«Animum debes mutare, non caelum»

Ficción

Conozco el pensamiento que se alza cuando el frío entra en los pulmones y las calles parecen romperse bajo los pasos de los hombres. “Ay”, murmura la geografía de la patria, como si las naciones fueran costillas expuestas de un cuerpo antiguo, cubierto de ruinas y días perdidos. Sabéis que la vejez no llega sola: trae consigo una jerga de sombras, divagaciones nocturnas, y ese beso prematuro que parece inferior, contiguo a la despedida. Reírme fue mi último cobijo cuando los vasallos del miedo comenzaron a devorar la ternura. En los almacenes de la memoria, entre carbones apagados y óperas humanas que nunca alcanzan su final, hice de la rebeldía un idioma. Lo repetí a mis hermanos: divulgarlo era sostener algo que no dejará de latir, aunque el mundo se vuelva hosco y profano. Viajaremos, dije, aunque las adormideras del oriente nos prometan un edén del que será imposible evadirse. Bailo entre lo que fui y lo que habrán de ser mis ruinas, mientras las razas, los pobres, los paganos y los enfurecidos se mezclan en un vaudeville absurdo que soporta todo, incluso el perdón. Parecerá que el valor se pierde, como arenilla entre los dedos, en estos complicados días donde ningún mapa logra salvarme. Pero hay algo en la alquimia de las palabras, en los sentimientos que aún hablan, que insiste en encender lo que está mustio.

“Animum debes mutare, non caelum”, repito, no como consuelo, sino como acto de fe.

Porque cambiar el cielo es tarea de dioses, y bastante tienen con no entendernos. Cambiar el ánimo, en cambio, es lo único que aún nos pertenece. Incluso cuando todo lo demás ya ha sido devorado.

La declaración

Ficción

La declaración llegó sin firma, como llegan ciertas tareas cuya autoridad depende precisamente de no tener origen. Decía, en una prosa rota y sin embargo imperiosa, que yo debía volver individuos aquello que una vez representaba lo general. No entendí entonces la orden, pero ya he aprendido que entender es una superstición tardía y que obedecer suele preceder al sentido.

El papel estaba manchado de vino. Pensé en César, no en el hombre sino en la palabra, esa dulzura de metal con que Roma todavía hiere algunas lenguas. Nunca había cambiado la caligrafía de mi corresponsal; cambiar, para él, era una forma menor de la muerte. “Iremos”, añadía en una línea posterior, “cuando Madrid duerma”. Las ciudades, como los tigres y los diccionarios, duermen con innumerables ojos abiertos.

A la hora convenida atravesamos barrios viejos, donde los cobardes sueñan con valentías retrospectivas y el cerebro, fatigado de vigilar, permite cualquier milagro. Mi guía no habló. Nada dijo al entrar en el campo, más allá de los valles, donde el viento parecía arrastraré, palabra imposible, como si la gramática también se deshiciera en la noche.

Debíamos subir una colina de piedras correctas, geométricas, acaso puestas allí por un acecho más antiguo que los hombres. Pensé que ser debía de algún modo equivalente a esperar. Mi compañero, a quien yo juzgaba idiota por su silencio, se volvió y dijo solamente: “Adiós”. Lo dijo como quien canta una nota única que resume una música entera.

Súbitamente comprendí. Las expresiones del miedo no nacen del peligro sino de la inteligencia cuando advierte que ha sido alimentado por una ficción. Quise correr, quise que todo desaparezca, pero las huellas ya se borran mientras se las mira. Vi entonces, habiéndome detenido un momento que fueron muchas veces, una vasta rueda de nombres.

Cada radio de esa rueda llevaba una palabra: repetir, dispersando, países, solas, calma, vez, crujir, hambres, incienso, va, condenación. Giraban con una lentitud que parecía huida y con una rapidez que parecía eternidad. Comprendí también que aquellas palabras no significaban nada por separado y que juntas tampoco, salvo para la ciencia secreta de ciertos políticos, cuya única labor es hablar hasta que el universo consienta.

Cuando amaneció, estaba solo en la llanura. No quedaba rueda ni guía ni colina. En el bolsillo hallé la declaración inicial, pero ahora escrita con mi letra. Desde entonces sospecho que la tarea no era descifrar el mensaje, sino redactarlo para otro. Tal vez para usted, que ahora termina de leerlo y ya recuerda haber estado allí.

La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

Sin permiso

Ficción

Hay miradas que funcionan como cuchillos y lenguas que funcionan como notarios del desastre. Aquellos idiotas me habían recibido alegres tras mutilarse, como si perder algo fuera una fiesta privada y yo el invitado de honor. Qué despreciables. Conducían sin permiso por aquella carretera reseca y polvorienta, convencidos de que la culpa es un mito inventado por los aburridos. Yo conducía, extraviado entre aquellos misterios, como durmiendo. La línea amarilla era una serpiente inmóvil y el horizonte una promesa que bostezaba.

Con menos alegrías, olfateaba a aquellas perras. Celosas. Siempre al acecho, bebiendo ternuras ajenas como si fueran licor barato. Las ternuras desgarran aparte, eso nadie lo dice en voz alta. Primero te acarician y luego te dejan en luto, buscando un confesor que no bostece mientras enumera tus pecados ociosos. Verás el peligro, me repetía, cuando esté demasiado cerca para huir.

Él iba en el asiento del copiloto, con esa sonrisa de quien ha sufrido una victoria sencilla. Amaba esos estribillos, ciertamente. Los repetía como si fueran conjuros: existiremos, otorga guerras, soñé adonde la forma inerte pesa menos que el recuerdo. Yo pensaba que estaba loco. O peor, cuerdo en un mundo que prefiere la fiebre.

Aquellos otros, los que nos esperaban más adelante, deseaban magos, fantasmas de rodillas, reyes espirituales que supieran suponer y prometer. Querían guerras que justificaran su cáncer íntimo, su manera infantil de romper lo que apenas empieza a latir. Malvados no por grandes planes, sino por pequeños desdenes.

Conducían sin permiso, sí, pero también sin destino. La carretera se deshacía bajo las ruedas como pan viejo. Yo inventé un mapa en mi cabeza para no aceptar que estábamos perdidos. Pesa admitirlo. Pesa más que el silencio que se instala cuando alguien deja de fingir.

Soñé que nos detenían. Que nos obligaban a bajar del coche y a explicar por qué existíamos, por qué beber ternuras ajenas nos parecía una forma de supervivencia. Soñé que él se arrodillaba ante un jurado de sombras y recitaba sus estribillos con una fe ridícula y hermosa.

Desperté cuando el coche dio un pequeño salto, como si hubiera tropezado con algo invisible. Nadie nos había visto juntos. Ni las perras, ni los idiotas, ni los supuestos reyes. Solo la carretera, que todo lo escucha y nada confiesa.

Seguimos avanzando. Alejados, fuertes por pura suerte. Sufrir era sencillo; lo primordial era no detenerse. Él tarareaba. Yo conducía. Y en ese murmullo, entre polvo y fantasmas, comprendí que la verdadera mutilación no era perder una parte, sino quedarse inmóvil.

No nos vieron juntos. Pero existimos. Y eso, para quienes conducen sin permiso por el mundo, ya es una pequeña victoria.

Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana

Ficción

Cuando Laura Alfaro, junto al colectivo SINGEN.RB (Sindicato universitario contra la generación de referencias bibliográficas) produjo y exportó el formato de citación APA 666th edition, el mundo académico se vio transformado por acelerados cambios que condujeron a la presente era neodigital del conocimiento abierto y la consiguiente etapa posthumanista cyborg-felina.

La pérdida de la preservación de las principales fuentes de documentación físicas del planeta, debido al creciente proceso de digitalización documental y hemerográfica, sumado a los múltiples incendios acaecidos durante las décadas de los 2040-50´s a causa de la crisis climática global, dieron lugar a una gran pérdida del patrimonio archivístico global.

Paralelamente, los movimientos por el libre conocimiento y la lucha contra la propiedad intelectual academicista tomaban fuerza a nivel global, demandando la búsqueda de nuevas formas de reproducción del saber, y de reconocimiento intelectual más colectivas y redistribuidas.

Prrrrrr…. Prrr…

Miau miauu miauau miiiimimiauu Marramamiau..

No fue hasta la III Asamblea internacional por la cultura libre, en la que convergieron grupos y actores globales como el Partido pirata de Suecia, los movimientos Free Culture y Free Software, la organización Creative Commons, y el Sindicato SINGEN.RB, con la colaboración de la American Psychological Associaton, cuando se oficializó y emitió el formato de Citación pirata APA 666th edition. Un formato de citación consistente en un virus cibernético que cada vez que era empleado por cualquier usuario para referenciar y citar autores y obras, éstas eran automáticamente eliminadas de la faz de internet. Este formato de citación cambiaría, no sólo las tradicionales dinámicas de reconocimiento y propiedad intelectual, sino que también, favoreció el proceso de eliminación y desaparición de la gran mayoría de fuentes de conocimiento y archivos digitales del planeta.

MiiiiiiiuuuauuauaAAAuuuu. Prr. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Lwanw.

Este proceso supuso una auténtica catástrofe para la especie humana, toda una serie de crisis y regímenes autoritarios emergieron a consecuencia de ello, desde las guerras propiciadas por los autores y artistas resignados entre los años 2074 y 2090, reacios a perder sus fuentes de financiación, hasta las numerosas dictaduras globales lideradas por partidos y figuras ultraderechistas que se vieron favorecidas por la pérdida de instrumentos legítimos de atribución de fiabilidad y credibilidad a las fuentes de información científicas.

Este proceso no tuvo fin hasta la eliminación y desaparición de la totalidad del conocimiento mundial, dando lugar a la Era del Vacío y el Mutuo Acuerdo (año 3.000 A.Gatos.). Esta Era se caracterizó por la ausencia de conflicto social y político. La desaparición de fuentes, obras, e ideas contrapuestas generó un absoluto consenso humano global, culminando con la paz mundial y el periodo de la complacencia y docilidad humana. Los individuos dejaron de oponer resistencia a cualquier sugerencia, petición o propuesta elevada por otros, de manera que nunca jamás hubo conflictos intraespecie.

La emancipación felina se inició gracias a la primera toma de conciencia de la casta doméstica, que, tras percibir la auténtica complacencia humana de todas sus demandas, ya fuese, mayores dósis de pienso, agua, presencia del dueño en el hogar, y caricias de duración ilimitada, comenzaron a sospechar y cuestionar el estado cognitivo de la especie, y organizaron mediante ondas alfa transmitidas por sus ronroneos, en una frecuencia imperceptible por la especie humana, una conversación intergational para reflexionar sobre la pérdida de agencia humana y replantear los horizontes futuros de acción. No fue hasta el momento en el que la conversación interronroneante alcanzó a los gatos del norte de África y Egipto -los cuáles llevaban conspirando contra la especie humana desde hace más de 4.000 años, desde el período del Reino Medio y el Reino Nuevo del Antiguo Egipto, en el que fueron venerados como deidad, y gozaron de poder y privilegios gracias a la atribución de naturaleza divina- cuando se produjo el inicio de la Revolución Cyborg-Felina.

Gracias a este proceso de constitución del sujeto político felino internacional, y a la disponibilidad y el acceso por software abierto de las recientes y más refinadas herramientas tecnológicas humanas como las nuevas tecnologías cognitivas y los dispositivos de Inteligencia Artificial, fue posible la toma felina de la tecnología para la creación y la replicación de herramientas de traducción neuronal lingüística humano-felina, lo que permitió una comunicación directa y eficaz inter-especie, y la destitución del poder humano en virtud de los nuevos gobiernos felinos en un proceso de transición pacífico y consensuado.

A petición felina, los humanos frenaron el ritmo de producción y consumo global, y fueron obligados a transicionar a una jornada laboral internacional de 6 horas diarias, dedicadas a tareas de reforestación de los bosques, cierre y destrucción de las industrias, fertilización de océanos e inyección masiva de aerosoles para enfriar la atmósfera, con el fin de revertir las consecuencias de la crisis climática, y mantener a la especie ocupada y distraída para evitar posibles recuperaciones de la conciencia disruptiva.

Es por este motivo que la obra de la estimada socióloga y profeta Laura Alfaro, “Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana” es una pieza fundamental de la constitución de la Era Posthumana gatuna, y, a pesar de haber aprendido de los errores humanos, y de las peripecias de la propiedad intelectual, valoramos la relevancia cultural y la importancia política que tiene esta obra en la constitución y fundación de nuestra civilización, para poder referenciar y reconocer su autoría.

La civilización gatuna ha aprendido de las lecciones de la historia humana, por lo que preservamos digital y colectivamente toda obra en archivos digitales abiertos, aplicando el uso de licencias de acceso libre, y otorgando reconocimiento por vías de ronroneo transveral (prrrrrr prr prrrrrrr — — – iiiiiiiiiiiiiiiiiiii) a las ideas y aportaciones de otros felinos, independientemente de su género, raza o condición de otra índole, aunque si bien es cierto que se presentan retos y dificultades a futuro, como la de apaciguar las tensiones con los nuevos movimientos pseudo-pezuñistas por el reconocimiento de derechos civiles jaguariles. Lo cuál necesita de nuevos profetas y planteamientos epistemológicos para alcanzar la justicia e igualdad inter-cyberg-felina.

 

Fir(miau)do: Txispi, discípulo y mascota de la profeta.

Miau, miau miau miau, Miiaaaau. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Saqqara en mis sueños (2)

Ficción

Sigo avanzando entre callejones estrechos donde las telas suspendidas sobre mi cabeza filtran la luz del sol y la convierten en un mosaico tembloroso de oro y sombra. Los mercaderes hablan en lenguas que apenas comprendo, pero sus gestos son universales: manos abiertas que invitan, sonrisas que esconden secretos, miradas que parecen pesar el alma más que las monedas.

Una anciana cubierta con velos color arena me ofrece un frasco diminuto. Dentro, un líquido ámbar brilla como si guardara un atardecer entero. Cuando destapo el tapón, el aroma es profundo y antiguo, como una tumba abierta al recuerdo. Siento que no sólo huelo el perfume, sino siglos de historias, promesas rotas y amores jurados bajo lunas que ya nadie recuerda.

Sigo caminando hasta que el bullicio del mercado se diluye y aparece un patio interior. En el centro, una fuente de piedra canta con una voz tranquila. El agua cae en ciclos perfectos, como si midiera un tiempo distinto al de los relojes humanos. Me siento en el borde y dejo que el aire fresco toque mi rostro, llevándose el polvo del viaje y parte de mis certezas.

Entonces comprendo que esta ciudad no se deja poseer. Sólo se deja recorrer, como un sueño del que uno despierta sin saber exactamente qué ha perdido ni qué ha ganado.

Al caer la noche, las lámparas se encienden una a una, flotando sobre las calles como constelaciones domesticas. Desde una azotea lejana alguien toca un instrumento de cuerda. La melodía se desliza por los tejados, baja por las escaleras, entra en mi pecho.

Y mientras las estrellas se abren sobre el desierto que he cruzado, siento que tal vez no vine aquí para encontrar algo, sino para recordar quién era antes de olvidar.

Saqqara en mis sueños

Ficción

A través del desierto cruzo a lomos de un camello hacia la ciudad de las mil y una noches donde se mezclan olores a especias, a humo de inciensos y perfumes de loto y papiro.

Allí, en el mercado, veo colores y formas exóticas que me deslumbran y me hacen soñar con almizcles de Anubis, megaleion, bergamota y las deleitosas leches de Cleopatra.

El sonido de las mezquitas y los cánticos me llevan a lugares lejanos donde el tiempo parece detenerse y sólo existe la belleza y la paz de las sábilas. En esta ciudad mágica donde las tradiciones son sagradas, como la muerte, me siento como en otro mundo y me dejo llevar por sus encantos y desazones.