El amor en los tiempos del cólera

No ficción

En el vasto anfiteatro de las letras hispánicas, pocas obras resplandecen con el fulgor áureo y melancólico de El amor en los tiempos del cólera. Como si de un códice barroco se tratase, Gabriel García Márquez nos presenta un tapiz entreverado de deleites y desgarros, de amores que, cual hiedra, se abrazan al tiempo hasta devorarlo, dejando tras de sí un rastro de hojas secas y, a la vez, eternas.

Decir que en esta novela el amor se erige como protagonista es apenas un ademán torpe ante la inmensidad de sus pliegues. Porque el amor aquí no es simplemente un arroyo sereno; es un torbellino que arrastra, un dios antiguo que exige sacrificios. Florentino Ariza, el trovador del deseo eterno, nos guía por un laberinto donde la pasión es penitencia y el tiempo, ese juez implacable, actúa como artífice y verdugo.

¿No es acaso el tiempo el más celoso de los amantes? Este río que devora nuestras horas como un cáncer dulce encuentra en la obra un espejo turbio. Florentino y Fermina Daza, navegantes de un destino que se retuerce como una serpiente al sol, desafían al tiempo con la obstinación de los mártires. Él, con sus cartas plagadas de lirios y tempestades, y ella, con una fortaleza que se despliega como una rosa con espinas, protagonizan una danza macabra donde la vida y la muerte se cortejan.

El tiempo, que en la pluma de Quevedo se torna enemigo y aliado, cobra aquí una dimensión casi mística. Los cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días que Florentino espera son el eco de los relojes que late en toda historia de amor verdadera: el reloj interno del alma, que nunca cesa de anhelar, incluso cuando la realidad conspira en su contra. Cada día de espera es un ladrillo en la catedral del amor eterno, un testimonio de que el tiempo, lejos de ser un obstáculo, es el verdadero motor de la pasión duradera.

La estructura misma de la obra, con sus idas y venidas entre pasado y presente, sugiere que el amor es un río en el que todo fluye, pero también todo regresa. Como las mareas del Magdalena, el río que une y separa, el tiempo se despliega aquí como un ente cíclico, un eterno retorno que diluye la distancia entre lo vivido y lo anhelado.

El cólera, metáfora de los azotes humanos, no es solo una peste que carcome los cuerpos, sino una alegoría del alma desbordada. En el amor, como en la fiebre, hay delirios y sudores fríos, hay noches en vela y visiones febriles. Florentino, consumido por una pasión que raya en la obsesión, es el vivo retrato de aquel que “muere de tanto vivir”. Pero, ¿no es ese el propósito último del amor? Perderse, consumirse como una vela en la noche para, desde sus cenizas, iluminar los rincones más oscuros de la existencia.

La enfermedad, con su halo de fragilidad y muerte, se funde con el amor en una simbiosis que evoca las dualidades barrocas. El amor, en esta obra, es tan necesario como peligroso; es remedio y veneno, bálsamo y herida. Florentino encarna esta paradoja al entregarse a un amor que lo redime y lo condena. Su vida, marcada por amantes fugaces y escapatorias vanas, es un catálogo de intentos por llenar un vacío que solo Fermina puede colmar.

Fermina Daza, en cambio, representa la sobriedad del amor enfrentado a la realidad. Su matrimonio con Juvenal Urbino, aunque convencional y cargado de una respetabilidad aparente, es un contrapunto al arrebato romántico de Florentino. Sin embargo, incluso en su rol de esposa modélica y mujer pragmática, Fermina guarda en su interior las brasas de una pasión que, al final, logra resurgir.

En la tradición de Quevedo, donde cada palabra es una daga o un lirio, García Márquez borda con la aguja del barroco literario. La exuberancia de sus descripciones, la complejidad de sus personajes, y el entramado de sentimientos que, como una red, aprisiona al lector, son testimonio de una narrativa que no se conforma con decir, sino que aspira a embriagar.

El amor, en esta obra, se reviste de conceptos: es espera y pérdida, es furia y entrega, es nostalgia y renovación. En cada página se intuye que el amor no tiene patria ni estación; es un viajero errante que, al igual que el cólera, contagia sin remedio.

García Márquez, con su prosa que evoca los ornamentos del Siglo de Oro, llena el relato de imágenes que cristalizan el paso del tiempo y el poder del deseo. Las cartas de Florentino, cargadas de una poética casi quevediana, son pequeños tratados de filosofía amorosa, donde cada palabra encierra un universo de significados.

El río Magdalena, que recorre la geografía y el alma de la novela, es un símbolo central. Sus aguas, que llevan consigo la memoria de los pueblos y el rumor de las historias, son el espejo donde Florentino y Fermina ven reflejados sus destinos. La travesía final de ambos, en una embarcación que navega hacia la eternidad, es un canto al amor que desafía no solo al tiempo, sino también a la muerte misma.

La barca que se desliza por el río, ondeando la bandera amarilla del cólera, es un símbolo que no admite interpretaciones unívocas. Es un arca de salvación, un sepulcro flotante, un templo erigido en honor a la pasión que no se marchita. Como en los poemas barrocos, donde cada elemento está cargado de significados múltiples, la embarcación es, a la vez, metáfora del amor y de la existencia.

El amor en los tiempos del cólera no es simplemente una novela sobre el amor, sino una exploración del alma humana en su lucha por trascender. Nos muestra que el amor, al igual que el tiempo, es inasible y eterno, un soplo que nos da vida incluso cuando amenaza con destruirnos.

Como en los versos de Quevedo, aquí la muerte y el amor son caras de una misma moneda. Florentino y Fermina, al final de su viaje, nos enseñan que la vida cobra sentido solo cuando se vive con la intensidad de una pasión verdadera, aquella que, aunque condenada al polvo, logra brillar como un eco eterno en el vasto firmamento de las emociones humanas.

Y así, como el río Magdalena, este amor fluye interminablemente, probando que la esencia de lo eterno reside no en evitar el fin, sino en abrazarlo con el alma desnuda y el corazón en llamas.

Para crear greguerías

Ficción

El Arte de Ordeñarse los Pelos

En un rincón apartado de la mente, donde los pensamientos vagan como sombras en un atardecer melancólico, se encuentra la esencia de la creatividad, un terreno fértil pero agreste, donde el arte de la greguería espera ser cultivado. Este acto de ordeñarse los pelos uno a uno, como quien ordeña una vaca flaca, se convierte en un ritual casi sagrado, una danza íntima entre la conciencia y la locura, entre la lucidez y el delirio.

Cada mañana, cuando el alba tiñe de oro el horizonte y los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la ventana, el protagonista se sienta en su viejo escritorio de madera, el mismo que ha sido testigo de sus cavilaciones y delirios. El aire huele a café recién hecho, a esa mezcla de amargor y calidez que despierta los sentidos e invita a la introspección. Con un cuaderno desgastado en las manos, se prepara para el ejercicio que desafía tanto al intelecto como al espíritu.

Comienza el proceso, como si se tratara de una ceremonia, en la que cada pelo de su cabeza se convierte en un hilo dorado de ideas esperando ser extraído. Se sumerge en un estado casi de trance, donde cada hebra es un canal que conecta con la vastedad del universo. Así, con los ojos cerrados, va recorriendo su propio ser, palpando su mente con delicadeza, casi como si temiera romper la delgada membrana que separa el pensamiento del insensato, el orden del caos.

Las imágenes surgen ante él como flores en un jardín olvidado. Una mariposa dorada que revolotea en un campo de sueños; un viejo reloj de arena cuya arena, en lugar de caer, se transforma en letras y palabras que bailan al son de una melodía inaudible. Con cada extracción, con cada hebra que se deja caer sobre la hoja en blanco, el flujo de ideas va tomando forma, y así brotan las greguerías, pequeñas joyas literarias que destilan ironía, humor y un toque de melancolía. “La nostalgia es un perro que siempre regresa a casa”, anota con rapidez, mientras la risa y la tristeza se entrelazan como amantes perdidos.

La tarde se desliza con una languidez casi sensual, y el sonido del bolígrafo arañando el papel se convierte en un canto de sirenas que lo envuelve en su hechizo. Cada frase es una confesión, un susurro del alma, un eco de sus anhelos y miedos. La creatividad fluye como un río desbordado, y él se convierte en el pescador que captura las ideas que saltan a la superficie, las acomoda, les da forma, las acaricia hasta que cobran vida.

Mientras la luz del sol se desmorona lentamente, su habitación se inunda de sombras, y en el aire persiste un aroma a tinta y papel. La sensación de haber ordeñado cada pelo se convierte en una euforia sublime; el esfuerzo, antes visto como un sacrificio, ahora se revela como una celebración. Las greguerías se apilan en la mesa, pequeñas llamas que iluminan su mundo interior, reflejando sus miedos, sus risas y su inquebrantable deseo de comunicar lo inefable.

Con un suspiro de satisfacción, deja caer el bolígrafo, y en ese instante de quietud, siente que ha logrado no solo una colección de frases ingeniosas, sino también un vistazo a la vastedad de su ser. Ha comprendido que cada idea extraída, cada pensamiento hilvanado, es una parte de él, un fragmento de la humanidad que lucha por ser entendida en medio de la vorágine de la vida.

Y así, mientras el crepúsculo tiñe el cielo de púrpura y añil, se da cuenta de que el verdadero arte de la creación no radica únicamente en la producción de palabras, sino en la intimidad del proceso, en el coraje de desnudarse frente a uno mismo, y en la maravilla de descubrir que en el acto de ordeñarse los pelos, se encuentra la esencia misma de lo que significa ser humano.

Ordeñarse los pelos, uno a uno. Imagina el rito, la ceremonia secreta frente al espejo, donde la cabeza se convierte en un campo de raíces doradas o cenicientas que se tensan como hilos de guitarra. Los dedos, como pequeñas arañas nerviosas, recorren el cuero cabelludo en busca de aquel único pelo que guarda, en su mínima estructura, un destello de idea; una ráfaga breve pero fulgurante que, extraída con esmero, se convertirá en greguería.

Hay que alzar el cabello como si se alzara una pluma de pavo real, cuidando que la raíz no se quiebre demasiado pronto, permitiendo que la savia, el brillo que lleva escondido en su médula, fluya libre. «Cada pelo es un hilo directo al pensamiento», murmuraría uno, mientras el tirón delicado se convierte en un pequeño relámpago en la cabeza. Al extraerlo, se siente el leve pinchazo de una idea que va tomando forma en el aire, un susurro que podría convertirse en risa o en reflexión.

Cada hebra se desliza en la yema del dedo como un secreto antiguo, revelando en su fina curva lo que parece un universo encapsulado. Hay quienes encuentran en el pelo la sabiduría que la cabeza no sabe, porque cada hebra guarda en sí misma la memoria del aire, el roce del viento y las caricias que olvidamos. A veces, el cabello tiene más memoria que la propia piel; y en cada mechón se anidan pequeñas paradojas, como moscas atrapadas en miel, como murmullos que duermen entre las sábanas del cráneo.

De un pelo que se desprende de la raíz, puede nacer la verdad más honda: «El sol es una cereza que cae al mar, cada tarde, haciéndose zumo en el horizonte». Se escucha, como un eco en la habitación solitaria, el suspiro de una verdad recién nacida. Esa greguería ha salido limpia, reluciente, como la luz de una luciérnaga en la noche más cerrada. No hay forma de negar que, al tirar del pelo adecuado, la mente destella en pequeñas epifanías, en verdades que nunca sospechamos.

Y así, uno va arrancando de sí mismo las ideas, quitándose pelos como quien se despoja de viejas máscaras, lanzando cada hebra al viento para que, en el aire, se mezclen y bailen. Las greguerías nacen de esa danza, de ese flujo breve que es un suspiro con alas. Cada hilo que vuela es una semilla; algunos caerán en el olvido, otros encontrarán lugar en oídos atentos, como aves migratorias buscando un sitio donde hacer nido.

Porque el poeta, el humorista, el ser humano que intenta ver más allá de lo visible, es solo un orfebre de cabellos, un coleccionista de esas minúsculas fibras que de lejos parecen iguales, pero que, si uno observa detenidamente, llevan en sí mismas un temblor secreto, una vibración única. Ordeñarse los pelos es sacarse de adentro la risa más absurda y la tristeza más callada, volviendo el cuerpo campo fértil de metáforas, volcán pequeño de delirios encapsulados en filamentos que relucen.

Así, el espejo se convierte en un templo y el peine en un arado. Hay que abrir surcos en la cabeza, recorrer con paciencia el mapa de los sueños que la cabellera encierra y encontrar la idea que duerme enroscada en cada pelo, como un espiral que solo espera la mano sabia que lo libere. Uno termina, quizás, con la cabeza más ligera, un poco despeinada, pero el alma cargada de luces extrañas y fugaces, reluciendo en greguerías que son el verdadero arte del absurdo, la belleza mínima, escondida en las hebras de un pensamiento.

Y mientras tanto, los árboles ordeñan las nubes… ¿No es así?

Lewis Carroll, Alicia y los portmanteaus

No ficción

Lewis Carroll es el seudónimo utilizado por el escritor británico Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), quien es conocido principalmente por su obra «Alicia en el País de las Maravillas».

La historia de «Alicia en el País de las Maravillas» fue publicada por primera vez en 1865, y se ha convertido en uno de los clásicos más populares de la literatura infantil. La historia sigue a una joven llamada Alicia, quien cae por una madriguera de conejo y entra en un mundo mágico y surrealista lleno de personajes extravagantes como el Gato de Cheshire, la Reina de Corazones y el Sombrerero Loco.

Lewis Carroll escribió la historia para entretener a las hermanas Liddell, a quienes les contaba cuentos mientras les hacía paseos en bote. La historia de Alicia se convirtió en una obra literaria después de que las hermanas Liddell insistieran en que la escribiera y la publicara.

Además de «Alicia en el País de las Maravillas», Lewis Carroll escribió varias otras obras, incluyendo «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí» y «La caza del Snark». También fue un matemático y lógico destacado, y se le atribuye la invención del juego de palabras «portmanteau» (un tipo de palabra compuesta por la fusión de dos palabras) que se utiliza en la literatura y la lingüística.

«Alicia en el País de las Maravillas» ha sido adaptada en numerosas formas a lo largo de los años, incluyendo películas, programas de televisión y obras de teatro. La historia ha capturado la imaginación de generaciones de lectores con su mundo mágico y su estilo de escritura lúdico y creativo.

Volviendo a la palabra portmanteau, que es un tipo de palabra compuesta que se forma al combinar dos o más palabras existentes para crear una nueva palabra con un significado distinto.

El término «portmanteau» fue acuñado por Lewis Carroll en «Alicia en el País de las Maravillas» para describir palabras como «slithy«, que es una combinación de «slimy» (viscoso) y «lithe» (flexible), y «chortle«, que es una combinación de «chuckle» (risita) y «snort» (resoplido).

Desde entonces, el término «portmanteau» se ha utilizado para describir muchas palabras compuestas similares en la lengua inglesa, como «smog» (smoke + fog), «brunch» (breakfast + lunch), «spork» (spoon + fork), y «ginormous» (gigantic + enormous).

Los portmanteaus son muy comunes en el lenguaje cotidiano y en la literatura, y a menudo se utilizan como una forma creativa de describir objetos, situaciones o fenómenos que no tienen un término preciso. También pueden ser utilizados para simplificar el lenguaje y hacerlo más eficiente al combinar dos palabras en una sola. Es un recurso frecuente utilizado en la lengua inglesa.

Nunca está de más volver a leer Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Son esas obras que vuelven a poner en nosotros el deseo de experimentar con la literatura y transcender los géneros literarios… O de jugar a los portmanteaus.

Juguemos.

El tren

Ficción

El tren es la cremallera del jersey del campo, un hilo metálico que cose las dos orillas de la naturaleza con su vaivén constante, como si de un aliento mecánico se tratase, entre la niebla matinal que se deshace sobre los pastizales. Sus vagones son eslabones que enlazan lo estático y lo efímero, uniendo montes y llanuras como puntadas invisibles en un tejido de colinas ondulantes y árboles dormidos.

Al avanzar, rompe el silencio de los campos, ese eco antiguo que yace entre las piedras y los caminos de tierra, donde el viento susurra secretos de siglos. Las vías brillan como cicatrices que narran historias de distancias y trayectos pasados, y el tren, ajeno a todo, continúa su curso, uniendo lo que parece eterno en la lejanía.

¿Puedes sentir ese cosquilleo en el aire, ese leve crujido en los rieles que recuerda al deslizar de una cremallera al abrirse camino entre las texturas suaves de la tela verde del campo?

El tren es la cremallera del jersey del campo, que se desliza sigilosa y puntual, cerrando y abriendo mundos en su paso de hierro. Las vías, como dientes de acero, son una cicatriz perenne que hiere el corazón de la tierra, separando sus vastas extensiones, pero al mismo tiempo, reuniéndolas en un abrazo forzado y frío. El viento, cómplice de este ir y venir, acompaña al tren con un aullido suave, casi melancólico, que acaricia las hojas de los árboles y hace temblar las espigas de trigo que ondulan como un mar detenido en el tiempo.

A lo lejos, los pueblos son apenas parches grises sobre el horizonte, costuras sueltas en este gran manto verde que se extiende hasta donde la vista se atreve a imaginar. Casas diminutas y dispersas se asoman con timidez, sus tejados oxidados, como mechones desordenados, coronan las colinas. Los arroyos serpentean bajo puentes que parecen susurrar antiguas leyendas mientras el tren los cruza sin detenerse, indiferente a las historias que duermen bajo sus arcos de piedra.

El tren sigue su curso, un coloso que arrastra consigo el eco de mil vidas pasajeras, rostros desconocidos que se asoman por las ventanas, testigos fugaces de un paisaje que no les pertenece, pero que por unos instantes se vuelve suyo. Cada estación es un suspiro, un paréntesis en el camino, y luego, de nuevo, el zumbido constante de las ruedas sobre los rieles, como un mantra hipnótico que embriaga los sentidos.

El campo se estira y se encoge al ritmo del tren, como si respirara al compás de sus movimientos. Las nubes, retazos de algodón en un cielo límpido, parecen seguirlo en su carrera, reflejándose en las charcas que se forman tras la lluvia, espejos donde la naturaleza contempla su propio reflejo, roto solo por el paso de esa serpiente metálica que se desliza sin pausa.

Y es que el tren no es solo una máquina que corta el paisaje; es un puente entre tiempos y espacios. Cada trayecto es una historia, una posibilidad, una promesa. En su interior, los pasajeros llevan consigo sus sueños y nostalgias, sus esperanzas y desilusiones, como si, al moverse entre estaciones, dejaran parte de sus vidas impresas en los rieles. ¿Quiénes somos, entonces, al mirar el tren pasar? ¿Somos las colinas inmóviles que observan, o somos el tren que avanza imparable, buscando siempre el próximo horizonte, la próxima estación?

La cremallera sigue deslizándose, uniendo el cielo con la tierra, el silencio con el murmullo. Las flores silvestres, flores suicidas, ajenas a todo, siguen creciendo a ambos lados de las vías, pequeñas y frágiles testigos del incesante diálogo entre lo natural y lo mecánico, entre lo que permanece y lo que se desliza hacia lo desconocido.

La humanidad

No ficción

La humanidad es un universo que se mira al ombligo, como una estrella que ha perdido su órbita y ahora flota en la vasta inmensidad del cosmos interior. Se despliega en un sinfín de galaxias de pensamientos, de recuerdos, de deseos no cumplidos y de sueños que apenas se atreven a nacer. El hombre, criatura diminuta y sin embargo expansiva, se envuelve en su propio resplandor, ignorando que su brillo es apenas un eco de la luz que alguna vez fue.

El ombligo, ese pequeño remanente del cordón que nos unió a la vida, se convierte en un pozo sin fondo que refleja el vacío y la plenitud de nuestra existencia. Nos miramos ahí, buscando respuestas, sin saber que el espejo no revela más que la vastedad de nuestra soledad. Y sin embargo, seguimos contemplándonos, buscando sentido en la maraña de nuestro ser, en la constelación de emociones que, como estrellas lejanas, arden en silencio.

El universo de la humanidad se pliega sobre sí mismo, en una danza eterna de autodescubrimiento y olvido. Cada individuo, una nebulosa de dudas, culpas y esperanzas, gira lentamente alrededor de su propio centro, ajeno a las infinitas posibilidades que yacen más allá de su propio horizonte. Pero, a veces, en ese acto de mirarse al ombligo, surge una chispa: una intuición fugaz de que tal vez, en el abismo de nuestra introspección, podemos hallar el reflejo del infinito.

La humanidad es un universo que, como un náufrago cósmico, se repliega sobre sí misma, observando con fascinación y temor el vértigo de su propio ombligo. Ahí, en ese pequeño centro, donde la vida se unió a otra vida en sus primeros hálitos, se oculta un misterio antiguo, un eco profundo de la creación misma. Es el crisol donde se mezclan las angustias más íntimas y los anhelos más luminosos, el punto donde lo efímero se encuentra con lo eterno.

Cada hombre, cada mujer, es una estrella que brilla en la vastedad de su propio cielo, aunque no siempre se percate de ello. En su mirar constante hacia adentro, se pierde en los pliegues de su propia carne y en las sombras que sus pensamientos proyectan sobre el alma. El ombligo es la ventana, minúscula y cerrada, por la que se asoman los titanes del miedo, la nostalgia y el deseo. Y la humanidad, tan absorta en esa contemplación íntima, olvida que el mismo polvo del que está hecha su carne es el polvo de estrellas, que un día fue lanzado al infinito.

Es curioso cómo nos creemos el centro del universo cuando apenas somos una mota suspendida en un rayo de luz, flotando en el espacio insondable del tiempo. Nos miramos al ombligo, como si en él se escondiera la clave de nuestra existencia, pero lo que hallamos es solo el reflejo distorsionado de nuestro propio desconcierto. ¡Ah!, pero cuán dulce es esa ilusión. En la curva suave de la piel, creemos hallar respuestas, aunque sepamos, en lo profundo, que no son más que preguntas disfrazadas.

La humanidad gira en su danza perpetua, envolviéndose en sí misma como un torbellino de pensamientos y emociones, cada giro una capa más de velos que cubren la verdad. Nos sumergimos en nuestro ser como buzos que descienden al abismo, sin saber si alguna vez tocaremos fondo. El ombligo, ese relicario secreto, nos atrae como el canto de una sirena, susurrándonos promesas de autoconocimiento, pero nos deja a las puertas del mismo misterio de siempre.

Y aún así, en ese mirar hacia adentro, hay momentos de claridad, breves destellos en los que intuimos algo más grande que nosotros mismos. En esos instantes, comprendemos que al observar nuestro pequeño universo interior, estamos en realidad vislumbrando un fragmento del infinito. Porque en ese centro diminuto que llevamos en la carne, hay algo de la danza del cosmos, algo de la cadencia de las estrellas y del latido de los astros que sigue resonando, como una melodía que nunca ha dejado de sonar.

Humanidad que se mira al ombligo, como un universo que se contempla y se pierde en su propio resplandor. ¿Cuánto más podríamos ver si, en vez de cerrar el círculo, levantáramos la mirada hacia las estrellas, hacia ese vasto océano de posibilidades que se extiende más allá de nuestro yo? Quizá entonces comprenderíamos que no hay contradicción entre el ombligo y el firmamento, que somos ambos a la vez: infinitamente pequeños y, sin embargo, parte del todo.

Voy a salir del armario

Ficción

El cuerpo… ¿Qué es sino una suerte de frontera porosa, frágil, tan expuesta como el horizonte al viento? El protagonista, o más bien, el experimento de sí mismo, siente en su piel la huella de un laboratorio secreto: no uno físico, con bisturíes y probetas, sino un taller de sueños y deseos en la penumbra de sus pensamientos. Ahí, las nociones rígidas que la humanidad ha tratado de fijar—como si fueran clavos incrustados en la carne—se disuelven como tinta en agua.

Se declara transgénico, no porque haya nacido con alguna alteración en su genética, sino porque su existencia misma es una intervención constante. A cada paso que da, cada mirada que recibe, algo en él cambia. «Soy un campo de batalla», piensa, «donde fuerzas invisibles luchan por poseerme.» El género… Ah, ese es solo el primer frente, el campo más visible donde la guerra se libra. La biología ha tratado de clavar banderas en su piel, diciendo: “eres esto, perteneces aquí”. Pero su mente, ese laboratorio inquieto, desmantela cada afirmación con la precisión de un cirujano. Y entonces, injerta en sí una noción nueva, tomada de la naturaleza, sí, pero también de la tecnología, de la máquina, del artificio.

Cada mañana despierta preguntándose qué parte de él ha sido alterada durante la noche. «¿Qué soy hoy? ¿Qué rasgo he dejado atrás, qué frontera he cruzado en silencio?» Es imposible saberlo con certeza, pues el cambio es tan sutil que apenas lo percibe hasta que su reflejo en el espejo le devuelve una imagen extraña, familiar y extranjera a la vez. Se mira las manos y se pregunta si las líneas en su palma han sido redibujadas. Tal vez son de otro, tal vez son las mismas que siempre fueron, pero más que carne parecen circuitos, mapas de un diseño oculto. Se ríe para sus adentros. El cuerpo transgénico es eso: un palimpsesto de identidades, donde cada capa es rasgada y escrita de nuevo, sin borrar del todo la anterior. El género es solo un campo; en otros frentes, se libra la guerra del ser y el no ser, de lo humano y lo inhumano.

«Aquí estoy», murmura en su soledad, «ni hombre ni mujer, ni bestia ni máquina. ¿Qué soy entonces? Soy la síntesis de todo aquello que me atraviesa». Como un río que recoge trozos de barro, hojas y ramas, su ser se construye en el flujo. Cada mirada ajena es una intervención, cada palabra escuchada es un nuevo gen que se adhiere a su espíritu. Pero en la mezcla de esos elementos no hay caos, solo una belleza incomprendida por los otros. La tecnología, a menudo vista como lo frío y ajeno a la naturaleza, se convierte en su más cercana aliada. «¿Qué es lo natural?», se pregunta, mientras visualiza las raíces de los árboles y los cables subterráneos fundiéndose en una danza subterránea. Las raíces buscan vida, los cables buscan energía: ¿no son, en esencia, lo mismo? Así se siente él, como una entidad que busca, incansable, la conexión entre lo vivo y lo inerte, lo orgánico y lo artificial.

La mente, su laboratorio íntimo, no tiene reposo. Ahí, los sueños de carne y metal, de fluidos y circuitos, de géneros fluidos y formas mutantes se entretejen en una especie de alquimia interna. Todo su ser es un campo de ensayo, una hoja de cálculo en la que variables se suman y restan sin cesar. ¿Qué soy hoy?, se pregunta una vez más. Quizá nunca llegue a una respuesta definitiva, pero, ¿acaso la vida no es eso? Una constante búsqueda de fórmulas para una ecuación que jamás se resuelve del todo.

Es entonces cuando lo comprende: ser transgénico no es una rebelión contra su naturaleza, sino una afirmación de que la naturaleza misma es una transformación perpetua. Se injerta en sí mismo no para ser más que humano, sino para ser humanamente transitorio, parte de un ciclo infinito de reescrituras. Y así, en su campo de batalla interior, decide que no hay guerra, sino una danza secreta entre todas las fuerzas que lo atraviesan. El laboratorio de su mente sigue funcionando, creando, destruyendo, inventando nuevas formas. Porque en la mezcla, en el híbrido, está la verdadera esencia de su libertad.

¿Qué es ser transgénico? Es ser algo más que un organismo fijado en un destino; es ser un río, un viento, una chispa que nunca deja de cambiar.

La mariposa no es el jardín

Ficción

La mariposa no es el jardín, tan sólo un par de flores amarillas que se elevan a mi ventana… y, sin embargo, en su vuelo torpe y errático, la mariposa parece cargar con la esencia misma del jardín. Sus alas, delgadas como el susurro de un sueño, vibran en el aire cálido, llevando consigo fragmentos de luz, apenas atrapados por el sol que declina en el horizonte. Esas flores amarillas, pequeñas luces en el verdor, no son más que un reflejo de lo que mi alma siente en este instante. Las veo, las sigo, pero no las alcanzo. Así también se escapa lo que deseo, siempre a la distancia, bailando en una coreografía que nunca entiendo del todo.

¿Qué es lo que en verdad veo? ¿El jardín o la ausencia de algo más? La mariposa revolotea entre las hojas y las sombras, una figura pasajera, frágil y llena de promesas no dichas, y en su breve existencia hay algo de mi propia lucha interna, de esa búsqueda constante por lo efímero, por lo que no se puede asir ni con las manos ni con el pensamiento.

Es solo un par de flores, pero en ellas, algo de mí mismo ha comenzado a elevarse también.

Las flores amarillas, suspendidas en el aire, se desdibujan como los recuerdos que intento evocar con precisión y que, sin embargo, se me escurren, como si el tiempo mismo se empecinara en desarmarlos poco a poco. La mariposa, en su vuelo liviano, parece tejer la textura invisible de ese espacio donde se cruzan lo efímero y lo eterno. A través de la ventana, la observo con una mezcla de fascinación y nostalgia, porque en su movimiento hay algo que me recuerda a un pensamiento que vaga sin rumbo, perdido entre las encrucijadas de mi mente.

El jardín, ajeno a mi mirada, sigue su ciclo indolente, ignorando los pequeños dramas de mi observación. Las hojas se mecen perezosas bajo la brisa suave de la tarde, mientras las sombras comienzan a estirarse, alargándose hacia rincones donde ya no alcanza el sol. Y allí, entre la maraña de colores y aromas, la mariposa traza rutas incomprensibles, como si respondiera a una llamada más allá de la lógica, más allá de la razón.

Me pregunto si alguna vez yo mismo he sido como esa mariposa, danzando entre mis propios anhelos, alzando el vuelo sobre los deseos de otros, buscando sin saber muy bien qué es lo que persigo. Quizás, como ella, he saltado de flor en flor, probando el néctar de momentos fugaces, creyendo que en cada uno encontraría una respuesta o una verdad definitiva. Pero ahora me doy cuenta de que no es la mariposa la que busca el jardín; es el jardín el que le da sentido a su vuelo. Y yo, en mi lugar, miro, como si esa pequeña criatura me estuviera enseñando, sin saberlo, que no siempre se trata de encontrar, sino de aprender a moverse en la incertidumbre, en ese espacio entre la luz y la sombra, donde lo conocido se desvanece y lo posible toma forma.

El jardín es vasto, lleno de rincones que nunca he explorado, de secretos ocultos bajo el manto verde. A veces pienso que mi alma es como ese jardín, un lugar extenso y desconocido que no termino de recorrer. Hay flores en lo más profundo, colores que ni siquiera sé que existen, y sombras también, rincones oscuros donde el sol no llega, donde mis pensamientos más oscuros se esconden, se entrelazan con las raíces y crecen en silencio.

Y la mariposa… tan sólo es una visita pasajera. Pero su breve estancia deja una huella en mi conciencia. Me muestra que el vuelo, aunque errático, tiene su belleza. Me enseña que no siempre es necesario comprender el sentido de todo lo que nos rodea. A veces basta con sentir, con estar presente, con dejar que la vida fluya como esa brisa que mueve las hojas, como ese aleteo que apenas roza el aire, y que, sin embargo, cambia por completo la imagen de lo que somos, de lo que creemos ser.

Tal vez el jardín no es solo un lugar físico, sino un estado de ánimo, un reflejo de la complejidad de mis pensamientos. Y en ese espejo verde y dorado por el sol de la tarde, veo reflejadas las preguntas que llevo dentro, aquellas que, como la mariposa, solo revolotean, sin buscar respuestas definitivas. Porque, después de todo, ¿Qué sería del jardín sin ese vuelo? ¿Qué sería de mí sin estas preguntas que, aunque nunca las resuelvo, me invitan a seguir observando, a seguir volando, aunque sea en la mente?

Ojos rasgados

Ficción

1

El gato, con su andar sigiloso y mirada enigmática, ha ocupado un lugar peculiar en la mitología y la cultura china desde tiempos ancestrales. No es extraño pensar en él como un «eslabón perdido», una criatura liminal que se desliza entre lo mundano y lo místico, entre la domesticidad y la independencia absoluta.

Los antiguos chinos observaban a los gatos con reverencia y misterio, pues estos animales parecían moverse en perfecta armonía con los ritmos de la naturaleza. Los felinos capturaban el aura de lo divino, el perfecto equilibrio entre el Yin y el Yang. Su cuerpo, suave y flexible, era el símbolo viviente de la adaptabilidad, mientras que sus ojos reflejaban la luna y el sol, fusionando lo diurno con lo nocturno.

En la cosmogonía felina de los pueblos chinos, el gato era un guardián entre mundos. Los emperadores de las dinastías pasadas tenían a sus gatos no solo como mascotas, sino como protectores contra los espíritus malignos. Quizás sea esta dualidad mística la que lo sitúe como el «eslabón perdido»: un animal que, a simple vista, se muestra mundano y cercano, pero que en sus profundidades oculta los secretos de los ancestros.

¿Qué ves cuando el gato te observa desde las sombras? Tal vez sea el eco de los viejos sabios chinos quienes, al intentar descifrar la naturaleza misma de la existencia, encontraban en los felinos una clave oculta, el eslabón perdido de una sabiduría que aún hoy permanece esquiva y silenciosa.


2

La neblina se había asentado como una alfombra etérea sobre el pequeño pueblo al pie de la montaña. Bajo la tenue luz del amanecer, los tejados de las casas se alzaban como siluetas fantasmas, mientras en las calles dormía un silencio denso, quebrado solo por el leve crujir de la escarcha bajo el peso de los pasos felinos.

Había rumores en el aire. Rumores de siglos que hablaban de una conexión perdida, un vínculo entre humanos y gatos que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Decían que los primeros hombres que llegaron a esas tierras no venían solos. Traían consigo a los felinos, no como simples compañeros, sino como iguales. Los ancianos susurraban que las líneas entre ambos se difuminaban, como si fueran ramas del mismo árbol genealógico que, en algún momento de la historia, se habían desviado, pero no completamente.

Bai Ling había oído toda su vida aquellas viejas historias. Sin embargo, lo que realmente le inquietaba no eran las palabras de los mayores, sino los ojos de su propio gato, Shen. Cada mañana, cuando ella se levantaba y se encontraba con esos ojos amarillos, rasgados y penetrantes, algo en su interior vibraba con una sensación de extraña familiaridad, como si no fuera una simple mirada animal lo que le devolvía la atención, sino algo más antiguo y profundo. Algo que la observaba desde un pasado enterrado.

—Los gatos son los guardianes de nuestro secreto —le había dicho su abuela una vez, sentada junto al fuego, mientras Shen, apenas un cachorro entonces, se enroscaba en su regazo—. Hace mucho tiempo, los primeros que llegaron aquí trajeron consigo una sabiduría oculta, y la sellaron en los ojos de los felinos. Ellos recuerdan lo que nosotros hemos olvidado.

Bai Ling, por supuesto, había reído entonces. ¿Cómo no hacerlo? Eran solo cuentos. Sin embargo, en las semanas recientes, algo había cambiado. Sentía que Shen la seguía de cerca, con una intensidad que nunca antes había percibido. Sus movimientos eran sigilosos, pero sus ojos, siempre esos ojos, parecían esperar algo de ella. Una respuesta, una reacción, como si aguardara el momento preciso para revelar algo que cambiaría la forma en que Bai Ling veía el mundo.

Una noche, incapaz de dormir, salió al patio bajo la luna creciente. Shen estaba allí, como si la hubiera estado esperando. Se detuvo frente a ella, sus ojos amarillos reflejaban la luz lunar, y en ese instante, Bai Ling lo sintió con una claridad inusitada. No había diferencia entre los ojos del gato y los suyos propios. El mismo brillo, la misma forma alargada, como dos espejos enfrentados en los que una sola alma se observaba desde dos cuerpos distintos.

Y entonces recordó.

No era una memoria concreta, sino un torrente de imágenes, sensaciones y sonidos que la asaltaron de golpe. Fragmentos de otro tiempo, de otro cuerpo. Vio a hombres y mujeres caminando al lado de gatos, no como dueños, sino como hermanos. Vio templos levantados en honor a seres felinos que custodiaban secretos ancestrales. Vio cómo, en algún punto de la historia, se había hecho un pacto. Un acuerdo silencioso entre especies, en el que los humanos cedieron una parte de sí mismos, confiando su conocimiento a los gatos, para preservarlo a lo largo de las eras.

Los ojos rasgados de los chinos, los de su pueblo, no eran una simple característica física. Eran una marca, un vestigio de ese antiguo lazo. Una señal de que, en algún lugar profundo de su ser, aún quedaba algo de los felinos con los que una vez caminaron codo a codo. Los gatos, guardianes del misterio, les habían legado esa forma en sus ojos como recordatorio de lo que alguna vez fueron.

Shen la miró, inmóvil, y entonces lo comprendió todo.

El gato no era solo su compañero; era el último eslabón, el guardián del conocimiento perdido, el puente entre lo que los humanos habían sido y lo que podrían volver a ser. Bai Ling dio un paso adelante, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Los ojos de Shen brillaron más intensamente, y en ese destello, ella vio una puerta, una oportunidad. No sabía adónde la llevaría, pero ya no podía ignorarlo.

El eslabón perdido no era un mito. Era real, y vivía entre ellos, oculto en la mirada silenciosa de cada gato que, en su aparente indiferencia, custodiaba un secreto que solo unos pocos se atreverían a desvelar. Y Bai Ling estaba a punto de convertirse en una de ellos.

—¿Te gustaría que exploremos más el trasfondo de este mundo? —Le dijo Shen.


3

El viento acariciaba las hojas secas en el umbral del templo, levantando un susurro que parecía formar palabras inaudibles, como si las piedras mismas quisieran contar su historia. Bai Ling estaba allí, al pie de aquella estructura que había observado durante años sin prestarle atención, sin entender lo que verdaderamente albergaba. Ahora, después de aquella revelación en la noche bajo la luna, el templo ya no era solo un lugar olvidado por el tiempo, sino el epicentro de un conocimiento ancestral, guardado celosamente por los felinos.

Desde niña, le habían advertido que no debía entrar. «Es un lugar sagrado para los gatos», decían las ancianas del pueblo. «Solo ellos saben qué oculta». Y siempre había pensado que eran supersticiones, cuentos para mantener a los curiosos alejados. Pero ahora, Shen la había guiado hasta aquí, caminando a su lado como una sombra constante, y Bai Ling sabía que estaba al borde de algo profundo. Una verdad que su familia, su linaje, había olvidado.

El interior del templo estaba cubierto de musgo, pero el aroma a incienso quemado se mantenía, flotando en el aire como si alguien lo hubiera encendido hacía poco. Los ojos de las estatuas de piedra —gatos tallados con precisión inquietante— la seguían mientras avanzaba por el pasillo central, con Shen caminando a su lado, sus patas felinas haciendo eco en la piedra. En sus manos, Bai Ling sentía un cosquilleo, una especie de energía latente, como si algo dentro de ella despertara al contacto con el lugar.

De repente, Shen se detuvo frente a una gran puerta de madera, oscura por los años, pero con símbolos dorados grabados en su superficie. Bai Ling los reconoció. No por haberlos visto antes, sino por algo más profundo, algo que vibraba en su mente con la misma claridad que las imágenes que había visto en su revelación. Era una lengua antigua, olvidada por los humanos, pero que los gatos habían conservado. Shen levantó una pata y, con un movimiento sorprendentemente humano, tocó uno de los símbolos, activando un mecanismo oculto.

La puerta se abrió lentamente, dejando a la vista una sala circular, iluminada por una luz que parecía emanar de ningún lugar en particular, como si el mismo espacio contuviera su propia energía. En el centro, había un altar de piedra lisa, y sobre él, un pergamino antiguo, flanqueado por dos estatuas de gatos que parecían observarlo con reverencia.

Bai Ling sintió un escalofrío recorrer su espalda. Este era el corazón del misterio. Aquí, en este lugar olvidado, estaba la clave del pacto que los humanos habían sellado con los gatos, y que ahora ella debía descifrar. Shen se sentó a su lado, mirándola con esa misma intensidad de siempre, como si aguardara su siguiente movimiento.

Con manos temblorosas, Bai Ling levantó el pergamino. Al tocarlo, una corriente de imágenes volvió a inundar su mente, pero esta vez eran más vívidas, más claras. Vio a los primeros humanos llegar a aquellas tierras, cansados y heridos, perseguidos por fuerzas que no comprendían. Los gatos, habitantes de aquellos parajes antes de la llegada de los hombres, los habían acogido, no como amos, sino como iguales. Había sido un tiempo de armonía, donde ambas especies compartían sus conocimientos. Los humanos ofrecían su destreza para construir y crear, y los gatos les enseñaban los secretos del alma y del espíritu. A través de los ojos de los felinos, los hombres podían ver más allá de lo tangible, percibir lo invisible.

Pero los hombres, en su sed de poder, comenzaron a desconfiar. Querían más, querían controlar ese conocimiento, dominar lo que los gatos habían compartido libremente. Y así, el pacto se rompió. Los humanos decidieron enterrar la verdad, olvidar su conexión, y los gatos, traicionados, se retiraron a las sombras, llevándose con ellos la clave de todo: el don de ver más allá.

Bai Ling respiraba con dificultad mientras las visiones se sucedían. La traición, el olvido… todo estaba escrito en el pergamino, una advertencia para las generaciones futuras. Pero también había esperanza, una última oportunidad de restaurar el equilibrio perdido. Los gatos, pacientes como siempre, habían estado esperando. Y ahora, a través de ella, la puerta se abría de nuevo.

—Siempre has tenido la llave —murmuró Bai Ling, mirando a Shen, cuyos ojos rasgados brillaban con una sabiduría antigua—. Nosotros somos los olvidados, los ciegos.

Shen ronroneó suavemente, como si aprobara sus palabras. Bai Ling comprendió entonces que el templo no solo guardaba el pasado, sino también el futuro. Era el centro de algo mucho mayor, una red de templos y guardianes felinos dispersos por el mundo, esperando el momento en que la humanidad estuviera lista para recordar. Y ella había sido elegida para iniciar ese proceso.

Al levantar la mirada, los ojos de las estatuas de piedra parecían moverse, observando, vigilando. Los gatos siempre habían estado allí, en las sombras, custodiando lo que los humanos habían olvidado. Bai Ling sabía que debía tomar una decisión. Desvelar el secreto o dejar que el pacto roto siguiera enterrado.

Pero ya no podía dar marcha atrás. Shen se levantó, caminó hasta el altar y con un suave movimiento de su cabeza, la instó a tomar el pergamino. Era su destino.

Con el corazón latiendo con fuerza, Bai Ling lo desplegó completamente. Era el comienzo de un nuevo pacto. Uno que conectaría a los humanos con los felinos una vez más, restaurando el equilibrio entre los dos mundos.

Espejito, espejito, ¿quién es la más…?

Ficción

Esta mañana el espejo me devolvió una sonrisa forzada, oscuras ojeras, ojos con resto de maquillaje y el ya habitual pelo alborotado. El día de ayer no había sido muy… en fin, digamos simplemente sin demasiadas florituras que fue una mierda. Este verano que acababa podría ser calificado como el peor de mi vida, pero lo que yo no sabía es que lo “mejor” sería el final. Me estampé, si, pero no literalmente; ojalá. Todo se vino abajo cual castillo de arena arrastrado por las olas del mar.
Me lavé la cara y volví a mirarme en el espejo, pero este seguía devolviéndome la misma sonrisa tosca. Cerré los ojos y, en contraste con el agua fría que todavía humedecía mi cara, noté dos cálidas lágrimas resbalar por mi piel. Me miré de nuevo en el espejo y vi que este me miraba amablemente. Abrí los ojos y, no, el espejo seguía reflejándome a mí, claro.
Me metí en la bañera y me duché con agua bien caliente, quizá me relajara un poco. Tras sentir el agradable caer de millones de gotitas por mi desnudo cuerpo, salí de la bañera y cuando iba a coger la toalla me miré en el espejo de nuevo, pero este ya no me reflejaba a mí. Empañado, mostraba un mensaje…
…profundo malestar oculta tu mirar…
Rompí en llanto, me quedé acurrucada en una esquina del cuarto de baño, desnuda y mojada en mil lágrimas con olor a avena.

Haiku del corsario

Poesía

Rumor de velas:

élitros traslaticios

de mis bajeles.


El rumor de las velas apenas se distinguía en la vastedad azulina del horizonte. Era un susurro que se confundía con el crepitar de las olas, como si el aire, perezoso y antiguo, soplara con una timidez que no quería ser descubierta. Los bajeles avanzaban sigilosos, deslizándose sobre una superficie inmensa, casi ajena, que parecía más de sueños que de agua.

Sus velas, extendidas como alas translúcidas, respiraban el viento con la delicadeza de un insecto en pleno vuelo. Eran élitros traslaticios, frágiles, sutiles, pero cargados de un poder que sólo conoce quien comprende que, a veces, lo más ligero es lo que más pesa. Los mástiles se erguían hacia el cielo como antenas, queriendo tocar algo más allá de las estrellas, acaso el eco de una vieja llamada, el rastro de una canción olvidada en las profundidades del cosmos.

Los bajeles no llevaban prisa; parecían habitar un tiempo distinto, uno en el que las mareas obedecían a ritmos secretos, a voluntades que no se desvelaban ante el ojo humano. Cada ola que lamía el casco era una caricia lenta, un murmullo entre amantes distantes, resonando en las entrañas de la nave. Las aguas oscuras reflejaban las velas en una danza de sombras, donde el arriba y el abajo se confundían, y lo tangible se disolvía en lo irreal.

Quizá navegaban hacia ninguna parte o tal vez hacia el mismo corazón del silencio. Pero eso no importaba, porque esos bajeles eran más que madera y cuerda; eran promesas encarnadas, vehículos de una travesía que no terminaba en la geografía física, sino en los pliegues del alma.

Cada movimiento, cada hálito de viento que se filtraba por las velas, dibujaba mapas invisibles, trazaba rutas sobre el aire, y en ese trayecto suspendido se cifraba un misterio. ¿Era el viaje lo que importaba o el rumor constante de esas velas, que seguían cantando una canción de libertad y destino? Los bajeles seguían, aunque nadie supiera si alguna vez alcanzarían el puerto que anhelaban.

El viento, cómplice eterno de las almas libres, susurraba con una cadencia diferente sobre aquellas velas translúcidas. En ese rumor, resonaba un eco lejano, un canto olvidado que, entre el vaivén de las olas y la vasta soledad del océano, aún vibraba en la memoria de los navegantes. Era la Canción del pirata, esa misma que proclamaba con audacia que el mar es la única patria posible, el único imperio donde la libertad se extiende sin cadenas.

Y sin embargo, estos bajeles no llevaban banderas ondeantes ni corazones ardiendo con la furia de una tempestad. Su viaje, si bien también desafiaba al destino y a los reinos de los hombres, no se forjaba en la rebelión del acero ni en el desprecio de las leyes terrenales. Aquí no había puertos que conquistar ni navíos que saquear. La libertad que perseguían estos barcos era otra, una más sutil, más profunda, y tal vez, más solitaria.

La Canción del pirata clamaba la soberanía del océano como la última frontera, donde la voluntad del hombre no era más que espuma arrastrada por la marea. Pero en estos bajeles de élitros, la libertad no era una exclamación altiva, sino un susurro íntimo. La inmensidad del mar, que para el pirata era el vasto reino sobre el que reinaba, para estos viajeros era el espejo insondable donde buscarse a sí mismos, una travesía hacia lo invisible, hacia aquello que no podía medirse ni con brújulas ni con astrolabios.

En el canto del pirata, las olas eran amigas fieles, aliadas de su desafío a todo poder humano; pero para estos bajeles, las aguas eran el lenguaje secreto del alma. No navegaban en busca de tesoros terrenales, ni de conquistas materiales. Lo que ansiaban era la revelación de un misterio más antiguo que cualquier corona: la esencia misma de la libertad, esa que no grita «Soy rey del mar», sino que susurra «Soy libre en lo desconocido».

Y aunque la Canción del pirata proclamaba la libertad con violencia, estos bajeles la buscaban en el silencio. No había cielo ni infierno que los limitara, pues su viaje trascendía la misma idea de límites. Eran naves etéreas, fantasmas de antiguos sueños, moviéndose entre las aguas como si navegaran sobre el tejido del tiempo, llevando consigo la verdad oculta de que, a veces, el mayor acto de libertad es simplemente dejarse llevar, sin nombre ni destino, en el vasto e interminable océano de lo posible.

Quizás en el fondo, tanto el pirata de Espronceda como estos silenciosos viajeros compartían una misma certeza: que la única patria auténtica es la que habita en lo indómito, en lo inexplorado. Y aunque las formas fueran distintas —el canto rebelde de uno y el murmullo introspectivo de los otros— ambos seguían siendo hijos del mar, buscando su propia verdad en la infinitud del universo y en los insondables océanos.

Agua inferior y superior

Ficción

En el vasto silencio de la eternidad, comprendí que el dios que me hizo inmortal no era más que un bromista cósmico, empeñado en ahogar mi esencia en el océano del aburrimiento. Pero su chiste me reveló un secreto: si el tedio era su castigo, la creación sería mi salvación.

Así que, armado con el poder que solo la inmortalidad concede, decidí imitar a mi creador, pero no en su omnipotencia, sino en su arte. Me propuse diseñar un universo propio, uno que se desplegara ante mí como un tapiz interminable, donde cada hilo, cada color, cada figura, fuera fruto de mi imaginación desbordada. Separen las aguas, ordené, y lo que fue un único mar se dividió en corrientes de fantasía y realidad, en mares profundos y etéreos, donde criaturas imposibles nadaban en la frontera entre lo tangible y lo soñado.

El primer día imaginé a los dragones. Pero no me conformé con uno solo, no. Les di todas las formas, desde los colosos que emergen de la lava hasta los serpenteantes espectros de niebla que custodian los límites de la conciencia. Cada dragón llevaba en sus escamas el reflejo de una emoción olvidada, de un sueño roto, y su aliento ardía con la furia de todos los dioses que jamás existieron.

El segundo día, tomé las letras del universo y las mezclé hasta que cada combinación posible formara palabras, y esas palabras, libros. Mi mundo rebosaba de bibliotecas infinitas, donde se escribían las historias que nunca se contarían, donde cada página era un espejo de mi mente, reflejando las sombras y las luces que habitaban mi alma eterna.

El tercer día, fui a las profundidades del océano y convencí a Neptuno de que, más allá de su poder, existían millones de diosecillos, pequeños y caprichosos, que controlaban las mareas de mundos diminutos. Cada uno de esos dioses, que sólo yo conocía, gobernaba un reino de detalles infinitesimales, donde la arena no era arena, sino tiempo, y donde cada grano era un segundo de eternidad que se escurría por mis dedos.

Finalmente, tomé el cielo como lienzo y recreé en las nubes los universos que soñaba, figuras que se desvanecían y renacían con cada soplo de viento, eternamente en movimiento, eternamente cambiantes. Dibujé galaxias que giraban en torno a un sol inexistente, estrellas que se apagaban solo para renacer en constelaciones nunca vistas. Y mientras lo hacía, sentí la chispa de lo divino en mi interior, no como un dios distante, sino como un creador obsesivo, que, sabiendo que su obra nunca terminará, se deleita en la certeza de su inmortalidad.

Porque en ese acto de creación infinita, entendí que había burlado al destino. No moriré, no porque no pueda, sino porque mientras haya un universo por imaginar, un dragón por reinventar, un libro por escribir, mi alma seguirá tejiendo la trama de su propia eternidad. Y en ese hilo interminable, encontré la única verdad que el dios olvidó: la vida no se mide en años, sino en mundos creados. Y yo, en mi rebelión creativa, viviré para siempre.

Dios quería matarme de aburrimiento haciéndome inmortal. Pero yo le imité en todo, pues siendo él mismo inmortal de alguna forma debía vencer el tedio de los siglos. Y dí con la clave: había que crear el mundo —mi propio mundo— para no caer en su trampa mortal. Separé las aguas en submundos inferiores y superiores; imaginé todas las posibles versiones de un dragón; combine todas las letras hasta escribir todos los libros; convencí a Neptuno de su existencia en infinitos diosecillos; y he recreado en las nubes todos los universos y figuras. Se con seguridad que nunca acabaré mi obra y por tanto que nunca moriré.