Moscas

Ficción

Las moscas, esas diminutas criaturas zumbantes, tan insignificantes en apariencia, pero tan obstinadas en su misión, parecen orquestar un asedio implacable, como si fueran soldados de un ejército en miniatura. Cada una con un vuelo errático y desesperado, como pequeños guerreros con alas, agitando el aire con una urgencia incomprensible, una determinación que desafiaría incluso la paciencia del más santo. Su insistencia es tal que hasta el mismísimo ejército de salvación, con toda su devoción y espíritu de sacrificio, se vería exhausto ante tal despliegue de tenacidad. Es como si estas moscas, en su danza caótica, encarnaran la propia esencia de la fatiga, convirtiendo cada intento de ahuyentarlas en una batalla perdida, una prueba incesante para el alma.

Esas criaturas diminutas y persistentes, giran y zumban en el aire viciado de la habitación como pensamientos intrusos en la mente de un hombre insomne. No, no son simples insectos, sino pequeñas tormentas de aleteos irregulares, que desafían el orden y la paciencia. Tal es su naturaleza, que agotarían no solo a un alma perdida, sino al mismísimo ejército de salvación, con sus alas frenéticas y su absurda constancia. Imposible no imaginar que, en ese torbellino de movimientos, se esconde una perversión de la calma, un recordatorio cruel de la inquietud perpetua que se anida en los rincones más oscuros de nuestra existencia. Las moscas, imperturbables ante cualquier señal de rendición, se alimentan del tedio, del cansancio, y de esa guerra invisible que libran con el alma que busca descanso.

Ah, las moscas, esos diminutos y persistentes emisarios del caos, cuyo aleteo incansable podría desgastar incluso a la más noble de las almas. Imagina un enjambre tan denso y tenaz que hasta el ejército de salvación, con sus uniformes almidonados y sus corazones llenos de fe, sucumbiría al agotamiento. Esos insectos, con su zumbido monocorde, parecerían estar tejidos con los hilos de la desesperación, capaces de convertir la más firme voluntad en una cuerda tensa, a punto de romperse. Cada embestida, cada giro impredecible en el aire, se sentiría como un golpe a la paciencia, una prueba constante al límite de la cordura. En su pequeñez, las moscas cargan con una energía devastadora, una persistencia que haría arrodillarse al mismísimo ejército del cielo, rogando por un respiro, por una tregua en esa guerra interminable contra lo efímero y lo incansable.

Y de todas ellas, las de septiembre son sin duda las campeonas de la desesperación.

SE IMPROVISÓ UNA MORGUE

Ficción

Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.

Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.

Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?

Entablé una discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.

Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.
El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.

El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.

Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.

Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.

Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.

Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa.

Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunté de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.

[Este post es para crear una novela colectiva de forma hipertextual. Los primeros párrafos son de aportación colectiva. Debes añadir tu texto continuando el hilo por donde lo dejan los demás…]

CHIRÓN 4/5

Ficción

Hoy P. está leyendo un libro, How we reason and why we make mistakes. La vemos sentada. Nunca sabremos si está viajando en el metro o lee cómodamente en el salón de su casa. Sólo sabemos lo que nos permite ver un ojo que únicamente registra sus movimientos, el contorno de su cuerpo y aquellos objetos que entran en contacto directo con P., todo lo demás se nos escapa, y tampoco entendemos esta caprichosa selección de la realidad que nos impone el ojo de E., la persona —¿es una persona?— que le sigue, que le observa desde cerca, tan cerca que podemos oír su respiración, casi el latido de su pecho. No entendemos tampoco porqué P. no es consciente de su perseguidor, de su espía, ¿quizás sólo se trate de una diminuta cámara, instalada en una mosca electrónica, quizás es sólo el ojo de un mosquito que revolotea a su alrededor y que de alguna forma nos está haciendo llegar su percepción? Deducimos que hay una voluntad detrás de ese ojo y por eso tendemos a llamarle con un nombre, E., y a considerarle persona, independientemente del medio del que se esté sirviendo para mantener vigilada a P. […]

LÁGRIMAS

Ficción

Desde los encharcados balcones de mis ojos
se arrojan como moscas al vacío
en vertical picado hasta mi pecho.

¿Por qué colmáis estas cloacas cristalinas?
¿Acaso convoqué vuestra presencia?
¿Solicité acaso vuestro auxilio?

Dejad de adulterar estos desagües
y fistular mis úlceras miradas
de ausente y ya vencido viejo.

PFNHDM 3.UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Ficción

Se despertó sobresaltado. La música seguía sonando en el iPod. Y era de nuevo Aretha Franklin con su Think quién le devolvía a la realidad. ¿Dónde había dejado la tableta de chocolate? Le dolía la cabeza. Le había metido garrafón, el jodido camarero, ese jodido novato le había metido garrafón y él sin enterarse. Para que luego presumas de distinguir el Jack Daniels a cien metros sólo por el olor. Un poco de Milka y se me pasa esta jaqueca -pensó.
Miró a la almohada y le hizo un gesto de desprecio. Últimamente no me ayudas en nada, jodida perra, tendré que decidirlo yo solito. Dio un mordisco al chocolate y un trago a su auténtico Jack Daniels. ¿Le gustará el güisqui a Leonard Cohen? Seguro que sí. Esa voz no se fabrica sin un poco -que digo un poco- con una buena cantidad de Jack Daniels. Y tú, imbécil, qué, sigues ahí, dándole a la tecla. Pero, por favor, como tengo que decirte que no hables de mí. Sobre todo ahora que tengo que decidirme.
Aquello era más difícil que chuparme los pezones.
Un fiambre. Un millón. La cárcel. Todo o Nada. Una apuesta fuerte. Huir para siempre. Adiós a los problemas o problemas para siempre. Un trago más. No puedo hacerlo yo solo. No. Tendría que hacerlo solo. Es poco un millón. Tendría que hacerlo solo. No todos los días te hacen una oferta así. No voy a compartirla. Debería pedirle más. No va a querer. ¿Escrúpulos? No. Yo no tengo. Pero ¿Y si me trincan? En chirona te hacen eso por detrás. Otro trago. Relajarse. Es mejor relajarse. Te destrozan el culo y a ver a quién reclamas. A ver a quién reclamas. Ciento sesenta y seis millones de pesetas. El doble son… casi trescientos treinta y … No querrá. Es mucho. Sería suficiente para mí. No. No va a querer. Cualquiera de esos lo haría por menos. Pero no puede darle publicidad. No puede ir por ahí diciendo si matas a este te doy un millón. No va a poner un anuncio. No conoce a muchos matones. Basta con uno. Claro. Basta con uno. Un trago. Y si le hago chantaje… No. Me liquida él a mí. Un trago. Ah, me duele la jodida cabeza.
Con dos millones se puede contratar un buen abogado. Que te limpie la mierda. Y sales del trullo ¿Y qué te queda? Nada ni un puto duro. Otra vez a empezar. Ni un puto duro. Joder. Esos si que saben cobrar por su limpieza. Y ni siquiera se manchan. Ni guantes, ni nada. Bueno sí. Con su lengua. Lo hacen con su lengua. Qué jodíos los tíos. Bla, bla, bla. Lamen por aquí, lamen por allá. Y si pagas lo suficiente, limpio. Como el culito de un bebe recién cambiado. Y ni se manchan. Qué tíos. Tú matas a un tío. Y ellos, bla, bla, bla, que no, que no, que este tío es más bueno que el pan, que le confiaría a mi madre, que no mataría a una mosca… Y se quedan tan tranquilos. Ni remordimientos les quedan. Tampoco tienen escrúpulos. Todo por la pasta. Lo juro. Como todos. Todo por la pasta. Te limpian limpiamente. La conciencia y los bolsillos. Qué tíos. Y tú estás limpio pero ya no puedes ir de copas. No. Ni un duro para copas. Estás limpio. Aunque acabes masturbándote por el ano. Estás listo.

Fragmentos al ocaso

Poesía

Primavera beodo, sigue la senda,
donde el hielo se funde en engañosas aguas.
Perfección basta en la multitud de nadie,
mientras el deseo de violetas reaviva la cabellera.

Romperé los sauces que nos atan al desierto,
abriré puertas a la libertad del canto sin máscara.
En el combate reservado de las cumbres,
hallaré la auténtica tierra fecunda.

Capaz y tonta, la mecánica festina de la búsqueda,
donde las leyes recuperadas se manchan de grises.
En los decorados de la oportunidad verás,
la alimaña que se hace cuento en la noche apagada.

Llorarán los guardias del tiempo,
mientras la aventurera muestra el camino.
Humanos tratad inmediato de embriagaros,
con la esencia de los carámbanos que rodean el consejo.

Falta existente para arrojar luz a los paisajes del ocaso,
donde la clave de la vida se revela en la danza de amor.

Primavera embriagada, sigues danzando,
en el hálito engañoso de aguas centelleantes,
armé mi corazón en la perfección de lo erótico,
donde nadie basta, en la multitud de lo efímero.

Romperé los sauces, huiré del desierto,
tras puertas de pesares y máscaras de canto,
llamé a los tiernos niños, dispensé las atarjeas,
reservaba un galope para el combate.

Tonto y capaz, auténtico en mi descarnado ser,
busqué en el festín mecánica de la vida,
donde las moscas replicaban cuidadosamente,
y el lago encogía bajo el gris mártir de las leyes.

Decoré mi camisa con la oportunidad de ver,
en un cuento apagado donde el guardián llora,
la aventura carnal de los humanos,
un destino inmediato embriagándonos.

Que tengas carámbanos espantosos rodeando,
este consejo falta de un existente, vivo,
arrojando paisajes al ocaso, clave en la vida,
la primavera nos embriaga, y el sentido revive.

VOLVER A TEBAS

Ficción

La ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.

Río estancado

Poesía

Hay un verdejo muerto
a la orilla de un río estancado
y las colillas de un Marlboro
a la orilla de un río estancado
y las hojas arrancadas de Las flores del mal
a la orilla de un río estancado
y las llaves oxidadas de la puerta
a la orilla de un río estancado
y el dibujo de las pinturas negras de mi hija
a la orilla de un río estancado
y la foto de madre largo tiempo enterrada
a la orilla de un río estancado
y las cenizas calcinantes que llevo tiznadas
a la orilla de un río estancado
y las lágrimas corrosivas de satán
a la orilla de un río estancado
y la sangre en las uñas
a la orilla de un río estancado
y la tortura áspera de las pesadillas
a la orilla de un río estancado
y el ataúd del pánico
a la orilla de un río estancado
y mil asquerosas moscas más
a la orilla de un río estancado.