EXT. CRÓMLECH – DÍA

Aventura, Ficción

Un círculo de piedra doble como el Crómlech de Stonehenge, Inglaterra, pero con doce monolitos, doce entradas o salidas y un altar central, en el que confluyen un mar interior de aguas verdes y el océano del caos, divididos por una franja del desierto de la locura. Dentro del círculo, sobre el océano del caos flota una rueda, La rueda de la fortuna, que da vueltas alrededor como en una noria y que es impulsada por una manivela movida por la joven YOD. La rueda está sostenida por los mástiles de dos barcas unidas, izquierda y derecha, en cada una de las cuales hay una serpiente. En la parte ascendente Hermanubis con su caduceo y en la descendiente un monstruo tifónico con tridente. Encima de la rueda hay una esfinge inmóvil, bajo ella un monstruoso gusano torturado. Los 12 caballeros de la tabla redonda, hundidos hasta las rodillas, protegen cada una de las salidas o entradas. Sobre sus cabezas hay una roseta con los 12 símbolos del zodíaco y sostienen en una mano la espada. Los 12 vástagos de las tribus de Israel están a sus pies y tienen un collar con una piedra preciosa cada uno. Plaza de fuego de la fortuna, templo del sol, donde sale y se pone. Risas y llantos, ruido de instrumentos de tortura, ruedas de carro, bombos de la lotería. Posesión del escudo y la espada dados por la divinidad.
De camino a la batalla, TAU sufre un revés de fortuna.
Pierde parte del ejército en una apuesta o tormenta estelar de protones.
TAU y BODOS son engañados y atrapados por YOD GOUR, joven mujer caprichosa y veleidosa, manifestación, fecundidad, antesala del cielo, la rueda de la fortuna, que se ríe de ellos y los confunde, haciéndoles sufrir el juego de la fortuna.
TAU sólo puede apostar una parte de su ejército, si la pierde es cortada la parte del caballero correspondiente, si gana obtiene un collar con una piedra preciosa, pero que no sirve para nada en la batalla.
YOD intenta engañarlos con el juego, ellos la engañan con unos toques.
HERMANUBIS
¡Se admiten apuestas, apuestas!
YOD
¡Qué yo soy muy caprichosa! ¿Quién ha dicho eso?
HERMANUBIS
Pero al menos no dirán que no das oportunidades a la gente.
YOD
¡Qué les parta un rayo!
HERMANUBIS
Tu suerte está echada ¿Cuál es tu signo?

Federico García Lorca. Yerma

Poesía

Hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas como a una ventana llena de sol.

Federico García Lorca (1898-1936) fue un poeta, dramaturgo y director de teatro español que es ampliamente considerado como uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX. Lorca nació en la ciudad del sur de España, Granada, donde creció en una familia acomodada que alentó sus intereses artísticos.

La poesía de Lorca se caracteriza por su lirismo y su exploración de temas como el amor, la muerte y el mundo natural. Algunas de sus colecciones de poesía más famosas incluyen «Romancero Gitano» (1928) y «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» (1935), que tuvieron una gran influencia en el mundo literario español.

Además de su poesía, Lorca también fue un aclamado dramaturgo. Sus obras más famosas incluyen «Bodas de sangre» (1933), «Yerma» (1934) y «La casa de Bernarda Alba» (1936), todas las cuales exploran temas de amor, deseo y represión en la sociedad rural española.

Trágicamente, la vida de Lorca fue truncada por la Guerra Civil española, que estalló en 1936. Lorca, que era abiertamente homosexual y estaba asociado con la política de izquierdas, fue arrestado por las fuerzas nacionalistas y ejecutado sin juicio en agosto de 1936. Su muerte sigue siendo objeto de controversia y especulación hasta el día de hoy, y su legado como uno de los grandes escritores de España sigue siendo celebrado en todo el mundo.

Yerma

Escrita entre 1933 y 1934 y estrenada en Madrid en diciembre de este último año, Yerma sintetiza la riqueza del universo lorquiano. Poesía, música, escenografía y plástica se conjugan en una obra que, a caballo entre la tradición y la innovación, representa una de las cimas del teatro español contemporáneo. El autor definió su obra como «la imagen de la fecundidad castigada a la esterilidad», dentro de ese dramático juego universal en el que se mueven sus criaturas: la oposición entre las fuerzas de la vida, destinadas a la libertad, y la opresión, hasta la muerte, que sobre esas fuerzas se vuelca.

Ahora todo es noche. El gran teatro de La Zaranda

No ficción

Hay muchos tipos de teatro. Hay también, expresado de forma simplista, teatro bueno y teatro malo. Y más allá de las definiciones o categorizaciones fáciles, nos encontramos en contadas ocasiones con la esencia del teatro, con el espíritu de lo teatral como acto de liturgia, aquello que algún creador denominó el teatro sagrado, y al que solo unos pocos pueden acceder, pues es un territorio en el que no entran en juego los recursos efectistas, las vanidades de directores de escena o dramaturgos que necesitan colocarse por encima del propio acto creador, ni las piruetas exhibicionistas de aquellos que, incapaces de entender el texto teatral, tanto el literario como el espectacular, se dedican a encubrir su falta de preparación intelectual y artística y su impericia de artesanos con posicionamientos escénicos vacíos de contenido. El gran teatro solo está al alcance de unos pocos sabios, que, paradójicamente, en este país, y en otros de nuestro entorno mediterráneo, suelen ser recluidos al olvido, obligados a vivir en la oscuridad, a enfrentarse al exilio de los creadores en su propia tierra, porque son molestos para los mediocres burócratas que ostentan un mínimo poder, porque resultan incómodos por su capacidad crítica y su clarividencia para destapar la inmundicia de una sociedad cada vez más ignorante, más entregada al gesto superfluo y al postureo de las redes asociales, que se fotografía ante la imagen vanidosa de su yo vacío de ideas y contenidos y que ni siquiera se plantea, porque no puede o no sabe, en ningún caso porque no se atreve, quién es ese yo que pone morritos en Instagram mientras se fotografía en un teatro fingiendo que ve, porque tampoco saben que el teatro es el arte de ver, de verse viendo.
Pocas veces ya me estremezco en un teatro, y mucho menos se me pone la piel de gallina como me sucedió ayer viendo Ahora todo es noche, el espectáculo de La Zaranda, que no es una obra más, es un jalón en su carrera y en el teatro español, por su intensidad, su autenticidad, su hermosura artística, teatral, pictórica, por su profundidad simple, y por ser un auténtico canto a la esencia del teatro. En Ahora todo es noche late como nunca el espíritu del gran Juan Sánchez, desde el recuerdo, pero no desde la nostalgia, y brilla como en sus mejores momentos, que no han sido pocos, el texto de Calonge, el trazo sabio, pictórico, teatral, rítmico, de Paco el de La Zaranda, y la inigualable interpretación del propio Francisco Sánchez, de Enrique Bustos y de Gaspar Campuzano. Auténtico teatro que sale de las tripas, del alma misma de gente que no solo ama el teatro sino que son la reencarnación del teatro mismo. Y ya no son, desde su inestable atalaya, de la Andalucía baja, ni de la España mediana, ni siquiera como se califican ahora de ninguna parte, como terminan siendo los cómicos auténticos, ahora son ya de todas partes, ahora son patrimonio teatral de la humanidad.
Quien quiera acercarse a la comprensión del auténtico teatro, no se pierda este espectáculo de La Zaranda, Ahora todo es noche, del 19 al 29 de abril en el Teatro Español de Madrid.

Javier Bravo

JUEGO SOLITARIO EN CASA

Ficción

No penseis mal. Yo era aún un bebe. El susto había acabado con mi espíritu aventurero. Gracias madre, ya toda mi vida seré un cobarde, solitario y tímido. Todos los juegos en la calle se habían acabado. Afortunadamente la casa era grande y con distracciones más que suficientes para un bebé.

JUEGOS Y VECINOS DE LA CASA GRANDE

Ficción

En la Casa Grande vivían muchas personas.

Había tantas que Tomás nunca consiguió aprenderse todos los nombres.

Estaban los vecinos de las casas cercanas, los hombres que trabajaban en los corrales, las mujeres que cuidaban la huerta, el viejo encargado de las bodegas, los que venían a buscar agua al pozo y aquellos que sólo aparecían algunas tardes, como si pertenecieran a la casa desde siempre.

Pero los niños conocían otra clasificación.

Para ellos, los vecinos se dividían en dos clases:

los que sabían jugar y los que no.

Los primeros eran numerosos.

Los segundos eran, por fortuna, pocos.

Tomás jugaba con Clara, con Julián, con las hermanas Ana y Mercedes y con otros niños que aparecían al caer la tarde.

La Casa Grande era perfecta para jugar porque tenía demasiados lugares.

Un patio para las carreras.

Los corrales para esconderse.

La huerta para buscar tesoros.

Las bodegas para jugar a los exploradores.

Las escaleras para inventar castillos.

Las cámaras para contar historias de fantasmas.

Y el pozo, naturalmente, estaba prohibido.

Por eso era el lugar más interesante de todos.

Un día, Clara propuso un juego nuevo.

—Vamos a descubrir quién conoce mejor la Casa Grande.

—¿Cómo?

—Cada uno esconderá un objeto. Los demás tendrán que encontrarlo.

Julián llevó una canica azul.

Ana escondió una cinta roja.

Mercedes dejó una moneda antigua.

Tomás no llevó nada.

—¿Tú no escondes nada? —preguntó Clara.

—Voy a esconder una cosa que no se puede tocar.

Los demás se rieron.

—Eso no vale.

—Ya veremos.

Comenzaron el juego.

La canica apareció detrás de una maceta.

La cinta estaba en una rama de la huerta.

La moneda apareció debajo de una piedra del patio.

Sólo faltaba encontrar el objeto de Tomás.

Buscaron en los corrales.

Nada.

Buscaron en las bodegas.

Nada.

Miraron debajo de las mesas, dentro de los armarios y detrás de las puertas.

Nada.

Finalmente llegaron al patio.

—¿Qué escondiste? —preguntó Clara.

Tomás señaló la Casa Grande.

—Un lugar.

—Eso no se puede esconder.

—Sí se puede.

Los niños lo miraron con desconfianza.

Entonces Tomás echó a correr.

Todos fueron detrás de él.

Entraron por una puerta.

Subieron una escalera.

Bajaron otra.

Atravesaron una cámara.

Pasaron junto al lagar.

Llegaron a la huerta.

Tomás se detuvo frente a un muro.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Tomás señaló una pequeña grieta entre dos piedras.

—Este es mi escondite.

Clara miró.

—Pero ahí no cabe nadie.

—Yo sí.

Se agachó y metió la mano.

Sacó una pequeña caja de madera.

Los demás se quedaron sorprendidos.

—¿Qué hay dentro?

Tomás abrió la caja.

Estaba vacía.

—Nada.

—Entonces no escondiste nada.

Tomás sonrió.

—Escondí la caja.

Clara comenzó a reírse.

—Eso no tiene sentido.

—En la Casa Grande sí.

Y todos estuvieron de acuerdo.

Desde aquel día inventaron nuevos juegos.

Jugaban a ser exploradores y dibujaban mapas de lugares que quizá no existían.

Jugaban a los guardianes de la casa y cada niño recibía una llave imaginaria.

Jugaban a encontrar la habitación que cambiaba de sitio.

Jugaban a ser fantasmas y caminaban por las cámaras sin hacer ruido.

Pero el juego favorito era el de La Casa que Desaparece.

Uno de ellos debía cerrar los ojos.

Los demás se escondían.

Cuando abría los ojos, tenía que encontrarlos.

Lo extraño era que algunas veces los niños se escondían en lugares que ninguno había conocido antes.

Una tarde, Tomás encontró a Julián detrás de una puerta.

—¿Cómo has llegado aquí?

—No lo sé.

—¿Qué hay detrás?

Julián abrió la puerta.

Había otra puerta.

Y detrás de aquella, otra.

Los dos se miraron.

—Será mejor que no entremos.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque los niños, cuando dicen que no van a entrar en un lugar, suelen estar a punto de entrar.

La puerta siguiente daba a una habitación pequeña.

En ella había retratos de los antiguos vecinos de la Casa Grande.

Tomás reconoció algunos.

Otros eran completamente desconocidos.

Pero había algo extraño.

Todos los retratos tenían los ojos dirigidos hacia la puerta.

Como si estuvieran esperando a que llegaran los niños.

—¿Quiénes son? —preguntó Julián.

Tomás no respondió.

Se acercaron.

En el último retrato aparecían cinco niños.

Tomás reconoció a Clara.

Reconoció a Julián.

Reconoció a Ana.

Reconoció a Mercedes.

Y se reconoció a sí mismo.

Los cinco estaban vestidos como los niños de muchos años atrás.

Debajo del retrato había una inscripción:

LOS NIÑOS DE LA CASA GRANDE.

Julián tragó saliva.

—Ese cuadro es antiguo.

—Sí.

—Nosotros no estábamos aquí cuando lo pintaron.

Tomás observó el retrato.

Entonces descubrió algo que los demás no habían visto.

En una esquina del cuadro había un sexto niño.

Estaba escondido detrás de una columna.

No se le veía la cara.

Tomás se acercó.

En ese momento, desde el patio, se oyó la voz de Clara:

—¡Tomás! ¡Julián!

Los dos salieron corriendo.

Nunca volvieron a encontrar aquella habitación.

Durante años buscaron la puerta.

No apareció.

Sin embargo, el juego continuó.

Los niños crecieron.

Algunos se marcharon.

Otros tuvieron hijos.

Y los hijos de aquellos niños comenzaron a jugar en el mismo patio.

La Casa Grande parecía conocer la costumbre.

Cuando llegaba la tarde, siempre había alguien escondiéndose detrás de un árbol, alguien corriendo junto a los corrales, alguien atravesando la huerta en busca de una cinta perdida.

Y siempre había un niño que preguntaba:

—¿Dónde empieza la Casa Grande?

Los mayores respondían:

—Aquí.

Pero los niños sabían que aquella respuesta era incompleta.

Porque la Casa Grande no empezaba en una puerta.

Empezaba donde comenzaba el juego.

Y tampoco terminaba en el muro.

Terminaba, quizá, cuando el último niño dejaba de recordar dónde se había escondido.

Por eso los vecinos decían que la casa nunca estaba vacía.

Siempre quedaba algún juego pendiente.

Una canica debajo de una piedra.

Una cinta entre las ramas.

Una llave imaginaria.

Una puerta que nadie encontraba.

Y, en alguna cámara secreta, un retrato de cinco niños que todavía esperaban que alguien volviera a jugar con ellos.

A Vicen

Ficción

La vida tiene unas reglas que no son las tuyas, hay que aceptarlas si quieres jugar la partida. Perdemos y echamos la culpa a las reglas, queremos cambiarlas porque vamos perdiendo, pero eso es imposible: las reglas no las decides tú. Las reglas están preestablecidas y todos los que van ganando las aceptan y no están dispuestos a cambiarlas, harán lo que sea para mantenerlas. Y además son muchos los que juegan sin darse cuenta que juegan las reglas que otros establecieron antes, normalmente ya muertos, y que las darán por sentadas, sin plantearse más allá, ni siquiera piensan que pueden ser cambiadas. Podemos, sí, contribuir a cambiarlas pero en una medida muy pequeña. Todos queremos cambiar algo y no es fácil ponerse de acuerdo. Lo que es seguro es que no serán tus reglas exclusivas las que se impondrán. De nuevo los que van ganando se imponen más que los que van perdiendo, es parte del premio y la satisfacción del triunfador, es parte de su ganancia. A veces crees que la gente hace trampas, y hay gente que realmente hace trampas, es parte de la mala fe de la gente, perder es duro y nadie se resiste a perder. Así que nos encontramos atrapados en un juego que no nos gusta porque vamos perdiendo. Un juego en el que no es fácil cambiar las reglas, todo un entramado social conspira para mantenerlas y reproducirlas. Un juego muy serio, el de la vida, el de nuestra vida, jugado por todos los actores que conocemos: los hijos, los padres, los hermanos, la pareja, los «ex», los amigos, los compañeros, los jefes, los agoreros, los gurus de la tribu, el consejero psicológico, el médico, el cura del barrio, los políticos, el gobierno, la prensa, la policía… y toda esa gente que se cruza alguna vez con nosotros diciéndonos lo que tenemos que hacer en la vida, con nuestra vida. Al final todos ellos contribuyen a crear en nosotros unas expectativas de lo que «debe ser» nuestra vida, cómo se vive, cómo se triunfa, cómo se gana la partida, cómo se trabaja, cómo se ha de cuidar de los hijos, cómo debemos o no debemos comportarnos, y hasta cómo hay que limpiar el polvo y las veces que hay que hacerlo, etc. etc. etc. Establecen los patrones por los que nos debemos no sólo guiar, sino también por los que nos tenemos que medir, valorar, examinar, los valores que hacen de nosotros unos ganadores o unos perdedores, unas buenas o malas personas, gente bien o gente mal, gente guay o gente chunga. Buen panorama… desolador ¿no?
Pero ahora llega el momento de plantearse algunas cosas. ¿Qué me pasa? Yo he cumplido con todas las reglas, no he hecho trampas, he jugado limpiamente, ¿Por qué no me corresponde premio? ¿Por qué no me valoro como dicen las reglas? ¿Por qué me considero fracasada? ¿Qué pasa aquí? Esto es injusto, ¿no? Pues sí, de eso se trataba de jugar. Y has perdido (¿Has perdido?). O lo aceptas o no lo aceptas. O juegas o no juegas. ¿Quieres seguir jugando? Hagan juego señores. Otra partida. O no.
¿Es posible jugar a un juego en el que no perdamos? ¿Qué juego es ese? ¿Cómo se juega? ¿Con quién se juega? ¿Se juega solo? Yo también quiero saberlo. El que primero lo descubra que nos lo cuente.

El Espejo

Ficción

De repente desperté de lo que creí era un sueño,
Sorprendida e inmóvil divisé el momento,
Me extrañe al ver un espejo,
Tan grande, tan perfecto,
Que mi cuerpo ante él era pequeño,

Así pequeña e inútil
Me senté en medio,
Y mirándome fijamente
Supe que aún estaba durmiendo,

Atrapada por otro sueño,
Un sueño vano y sin recuerdo,
El sueño de mi sueño,
¡Despertar quiero!

Me inquieta ese espejo,
Logro verme claramente,
Y me asusta el ofenderme,
Miedo tengo a conocerme,

Profundizar en lo que se esconde
Tras esa mirada enorme…
Hasta que de la nada finalmente,
Logro ver como se mueve,

Y atrapándome entre miles,
De voces sorprendentes,
Consigo abrir mis ojos insistentes,
En no seguir el juego que mi mente,
Intenta al acorralarme en esos sueños…

“Poderosos encuentros, atormentoso Espejo”
¡Mi mente, mi voz, mi interior… Yo!

Por: DayLove