Hacía ya muchos años que no nos veíamos…

Ficción

Hacía ya muchos años que no nos veíamos. Me enteré de tu muerte por un amigo al que también hacía mucho que no veía, como si el tiempo necesitase escribir en los pentagramas de la ausencia. Anoche nos volvimos a encontrar entre las extrañas ruinas de un sueño. Tú me aseguraste que estabas vivo y que nos esperabas allí a todos los demás. El sol caminaba lentamente desde el crepúsculo al alba con paso cansino, escupiendo una luz culpable. Nos dimos un abrazo y supe que aquel gesto era la despedida que teníamos pendiente como una deuda envejecida. «Adiós y buena suerte, buena suerte…» me dijiste cuando ya me iba camino de la vigilia.

Rompetechos, el pintor

Ficción

Hace un domingo perfecto de mayo, aunque estamos en invierno. El sol es radiante, el cielo es esmeralda y se respira un aire limpio y agradable que invita a salir a la calle. Hoy es un día raro y especial, hasta Rompetechos, que siempre va con su mono blanco manchado de pintura, lleva traje. No creo que se lo haya puesto para ir a comprar la comida a los dieciocho gatos, dos perros y una cacatúa muda que viven en su casa, aunque eso es lo que parece llevar bajo el brazo.

RPC

Ficción

Hay personas que levantan pasiones, países, guerras, revoluciones, catástrofes, inundaciones, huracanes, ruinas, desenlaces dramáticos, cataclismos, desastres, hecatombes, destrucciones, desgracias, accidentes, trastornos, quiebras, males, abatimientos, aniquilaciones, demoliciones, descalandrajos, descomposiciones, desintegraciones, desmembramientos, desmoronamientos, desolaciones, daños, destrozos, devastaciones, zafarranchos, estragos, estropicios, exterminios, deshechos, discordias, desavenencias, desvalijamientos, terribles consecuencias por la simple fruslería de un destripacuentos que diabólicamente, infernalmente, satánicamente, malignamente no reconoce sus deyecciones.
1.

Esa mañana Ester había desayunado un enorme tazón de cereales. Se sentía con mucha energía para emprender un nuevo día de trabajo en Radio Patraña Continental, la magnífica emisora de noticias.

Mientras se trasladaba en el taxi hacia la calle en que se hallaban los estudios de RPC pudo percatarse de unos insólitos personajes que discutían en las calles de la ciudad. En todas ellas había varios grupos de personas formando un círculo que parecían mantener una discusión un tanto acalorada para ser tan temprano. Como tenía un poco de sueño, no le concedió importancia y simplemente pensó en otra cosa. Había que tener muchas ganas para mantener esas absurdas polémicas matutinas. Cuando dejó el coche el taxista le gruño malhumorado y estuvo a punto de lanzarle un improperio pero se contuvo. Al llegar a la emisora Ester encontró también al jefe de programas discutiendo con el técnico de sonido y, de nuevo, no le concedió gran importancia, aunque ya le empezaba a cansar la enervación que se respiraba en todos sitios a esas horas de la mañana.

Ester se acercó al teletipo, que estaba escupiendo las noticias frescas. Había un atentado en el extranjero; unas elecciones con muchos disturbios en África; la subida del petróleo; la ruptura de los acuerdos de los países de Oriente Próximo; un acalorado debate en el Congreso de los diputados…; y una extravagante noticia que no comprendió pero que le llamó enormemente la atención. Como tenía mucha prisa, pues ya sólo faltaban veinte minutos para empezar el programa y aún no había preparado el comentario, dejó la noticia aparte para volver sobre ella luego. Hizo un resumen y decidió cual de ellas sería la noticia comentada del día.

En pocos minutos estaban emitiendo el programa de Ester, el más famoso de todo el continente. Después de comentar la noticia del día, Ester daba paso a sus infinitos oyentes. Estos llamaban por teléfono para hacer sus propios comentarios sobre la noticia.

Al principio pensaron que se trataba de problemas técnicos, pues no llegaba ninguna llamada. Era realmente raro que no telefonease nadie. Cualquier otro día el cúmulo de llamadas era tal que los técnicos de la emisora se volvían locos para seleccionarlas. Pero curiosamente hoy no entraba ninguna. Ester un poco abochornada se disculpó ante su supuesto auditorio por estos aparentes problemas técnicos e incluso pidió un poco de paciencia a los que intentaban llamar. Toda fue inútil. Los técnicos no encontraban ninguna avería y empezaron a discutir acaloradamente entre ellos. En toda esta discusión alguien entró de la calle gritando. Nadie le escuchó. Ester, un poco enfadada, quiso poner orden y, empezando por el que acababa de entrar, se puso a repartir improperios.

  • salid a la calle – dijo de nuevo con rabia el que acababa de entrar. Nadie le hizo caso. Tan solo Ester, que era muy curiosa, se asomó a la ventana. El espectáculo que contempló le dejó estupefacta. A pesar del estupendo cielo azul y el sol radiante, desde la calle del ferrocarril hasta la del parque y también en todas las calles aledañas, que habitualmente estaban transitadas por una pequeña cantidad de personas, se habían convertido en una auténtica y sorprendente romería de gentes que se gritaban y lanzaban trastos unos a otros. Ester no daba crédito a sus ojos. Todo el mundo parecía estar loco y no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo. Incluso sus compañeros habían salido ya a la calle y continuaban allí la discusión que habían comenzado en el estudio. Ester pensó que estaba teniendo una pesadilla y para cerciorarse se pellizcó en los mofletes. Estaba despierta y bien despierta.

Bajó, ella también, a la calle con su grabadora, como habitualmente hacía cuando iba a la caza de noticias. Un predicador estaba subido en un púlpito improvisado con unas grandes cajas de transporte y arengaba a las multitudes. Recordó la noticia que había leído en el teletipo. Hablaba de una secta, del fin del mundo y no recordaba que otros presagios de mal agüero, pero no le otorgó importancia en vista de los tumultos que se arremolinaban a su alrededor.

  1. De los muchos disturbios que se produjeron, ninguno fue tan sonado como el que recorría las calles de Madenera a la hora del almuerzo. “Ardieron troyas”, como decía ufana Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, conocidísima diva de la radio y la primera que descubrió el asunto en la mañana del 18 de julio de 1963.

Mientras se fumaba aquel gran Coíbas fálico que caracterizaba a Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, contempló como el predicador se esforzaba vanamente hasta llegar a la extenuación, pues más bien parecía provocar las alergias de los concurrentes que sus adhesiones y amenes. Ya desde que entró en la secta se caracterizaba por su fulgor fatuo al predicar. Y es que, como decía mi difunta abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

Ester, por esa curiosidad innata que la caracterizaba, empezó a escuchar a aquel energúmeno propagandista.

  • … y una nube dejará su rastro de discordia y desolación entre los que no escuchan a “los enviados encima de las cajas”, pues el Señor es justo y compasivo con los que le escuchan… – vociferaba el predicante.

Emilio Sobeque. Cuentos escogidos. Madrid, 1987.

valquirias

Ficción

Las valquirias, esas figuras míticas que emergen de las brumas del antiguo folclore nórdico, son guerreras celestiales, hijas del dios Odín. En el campo de batalla, cuando la sangre tiñe la tierra y las almas de los guerreros caídos se elevan en un suspiro final, las valquirias descienden con gracia sombría, montadas en corceles espectrales. Sus armaduras brillan como estrellas frías en la noche del destino, y sus rostros, a la vez severos y bellos, reflejan la calma imperturbable de quienes conocen los secretos del más allá.

Estas doncellas, de cabellos dorados como el sol en el ocaso, no son meras espectadoras. Sus ojos, penetrantes como lanzas de hielo, seleccionan a los más valientes, a los que se han ganado un lugar en el Valhalla, ese salón glorioso donde los héroes aguardan el día del Ragnarök. Las valquirias no solo deciden quién vive y quién muere en el campo de batalla; ellas tejen los hilos del destino con dedos delicados pero firmes, cada elección cargada de un peso que ningún mortal puede comprender.

En la mitología, las valquirias encarnan la dualidad de la vida y la muerte, la belleza y la fatalidad. Son el puente entre lo terrenal y lo divino, entre el caos de la guerra y la serenidad del destino cumplido. Su presencia, aunque temida, es también venerada, pues a través de ellas se perpetúa el ciclo eterno de la existencia y el renacimiento.

Dánae

Ficción

Para colmo de mis desdichas, una vez en la habitación, Dánae no siempre se mostraba tan solícita como mi imaginación y mis deseos lo pergeñaban. Un día, cuando acababa de caer el sol, escalé la alta torre que me separaba de las placenteras victorias del amor, no sin hartos peligros. Con su amplio vestido de vuelo, ella estaba afortunadamente allí, y su corsé o justillo -como entonces le llamaban- elevaba sus erguidos, indomables y danaides senos. Mi inocente corazón trepidaba ansioso por acariciarlos cuando irrumpió la Damgalnunna en su ya, por fin, mancillada habitación para hacer su aún inmaculada cama. Imaginaos entonces mi azaroso rubor y patetismo tratando de ocultar lo que es más evidente que el sol de mediodía.

viaje nocturno por el mar

Ficción

Las respuestas estaban escritas sobre el agua y ahora las buscamos en el aire. La devoración se produjo aprovechando la invisibilidad de la noche durante un viaje nocturno por el mar. La lucha debió ser encarnizada pues el perro también murió junto a la víctima. El sol ha descubierto ambos cuerpos por la mañana.

Labios licuados

Poesía

Tus labios licuados en mis besos,
como el sol y la nieve,
de horas se bifurcan
en los arroyos del silencio.

Tus labios, licor en mis besos,
tan frágiles como el último suspiro del crepúsculo,
acarician mis sombras,
trenzando la noche en un hálito eterno,
y somos dos ríos abrazados en la orilla
de un sueño que termina,
una danza final,
horizonte de un reloj detenido.

Oh, tus labios,
que en mi boca desatan los mares,
donde naufraga el corazón,
y cada beso es una lágrima celeste
que cae al abismo de nuestro fuego.

Piedra, donde los vientos
canturrean secretos y las estrellas
son flores marchitas,
tus labios licuados en mis besos
como el eco se disuelve en la ausencia.

Y yo, perdido en el misterio de tu piel,
siento que el amor
es un destello efímero,
un susurro del cosmos
que se adhiere a mi pecho,
fuego y ceniza, suspiro y universo,
en la alquimia ciega.

Tus labios licuados en mis besos,
como el sol que deshace la nieve,
y en esa caricia líquida, se disuelve
la esperanza que alguna vez sostuvo.

Tus labios,
tan frágiles como el último suspiro del crepúsculo,
acarician mis sombras,
trenzando la noche en un beso eterno,
mientras nos deshacemos,
como hiel entre tuétanos,
huesos que naufragan en un mar sin orillas.

Oh, tus labios,
que en mi boca desatan los mares,
donde se ahoga mi corazón,
y cada beso es una lágrima celeste
que cae en el vacío de nuestra desesperanza.

En esta casa, donde los vientos
canturrean secretos de soledad y desvelo,
tus labios licuados en mis besos
como el eco se disuelve en la aurora,
y cada caricia es un adiós,
un lamento que se pierde
en la vastedad de nuestros silencios.

Yo, perdido en el misterio de tu piel,
siento que el amor
es un destello efímero,
un susurro del cosmos
que se adhiere a mi pecho,
fuego y ceniza, suspiro y universo,
en la alquimia negra.

Y así, en esta noche sin estrellas,
bajo el manto negro del olvido,
con tus labios licuados en mis besos,
nos desvanecemos,
como un sueño roto,
como un grito en la penumbra,
como la última hoja de otoño
arrastrada por el viento.