El regreso

Ficción

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, pensaba Flegreo mientras observaba la danza caprichosa del polvo en el aire, cada partícula atrapada en un rayo de sol que se filtraba tímidamente por la ventana. La casa, con sus paredes gastadas y suelos de madera que crujían bajo el peso de los recuerdos, parecía resonar con sus pensamientos.

El murmullo de las voces pasadas susurraba en cada rincón, un coro de fantasmas familiares que se mezclaba con el zumbido lejano de la ciudad, esa urbe insaciable que devoraba sueños y esperanzas con la misma voracidad con la que el mar engulle las huellas en la arena.

Flegreo sentía el peso de los años, como si cada paso dado hubiese sido una vuelta más en una espiral infinita, una cinta de Moebius de experiencias y desencantos. Volvía a esa morada materna, no como el hijo pródigo que regresa en busca de redención, sino como un náufrago que se deja llevar por la corriente hacia la seguridad de una orilla conocida, aunque esta se revele inhóspita y ajena.

Los muebles, testigos mudos de infinidad de momentos íntimos y banales, parecían querer confesarle sus secretos, aunque él ya los conociera todos. Las fotos amarillentas en las paredes narraban historias de rostros conocidos, ahora desdibujados por la distancia del tiempo. Los rostros sonrientes en esas imágenes, antaño llenos de vida, se le antojaban máscaras de un teatro olvidado, donde él mismo había representado su papel con mayor o menor éxito.

En el corazón de aquella casa, la cocina permanecía inmutable, como un santuario. El aroma a café recién hecho y a pan horneado aún flotaba en el aire, un eco de tiempos más simples, cuando los problemas parecían resolverse con una caricia o un consejo sabio. Flegreo recordaba las manos de su madre, siempre ocupadas, siempre cálidas, capaces de transformar la harina y el agua en manjares que nutrían tanto el cuerpo como el alma.

Sentado en la mesa desgastada, donde tantas veces se habían discutido las alegrías y las penas de la vida, Flegreo se dejó llevar por una corriente de pensamientos y sensaciones. El murmullo del presente se entrelazaba con los susurros del pasado, y en ese vaivén, comprendió que regresar no era un acto de cobardía, sino un intento desesperado por hallar en el útero conocido un refugio contra el caos del mundo exterior.

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, y sin embargo, en esa aparente regresión, Flegreo vislumbró una verdad profunda: en la raíz de todas las cosas, en el origen de todo, residía una fuerza poderosa y eterna, una matriz de amor y pertenencia que, aunque distante, nunca había dejado de palpitar dentro de él.

El cementerio estaba vacío, y Flegreo se sentía como un espectro errante en ese mar de lápidas y cipreses. El viento susurraba entre las ramas, acariciando suavemente las tumbas con un murmullo melancólico, como si tratara de consolar a los muertos en su eterno reposo. Caminaba despacio, sus pasos resonando con un eco hueco sobre el sendero de grava, cada crujido una nota en la sinfonía de soledad que componía aquel lugar.

Las estatuas de mármol, guardianas silenciosas de los secretos más íntimos, observaban con sus ojos inertes y vacíos. Ángeles con alas extendidas, rostros tallados en expresiones de piedad eterna, testigos mudos del paso del tiempo y del olvido. Flegreo pensaba en las vidas que habían llegado a su fin, cada una una historia, un universo en sí mismo, ahora reducido a un nombre y unas fechas grabadas en piedra fría.

El aire estaba impregnado de un olor a tierra húmeda y flores marchitas, un aroma que le evocaba recuerdos de funerales pasados, de lágrimas derramadas y palabras susurradas en medio de la tristeza. El cielo, encapotado y gris, parecía compartir su luto, como una gran bóveda que reflejaba la pena del mundo. En ese manto grisáceo, las nubes se movían lentas, arrastrando con ellas las esperanzas y los sueños que alguna vez flotaron libres.

Se detuvo ante una tumba sin nombre, cubierta de musgo y enredaderas, una tumba olvidada por todos menos por el tiempo, que con paciencia infinita la reclamaba para sí. Flegreo se inclinó, dejando que sus dedos rozaran la piedra áspera, sintiendo en su piel la fría indiferencia de la muerte. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos fluyeran libremente, como un río desbordado por una tormenta interna.

Recordaba los días de su juventud, cuando la vida parecía eterna y la muerte una sombra lejana. Las risas compartidas, los amores fugaces, las promesas hechas bajo cielos estrellados. Pero el tiempo, implacable y voraz, había devorado esas ilusiones, dejando tras de sí un rastro de cicatrices y ausencias. Flegreo entendía ahora que el cementerio no era solo un lugar de descanso para los cuerpos, sino un espejo en el que se reflejaban las pérdidas de su propia alma.

El viento arremolinó las hojas caídas a sus pies, y en ese remolino vio la danza de los recuerdos, cada hoja un fragmento de su vida, un eco de lo que fue y ya no es. Se sintió parte de esa naturaleza cíclica, un ser efímero en medio de la perpetuidad de la tierra y el cielo. En la soledad de aquel cementerio vacío, Flegreo encontró una extraña paz, una aceptación de su propia finitud y de la eternidad del universo.

El cementerio estaba vacío, y en esa vacuidad, Flegreo se descubrió a sí mismo, no como un ser separado de todo lo demás, sino como una nota en la sinfonía eterna de la existencia. La muerte, pensó, no era el fin, sino una transición, un retorno al vientre primordial del que todos surgimos y al que todos, inevitablemente, regresamos.

Deposité las flores sobre la tumba, con la delicadeza de quien ofrece un tributo sagrado, una comunión silenciosa entre lo efímero y lo eterno. Las flores, recién cortadas, desprendían un aroma dulce y melancólico que se mezclaba con el aire frío del atardecer. Sus colores vibrantes, rojos intensos y amarillos soleados, parecían desafiar la penumbra que comenzaba a envolver el cementerio, como pequeños faros de vida en un mar de mármol y sombras.

La tumba, con su lápida desgastada y sus inscripciones casi ilegibles, se erguía ante mí como un recordatorio implacable del paso del tiempo. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, no de miedo, sino de una profunda reverencia ante la fragilidad de la existencia. En ese espacio consagrado, donde el silencio se tornaba casi palpable, me parecía escuchar el murmullo de voces lejanas, ecos de vidas pasadas que aún resonaban en la memoria del mundo.

Me arrodillé frente a la tumba, sintiendo la humedad de la tierra penetrar en mis rodillas, un contacto crudo y real que me anclaba al presente. Cerré los ojos y dejé que mis pensamientos vagaran libremente, como hojas llevadas por el viento. Recordé sus ojos, esos ojos que alguna vez me miraron con ternura y comprensión, que ahora estaban cerrados para siempre, dejando tras de sí un vacío insondable.

Las palabras, tantas veces inútiles, parecían aún más fútiles en ese momento. Sin embargo, en la intimidad de mi mente, pronuncié un silencioso adiós, una plegaria muda cargada de amor y tristeza. Cada flor depositada era un gesto de despedida, un intento desesperado de mantener viva una conexión que trascendía la barrera de la muerte.

El crepúsculo avanzaba, tiñendo el cielo de tonos púrpura y dorado, como una pintura sublime que marcaba el final de un día y el comienzo de la noche. Las sombras se alargaban, abrazando las tumbas en un manto de penumbra, mientras el viento susurraba entre los árboles, su canto un lamento y una promesa a la vez.

En el recogimiento de aquel lugar, comprendí que la muerte no era un final abrupto, sino un pasaje hacia otra forma de existencia, un retorno al vasto océano de donde todos provenimos. Las flores sobre la tumba, efímeras en su belleza, eran un símbolo de esa transición, un puente entre lo tangible y lo inefable.

Me levanté con un suspiro, sintiendo el peso de la despedida en mis hombros, pero también una extraña ligereza, una paz nacida de la aceptación. Mientras me alejaba, volví la vista una última vez hacia la tumba. Las flores brillaban en la penumbra, una ofrenda silenciosa que hablaba de amor, pérdida y esperanza en la perpetuidad de la memoria.

Deposité las flores sobre la tumba, y en ese gesto simple y profundo, dejé una parte de mi corazón, sabiendo que, aunque los cuerpos perecen, el amor perdura, latente en cada rincón del alma, en cada soplo de viento que acaricia las flores y las lleva a danzar en un abrazo eterno con el universo.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y me recibió el silencio como un viejo amigo que aguardaba pacientemente mi retorno. Las calles, una vez animadas con el ir y venir de los aldeanos, ahora yacían desiertas, bañadas por una luz tenue que el sol de la tarde derramaba con parsimonia. Los muros de las casas, encalados y adornados con geranios marchitos, parecían testigos mudos de un tiempo que se había detenido, congelado en un instante de perpetua espera.

Caminé despacio, dejando que mis pasos resonaran en el empedrado, un eco solitario que reverberaba en la quietud. Cada esquina, cada rincón de aquella aldea, evocaba recuerdos de días llenos de vida y risas. Recordé las fiestas que iluminaban las noches de verano, con farolillos colgando de los árboles y música que se mezclaba con las voces alegres de la gente. Ahora, todo parecía un sueño lejano, un susurro de tiempos mejores que se desvanecía en el aire.

Las ventanas cerradas y las puertas entornadas me miraban con ojos vacíos, como si la aldea misma hubiera perdido su alma. Sentí un nudo en la garganta al pasar frente a la plaza principal, donde antes los niños jugaban y los ancianos se sentaban a contar historias. La fuente en el centro, que antaño burbujeaba con agua fresca, estaba seca, y su estructura de piedra estaba cubierta de musgo, una reliquia de una vitalidad extinguida.

El viento, que solía llevar consigo el aroma del pan recién horneado y el canto de los pájaros, soplaba ahora con un susurro sordo, arrastrando consigo hojas secas y polvo. Me acerqué a la iglesia, cuyas campanas habían dejado de sonar, y entré en su interior fresco y sombrío. La luz se filtraba a través de los vitrales, proyectando sombras coloridas en las paredes desnudas. En el altar, una vela solitaria parpadeaba, su llama temblorosa un reflejo de la esperanza que aún latía, aunque débilmente, en el corazón de la aldea.

Me senté en un banco, dejando que el silencio y la penumbra me envolvieran. Mis pensamientos se agolparon, recordando los rostros de aquellos que habían sido mis compañeros de juegos, mis amigos, mi familia. La aldea, con su quietud desoladora, me hablaba de ausencias, de partidas sin retorno, de un ciclo inevitable de vida y muerte que se repetía una y otra vez.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y en ese retorno encontré un espejo de mi propia existencia. La vida, como la aldea, tiene sus momentos de esplendor y sus épocas de recogimiento, de silencios cargados de significado. Mientras me levantaba para salir, comprendí que la aldea no estaba muerta, solo dormía, esperando el regreso de la vida, de las risas, del bullicio que algún día, quizás, volvería a llenar sus calles y sus plazas.

Y así, con una mezcla de melancolía y esperanza, dejé la iglesia y retomé mi camino, sintiendo que, aunque la aldea estuviera en silencio, su espíritu permanecía intacto, aguardando el día en que despertaría una vez más al son de la vida.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pensaba Flegreo mientras observaba el lento fluir del arroyo, cuyas aguas cristalinas reflejaban los cielos cambiantes y las sombras alargadas de los árboles. La vida, en su incesante movimiento, era un vaivén de cicatrices y sanaciones, un tejido de experiencias que se entrelazaban en un ciclo perpetuo de dolor y curación.

Flegreo se sentó junto a la orilla, dejando que el sonido del agua le brindara un consuelo sutil. Miró sus manos, marcadas por el tiempo y las labores, y en cada arruga vio un recuerdo, un testimonio de los desafíos enfrentados y las alegrías vividas. En la quietud del momento, su mente se remontó a esos días donde el dolor parecía insoportable, y la esperanza una luz distante.

Recordó la pérdida de seres queridos, aquellos momentos en que el corazón parecía romperse en mil pedazos, y la oscuridad lo envolvía todo. Pero también recordó cómo, con el paso de los días, la herida abierta empezaba a cerrarse, lenta pero inexorablemente, dejando una cicatriz que, aunque visible, se convertía en un símbolo de resistencia. Cada despedida, cada adiós doloroso, había dejado una marca indeleble, un aprendizaje.

En su juventud, las heridas parecían más profundas, las pérdidas más intensas, como si cada fracaso, cada desilusión, fuera una herida abierta en el alma. Pero con el tiempo, Flegreo había aprendido que las cicatrices eran signos de fortaleza, recordatorios de su capacidad para sanar y seguir adelante. Entendió que el dolor era parte intrínseca del vivir, un maestro cruel pero necesario que enseñaba a valorar los momentos de paz y felicidad.

Mientras contemplaba el movimiento constante del arroyo, Flegreo reflexionó sobre las heridas del presente, aquellas que aún supuraban y dolían. Pensó en las palabras no dichas, en los rencores no resueltos, en las oportunidades perdidas. Sabía que, con el tiempo, estas también sanarían, aunque el proceso fuera arduo y lento. Cada día traía consigo una nueva herida, pero también una nueva oportunidad de curación, un nuevo comienzo en el ciclo interminable de la vida.

El cielo comenzó a teñirse de colores cálidos con la llegada del crepúsculo, y las sombras se alargaron, envolviendo el paisaje en una suave penumbra. Flegreo se levantó, sintiendo una calma renovada, una aceptación de la dualidad de la existencia. Las heridas, comprendió, eran inevitables, pero también lo era la capacidad de sanarlas. En cada cicatriz veía una historia, una prueba superada, un paso más en su viaje hacia la sabiduría.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pero en ese continuo fluir, en ese balance entre el dolor y la curación, Flegreo encontró una profunda belleza. La vida, con todas sus cicatrices y sanaciones, era un proceso de transformación constante, una danza entre la fragilidad y la fortaleza. Y en esa danza, Flegreo se descubrió más humano, más completo, aceptando tanto el sufrimiento como la alegría como partes esenciales de su ser.

Con una sonrisa serena, Flegreo se adentró en la penumbra de la noche, llevando consigo la sabiduría de las cicatrices y la esperanza de las sanaciones futuras, listo para enfrentar el siguiente amanecer con el coraje de quien ha aprendido a vivir plenamente, a pesar de, y gracias a, cada herida.

O quizás solo era uEl eco de un ladrido reverbera entre las colinas rocosas como si la caliginosa niebla lo tuviera atrapado, prisionero de su espesura etérea. Flegreo se detiene un instante, aguzando el oído, tratando de discernir la dirección de ese sonido solitario que rompe el silencio de la noche. La aldea duerme, sumida en un sopor tranquilo, pero el ladrido parece vibrar con una urgencia primitiva, una llamada desde lo profundo de las entrañas de la tierra.

La niebla, densa y pesada, envuelve todo a su paso, difuminando los contornos y creando formas espectrales que se mueven al compás del viento. Las colinas, normalmente claras y definidas, se transforman en fantasmas de sí mismas, sus perfiles apenas visibles a través del velo blanquecino. El ladrido resuena de nuevo, más cercano esta vez, y Flegreo siente un escalofrío recorrer su espalda, no de miedo, sino de una extraña anticipación, como si el ladrido fuera un presagio, un mensaje cifrado en el lenguaje de la naturaleza.

Avanza con paso firme, siguiendo el rastro del sonido, sus botas resonando sobre el suelo pedregoso. El eco parece guiarlo, llamándolo hacia un destino incierto pero inevitable. La niebla se agita a su alrededor, como si tuviera vida propia, acariciando su rostro con dedos fríos y húmedos. En su mente, se desatan pensamientos que se mezclan con los recuerdos, formando un torrente de imágenes y emociones que lo envuelven en una corriente incesante.

El ladrido se hace más insistente, casi desesperado, y Flegreo siente que el corazón le late con más fuerza, como si cada palpitar fuera un martilleo en el silencio espectral de la noche. Los árboles, apenas visibles en la penumbra, parecen inclinarse hacia él, sus ramas extendidas como manos que buscan un sueño, una fantasía tejida por la mente enredada en recuerdos y añoranzas.

Finalmente, llega a un claro entre las colinas, donde la niebla se dispersa ligeramente, revelando un paisaje de rocas y arbustos que parecen surgir de la tierra como figuras petrificadas en un gesto de asombro. El ladrido suena una vez más, fuerte y claro, y Flegreo ve, en el centro del claro, una silueta borrosa que se mueve inquieta entre las sombras.

Se acerca con cautela, sus pasos amortiguados por la vegetación húmeda. Al llegar más cerca, distingue la figura de un perro, de pelaje oscuro y ojos brillantes que reflejan la luz tenue de la luna oculta tras las nubes. El animal lo mira con una mezcla de temor y esperanza, como si su presencia fuera tanto una amenaza como una salvación.

Flegreo se agacha lentamente, extendiendo una mano en un gesto de paz. El perro, después de un momento de duda, se acerca con cautela, oliendo el aire entre ellos. Su cuerpo tiembla ligeramente, y Flegreo puede sentir la tensión en cada músculo del animal. Murmura palabras suaves, casi sin sentido, solo sonidos tranquilos para calmarlo. Lentamente, el perro se relaja, acercándose lo suficiente para que Flegreo pueda acariciarle el lomo.

El ladrido, ahora convertido en un suave gemido, parece desvanecerse en la quietud de la noche. Flegreo siente una conexión profunda con el animal, una comprensión mutua nacida de la soledad compartida. Mira alrededor, tratando de entender por qué el perro estaba allí, solo y perdido en la niebla. Pero el paisaje no ofrece respuestas, solo el eco distante de la naturaleza que se mezcla con el murmullo del viento.

Flegreo decide que no puede dejar al perro allí, abandonado a su suerte. Se levanta despacio, y el animal lo sigue de cerca, sus pasos sincronizados en una marcha silenciosa hacia la aldea. La niebla, como si comprendiera la resolución de Flegreo, empieza a disiparse, revelando el camino de regreso con una claridad creciente.

Mientras caminan, Flegreo siente que no solo ha encontrado al perro, sino también una parte de sí mismo que había estado perdida en la bruma de sus pensamientos y recuerdos. Cada paso parece borrar una herida, cerrar una cicatriz, y en la compañía del animal encuentra un reflejo de su propia búsqueda, de su necesidad de conexión y comprensión.

Llegan a la aldea cuando las primeras luces del amanecer comienzan a teñir el horizonte de tonos rosados y dorados. El silencio de la noche se rompe con los primeros cantos de los pájaros y el susurro de la vida que despierta. Flegreo y el perro se detienen en la plaza central, donde la fuente, ahora visible en toda su claridad, parece brillar con una luz renovada.

Flegreo se sienta en un banco, y el perro se acurruca a su lado, sus ojos cerrándose en un descanso merecido. Observa el cielo cambiar de color, y en ese momento de transición, comprende que cada día trae consigo nuevas heridas y nuevas sanaciones, pero también oportunidades para encontrar paz y propósito en los lugares más inesperados.

El eco del ladrido se desvanece en su memoria, reemplazado por el susurro tranquilo de la aldea que despierta. En la compañía silenciosa de su nuevo amigo, Flegreo encuentra una serenidad que había estado buscando, un recordatorio de que, incluso en la soledad y la niebla, siempre hay luz y compañía esperando ser descubiertas.

Mientras avanzaba por los caminos empedrados de la aldea, las imágenes se desvanecían como neblina matinal al toque del sol. La realidad y la ilusión se entrelazaban, creando un tapiz de sensaciones que oscurecían la frontera entre lo vivido y lo imaginado.

Cada piedra del camino, cada rincón polvoriento, me hablaba con la familiaridad de lo conocido y la extrañeza de lo olvidado. Me pregunté si alguna vez había realmente existido ese bullicio, esa alegría palpable que ahora parecía tan distante. Los ecos de risas y canciones podían ser recuerdos de tiempos pasados o simplemente creaciones de una mente hambrienta de consuelo y compañía.

La luz del atardecer se extendía perezosamente sobre las casas, alargando las sombras en una danza lenta y melancólica. Miré a mi alrededor, buscando signos de vida, pero todo permanecía inmutable, como un escenario abandonado tras el final de una obra. La aldea, en su soledad, parecía un reflejo de mi propio estado interior, un paisaje desierto de emociones y conexiones.

Me detuve frente a una antigua casa, sus ventanas oscurecidas y su puerta entreabierta. Recordé haber jugado en su jardín, corriendo tras las mariposas en tardes soleadas. Pero ahora, esa imagen parecía tan lejana, casi irreal, como si perteneciera a otra vida, a otro yo. Entré en la casa, mis pasos resonando en las habitaciones vacías. Las paredes, cubiertas de polvo, guardaban los susurros de conversaciones olvidadas, de momentos íntimos que se desvanecieron con el tiempo.

Subí las escaleras crujientes, cada peldaño un lamento de madera envejecida. Llegué a una habitación con una ventana rota, donde el viento soplaba suavemente, moviendo las cortinas con un murmullo tenue. Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera, hacia la aldea sumida en su silenciosa vigilia. Me pregunté si realmente alguna vez había dejado este lugar o si siempre había estado aquí, prisionero de mis propias memorias.

O quizás solo era un sueño, un espejismo creado por una mente fatigada de buscar sentido en la vastedad de la existencia. Tal vez, en el fondo, sabía que la aldea no era más que un símbolo, una representación de mis anhelos y temores, un lugar donde el pasado y el presente se fundían en una amalgama de realidad y fantasía.

Sentí una paz extraña, una aceptación serena de la incertidumbre. Salí de la casa y volví a caminar por las calles, dejando que el silencio me acompañara. Cada paso era un retorno a mí mismo, una exploración de los rincones más profundos de mi ser. La aldea, con su quietud y su misterio, me enseñaba que a veces, lo real y lo soñado se entrelazan de tal manera que es imposible distinguir uno del otro.

O quizás solo era un sueño, pero en ese sueño encontré respuestas que la vigilia me había negado, una comprensión de que la vida, con todas sus incertidumbres y dualidades, es un viaje continuo entre lo tangible y lo intangible, entre lo que es y lo que podría ser. Y así, seguí caminando, abrazando la dualidad, dejando que el sueño y la realidad se fusionaran en un todo armonioso, en el cual encontrar mi propio sentido y mi propio lugar.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» – «Cambian de cielo, no de alma, aquellos que cruzan el mar.» Estas palabras de Horacio resonaban en la mente de Flegreo mientras caminaba por las calles desiertas de la aldea, envuelto en una neblina de recuerdos y melancolía. Se preguntaba si todo el esfuerzo de su viaje había sido en vano, si al regresar a este lugar, que una vez fue hogar, había encontrado algo más que un reflejo de su propia inquietud.

El cielo sobre la aldea se teñía de un azul profundo, salpicado de nubes que parecían carneros vagando en un prado celeste. A pesar del cambio de escenario, la inquietud persistía en su corazón, una constante que no se disipaba con la distancia ni con el paso del tiempo. Los paisajes que había visto, las gentes que había conocido, todo se fundía en una amalgama de experiencias que, aunque enriquecedoras, no lograban apaciguar el torbellino interno que lo había impulsado a partir.

Se detuvo frente a la fuente en la plaza central, cuya agua cristalina reflejaba su rostro con una precisión inquietante. En sus ojos vio las huellas de las jornadas pasadas, de las esperanzas y los desengaños que habían jalonado su camino. Recordó las palabras de Horacio y comprendió que el viaje no había cambiado su esencia, sino que había revelado con más claridad las verdades que llevaba consigo, ocultas bajo capas de ilusión y deseo.

Las flores silvestres que crecían alrededor de la fuente, en tonos de violeta y amarillo, parecían susurrar sus propios secretos al viento. Flegreo se inclinó y recogió una, sintiendo el delicado tacto de los pétalos entre sus dedos. Pensó en cómo esas flores, arraigadas en la misma tierra, florecían cada año con una belleza renovada, sin necesidad de buscar nuevos horizontes. Quizás, reflexionó, la verdadera transformación no estaba en el cambio de lugar, sino en la capacidad de ver con nuevos ojos el lugar de siempre.

Las casas encaladas, las callejuelas serpenteantes, el murmullo del arroyo cercano: todo adquiría un matiz diferente bajo su nueva perspectiva. En cada piedra del camino, en cada rincón del paisaje, encontraba fragmentos de su propia historia, trozos de un puzzle que finalmente empezaban a encajar. La aldea, que antes le parecía un lugar de partida, se revelaba ahora como un símbolo de la constancia, de la inalterabilidad del alma frente a los avatares del mundo.

Flegreo se dirigió al mirador, desde donde podía contemplar el valle extendiéndose hasta el horizonte. El sol poniente bañaba la escena en tonos dorados, y las sombras se alargaban como si quisieran abrazar todo a su paso. Allí, en la quietud del crepúsculo, sintió una paz profunda, una reconciliación con su propio ser. Entendió que no importaba cuán lejos viajara, siempre llevaría consigo su esencia, su alma inmutable que, como un faro, lo guiaba a través de las tormentas y las calmas.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» Las palabras de Horacio se desvanecieron suavemente, dejando en su lugar una certeza renovada: el cielo puede cambiar, pero el alma permanece fiel a sí misma. Y en esa fidelidad, en esa aceptación serena de su propia naturaleza, Flegreo encontró finalmente el sosiego que había buscado a lo largo de su travesía.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, como si cada momento, cada emoción y cada rostro amado se desplegara ante sus ojos en un tapiz de recuerdos que lo envolvía en su calidez. Flegreo sintió cómo el peso de los años, las penas acumuladas y las alegrías efímeras se deslizaban suavemente de sus hombros, dejándolo libre, ligero como una pluma en la brisa vespertina.

El sol se deslizaba lentamente tras las colinas, pintando el cielo con tonos de oro y púrpura, un espectáculo de despedida que parecía hecho para él. La aldea, con su silencio sagrado, se convertía en un santuario donde su espíritu podía finalmente encontrar reposo. Los árboles susurraban una melodía ancestral, y el arroyo cercano cantaba con una voz serena, acompañándolo en su último viaje.

En su mente, las imágenes fluían con una claridad sorprendente. Vio su niñez, corriendo descalzo por los campos verdes, sintiendo la hierba fresca bajo sus pies y el sol cálido sobre su piel. Escuchó las risas de sus amigos, las voces de sus padres, y sintió de nuevo el abrazo reconfortante de su madre, un refugio de amor incondicional. Cada sonrisa, cada lágrima, se desvelaba en un mosaico perfecto, un reflejo de la belleza y la fragilidad de la vida.

Revivió los primeros amores, esos amores jóvenes y ardientes que parecían capaces de conquistar el mundo. Recordó las cartas perfumadas, los paseos bajo la luna y las promesas susurradas al oído. Sintió de nuevo la intensidad de esos momentos, la chispa de la pasión y la dulzura de la entrega. Luego, los años de madurez, las decisiones difíciles, las responsabilidades asumidas. Cada triunfo y cada derrota, cada alegría y cada dolor, formaban parte de la compleja sinfonía de su existencia.

Los rostros de aquellos que habían compartido su camino aparecieron ante él, uno por uno, como estrellas en la noche. Amigos leales, amores perdidos, hijos que habían crecido y seguido sus propios senderos. Flegreo comprendió que su vida había sido un entramado de conexiones, de vínculos tejidos con hilos invisibles pero irrompibles, que lo habían sostenido y dado forma a su ser.

Finalmente, sintió el abrazo de la aldea, ese lugar que había sido su punto de partida y ahora se revelaba como su destino final. Las flores silvestres, el sonido del viento, el murmullo del arroyo: todo conspiraba para envolverlo en una paz profunda, una armonía que trascendía el tiempo y el espacio. Supo, en lo más hondo de su ser, que había llegado a casa.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, aceptando cada fragmento con gratitud y amor. En ese momento de quietud absoluta, de completa entrega, comprendió la esencia de su existencia: un viaje lleno de significado, de aprendizajes y de amor. Con una sonrisa serena, cerró los ojos, dejando que su espíritu se fundiera con el universo, libre y eterno, como un susurro de viento en la vastedad del cielo estrellado.

Pegaso pescando en la luna

Poesía

Canto I

En las noches de plata, donde el cielo susurra,
vuela Pegaso errante, con su alada figura.
Allí donde la luna, en su espejo resplandece,
busca el corcel divino, la pesca que florece.

Aleteo celeste, entre estrellas se mece,
bajo el manto nocturno, su silueta perece.
Sus cascos son de estrellas, sus crines de cometas,
y en su ojo brilla el fuego de cien lunas repletas.

Con un hilo de plata, del astro desprendido,
lanza Pegaso al agua, en vuelo detenido.
En la calma serena, del lago lunar,
espera el pescador con paciencia ejemplar.

En la hondura silente, donde el sueño se gesta,
surge un pez de luz pura, del alma la fiesta.
Atrapa con destreza, el corcel celestial,
y reluce en sus ojos, un brillo inmortal.

Regresa a las alturas, donde el viento es su amigo,
y con su presa luminosa, se convierte en abrigo.
Pegaso y la luna, en un lazo divino,
cantan historias de estrellas, en un eco fino.

Así en el cielo eterno, donde todo es posible,
la pesca de Pegaso, es un sueño insensible.
Un susurro de magia, un fulgor sideral,
un cuento de la noche, un poema inmortal.

Canto II

En la vastedad de la noche, Pegaso vuela en silencio,
hacia la luna plateada, espejo de sueños y anhelos.
Con sus alas de plata, albatrado de tiempos antiguos,
surca los cielos oscuros, en busca de estrellas fugaces.

Allí, en la cúspide fría, donde la luz se refleja,
ve el centauro alado el lago, brillante y sereno.
La luna, como un espejo, devuelve su imagen divina,
y en sus aguas etéreas, se hunden sus pezuñas de nieve.

Con un anhelo profundo, Pegaso desciende despacio,
sus alas se pliegan suaves, cual pájaro en trance de vuelo.
Cae una pluma dorada, en la superficie plateada,
y con gracia inefable, se posa, flotando en la calma.

Sus ojos, luceros de noche, buscan en el agua estelar,
los peces de plata y sombra, que nadan en mares de luna.
Con un gesto elegante, su cola se convierte en hilo,
y en la punta, un anzuelo hecho de polvo de estrellas.

Paciencia de siglos en él, espera sin tiempo ni prisa,
mientras el universo danza, en torno a su ser celestial.
De pronto, un tirón ligero, rompe la quietud de las aguas,
y un pez de luna emerge, brillando en su captura escuálida.

Pegaso sonríe en la noche, victoria de dioses alados,
ha pescado en la luna, tesoro de plata y deseo.
Con su presa brillante, se eleva de nuevo en el cielo,
dejando detrás un rastro, de sueños y luces perpetuas.

Amor onírico

Poesía

Volveré a la laguna donde nadan las muchachas,
donde la luna arrastra su dolor en cada onda,
y el viento murmura lamentos de tiempo en ruinas,
con su lengua de polvo y sus estrellas mustias,
llorando sobre el silencio de las piedras.

Aquí, amor, en este rincón de mis venas,
donde los cardos son los únicos testigos de mi paso,
he de hallar la sombra de lo que fui,
el eco marchito de mi voz en la distancia,
deshaciéndose en cada nota de un canto perdido.

Las muchachas, con sus labios de sal y fuego,
me cantan historias de amores ilusorios,
de besos que se deshacen en el aire como ceniza,
y en sus ojos veo reflejada la angustia sólida del mar,
esa vasta soledad que me recuerda a mis ruinas.

En la laguna de mis sueños, construida con manos
que solo conocen la caricia del aire reseco,
cada grieta está escrita en el lenguaje de la ausencia,
cada sombra es un grito que se alarga hacia el ocaso.

Amor, en esta tierra yerma, pétrea, oscura,
donde los días se deshojan como calendarios sin hilo,
mi corazón busca entre las dunas la respuesta que me consume,
la promesa del amor transparente, azulado, prístino,
que se oculta tras cada ola, tras cada suspiro de viento.

Volveré a esa laguna impasible, transparente, pura
donde las muchachas guardan el secreto de lo eterno, sumergido,
donde el tiempo no es más que un espejismo en el horizonte,
y el corazón, en su eterno navegar, encuentra por fin la calma
en el abrazo de un amor ignoto, peregrino, suave y lento,
amor que siempre ha sido y nunca fue.

Aquí, en mi retiro de silencio y polvo,
volveré a ser yo, sin máscaras ni olvidos,
y en cada palabra que nazca de mi boca,
llevaré la marca indeleble de tus labios, como un faro nocturno,
como un susurro eterno en el desierto de mi día.

Volveré a la laguna transparente donde nadan las muchachas,
donde el eco del viento es un susurro sin tiempo,
y la luna se refleja como el espejo de un corazón en vela.
Aquí, en este rincón ajeno, donde el desierto murmura secretos
y las estrellas, sin piedad, cortan la noche en trizas.

Amor mío, vuelvo a mis raíces de polvo y signo,
al lago que construí con mis manos de barro y esperanza licuada,
donde cada piedra es una memoria sin testigo,
donde cada grieta es un sueño suspendido en el aire.

En la laguna de mis entrañas, asistida por mis venas,
las muchachas cantan melodías de amores olvidados,
sus voces resuenan en la penumbra, quebrando el silencio
como cristales, cayendo en un abismo sin fin.
Sus ojos, faros nocturnos, me guían hacia lo inefable,
donde el misterio y el amor verdadero se entrelazan
en un abrazo de sombra y luz.

Aquí, amor, en la soledad de mi desierto,
en el yermo que acoge mis pasos errantes,
mi corazón late al compás de las olas de una laguna etérea,
donde los sueños se hacen agua y el agua se hace signo.

Volveré a esa laguna donde las muchachas esperan,
donde el tiempo se disuelve en un mar de ilusiones,
y cada momento es un pétalo flotando en la eternidad.
Aquí, en mi retiro, encontraré la esencia de tus jugos,
y en cada poema, amor mío, hallarás un pedazo de mi corazón
en llamas, sumergido en busca de tu amor onírico.

Requiem por Gaza

Poesía

¡Oh, madre Gaza, y tú, hombre de corazón endurecido!

En el desierto inútil de vuestras vidas,
donde el polvo y el llanto
se entrelazan como amantes malditos,
allí florece el dolor, agudo
como el grito de un niño en la noche.

Madre, mártir de la esperanza,
en la penumbra de escombros humeantes,
¿Quién te abrazará en la brutalidad
de un cielo que se ha vuelto de piedra?

Tus manos, que una vez acunaron sueños,
ahora sostienen la sombra del cadáver,
y tu corazón, templo de amor,
es un cráter de huesos insondable.

¡Gaza, madre lacerada!
Tus calles, arterias de angustia,
se llenan con los ecos de hijos caídos,
de juegos y risas rotos en el instante,
de risas ahogadas por la furia del plomo.

Hombre, tú que has endurecido tu corazón,
en la vastedad de tu indiferencia,
¿Quién te redimirá de la oscuridad
de tus propios actos?

Tus manos, forjadoras de ruina,
llevan ahora la marca de la sangre,
y tus ojos, espejos de frío,
se hunden en fango del nicho.

Por cada hijo arrebatado,
un signo mutilado,
una estrella extinguida
en el firmamento helado.

Madre Gaza,
en tu dolor veo la piedra
de un mar que se niega a sucumbir,
la dignidad de quien ama
más allá del abismo,
más allá del desgarro.

¡Oh, madre y hombre!
Que vuestro genocidio sea la roca
en esta noche sin tregua,
y que el eco de vuestros nombres
resuene en la memoria del mundo,
como un grito de resistencia,
como una oración tallada en piedra.

Que el dolor de la madre, puñal ardiente,
hiera en lo profundo del corazón inhumano,
despertando la piedad dormida,
la humanidad olvidada,
y que nunca más, en ningún rincón,
sean silenciados sus lamentos.

¡Requiem por vosotros!
Que en el susurro de las estrellas,
en el lamento del viento,
encuentren redención,
y que el eco de vuestros horrores
se convierta en un canto de resistencia,
en una promesa renovada,
de un mundo que no acaba
de renacer de sus cenizas.

Narciso

Poesía

No hay poemas que me enamoren más que los míos, rosas al viento es lo que vive mi magdalena killer, en el estercolero de los oscuros vanos, curvas y caderas.

En el cristalino espejo del arroyo,
Narciso se encontró en éxtasis profundo,
sus ojos reflejaron un ego soberbio,
y en su propio ser quedó moribundo.

Oh, Narciso, belleza que te consumes,
ebrio de ti mismo, te precipitas al abismo,
reflejo inalcanzable que a tu alma consumas,
en tu amor por ti mismo, naufragio y abismo.

Las aguas murmurantes, espejo y testigo,
reflejan la pasión que en tu pecho arde,
tu imagen atrapa, tu esencia persigo,
pero en el espejismo, mi voz se hace tarde.

El lamento del viento susurra tu nombre,
Narciso, en tu narcisismo encantado,
belleza que deslumbra, pero también sombría,
te hundes en tu reflejo, ahogado y quebrado.

Tu piel es el lienzo, pálido y etéreo,
donde el ansia de amarte te consume sin tregua,
y en tu danza final, un adiós funerario,
la muerte te abraza, implacable y hueca.

Oh, Narciso, tu vanidad te ha llevado,
a ser prisionero de tu propia ilusión,
en el espejo de aguas, quedas atrapado,
un reflejo en la muerte, eterna canción.

Narciso, lección de un amor vano,
en aguas y versos se encierra tu gloria,
en el poema de muerte, eterno y humano.

100 maneras de ser creativo

No ficción

La creatividad es uno de los atributos humanos más importantes. La creatividad no sólo ayuda a las personas a resolver problemas y a pensar en nuevas ideas, sino que también puede ayudarlas a influir positivamente en el mundo que las rodea. El pensamiento creativo puede desarrollarse con la práctica. Hay muchas formas de aumentar la creatividad: desde escribir cuentos o poesía hasta dibujar o pintar. Y también hay muchas cosas que puedes hacer para cultivar tu creatividad: desde escuchar música o leer un libro que despierte tu imaginación, hasta pasar tiempo al aire libre. Aquí tienes 100 formas de ser creativo.

Escribir relatos cortos o poesía

No importa la edad que tengas, siempre hay algo nuevo que aprender y cosas nuevas que experimentar. Con creatividad, puedes convertir estas experiencias en algo significativo e inspirador. Escribir relatos o poemas es una forma estupenda de expresar tus emociones y experiencias internas. Ya sea por placer o como tarea, encontrar tiempo para crear puede ser todo un reto. Sin embargo, escribir es un gran calmante para el estrés y ayuda a aliviarlo y a mejorar la concentración. También puede ayudarte a establecer nuevas conexiones con la gente y mejorar tus habilidades sociales. Crea nuevos recuerdos y crea recuerdos con las personas que más te importan. Encuentra tiempo para aprovechar al máximo la oportunidad de ser creativo.

Dibujar o pintar

Dibujar y pintar puede ser una gran salida creativa para personas de todas las edades. De niño, puede que te encantara colorear o pintar para conseguir un hito creativo. A medida que te haces mayor, puedes verlo como una forma de mantener la mente y el cuerpo activos. También puedes utilizar el dibujo o la pintura como forma de expresarte o de expresar tus emociones. Puede ayudarte a relajarte, aliviar el estrés y descomprimirte de una agenda apretada. Hay muchas maneras de crear arte. Puedes utilizar desde lápices y rotuladores hasta acuarelas, pinceles y pintura con el medio que prefieras. También puedes probar diferentes estilos y técnicas artísticas para encontrar algo que te atraiga.

Escucha música o escribe tus pensamientos

Cuando escuchas música o escribes tus pensamientos, puedes utilizarlos como estímulos para generar nuevas ideas y creatividad. Muchas personas descubren que escuchar música les ayuda a concentrarse mejor mientras intentan resolver un problema o se les ocurren nuevas ideas. Esto es especialmente útil para las personas que padecen TDAH, ya que ayuda a centrarse en el momento presente en lugar de en el pasado o el futuro. Escuchar música también puede ser una forma estupenda de aliviar el estrés, ya que es una forma de reducirlo que no requiere concentrarse en ningún otro estímulo, como el entorno o los pensamientos.

Desafíate a aprender algo nuevo

Si te interesa aprender algo nuevo, como cocinar diferentes platos o aprender a hablar un nuevo idioma, puede ser una forma estupenda de retarte a ti mismo. Esto también te ayudará a desarrollar tus habilidades, ya que tendrás que pensar con originalidad y averiguar cómo hacer algo que es completamente nuevo para ti. También puede ser una forma estupenda de conocer gente nueva y hacer nuevos amigos, ya que te verás obligado a relacionarte con personas que tienen intereses comunes contigo. Puede ser una forma estupenda de mantenerse en forma, ya que se verá obligado a ser más activo y a comer alimentos más sanos.

Encuentra un propósito para tu tiempo o un hobby que te guste

Encontrar un propósito para tu tiempo o una afición que disfrutes puede ayudarte a cultivar tu creatividad. Tener un propósito para su tiempo puede ayudarle a determinar a qué actividades debe dedicar su tiempo. Esto puede ser útil para las personas que luchan por encontrar un sentido a su vida cotidiana y sienten que les faltan cosas. Tener una afición que te guste puede ayudarte a mantener la mente y el cuerpo activos, ya que te verás obligado a utilizar las distintas habilidades y talentos que tienes.

Dedicar tiempo al juego o al ocio

El juego y el ocio son formas estupendas de cultivar la creatividad y liberar estrés. El juego es una forma de expresión creativa que puede ayudarte a aliviar el estrés y a descomprimirte de una agenda apretada. El juego puede ser una forma estupenda de crear nuevos recuerdos con las personas que más quieres. Es una forma estupenda de mantenerse en forma, ya que requiere estar activo y utilizar los músculos. El ocio también es una forma estupenda de liberar estrés, ya que requiere que te centres en el momento presente y no pienses en el pasado o en el futuro. El ocio puede ayudarte a desarrollar la creatividad, ya que tendrás que pensar con originalidad e inventar algo completamente nuevo.

Sé curioso y haz preguntas

Hacer preguntas puede ayudar a cultivar la creatividad y suscitar nuevas ideas. Esto es especialmente útil si estás interesado en aprender algo nuevo, como cocinar diferentes platos o aprender a hablar un nuevo idioma. También es una forma estupenda de desarrollar tu curiosidad y aumentar tu curiosidad por el mundo que te rodea. La curiosidad también puede ser una forma estupenda de aliviar el estrés, ya que requiere que te centres en el momento presente y no pienses en el pasado o el futuro.

Relaciónate con personas en las que confíes y a las que respetes.

Relacionarte con personas en las que confías y a las que respetas es otra forma de aumentar la creatividad. Al relacionarte con la gente, estás rompiendo patrones que puedes estar utilizando en tu vida y pensando de la misma manera. Al relacionarte con personas que son diferentes a ti, te ves obligado a ser más creativo. Es una forma estupenda de mantenerse en forma, ya que te ves obligado a utilizar tu creatividad y a pensar de forma diferente.

Pide ayuda cuando la necesites

Pedir ayuda cuando la necesitas puede ser una forma estupenda de aumentar la creatividad. Puede serte útil cuando te cueste resolver un problema o se te ocurran nuevas ideas. También puedes utilizar la ayuda para desarrollar tus habilidades, ya que tendrás que pensar con originalidad y llegar a algo completamente nuevo. También puede servirle para aliviar el estrés, ya que tendrá que centrarse en el momento presente y no pensar en el pasado ni en el futuro.

No tengas miedo de ser vulnerable y admitir que no sabes algo.

La vulnerabilidad y la honestidad son dos rasgos que comparten todas las personas creativas. Las personas creativas suelen tener una mentalidad abierta y están dispuestas a explorar nuevas ideas y experiencias. Ser vulnerable puede ayudarte a ser más creativo, ya que te anima a pensar con originalidad y a explorar nuevas ideas y experiencias. Al admitir que no sabes algo, te obligas a ser más creativo. Es una forma estupenda de aliviar el estrés, ya que te obliga a centrarte en el momento presente y no pensar en el pasado o el futuro.

La creatividad es un atributo humano extremadamente importante. Puede ayudarte a resolver problemas y a pensar en nuevas ideas, y también puede ayudarte a influir positivamente en el mundo que te rodea. Hay muchas formas de aumentar la creatividad, como escribir relatos cortos o poesía, dibujar o pintar, escuchar música o escribir tus pensamientos, retarte a ti mismo para aprender algo nuevo, encontrar un propósito para tu tiempo o una afición que disfrutes, dedicar tiempo al juego o al ocio y ser curioso y hacer preguntas, relacionarte con personas en las que confíes y respetes, pedir ayuda cuando la necesites y no tener miedo a ser vulnerable y admitir que no sabes algo. Las personas creativas pueden cultivar su creatividad realizando cualquiera de estas actividades y muchas más.

¡Aquí te dejo 100 ideas más para ser creativo!
  1. Prueba nuevas recetas de cocina y experimenta con diferentes sabores e ingredientes.
  2. Escribe poesía o prosa.
  3. Aprende a tocar un instrumento musical.
  4. Crea tu propia música.
  5. Haz manualidades con papel, cartón, tela, etc.
  6. Pinta con acuarelas, acrílicos o óleos.
  7. Haz esculturas con arcilla, yeso o materiales reciclados.
  8. Escribe un diario o un blog.
  9. Haz fotografías de la naturaleza, animales o paisajes urbanos.
  10. Dibuja caricaturas o cómics.
  11. Haz collages con revistas y periódicos.
  12. Crea tus propias tarjetas de felicitación.
  13. Diseña tu propio logotipo o marca personal.
  14. Crea una página web o un blog.
  15. Crea una presentación de diapositivas con fotos y música.
  16. Haz un cortometraje o un vídeo musical.
  17. Escribe un guión para un cortometraje o un vídeo musical.
  18. Diseña un juego de mesa o un juego de cartas.
  19. Crea un juego de rol o una aventura gráfica.
  20. Organiza un concurso de arte o literario.
  21. Diseña tus propias camisetas o ropa.
  22. Escribe un libro o una novela.
  23. Haz un álbum de recortes.
  24. Crea una instalación de arte en tu casa o jardín.
  25. Haz una escultura con hielo o nieve.
  26. Crea un jardín de flores o hierbas aromáticas.
  27. Haz tus propias velas o jabones.
  28. Escribe letras para una canción.
  29. Crea una coreografía para una canción.
  30. Haz una sesión de fotos con amigos o familiares.
  31. Crea una obra de teatro o un monólogo.
  32. Haz una animación o un dibujo animado.
  33. Diseña un logotipo o una identidad visual para una empresa.
  34. Haz un collage de fotos o imágenes.
  35. Crea un mural en tu casa o jardín.
  36. Crea una película de animación en stop-motion.
  37. Haz una sesión de dibujo en grupo.
  38. Crea una guía turística de tu ciudad.
  39. Crea una maqueta de una casa o edificio.
  40. Haz una escultura con madera o metal.
  41. Crea un mapa imaginario o un mundo ficticio.
  42. Haz un juego de mesa o un juego de rol en línea.
  43. Crea una banda sonora para una película o un cortometraje.
  44. Haz un podcast o un programa de radio.
  45. Crea una historia interactiva en línea.
  46. Haz un graffiti en una pared.
  47. Crea una instalación de arte en una galería.
  48. Escribe un guión para una serie de televisión o una película.
  49. Haz una película en realidad virtual o aumentada.
  50. Crea una obra de arte colaborativa con otros artistas.
  51. Haz una sesión de improvisación teatral.
  52. Crea una instalación de arte con luces y sombras.
  53. Crea un cómic interactivo en línea.
  54. Haz una sesión de dibujo de modelos vivos.
  55. Crea una … jajaja
  56. Haz un videojuego o una aplicación.
  57. Crea una performance en la calle.
  58. Escribe un poema o una canción para alguien especial.
  59. Haz una instalación de arte con materiales reciclados.
  60. Crea una exposición de arte en una galería o espacio público.
  61. Haz una sesión de dibujo en un parque o jardín.
  62. Crea una serie de fotografías temáticas.
  63. Haz un mural en una escuela o institución pública.
  64. Escribe un libro de cocina o una guía de viaje.
  65. Haz un diorama o una maqueta en miniatura.
  66. Crea una instalación de arte con luz negra.
  67. Crea una pieza de arte con objetos encontrados.
  68. Haz una sesión de fotos de moda o estilo editorial.
  69. Crea una obra de teatro musical.
  70. Haz una serie de ilustraciones temáticas.
  71. Escribe una historia corta o una novela gráfica.
  72. Crea una instalación de arte con globos o burbujas.
  73. Haz una sesión de dibujo en un museo o galería.
  74. Crea un juego de mesa o un juego de rol temático.
  75. Crea una instalación de arte con sonido.
  76. Haz una serie de pinturas abstractas.
  77. Crea un cortometraje animado con plastilina.
  78. Haz una sesión de fotos con una temática específica.
  79. Crea una instalación de arte con espejos o cristales.
  80. Escribe una obra de teatro experimental.
  81. Crea una serie de esculturas con materiales orgánicos.
  82. Haz una sesión de dibujo con modelos inusuales, como animales u objetos.
  83. Crea una instalación de arte con sombras y proyecciones.
  84. Haz una serie de pinturas figurativas.
  85. Crea una obra de teatro de marionetas o títeres.
  86. Crea una serie de esculturas abstractas.
  87. Haz una sesión de fotos con luz natural o artificial.
  88. Crea una instalación de arte con objetos cotidianos.
  89. Escribe una obra de teatro infantil.
  90. Crea una serie de dibujos inspirados en la naturaleza.
  91. Haz una instalación de arte con agua o líquidos.
  92. Haz una sesión de dibujo con diferentes técnicas, como carboncillo, tinta o lápices de colores.
  93. Crea una instalación de arte con movimiento o cinética.
  94. Haz una serie de pinturas en acuarela o témpera.
  95. Crea una obra de teatro de improvisación cómica.
  96. Crea una serie de dibujos con la temática de los sueños.
  97. Haz una instalación de arte con objetos luminosos.
  98. Escribe una obra de teatro inspirada en la ciencia ficción.
  99. Crea una serie de esculturas con materiales industriales.
  100. Haz una sesión de dibujo con modelos vivos o fotos de diferentes épocas históricas.

POPI, cantando

Ficción

PORQUE NO ME QUIERES

O-Si fumo demasiado
porque lo hago mucho.
Si sale muy salado
porque no soy ducho.
Si amo con locura
porque no me entiendes.
Si lo nuestro no dura…
porque no me quieres.

A-Yo te quiero eternamente
fumes o no fumes,
me ames o no me ames,
te ame o no te ame,
te entienda o no te entienda,
me entiendas o no me entiendas.
Te quiero mas allá de todo el amor que te he dado,
imagina si te quiero,
imagina si necesito que me necesites,
imagina si necesito verte sonreir
para aunque sólo sea egoístamente sonreir yo.
Mi alma se ha convertido en un espejo de la tuya:
si tu callas yo callo,
si tu ríes yo río,
si tu lloras yo lloro.
Si mi alma es un espejo de la tuya
la tuya es un espejo de la mia.
No puede ser de otra forma.

O-Si el espejo se rompiera
los trocitos resultantes
serían de la manera
en que nos amamos antes.
Un trocito azulado
por los ojos que te miran.
Un trocito acaramelado
por los brazos que te lían.
Un trocito suavecito
por los labios que te besan.
Un trocito pequeñito
por el amor q aún queda.
Un trocito de un trocito
por los trozos que me olvido.
Y un trocito que me diga
que,a tu lado, fui querido.

TRÁNSITO

Ficción

Sobre praderas olvidadas del desierto
Luce la mercancía de infancia evocadora,
Ya sin derrumbe del sonido que deja el bergantín
Y el vago impulso de brasas decorado.

Su Oriente derrotado de emociones falaces,
Vagando en carreteras melancólicas, sombrías…,
Conmueve las soberbias salvajes de melodías burguesas
Ante avenidas juerguistas de Brooklyn o New York.

Olvido las tibias gradas de oro de los campos de mies,
La humareda de escarcha de los valles de plata,
La exiliada ingenuidad de los coros celestiales,

El espejo cromático del estanque de luna…
Y su ilustrada hosquedad de muchedumbres acuáticas…
Por las perfectas bondades del pecado carnal.