KHIRON

Ficción

Se preguntarán quién soy yo. Voy a presentarme, mi nombre es E., de mi mismo sé bien poco, estoy viviendo en una habitación cerrada de la que no puedo salir, no sé cuánto tiempo llevo aquí metido ni cuánto me queda por estar. El recinto donde me hallo está constituido por cuatro pantallas de televisión que forman las paredes del mismo, en el centro hay una cama donde descanso, una mesa donde como y escribo y, en una esquina, un retrete, una ducha y un lavabo. No sé cuándo ni quién pone la comida sobre la mesa y retira los restos, pues siempre lo deben hacer en mi más profundo sueño. En algún momento he debido aceptar esta situación pues mi mente no es consciente de que se me haya obligado a la fuerza a entrar aquí. He perdido toda noción del tiempo y únicamente mis ritmos biológicos, probablemente desajustados, me dan la hora de los acontecimientos. Toda mi actividad consiste en contemplar las imágenes que se muestran en las distintas pantallas. No es que sea una obligación, de hecho, puedo pasar mucho tiempo durmiendo, simulando que duermo —para ver si consigo engañar a la persona o personas que me traen el alimento— o simplemente simulando que pienso. Entre los objetos que me han dejado se encuentra un ordenador, al principio me pareció estúpido e inútil, pero ahora paso mucho tiempo escribiendo todo lo que se me ocurre y también lo que le ocurre a P. , nombre que he decidido ponerle a la persona que continuamente se me muestra en las pantallas, y lo que supongo que le ocurre o piensa L., nombre que, a falta de otro mejor, he decidido darle a la persona que me alimenta. […]

Mi narración escrita de los hechos únicamente me tiene a mi mismo como destinatario, aunque sospecho que los que me tienen aquí encerrado tienen acceso a la memoria del ordenador y por tanto de alguna forma sé que también ellos pueden ser el público lector de mis reflexiones, apuntes, delirios, preguntas, preguntas, preguntas…
Supongo que cuando uno no tiene otra perspectiva de la realidad, esta acaba siendo su única realidad. No tengo espejo, pero el hecho de estar continuamente observando a P. me hace suponer que yo mismo soy a su vez observado por otro o por otros. Ese otro u otros, al que, como ya mencioné, he decidido llamar L., ¿está también pensando en mí, lo mismo que yo pienso en P. como en un juego de espejos paralelos que quizás produce imágenes infinitas, de las que cada uno sólo es capaz de ver a un P. y suponer la existencia de un L.? […]

Al despertar, un pequeño objeto tirado en el suelo ha llamado mi atención. Se trata de un papelito, como esos de la suerte. Lo he abierto y en su interior estaba escrita esa extraña palabra… KHIRON. No he podido conciliar bien el sueño en todo el día. ¿Qué mensaje ha querido dejarme L.? […]

Hoy P. está leyendo un libro, How we reason and why we make mistakes. La vemos sentada. Nunca sabremos si está viajando en el metro o lee cómodamente en el salón de su casa. Sólo sabemos lo que nos permite ver un ojo que únicamente registra sus movimientos, el contorno de su cuerpo y aquellos objetos que entran en contacto directo con P., todo lo demás se nos escapa, y tampoco entendemos esta caprichosa selección de la realidad que nos impone el ojo de E., la persona —¿es una persona?— que le sigue, que le observa desde cerca, tan cerca que podemos oír su respiración, casi el latido de su pecho. No entendemos tampoco porqué P. no es consciente de su perseguidor, de su espía, ¿quizás sólo se trate de una diminuta cámara, instalada en una mosca electrónica, quizás es sólo el ojo de un mosquito que revolotea a su alrededor y que de alguna forma nos está haciendo llegar su percepción? Deducimos que hay una voluntad detrás de ese ojo y por eso tendemos a llamarle con un nombre, E., y a considerarle persona, independientemente del medio del que se esté sirviendo para mantener vigilada a P. […]

He descubierto que puedo dirigir la cámara al punto de vista que yo desee, pero nunca cambiar el objeto contemplado, siempre es P. la protagonista de “mi” ficticia película, la cámara no responde a mis intentos de cambiar este interminable plano-secuencia. Sólo mi sueño produce las elipsis, los cortes, los planos y contra planos tomados a P. Siempre P. Por ejemplo, es inútil calcular la distancia que recorre P. y el tiempo me parece demasiado subjetivo para servir de referencia, por tanto me limitaré a describir los hechos que se me van presentando, lo más desnudos de interpretaciones y suposiciones precipitadas, tan sólo me permitiré hacer hipótesis plausibles de lo que se me permite ver. […]

¿Qué será greguería?

Ficción

En la penumbra de la tarde, con la luz oblicua dorando los filos de los muebles y arrancando brillos furtivos de la porcelana, me detuve a pensar: ¿Qué será greguería?

El eco de la palabra revoloteó en mi mente como un insecto dorado atrapado entre los visillos. Greguería. La repito y se deshace en una ristra de sílabas saltarinas: gre-gue-ría, como los pasos torpes de un niño que corre con zapatos nuevos. Se me antoja que tiene la textura de la espuma sobre el café recién hecho, burbujeante, efímera y llena de promesas.

Tal vez sea un chispazo de ingenio que se pierde entre los pliegues de la conversación, una de esas perlas que se sueltan sin aviso y ruedan bajo la mesa, inhallables hasta el día menos esperado. ¿No es acaso una greguería el chasquido del fuego cuando el ámbar de la madera se quiebra de repente? ¿O la forma en que las nubes a veces se disfrazan de animales imposibles?

No es solo palabra, sino relámpago. Un fogonazo breve que ilumina el abismo cotidiano y lo transforma en misterio. La greguería salta, se escurre, se escabulle. La miro de reojo, tratando de sorprenderla, pero se disfraza de mosca que se posa en el borde del vaso. Casi puedo escuchar su risa menuda, como el tintineo de una cuchara en la loza.

Tal vez, y solo tal vez, la greguería sea el guiño travieso que el mundo nos lanza en mitad de la seriedad con que fingimos entenderlo todo. Es la grieta por donde se asoma la broma cósmica, el resquicio por donde el universo se atreve a decir: «No te lo tomes tan en serio». Y allí está, agazapada entre la sombra de la cortina y la mueca que se forma cuando el espejo nos devuelve una imagen extraña de nosotros mismos.

¿Será, entonces, la greguería, el temblor de la realidad cuando la certeza se afloja? ¿Será la risa de las cosas cuando nadie las mira? No lo sé. Y qué bien que no lo sepa, porque si algo se vuelve definible, se marchita. Prefiero pensar que la greguería es un duende travieso que se oculta entre los pliegues del lenguaje y nos guiña el ojo justo antes de desaparecer.

Será quizá el destello fugitivo de un pensamiento que, al rozar las cosas, las convierte en metáforas. Como un rayo minúsculo que ilumina y se burla, como una chispa que se niega a arder en el fuego solemne de las explicaciones largas. La greguería no es prosa ni verso, sino el guiño cómplice del lenguaje que decide jugar en vez de explicar.

¿Será un pájaro breve posado en la rama de lo cotidiano? O acaso sea ese leve escalofrío que deja la risa cuando ha comprendido algo que nunca se le dijo. Porque la greguería es, al fin y al cabo, un susurro y una burla, un salto del ingenio que tropieza a propósito con lo imposible.

¿Y si fuera un espejo pequeño que nos devuelve la imagen torcida pero verdadera de las cosas? Un espejo donde las nubes tienen hambre y los relojes se cansan de contar el tiempo. Porque en el fondo, la greguería no quiere describir, sino transformar: convertir el mundo en un lugar más extraño y más propio, más absurdo y más real.

Ah, greguería, tal vez seas el eco juguetón de las palabras que, al perderse, encuentran un camino nuevo. Tal vez seas la carcajada diminuta de lo invisible, esa verdad descalza que no teme caminar sobre las baldosas rotas de la imaginación.

Si la greguería es la voz única que, con la agilidad de una libélula, se posa en el mundo para revelarlo distinto, el griterío es la estampida de mil voces que corren en todas direcciones, desbocadas y febriles.

La greguería no levanta la voz, apenas la insinúa; suena como un campanilleo de plata en la lejanía, una ocurrencia que se desliza por la mente sin pedir permiso. En cambio, el griterío es un estruendo sin dueño, una marea de palabras que chocan entre sí, que no buscan claridad, sino presencia. La greguería propone; el griterío impone.

Si la greguería es una línea limpia y afilada —»El reloj es el buitre del tiempo»—, el griterío es un torbellino de líneas superpuestas que se anulan unas a otras. La primera es una chispa que ilumina la oscuridad con una verdad absurda pero nítida; el segundo es una tormenta de rayos que ciega más de lo que aclara.

La greguería te toma del brazo y te susurra: «Mira, aquí hay un secreto que no sabías». El griterío, en cambio, te empuja por la espalda, te sumerge en el tumulto y no te deja distinguir cuál voz es la tuya. La primera abre un portal hacia la extrañeza; el segundo te encierra en la confusión del mundo.

Si la greguería es el canto solitario de un pájaro loco, el griterío es la algarabía de un mercado en plena hora punta. No es que uno sea mejor que el otro; es que, mientras la greguería inventa, el griterío arrebata. Una nos invita a mirar el mundo con otros ojos; el otro nos deja con la sensación de haber visto todo al mismo tiempo, sin entender nada.

Para crear greguerías

Ficción

El Arte de Ordeñarse los Pelos

En un rincón apartado de la mente, donde los pensamientos vagan como sombras en un atardecer melancólico, se encuentra la esencia de la creatividad, un terreno fértil pero agreste, donde el arte de la greguería espera ser cultivado. Este acto de ordeñarse los pelos uno a uno, como quien ordeña una vaca flaca, se convierte en un ritual casi sagrado, una danza íntima entre la conciencia y la locura, entre la lucidez y el delirio.

Cada mañana, cuando el alba tiñe de oro el horizonte y los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la ventana, el protagonista se sienta en su viejo escritorio de madera, el mismo que ha sido testigo de sus cavilaciones y delirios. El aire huele a café recién hecho, a esa mezcla de amargor y calidez que despierta los sentidos e invita a la introspección. Con un cuaderno desgastado en las manos, se prepara para el ejercicio que desafía tanto al intelecto como al espíritu.

Comienza el proceso, como si se tratara de una ceremonia, en la que cada pelo de su cabeza se convierte en un hilo dorado de ideas esperando ser extraído. Se sumerge en un estado casi de trance, donde cada hebra es un canal que conecta con la vastedad del universo. Así, con los ojos cerrados, va recorriendo su propio ser, palpando su mente con delicadeza, casi como si temiera romper la delgada membrana que separa el pensamiento del insensato, el orden del caos.

Las imágenes surgen ante él como flores en un jardín olvidado. Una mariposa dorada que revolotea en un campo de sueños; un viejo reloj de arena cuya arena, en lugar de caer, se transforma en letras y palabras que bailan al son de una melodía inaudible. Con cada extracción, con cada hebra que se deja caer sobre la hoja en blanco, el flujo de ideas va tomando forma, y así brotan las greguerías, pequeñas joyas literarias que destilan ironía, humor y un toque de melancolía. “La nostalgia es un perro que siempre regresa a casa”, anota con rapidez, mientras la risa y la tristeza se entrelazan como amantes perdidos.

La tarde se desliza con una languidez casi sensual, y el sonido del bolígrafo arañando el papel se convierte en un canto de sirenas que lo envuelve en su hechizo. Cada frase es una confesión, un susurro del alma, un eco de sus anhelos y miedos. La creatividad fluye como un río desbordado, y él se convierte en el pescador que captura las ideas que saltan a la superficie, las acomoda, les da forma, las acaricia hasta que cobran vida.

Mientras la luz del sol se desmorona lentamente, su habitación se inunda de sombras, y en el aire persiste un aroma a tinta y papel. La sensación de haber ordeñado cada pelo se convierte en una euforia sublime; el esfuerzo, antes visto como un sacrificio, ahora se revela como una celebración. Las greguerías se apilan en la mesa, pequeñas llamas que iluminan su mundo interior, reflejando sus miedos, sus risas y su inquebrantable deseo de comunicar lo inefable.

Con un suspiro de satisfacción, deja caer el bolígrafo, y en ese instante de quietud, siente que ha logrado no solo una colección de frases ingeniosas, sino también un vistazo a la vastedad de su ser. Ha comprendido que cada idea extraída, cada pensamiento hilvanado, es una parte de él, un fragmento de la humanidad que lucha por ser entendida en medio de la vorágine de la vida.

Y así, mientras el crepúsculo tiñe el cielo de púrpura y añil, se da cuenta de que el verdadero arte de la creación no radica únicamente en la producción de palabras, sino en la intimidad del proceso, en el coraje de desnudarse frente a uno mismo, y en la maravilla de descubrir que en el acto de ordeñarse los pelos, se encuentra la esencia misma de lo que significa ser humano.

Ordeñarse los pelos, uno a uno. Imagina el rito, la ceremonia secreta frente al espejo, donde la cabeza se convierte en un campo de raíces doradas o cenicientas que se tensan como hilos de guitarra. Los dedos, como pequeñas arañas nerviosas, recorren el cuero cabelludo en busca de aquel único pelo que guarda, en su mínima estructura, un destello de idea; una ráfaga breve pero fulgurante que, extraída con esmero, se convertirá en greguería.

Hay que alzar el cabello como si se alzara una pluma de pavo real, cuidando que la raíz no se quiebre demasiado pronto, permitiendo que la savia, el brillo que lleva escondido en su médula, fluya libre. «Cada pelo es un hilo directo al pensamiento», murmuraría uno, mientras el tirón delicado se convierte en un pequeño relámpago en la cabeza. Al extraerlo, se siente el leve pinchazo de una idea que va tomando forma en el aire, un susurro que podría convertirse en risa o en reflexión.

Cada hebra se desliza en la yema del dedo como un secreto antiguo, revelando en su fina curva lo que parece un universo encapsulado. Hay quienes encuentran en el pelo la sabiduría que la cabeza no sabe, porque cada hebra guarda en sí misma la memoria del aire, el roce del viento y las caricias que olvidamos. A veces, el cabello tiene más memoria que la propia piel; y en cada mechón se anidan pequeñas paradojas, como moscas atrapadas en miel, como murmullos que duermen entre las sábanas del cráneo.

De un pelo que se desprende de la raíz, puede nacer la verdad más honda: «El sol es una cereza que cae al mar, cada tarde, haciéndose zumo en el horizonte». Se escucha, como un eco en la habitación solitaria, el suspiro de una verdad recién nacida. Esa greguería ha salido limpia, reluciente, como la luz de una luciérnaga en la noche más cerrada. No hay forma de negar que, al tirar del pelo adecuado, la mente destella en pequeñas epifanías, en verdades que nunca sospechamos.

Y así, uno va arrancando de sí mismo las ideas, quitándose pelos como quien se despoja de viejas máscaras, lanzando cada hebra al viento para que, en el aire, se mezclen y bailen. Las greguerías nacen de esa danza, de ese flujo breve que es un suspiro con alas. Cada hilo que vuela es una semilla; algunos caerán en el olvido, otros encontrarán lugar en oídos atentos, como aves migratorias buscando un sitio donde hacer nido.

Porque el poeta, el humorista, el ser humano que intenta ver más allá de lo visible, es solo un orfebre de cabellos, un coleccionista de esas minúsculas fibras que de lejos parecen iguales, pero que, si uno observa detenidamente, llevan en sí mismas un temblor secreto, una vibración única. Ordeñarse los pelos es sacarse de adentro la risa más absurda y la tristeza más callada, volviendo el cuerpo campo fértil de metáforas, volcán pequeño de delirios encapsulados en filamentos que relucen.

Así, el espejo se convierte en un templo y el peine en un arado. Hay que abrir surcos en la cabeza, recorrer con paciencia el mapa de los sueños que la cabellera encierra y encontrar la idea que duerme enroscada en cada pelo, como un espiral que solo espera la mano sabia que lo libere. Uno termina, quizás, con la cabeza más ligera, un poco despeinada, pero el alma cargada de luces extrañas y fugaces, reluciendo en greguerías que son el verdadero arte del absurdo, la belleza mínima, escondida en las hebras de un pensamiento.

Y mientras tanto, los árboles ordeñan las nubes… ¿No es así?

Araña

Ficción

La araña, pequeña hechicera del silencio, equilibra su diminuto cuerpo en un hilo invisible, suspendido entre la brisa leve y el aire espeso de la tarde. Sus patas, finas como pinceles de un pintor en miniatura, trazan senderos en el vacío, como si bordara con hilos de luz solar dispersa, atrapada entre las hojas y las sombras. Cada movimiento suyo es un acto de gracia, una danza silenciosa entre la vida y el vacío.

Es tejedora, sí, pero no sólo de hilos; teje el tiempo mismo, entrelazando los minutos que se desvanecen con los rayos fugaces que alguna vez brillaron en la infancia. A cada sacudida de su diminuto cuerpo, se despliegan como acordes las hebras invisibles, vibrantes de luz, un canto tenue al que sólo los oídos del universo responden. Es un funámbulo del éter, un ser que mide su existencia entre los hilos de lo efímero, como si los días se trenzaran también entre sus patas en la misma red en la que las moscas encuentran su destino.

Así, la araña se convierte en un símbolo del instante y la eternidad. Trenzando, paso a paso, la esencia misma de los rayos extraviados, construye una morada que desafía el viento y el olvido.

La araña es a la vez funámbula y tejedora de rayos de sol extraviados, suspendida en la vastedad del aire como un minúsculo demiurgo que hilvana hilos de luz, atrapando en su red los secretos más sutiles del día. Con una precisión silenciosa, mueve sus patas frágiles, tensando la seda en una coreografía que desafía el abismo. Cada filamento vibra, como si contuviera el eco de sueños olvidados, de diálogos susurrados entre el viento y las hojas que caen en su danza otoñal.

La araña, suspendida entre dos mundos, se convierte en una orfebre del aire, en una amante del equilibrio que desafía las leyes invisibles del espacio. En cada nudo, en cada hebra entrelazada, pareciera recoger el resplandor errante del sol, destellos huidizos que quedaron atrapados en su laberinto de seda. ¿Acaso teje para atrapar la luz o para conservar las sombras que se filtran entre los rayos? Quizá lo haga por el simple placer de crear, de ser artífice y testigo de su propia obra, una creación que resiste, aunque sea por un momento, al paso del tiempo y del olvido.

Los rayos de sol, ya domesticados, se inclinan ante su telaraña, dejando entrever sus secretos en cada curva de la trama. Como un arpista solitaria, la araña vibra al ritmo de las horas, tejiendo no solo su refugio, sino el delicado equilibrio del universo mismo.

La araña, en su danza silenciosa y casi hipnótica, se convierte en una equilibrista etérea, oscilando entre los vientos caprichosos del atardecer. Cada hilo que despliega no es simplemente una trampa o una casa, sino una traza de luz, un eco dorado de los rayos de sol que han escapado de su curso. Ella, en su diminuta y sabia labor, parece comprender que la belleza y la fragilidad están íntimamente ligadas, y mientras camina sobre su propia creación, no es solo la gravedad la que desafía, sino el tiempo mismo.

Es la artífice de un entramado de horizontes perdidos, aquellos rayos que ya no encuentran dónde posarse y que ahora se enredan en las hebras de su red, atrapados por un capricho invisible. Su tela, más que una trampa para los incautos, es un manto donde lo efímero toma forma y lo intangible se vuelve tangible, por un instante, hasta que el viento, en su impaciencia, lo borra todo, como si nunca hubiera existido.

Suspensa en su delgado hilo, se balancea con una gracia que sólo puede apreciarse en el silencio de las horas que caen. Cada filamento que extiende no es sólo un puente entre ramas, sino una partitura hecha de viento y luz, donde la brisa parece cantar, y los destellos del amanecer se enredan, prisioneros fugaces de su telaraña.

La araña, diminuta en su vasto imperio de hilos, se desliza con una paciencia antigua, como si supiera que su obra no es sólo una trampa, sino un reflejo de ese equilibrio precario del que todos somos parte. Los rayos que atrapa no son fortuitos; son los fragmentos de un universo que se desmorona y se recompone a cada instante, y ella, desde su trono invisible, los custodia, los urde, los convierte en algo nuevo.

VOLVER A TEBAS

Ficción

Euforbo alimenta a EdipoLa ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.

4. El Padre…

Ficción

El Padre Yanke era gris. Su nombre era gris. Su cara era gris. Su pelo era gris. Su cabeza era gris. Sus gruesas gafas de culo de vaso eran grises. Su orondo cuerpo era gris. Su roída chaquetilla de lana -sobre su gris sotana- era gris. Su adocenado sermón era gris. La rancia casa parroquial donde vivía era gris. Su ramplona iglesia era gris. Las nausebundas hostias de consagrar eran grises. Su doliente y adulterado Cristo era gris. Su parroquia y sus gregarios parroquianos eran grises. Su mundo era gris. Todo alrededor del padre Yanke era gris, incluso su sangre no era roja, sino de un gris entre marengo y horchata. Todo -excepto Carlos Gayol, su cromático feligrés, contrito pecador y confesante reincidente- era gris. Gayol era una mosca negra en el vaso de leche agrisada del Padre Yanke, el cebo irisado de un triste y apagado pescador, de un pastor de grises y anodinos corderos modorros que pastaban en su agrisada y mohína pradera y que, en este preciso momento, llegaba revoloteando al excusado y vetusto confesionario del cura gris. […]