Mares soñados del tuareg

Poesía

En los eternos mares de arena
-oh desesperación vivaz-
extraviados en los juegos infantiles,
navegan las promesas salvajes
de un mágico tuareg
que, acariciando a los lobos
y chacales del desierto
con la gracia instintiva y angélica
del bandolero alquímico
-y ahora febril y disipado-
escapó de las cobras
y de los sagrados linces
del quejumbroso Nilo…

-¡Preciosos y olvidados sueños de la dulce niñez..!

Advertencia

Ficción

La noche envolvía el oscuro y misterioso bosque mientras una bruma espesa se adueñaba de cada rincón. En lo profundo de aquel lugar encantado, un grupo de individuos se había reunido en torno a una fogata crepitante. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y advertencia, mientras se susurraban entre sí un mensaje inquietante.

«¡No leas este blog, cuidado que vicia!» susurraron con voz temblorosa, advirtiendo a cualquiera que se atreviera a acercarse. «Estamos escribiendo con rayas blancas en el azul…»

Las palabras flotaban en el aire, llevando consigo un aura de intriga y peligro. Era como si las letras mismas estuvieran impregnadas de un poder mítico y desconocido. Pero algunos, atraídos por la tentación y el desafío, no podían resistirse a la invitación. Uno tras otro, los valientes se acercaban al círculo y tomaban asiento, ansiosos por sumergirse en ese reino prohibido de conocimiento.

A medida que los ojos se deslizaban por las líneas trazadas en el ciberespacio, algo extraño comenzaba a ocurrir. Las palabras cobraban vida, danzando y retorciéndose como serpientes de tinta en la pantalla. Los lectores se veían envueltos en una espiral vertiginosa de pensamientos y emociones, mientras el influjo del blog los arrastraba a un mundo paralelo, una dimensión donde lo real y lo imaginario se entrelazaban sin límites.

En este reino mítico, los personajes de los escritos cobraban vida, emergiendo de las páginas como figuras espectrales. Héroes y villanos, seres divinos y criaturas fantásticas, todos se materializaban frente a los ojos atónitos de los lectores. Las batallas épicas se desplegaban a su alrededor, mientras ellos mismos se convertían en actores de esta historia tejida con palabras.

Sin embargo, no todos estaban preparados para enfrentar las verdades ocultas y las revelaciones inesperadas que el blog revelaba. Algunos lectores, desconcertados por la magnitud de las revelaciones, se sentían incómodos y enojados. «Si no te gusta lo que lees», rezaba el mensaje siniestro, «te rogamos insultes al autor con sus propias armas.»

Y así, los escépticos y descontentos eran arrastrados al corazón mismo del blog mítico. Allí se encontraban cara a cara con el autor, un ser enigmático que personificaba la esencia misma de sus palabras. Con cada insulto y crítica, el autor devolvía la afrenta en forma de poderosos conjuros y maldiciones. La guerra de palabras se convertía en una batalla épica de la mente, donde la realidad y la ficción se entrelazaban de manera inextricable.

Los límites entre el mundo tangible y el reino de la imaginación se difuminaban, desafiando la razón y despertando el fuego de la creatividad. El blog se convertía en un portal hacia lo desconocido, un lugar donde las palabras adquirían vida propia y los lectores se veían inmersos en una aventura más allá de sus sueños más salvajes.

La Venus de las sombras

Ficción

Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo, en el que se disiparon todos mis problemas. Venus me era favorable y mis uñas abiertas arañaban el día desde el amanecer hasta la tarde. Mis sueños eran azules y yo besaba hasta el centro de las sombras. El calor del sol, el silencio de la ciudad, el color de las sábanas… crepitaban en mi salvaje cabeza, en mis hasta entonces, desiertos pezones, ahora en llamas. La desnudez de las fiestas, las miradas que lo decían todo, mis montes de mujer arrasados por sus manos y sus ojos… han sido sacralizados por mi imaginación y mi memoria para siempre. Yo era aquel verano la Venus de las sombras.

20 haikus florales

Poesía

Flores de primavera,
vida de las hespérides
campo brillando.

Verano caliente,
jardín de rosas en flor,
aroma dulce.

Invierno frío,
ramillete de cicuta,
belleza en la nieve.

Montañas verdes,
flores silvestres rujen
en la pureza.

Mar azul cristal,
flores de coral crecen,
vida bajo el agua.

Ciudad del ruido,
maceta de geranios rojos,
son tan humanos.

El bosque oscuro,
flores y lunas creciendo,
misterio de la noche.

Pradera verde,
flores de margaritas,
simples y hermosas.

Desierto caliente,
cactus que ha florecido,
vida en la adversidad.

Corazón roto,
flor de lirio marchita,
esperanza será.

Alma solitaria,
flor de cerezo en flor,
belleza sola.

Mentes nubladas,
flor de loto en el lodo,
luz en oscuro.

Espíritu libre,
flor de amapola salvaje,
libertad sin fin.

Amor verdadero,
flor de rosa roja,
pasión eterna.

Paz interior,
flor de loto en el agua,
equilibrio mío.

Tiempo que pasa,
marchito crisantemo,
sólo recuerdo un día.

Vida mutable,
flor de dalia cambiando,
tan adaptada.

Miedo superado,
flor de loto brotando,
fortaleza mía.

Esperanza viva,
flor de luna creciendo,
luz en la oscuridad.

EXT. DESIERTO – DÍA

Aventura, Ficción

Una pradera desierta, arenales con hierbas secas, matojos y cardos. Rugido de leones. Viento del desierto que va progresivamente haciéndose más fuerte. Tormenta de arena muy violenta.
El joven TAU cae de nuevo en un desierto y se esconde en él disfrazado de león.
Le encuentra una salvaje mujer que caza animales en el desierto.
CHETH, la reina salvaje con sombrero, doma, sin aparente esfuerzo, un león que aprieta sobre su pecho con las mandíbulas separadas después de haberle dado con la maza.
BODOS
¿Pero que hace?
TAU
¡Le va a devorar!
CHETH PERUDA, joven mujer salvaje e indomable, la fortaleza.
Si pierdes la virginidad, NUN no te dejará pasar y convertir la plata en oro y multiplicar las monedas, pecas de lujuria y en el infierno puedes ser castigado por ello.
También podrías ser castigado por la justicia terrenal, KAPH, por violador.
Es la emperatriz.
Se reconocen.
TAU
¿Qué haces tú aquí?
CHETH
Vivo salvajemente en el campo cazando animales para sobrevivir.
Hacen el amor.
Intentan volver.
CHETH
Gozoso en la esperanza, sufrido en la tribulación, se constante en la oración.
TAU
¿Quién a quien?
TAU
¡Vamos, rápido!
TAU
Bueno, bueno ¿Pero qué hacemos?

CHETH

Aventura, Ficción

Reina salvaje, fuerte y bella con una gran maza o cachiporra.
TAU
¡Para a esa energúmena!
TAU toca a CHETH.
No pasa nada.
TAU
¡Qué apacible joven!
BODOS
¿¡Quién!?
Patético, el león le hiere y CHETH le viola.
Odioso, si utiliza la maza primero con CHETH la viola, pero el león le hiere.

EXT. PRADERA – DÍA

Aventura, Ficción

Una pradera en campo abierto que es cruzada por un río tranquilo y navegable. Canto de canarios, cigarras y grillos. Un águila, un buey, un hombre y un león. Centelleo de las olas fluviales.
En la huida por el Camino de vuelta los Detritor convertidos en bestias y animales salvajes del Apocalipsis lanzan su última ofensiva.
SHIN, una doncella desnuda en el interior de una guirnalda con dos varitas en las manos es perseguida y rodeada por las cuatro bestias tetramórficas, Águila, Buey, Hombre y León de SHIN.
Los gemelos y la emperatriz están jugando despreocupados en la pradera.
Son raptados por los Detritor.
TAU tiene que superar la fuerza del león, la inteligencia y astucia del hombre, la tozudez y constancia del buey y la valentía y arrojo del águila.
Otra señal de derrumbamiento, la desprotección de la mujer.
Pero también la destrucción de los animales dañinos o benéficos.
Equilibrio de fuerzas.
El camino de vuelta.
SHIN KO PES, una mujer de mundo ligera de cascos y ropas, que trata de tentar a TAU para que saboree los placeres mundanos de la carne, acaba torturándolo sádicamente.
BODOS y TAU escapan pero las Arpías lanzan a los Detritor para perseguirlos.
Serán castigados a recoger los excrementos de los animales.
Lo sensitivo, el carro, el cuerpo, la vida transitoria.
El mundo de SHIN, una trampa para atraparlos.
BODOS y TAU vienen sobre un barco y la oyen gritar.
Intentan ayudarla pero no pueden desde donde están.
Confunden a SHIN con una diosa buena y la adoran pero al darse cuenta que no es así, tienen que salir huyendo.
Los poderes les fallan y salen corriendo cómicamente convertidos en aterradas y timoratas mujeres.
Todos los Detritor se convierten en basura que BODOS recoge obsesivamente en su nave.
TAU
No podemos permitir el triunfo de los animales dañinos.
SHIN
Sale el sol y se pone, y otra vez vuelve a su lugar donde torna a nacer.

Cuentos de hadas

Ficción

Pueden los bosques cantar con oscuras gargantas

Los secretos del viento y los misterios de Roma,

Eclipsando la ininteligible miseria de los hombres

Y la impenetrable marea de las confusas masas.

Pueden romper el silencio de las dudosas hadas

Y desplegar en las sombras su lóbrego lamento,

La danza de las hojas y sus paladinas aguas.

Pueden mostrar sus enmarañadas raíces

Con toda la antojadiza y caótica saña

De la más salvaje y escabrosa floresta.

Pueden en fin congelar nuestros huesos

O cubrirnos con un manto de frondosa espesura,

Más sólo nosotros deliramos, febriles y vanos,

En sus grotescos cuentos y extrafalarios hados.

LA HUERTA DE LA CASA GRANDE

Ficción

De todos los lugares de la Casa Grande, la huerta era el que más le gustaba a Tomás.

No era la más grande, ni la más hermosa. Los vecinos preferían el patio, porque allí había sombra en verano y una fuente donde bebían los pájaros. Otros preferían los corrales, donde los caballos golpeaban el suelo con los cascos y las gallinas parecían tener asuntos urgentes que resolver.

Tomás prefería la huerta.

Tal vez porque nadie podía conocerla del todo.

La huerta comenzaba detrás de los corrales y terminaba, según los adultos, junto al muro de piedra que separaba la casa de los campos. Pero Tomás sospechaba que aquello no era verdad.

Había días en que caminaba hasta el muro y encontraba una pequeña puerta entre las zarzas.

La abría.

Al otro lado había más huerta.

Y más allá, otra.

Una vez llegó hasta un árbol que no había visto nunca.

Era un árbol muy viejo, de tronco retorcido y ramas bajas. No daba frutos. En cambio, sus hojas tenían unas pequeñas manchas doradas que parecían letras.

Tomás llevó a Clara para enseñárselo.

—¿Qué árbol es?

—No lo sé.

—¿Y qué dicen las hojas?

Clara tomó una.

La miró durante mucho tiempo.

—Creo que dicen tu nombre.

Tomás se rió.

—Las hojas no saben escribir.

—Entonces será la casa la que escribe por ellas.

A Tomás no le gustó aquella explicación.

Desde aquel día comenzó a visitar el árbol.

Al principio llevaba una manzana, luego una pera y, finalmente, nada. Se sentaba debajo y escuchaba.

La huerta tenía muchos sonidos.

El agua que corría por las acequias.

Las abejas entre las flores.

El viento moviendo las hojas.

Las gallinas que escapaban de los corrales.

Y, algunas tardes, un sonido más extraño.

Un susurro.

No parecía venir de ningún sitio.

Parecía venir de todas partes.

Tomás se quedó quieto una tarde de septiembre.

El viento había cesado.

Sin embargo, las hojas del árbol se movieron.

Una por una.

Como si alguien las estuviera pasando.

Entonces oyó una voz muy débil:

—No olvides.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Qué?

No hubo respuesta.

Volvió a su casa corriendo.

Durante la cena preguntó a su abuela qué había antes en aquella huerta.

La mujer dejó de cortar el pan.

—Muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Árboles.

—¿Cuáles?

La abuela lo miró.

—Algunos ya no existen.

Tomás esperó.

—¿Y por qué?

—Porque los árboles también pueden morir de olvido.

Aquella noche Tomás no pudo dormir.

Al día siguiente regresó a la huerta.

Quería comprobarlo.

Buscó el árbol de las hojas doradas.

Pero no lo encontró.

Buscó durante horas.

Nada.

Sólo había tomates, calabazas, hierbas salvajes y un viejo espantapájaros.

Tomás pensó que quizá había soñado el árbol.

Entonces vio algo junto a la acequia.

Una semilla.

Era pequeña, redonda y dorada.

La recogió.

Cuando volvió a casa, la plantó en una maceta.

La regó durante muchos días.

No ocurrió nada.

Pasó una semana.

Después otra.

Tomás casi había olvidado la semilla cuando una mañana descubrió un diminuto brote verde.

Lo llevó a la huerta.

Cavó un agujero junto al muro y lo plantó.

Pasaron los años.

El brote se convirtió en un árbol.

Y el árbol creció tanto que sus ramas llegaron a cubrir una parte del tejado de la Casa Grande.

Entonces sucedió algo curioso.

Los vecinos comenzaron a recordar.

Una mujer recordó una canción que cantaba su madre.

El herrero recordó dónde había escondido, de niño, una caja de canicas.

La abuela de Tomás recordó el nombre de un hermano que había muerto muchos años antes.

Incluso el viejo dueño de la casa, que ya no distinguía bien los rostros, recordó que una vez había plantado un limonero junto al pozo.

Todos decían que aquellos recuerdos habían vuelto por casualidad.

Tomás sabía que no.

Una tarde regresó al árbol.

En sus hojas doradas apareció una frase:

UNA CASA NO GUARDA COSAS. GUARDA A QUIENES LAS RECUERDAN.

Tomás la leyó varias veces.

Luego sonrió.

Había comprendido por qué la huerta era diferente de los demás lugares de la Casa Grande.

El patio guardaba juegos.

Los corrales guardaban animales.

Las bodegas guardaban vino.

El pozo guardaba agua.

Pero la huerta guardaba el tiempo.

Cada semilla era una pequeña promesa.

Cada árbol era una memoria.

Cada fruto era una historia que todavía no había terminado.

Y las hierbas salvajes, que los adultos arrancaban porque crecían donde no debían, eran quizá las más sabias de todas.

Porque crecían sin que nadie las plantara.

Y recordaban cosas que nadie había querido recordar.

Muchos años después, cuando Tomás ya era viejo, volvió a la Casa Grande.

La huerta seguía allí.

El árbol había crecido tanto que parecía sostener el cielo.

Tomás apoyó una mano sobre su tronco.

Entonces escuchó otra vez aquella voz.

—¿Lo recuerdas?

Tomás cerró los ojos.

—Sí.

—¿Todo?

Tomás sonrió.

—No.

Y aquella fue la respuesta correcta.

Porque nadie puede recordarlo todo.

Ni siquiera una casa tan grande.

Ni siquiera un árbol tan antiguo.

Pero mientras alguien recuerde una pequeña parte, aunque sea un nombre, una canción, un camino entre las plantas o el lugar exacto donde una vez escondió una piedra, la Casa Grande seguirá existiendo.

Aunque algún día desaparezcan sus paredes.

Aunque se derrumben sus corrales.

Aunque se sequen sus acequias.

Aunque el último de sus vecinos cierre los ojos.

La huerta seguirá creciendo en algún lugar.

Porque hay jardines que nacen de la tierra.

Y hay otros que nacen de la memoria.