Un viaje

Poesía

En el sendero, marchaba a nuestro lado,
sin notar el peso de la cruel memoria,
un gallo, entre las gallinas, y su vigor desplegaba,
mas su presencia no aliviaba la desdicha.

Inventores de orgías, Maurice y sus compañeros,
creaban nuevos oficios con maravillosa destreza,
pero su lujuria ardiente sembraba el temor,
sus abrazos ocultaban peligros enmascarados.

Los lobos, congregados en sueños sonámbulos,
ocultaban la belleza tras una máscara,
mientras la realidad, divina y esquiva,
se desvanecía entre charcas de ortografía.

Añorando un tiempo pasado, amigo mío,
entre bosques conocidos y semejantes,
buscamos en el yantar la fuerza para sobrevivir,
ignorando las venenosas palabras de los frívolos.

En el honor de la iglesia y la caridad de la hoguera,
buscábamos refugio, honradez en la locura,
mientras el fuego de la vida nos consumía,
en un mundo donde la realidad se entreteje
con los sueños de los muertos.

Viaje nocturno por el mar

Ficción

Antes de la devoración sufrimos la invisibilidad. Nuestro perro ladró por última vez al sol otra vez. Aquel viaje era ahora tan venenoso como una víbora.

Antes de la devoración, sufrimos la invisibilidad. Nos fuimos desdibujando poco a poco, como sombras alargadas en un crepúsculo interminable, hasta que solo quedaba el eco de nuestras presencias en el aire. El sol, que alguna vez nos había reconocido con su luz cálida y directa, ahora se apartaba, negándonos su atención, ignorando nuestros cuerpos que ya no proyectaban sombra alguna. Eramos siluetas transparentes, vagando en un mundo que seguía su curso sin notarnos, condenados al olvido antes de ser devorados.

Nuestro perro, fiel hasta en la indiferencia de los días sin nombre, ladró por última vez al sol. Un ladrido que sonó como un lamento, un último grito hacia un cielo que ya no respondía. Había algo de ritual en su llamado: la última protesta ante una realidad que se desmoronaba, ante un tiempo que, como las olas, se llevaba todo consigo. Y el sol, eterno e implacable, se alejó una vez más, indiferente. Era un ciclo inquebrantable, como si lo hubiéramos vivido antes, pero en algún rincón de nuestra memoria se resistía a la idea de volver a vivirlo.

Aquel viaje, que una vez prometió liberación o, al menos, un respiro de las sombras que nos seguían, se tornó venenoso. Ya no era una ruta hacia alguna verdad oculta, sino una serpiente sinuosa, una víbora de ojos fríos que se enroscaba en nuestro destino, envenenando cada paso, cada decisión, cada susurro. Caminábamos por un sendero que ya no tenía regreso ni final visible, y el veneno no estaba en la tierra ni en las aguas, sino en nosotros. Lo llevábamos dentro desde el principio, sólo que no lo sabíamos. El viaje era una lenta disolución, una fractura interna que devoraba todo lo que alguna vez fue.

¿Qué sentido tenía ahora avanzar? ¿Por qué no detenernos y dejar que la invisibilidad terminara su labor, borrándonos por completo? Quizá ese fuera el último alivio: desaparecer sin resistencia, fundirnos con el silencio que el sol dejaba tras de sí, aceptar la devoración como el destino inevitable de quienes ya no existen para el mundo.

De los viajes y sus hallazgos

Ficción

Tren, camina, silba, humea,
acarrea
tu ejército de vagones,
ajetrea
maletas y corazones.

Subió de su mano al tren que la había de llevar a conocer nuevos soles, nuevas gentes.
Y entre otros, conoció a un tal Inocencio X y a un ser entrañable que la cautivó para siempre ¿Su nombre? Poco importa, usa seudónimos. Para mí, el amigo, el hermano.
Un placer y un honor.
Un día me gustaría que viniera a conocer a mi lado mi mar, mi sol y mis arrozales.
Un beso.

Haiku del corsario

Poesía

Rumor de velas:

élitros traslaticios

de mis bajeles.


El rumor de las velas apenas se distinguía en la vastedad azulina del horizonte. Era un susurro que se confundía con el crepitar de las olas, como si el aire, perezoso y antiguo, soplara con una timidez que no quería ser descubierta. Los bajeles avanzaban sigilosos, deslizándose sobre una superficie inmensa, casi ajena, que parecía más de sueños que de agua.

Sus velas, extendidas como alas translúcidas, respiraban el viento con la delicadeza de un insecto en pleno vuelo. Eran élitros traslaticios, frágiles, sutiles, pero cargados de un poder que sólo conoce quien comprende que, a veces, lo más ligero es lo que más pesa. Los mástiles se erguían hacia el cielo como antenas, queriendo tocar algo más allá de las estrellas, acaso el eco de una vieja llamada, el rastro de una canción olvidada en las profundidades del cosmos.

Los bajeles no llevaban prisa; parecían habitar un tiempo distinto, uno en el que las mareas obedecían a ritmos secretos, a voluntades que no se desvelaban ante el ojo humano. Cada ola que lamía el casco era una caricia lenta, un murmullo entre amantes distantes, resonando en las entrañas de la nave. Las aguas oscuras reflejaban las velas en una danza de sombras, donde el arriba y el abajo se confundían, y lo tangible se disolvía en lo irreal.

Quizá navegaban hacia ninguna parte o tal vez hacia el mismo corazón del silencio. Pero eso no importaba, porque esos bajeles eran más que madera y cuerda; eran promesas encarnadas, vehículos de una travesía que no terminaba en la geografía física, sino en los pliegues del alma.

Cada movimiento, cada hálito de viento que se filtraba por las velas, dibujaba mapas invisibles, trazaba rutas sobre el aire, y en ese trayecto suspendido se cifraba un misterio. ¿Era el viaje lo que importaba o el rumor constante de esas velas, que seguían cantando una canción de libertad y destino? Los bajeles seguían, aunque nadie supiera si alguna vez alcanzarían el puerto que anhelaban.

El viento, cómplice eterno de las almas libres, susurraba con una cadencia diferente sobre aquellas velas translúcidas. En ese rumor, resonaba un eco lejano, un canto olvidado que, entre el vaivén de las olas y la vasta soledad del océano, aún vibraba en la memoria de los navegantes. Era la Canción del pirata, esa misma que proclamaba con audacia que el mar es la única patria posible, el único imperio donde la libertad se extiende sin cadenas.

Y sin embargo, estos bajeles no llevaban banderas ondeantes ni corazones ardiendo con la furia de una tempestad. Su viaje, si bien también desafiaba al destino y a los reinos de los hombres, no se forjaba en la rebelión del acero ni en el desprecio de las leyes terrenales. Aquí no había puertos que conquistar ni navíos que saquear. La libertad que perseguían estos barcos era otra, una más sutil, más profunda, y tal vez, más solitaria.

La Canción del pirata clamaba la soberanía del océano como la última frontera, donde la voluntad del hombre no era más que espuma arrastrada por la marea. Pero en estos bajeles de élitros, la libertad no era una exclamación altiva, sino un susurro íntimo. La inmensidad del mar, que para el pirata era el vasto reino sobre el que reinaba, para estos viajeros era el espejo insondable donde buscarse a sí mismos, una travesía hacia lo invisible, hacia aquello que no podía medirse ni con brújulas ni con astrolabios.

En el canto del pirata, las olas eran amigas fieles, aliadas de su desafío a todo poder humano; pero para estos bajeles, las aguas eran el lenguaje secreto del alma. No navegaban en busca de tesoros terrenales, ni de conquistas materiales. Lo que ansiaban era la revelación de un misterio más antiguo que cualquier corona: la esencia misma de la libertad, esa que no grita «Soy rey del mar», sino que susurra «Soy libre en lo desconocido».

Y aunque la Canción del pirata proclamaba la libertad con violencia, estos bajeles la buscaban en el silencio. No había cielo ni infierno que los limitara, pues su viaje trascendía la misma idea de límites. Eran naves etéreas, fantasmas de antiguos sueños, moviéndose entre las aguas como si navegaran sobre el tejido del tiempo, llevando consigo la verdad oculta de que, a veces, el mayor acto de libertad es simplemente dejarse llevar, sin nombre ni destino, en el vasto e interminable océano de lo posible.

Quizás en el fondo, tanto el pirata de Espronceda como estos silenciosos viajeros compartían una misma certeza: que la única patria auténtica es la que habita en lo indómito, en lo inexplorado. Y aunque las formas fueran distintas —el canto rebelde de uno y el murmullo introspectivo de los otros— ambos seguían siendo hijos del mar, buscando su propia verdad en la infinitud del universo y en los insondables océanos.

El caballito de mar

Ficción

El caballito de mar, diminuto ser de la corriente, se desliza entre las algas como si fuera una sombra líquida. Sus ojitos curiosos escrutan el vasto tapiz marino, pero no busca el consuelo de las profundidades, ni el juego azaroso de las burbujas que nacen y mueren a su alrededor. Él, con su cola en espiral, ansía encontrar el damero perdido, ese enigma de las aguas donde las piezas invisibles se mueven al compás de un ritmo ancestral.

¿Qué será el damero bajo el océano? ¿Acaso un reflejo de lo que hay más allá de las olas, en la tierra firme donde los mortales juegan al ajedrez y a la vida, sin saber que bajo el agua también hay reyes, reinas y caballos sin patas?

El caballito siente que el damero es más que un simple juego. Es el eco de una memoria lejana, tal vez un misterio que desvela el orden secreto de los mares, donde cada corriente sigue un sendero invisible y cada pez sabe su lugar en una danza cósmica.

Avanza, el caballito, entre corales que se despliegan como brazos extendidos, pero nada lo distrae. Sabe que, en algún rincón del océano, el damero lo espera, escondido entre las sombras azules, aguardando al pequeño viajero que, con la paciencia de las mareas, ha venido a desafiar el silencio de las profundidades.

El caballito de mar avanzaba lentamente entre las aguas que ondulan con una serenidad ilusoria, mientras su cuerpo diminuto y frágilmente erguido flota entre corales que parecen susurrar secretos antiguos. El damero… ah, ese patrón de cuadrados en blanco y negro, como un enigma salpicado de misterio, flota en su mente como una sombra imposible de atrapar, una obsesión inalcanzable. Los destellos de luz que se filtran desde la superficie dibujan líneas danzantes en su piel rugosa, como si el océano en sí mismo le ofreciera pistas que no comprendía del todo.

Era curioso cómo ese pequeño ser, tan a merced de las corrientes, tenía un objetivo tan claro, aunque el significado del damero se le escapaba. ¿Qué buscaba realmente? Quizás no fuera más que una fantasía, una imagen recurrente en su pequeño cerebro cargado de sueños. Pero él seguía, con esa terquedad que solo los más ingenuos pueden permitirse. Las piezas del rompecabezas nadan a su alrededor: pececillos brillantes como fichas de ajedrez, anémonas que se mueven como si fueran jugadoras en un tablero invisible.

¿Y si no era el damero lo que buscaba, sino lo que representaba? ¿Un orden secreto, una lógica oculta en el caos azul que lo rodeaba? El caballito de mar seguía, como si la respuesta pudiera estar en el próximo recodo del arrecife o en la siguiente burbuja de agua.

El caballito de mar, con su frágil figura curvándose como un signo de interrogación sobre las aguas verdes y profundas, avanza con una gracia ancestral, impulsado por corrientes invisibles que susurran historias de tiempos remotos. Sus ojos redondos, como diminutas perlas manchadas, escudriñan el vasto y confuso paisaje submarino. El damero… ¿Dónde se oculta ese tablero de posibilidades infinitas, esa cuadrícula mística donde se juega el destino de las criaturas marinas?

Los corales, exuberantes en su silencio, parecen alzar sus brazos retorcidos, como si guardaran el secreto, pero no se lo confiarán a cualquiera. El caballito de mar sigue su curso, deslizándose entre los laberintos de algas danzantes que se entrelazan como los caminos enredados de la mente. Busca algo más que un simple lugar: busca la clave para descifrar su propio destino, un damero en el que las casillas representan más que movimiento; simbolizan elecciones, pasos errados y aciertos tan sutiles como el batir de una aleta.

Cada ondulación del agua trae consigo la duda. ¿Será aquí, entre las sombras móviles del lecho marino, donde el caballito encontrará ese damero que, dicen, permite ver lo que está más allá del horizonte? O tal vez, solo tal vez, la búsqueda del tablero es en sí misma el juego, y el caballito, sin saberlo, ya está moviendo las piezas en un tablero invisible, tejido con los hilos de su propio deseo.

Quién negará lo contrario

Ficción

De piel en piel amanezco a gatas para trasegar la dócil melancolía del vencido, del puro indolente olvidar. Y haber quién negará lo contrario, si al atusar mi pelo no encuentro razones para desamañar, para partir, para viajar a las más altas torres, a las más soberbias capitales.

Ciudades invisibles, visitadas por viajeros invisibles, recorridas por caminos invisibles, en invisibles caravanas. Destino. Jamás origen. Entre una y otra no hay caminos, no hay monturas. No hay.

Tropezando en las piedras, pisando los charcos y los lodos, atascando en campestres barrizales, para no hallar nada más que ciudades invisibles, puentes invisibles, calles invisibles, puertas invisibles, paredes invisibles, en invisibles solares. Y haber quién negará lo contrario.

Las ciudades invisibles se despliegan ante el viajero como espejismos de luz en el desierto. Apenas un temblor en el horizonte, un reflejo que parpadea entre la vigilia y el sueño. Son ciudades que nunca existieron, o tal vez siempre estuvieron ahí, pero nadie las ha visto. No hay mapas que las señalen, ni nombres que las definan; son efímeras, líquidas, hechas de la sustancia misma de la memoria y el olvido.

Por esos caminos desdibujados caminan los viajeros invisibles, sombras apenas perceptibles, como si sus cuerpos fueran hechos de aire, o de tiempo. Desfilan en silencio, con pasos que no dejan eco en la tierra, arrastrando con ellos recuerdos que no son suyos, y deseos que jamás se cumplirán. Sus caravanas serpentean por senderos que el viento borra al paso, los mismos senderos que nadie más recorre porque no se pueden ver, porque están hechos de los sueños de aquellos que ya han muerto.

Las ciudades se erigen y se desmoronan al ritmo de sus pasos. Templos de piedra que jamás serán tocados, plazas vacías donde el eco de risas inexistentes resuena, torres que se disuelven en la bruma como castillos de arena cuando el mar avanza. El viajero se detiene en las puertas de una de ellas, siente el peso del aire cargado de historias no contadas, de palabras que quedaron atrapadas en gargantas que ya no hablan. En su pecho crece una certeza: estas ciudades, estos caminos, nunca fueron para él. Sin embargo, sus pies siguen avanzando, como si un destino velado lo llamara.

La caravana continúa su marcha, y a lo lejos, otra ciudad empieza a perfilarse en el horizonte. También ella desaparecerá cuando el último viajero invisible cruce sus fronteras, dejando solo la promesa de su existencia suspendida en el viento, como un susurro que nadie logrará escuchar.

Tropezando en las piedras, con el peso del barro aferrándose a sus pies, avanzaba el viajero como quien lucha contra un sueño del que no puede despertar. Cada paso era un combate contra la tierra húmeda que lo retenía, cada charco un espejo oscuro que reflejaba su fatiga. Los lodos se alzaban como manos desde el suelo, queriendo abrazar sus tobillos, y él, persistente, seguía adelante, sin saber si algún final aguardaba al final de ese trayecto incierto.

Caminaba por campos desolados, por barrizales interminables que parecían multiplicarse, por veredas que se hundían en la nada. Pero no había descanso. El paisaje, monótono, sin color ni forma precisa, se desvanecía a medida que avanzaba, y todo lo que encontraba eran ciudades invisibles, espectros de civilizaciones que no dejaron huellas, más allá de sus contornos borrosos. Puentes que no sostenían, calles que no llevaban a ningún sitio, puertas que no se abrían, paredes que se alzaban y desaparecían en un parpadeo.

A veces, el viajero sentía que si alzaba la mano, podría tocar algo. Pero al estirarse, lo único que palpaba era el vacío, como si el mundo que lo rodeaba fuese una ilusión tejida de bruma, de la niebla que el viento se lleva. Las ciudades, apenas un susurro en el eco de su mente, no eran más que solares invisibles, ruinas que jamás existieron. Los techos que debieron cobijar alguna vez a sus habitantes eran ahora cielos abiertos, infinitos, y las plazas, silenciosas y vacías, albergaban solo la sombra de pasos nunca dados.

Caminaba, tropezaba y se hundía, como un fantasma que busca su propia tumba, atrapado en un ciclo sin final, donde todo lo que hallaba era invisible, excepto su cansancio. Y aun así, seguía adelante, con la esperanza de que, al doblar una esquina que no estaba allí, quizá, solo quizá, algo tangible se revelara. Pero en cada nueva curva, lo único que aguardaba era la sombra de otra ciudad que no había sido construida.

Mohyiddin ibn Arabi

Ficción

Convivimos juntos durante mucho tiempo en el desértico Mohenjo-Daro, de donde él era hijo predilecto y había formado parte del consejo de los ilustres gracias a su inefable capacidad de ilusionista para manipular al pueblo. Compartimos también la torturante aventura de escribir un libro para deleite de concubinas, a causa del cual fue expulsado del citado ilustre consejo. Cada vez que lo acompañaba en sus correrías y lances entre las doncellas de los bajos fondos era un viaje a los infiernos. Las más bellas eran lisonjeadas hasta caer rendidas entre sus cinco extremidades. Como un Moisés, las arrastraba hasta el desierto y allí, bajo las condiciones más extremas pero al abrigo de su tienda, era sacrificada su virginidad.

viaje nocturno por el mar

Ficción

Las respuestas estaban escritas sobre el agua y ahora las buscamos en el aire. La devoración se produjo aprovechando la invisibilidad de la noche durante un viaje nocturno por el mar. La lucha debió ser encarnizada pues el perro también murió junto a la víctima. El sol ha descubierto ambos cuerpos por la mañana.

MEM

Ficción

Escuchad, muertos antiguos:
mientras prodigan romances ingeniosos,
reanudemos nuestro espiritual y desinteresado viaje
de olvidados náufragos que, como sucios ángeles,
sollozan en el oscuro y transitado pasillo
de la brutal y predadora prisión de nuestros huesos…

Devoración

Ficción

Así fue: el Lobo surgió de las aguas en el preciso instante en que cruzamos el mar de Jonás. No era a causa del Incesto, como hubiera supuesto C. G. Jung, después de su pesada Digestión. Nuestro barco crujía tras el Envolvimiento y ya no pudimos zafarnos del Viaje nocturno por el mar, al que tanto temía Paul Diel. Viaje al vientre de la Ballena de los Símbolos. ¿Sería posible la Resurrección? La idea me asqueaba enormemente.