GRILLO (CANTANDO)

Ficción

Está ya en mis zapatos floreciendo
la corona de espinas de mi muerte,
el hollín de los sueños ya me ciega
y el nocturno infinito me rodea.

En su molde de horrores y pasiones
crece la mala hierba, vieja arpía
que desde el lacrimal pantano
tiende su matriarcal regazo.

Ya caballero exangüe me imagino
en este cementerio de lectores
y con la monocorde oración de la cigarra
y el negro luto de grillo me conformo.

CONDENADO DOS

Ficción

He enterrado su cuerpo como un animal podrido, hundiéndolo en la tierra húmeda. Su carne es semilla de gusanos y la he regado con mi propio escupitajo. Hay que tener esos detalles. Hoy celebro lo único que merece celebrarse: el enemigo bajo tierra. Levanto el sombrero. Lo dejé en calzoncillos, desnudo de dignidad, pienso con una sonrisa torcida. Nadie lo encontrará en este laberinto.

—Qué muerte tan poética —murmura Mira.
—Poética no, brutal —corrijo.
—El cascabel de la muerte vuelve a enredarse en nuestra familia. Otro cuerpo, otra peste.

El cementerio huele a orín y a hierro oxidado, como una herida abierta. Ese símbolo maldito se repite en todas partes, ardiendo en las paredes. Saco un pañuelo, me cubro la nariz, aunque el hedor ya se me ha metido en la sangre.

—La literatura, niña —le digo con voz seca—, es el barco donde este viejo se aferra a tu carne como a un madero en mitad del naufragio.

Ella sonríe, y su sonrisa tiene algo de fosa recién abierta.

He sembrado como un tubérculo su carne …

Ficción

He sembrado como un tubérculo su carne y la he regado de rocío. Conviene tener ese detalle. Sólo porque hoy celebro esa clase de éxito moderno de enterrar al enemigo. Levanto mi sombrero. Le dejé en calzoncillos, pienso con gran satisfacción. En este laberinto, de todas formas, no lo van a encontrar. Qué muerte tan poética, comenta Mira. Ha sido rápido, respondo. El cascabel de la muerte sonando de nuevo en nuestra familia, otro cadáver más, dice. El cementerio huele a orín y ese maldito símbolo está por todas partes. Saco un pañuelo del bolsillo y cubro mi nariz. La literatura, muchacha, es el barco en que este viejo acaricia tus senos, digo para animarla. Sonríe.