente.

Doña Nicanora la observó en silencio. No dijo palabra alguna, pero sus ojos pequeños escudriñaron los grandes lagos de Leonor con una intensidad que hizo que la joven sintiera un leve escalofrío. En esos ojos oscuros y diminutos vio el reflejo de su propia vida, una vida que aún no había vivido, y que se desplegaba ante ella como un sendero incierto.

«Pasá, niña,» dijo la anciana con voz áspera, y Leonor, sin saber por qué, obedeció.

Durante horas que parecieron minutos, y minutos que se hicieron eternos, las dos mujeres se sentaron juntas en la penumbra de la pequeña sala. Hablaron poco, pero no fue necesario. Sus miradas lo dijeron todo. La de doña Nicanora, llena de los recuerdos y los secretos de una vida larga, y la de Leonor, cargada de las promesas de un futuro que aún debía desvelarse.

Cuando Leonor se levantó para marcharse, la anciana le tomó la mano y le dijo, con una sonrisa apenas perceptible: «Los ojos pequeños tienen niñas, y los grandes mozas. Pero es en la unión de ambas miradas donde se encuentra el verdadero camino.»

Leonor asintió, aunque no entendía del todo. Sin embargo, cuando se despidió y cerró la puerta tras de sí, algo había cambiado en ella. Había visto, por un breve instante, el entrelazamiento de dos vidas: una que se desvanecía como la bruma en el amanecer, y otra que apenas comenzaba a descubrirse a sí misma.

Con el tiempo, Leonor comprendió el significado de aquellas palabras. Y en su corazón supo que, mientras sus ojos siguieran abiertos al mundo, ya fueran grandes o pequeños, niñas o mozas, ella podría descubrir los secretos que la vida le ofrecía, uno por uno, como se desgrana un racimo de uvas bajo el sol de otoño.

TAROT

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

En la penumbra de mi estudio, el Tarot se despliega ante mí como un tapiz antiguo, sus cartas brillando con una luz propia, atrapada en sus bordes dorados y en sus ilustraciones enigmáticas. No es una herramienta para desentrañar el futuro, sino un portal hacia mundos insospechados, un caleidoscopio de narrativas posibles. Cada carta es una llave, cada combinación, una puerta abierta a nuevas historias.

Recuerdo la pasión con la que Temístocles de Alejandría se adentraba en ese universo simbólico. Su mente, aguda como la hoja de un puñal, transformaba cada arcano en un concepto, cada tirada en un mapa que guiaba su pluma sobre el papiro. Así lo observaba yo, un adolescente curioso, en la penumbra de su estudio, bebiendo del manantial de su conocimiento. ¡Cuántas tardes pasé allí, en su compañía, perdido entre las páginas enrolladas de su sabiduría, desentrañando los misterios que los antiguos habían ocultado bajo capas de simbolismo!

El Tarot, con sus figuras arquetípicas, se convierte en un lenguaje, una gramática del alma que nos permite explorar las profundidades de nuestra psique. La Torre, el Loco, la Estrella, todos ellos se entrelazan en una danza cósmica, sus movimientos creando patrones que reflejan nuestras propias luchas y esperanzas. La vida, en su esencia, es como una tirada de cartas: impredecible, caótica, a veces cruel, pero siempre fascinante.

Así como Italo Calvino encontró en el Tarot un juego literario, yo también lo veo como un lienzo en blanco, una invitación a crear. Las cartas no dictan el futuro, pero nos susurran al oído, nos incitan a soñar, a imaginar posibilidades. Cada lectura es un relato en potencia, cada carta, un personaje esperando a ser desarrollado. En el laberinto de significados que el Tarot nos ofrece, hallamos no respuestas, sino preguntas más profundas, hilos que al tirar de ellos revelan nuevos tapices, nuevas historias entrelazadas.

La realidad, como bien dijiste, es también una combinación aleatoria de elementos, un mosaico cuyas piezas se reordenan con cada decisión, cada giro del destino. En ese sentido, el Tarot no es un espejo del futuro, sino un reflejo de nuestra propia capacidad de crear y reinterpretar la vida. Y así, mientras contemplo las cartas extendidas ante mí, me veo a mí mismo no como un profeta, sino como un narrador, tejiendo mundos con cada tirada, escribiendo la historia del errante judío que alguna vez fui, y del soñador que siempre seré.