TAROT

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

Tarot

Ficción

Como era de temer la psicosis colectiva ha cundido entre la población, no sólo el pánico. El Serpiente, como ahora le llaman los medios de comunicación, ha inoculado su virus destructivo a todos los asesinos de la ciudad. Los asesinatos se suceden en masa y, aunque se ha descartado la autoría de Serpiente en muchos casos, incluso los ajustes de cuentas se firman con símbolos utilizados por el supuesto masacrador.

La Ilusión del Búnker

No ficción

El preparacionismo es el arte de conjurar un apocalipsis antes de que ocurra. No se trata solo de almacenar latas de atún y bidones de agua, sino de fabricar un delirio: la certeza de que el mundo se derrumbará y que solo los más paranoicos—perdón, los más «preparados»—se alzarán de entre las ruinas. Es la religión de la catástrofe, la herejía del individualismo extremo, la fantasía de la autosuficiencia en un planeta tejido de interdependencias.

El preparacionista es el arquitecto de su propio miedo. Construye un búnker y lo llena de municiones, como si la civilización fuera un castillo de naipes a punto de desmoronarse con la primera ráfaga de viento. ¿Pero qué es este búnker sino un ataúd con WiFi? Una celda voluntaria donde el «sobreviviente» se entierra vivo, convencido de que el futuro es un páramo sin más leyes que las del plomo y el cuchillo.

La gran falacia del preparacionismo es su rechazo al tejido social. Se nos dice que, cuando llegue la crisis, solo los solitarios armados y bien abastecidos saldrán adelante. Pero la historia humana cuenta otra historia: las sociedades que sobreviven no son las que se atrincheran, sino las que cooperan. Los imperios caen, las civilizaciones se reinventan, pero siempre bajo un principio básico: la supervivencia es colectiva o no es en absoluto.

Y aún así, el preparacionista se aferra a su visión del mundo como un western posapocalíptico, donde la humanidad se reduce a hordas de saqueadores y él, rifle en mano, es el último bastión de la «civilización». No se prepara para vivir, sino para vigilar sus provisiones, para sospechar del otro, para convertir la vida en una trinchera sin fin. ¿Qué tipo de existencia es esa? ¿Sobrevivir para qué, si la única compañía será el eco de su propia respiración en una caverna de hormigón?

El verdadero preparacionismo no es el que acumula latas y balas, sino el que invierte en comunidades, en redes de apoyo, en soluciones compartidas. La resistencia no está en un búnker, sino en la capacidad de adaptarse y colaborar. El futuro pertenece a quienes tejen vínculos, no a quienes los rompen. Así que, en lugar de encerrarte en un refugio esperando el fin, abre la puerta. Sal. Construye. Porque el fin del mundo no es inevitable, pero la soledad sí lo es para quien decide enterrarse antes de tiempo.

Porque, claro, tú sí que estás listo. Mientras el resto de la humanidad se debate entre el caos y la desesperación, tú estarás ahí, en tu santuario subterráneo de paranoia y conservas caducadas, dando sorbos ceremoniales a tu agua filtrada con lágrimas de prepper.

Imaginemos el escenario: el mundo arde, los zombis (porque en tu mente, el fin del mundo siempre incluye zombis) asaltan supermercados, y tú, con una sonrisa de suficiencia, cierras la trampilla de tu búnker. Victoria. Has ganado el juego. ¿El premio? Un eterno monólogo con tu propia sombra. Ahora viene la parte divertida: ¿Qué harás cuando el último paquete de macarrones deshidratados se haya convertido en polvo? ¿Cazarás ratas en la penumbra? ¿Inventarás amigos imaginarios para debatir sobre la moral postapocalíptica? ¿O tal vez salgas al exterior, con tu rifle y tu máscara de gas, solo para descubrir que… sorpresa: los que realmente sobrevivieron fueron los que se ayudaron entre sí?

Porque mientras tú contabas tus cartuchos de escopeta con amor maniático, los demás—los ingenuos, los optimistas, los que creían en la cooperación—reconstruyeron algo parecido a una sociedad. Qué tontos, ¿verdad? Se ayudaron mutuamente, compartieron recursos, establecieron sistemas de apoyo… ¡Menudos ilusos! Mientras tú practicabas cómo decir «alto o disparo» en el espejo, ellos creaban redes de comercio, cultivo y protección mutua. Qué falta de visión la suya, confiar en la humanidad y no en la pólvora. Y lo mejor de todo: cuando por fin salgas de tu madriguera, esperando encontrar un Mad Max lleno de tribus bárbaras donde puedas ejercer tu fantasía de guerrero solitario… te toparás con algo peor: gente normal, sonriendo, compartiendo pan recién horneado, sin necesidad de machetes en la cintura. Qué pesadilla.

Así que sí, sigue preparándote. Sigue convencido de que el verdadero camino es el de la soledad armada y la hostilidad perpetua. Mientras tanto, los que realmente quieren un futuro están construyéndolo. Y cuando llegue el momento, serán ellos quienes decidan si te dejan entrar o no.