El invierno convierte a las lágrimas en cuchillos de punta

Ficción

Saludos a los amigos que comentan, siento tener tan poco tiempo para escribir. En el título de esta entrada os dejo una greguería fugaz de mi fugaz paso por el blog. ¡Apurar cielos pretendo, oh cielo abandonado! ¡Jajaja! En fin, algún día vendrán mejores tiempos en que uno no tenga que ser un puto tecnócrata para ganarse la vida y dedicarse en cuerpo y alma a la literatura y la diletancia. Besos a todos/as.

Mierda de todo

Ficción

Quisiera gritar, chillar, patalear, llorar, saltar… pero debo callar; callar y tragar. Tragar lágrimas de rabia que empañan mi alma, pues dicen que los ojos son el reflejo del alma, ¿no?
Estoy desquiciada, últimamente todo me sale mal. Qué le habré hecho al Altísimo, quizá no creer en él. Llevo mucho tiempo esperando. Paciente, alerta; pero nada llega, nada.

Espejito, espejito, ¿quién es la más…?

Ficción

Esta mañana el espejo me devolvió una sonrisa forzada, oscuras ojeras, ojos con resto de maquillaje y el ya habitual pelo alborotado. El día de ayer no había sido muy… en fin, digamos simplemente sin demasiadas florituras que fue una mierda. Este verano que acababa podría ser calificado como el peor de mi vida, pero lo que yo no sabía es que lo “mejor” sería el final. Me estampé, si, pero no literalmente; ojalá. Todo se vino abajo cual castillo de arena arrastrado por las olas del mar.
Me lavé la cara y volví a mirarme en el espejo, pero este seguía devolviéndome la misma sonrisa tosca. Cerré los ojos y, en contraste con el agua fría que todavía humedecía mi cara, noté dos cálidas lágrimas resbalar por mi piel. Me miré de nuevo en el espejo y vi que este me miraba amablemente. Abrí los ojos y, no, el espejo seguía reflejándome a mí, claro.
Me metí en la bañera y me duché con agua bien caliente, quizá me relajara un poco. Tras sentir el agradable caer de millones de gotitas por mi desnudo cuerpo, salí de la bañera y cuando iba a coger la toalla me miré en el espejo de nuevo, pero este ya no me reflejaba a mí. Empañado, mostraba un mensaje…
…profundo malestar oculta tu mirar…
Rompí en llanto, me quedé acurrucada en una esquina del cuarto de baño, desnuda y mojada en mil lágrimas con olor a avena.

En mí. En ti.

Ficción

Chapoteando en mis lágrimas
Buceando en tus entrañas

Coloreando mis lunares
Navegando por tu pelo

Recortando mis pestañas
Absorviendo tus risas

Enjabonando mis pupilas
Saboreando tu saliva

Escribiendo en mis dedos
Raptando por tus venas

Barriendo mi lengua
Bebiendo de tu ombligo

Amasando mis pechos
Gimiendo en tu oído

Construyendo un puente entre tu mirada…
Y la mía

Voyeur de luna

Ficción

Hoy he visto a La Luna hacerse la redonda en un pentagrama rayado por aviones a reacción y a Venus contemplando, boquiabierto y envidioso, su belleza al descender por la escala de diosas musicales de la noche.

La luna, gorda y perezosa, se balanceaba entre las cuerdas tensas del cielo, trazando una sonrisa redonda en el pentagrama oscuro que los aviones a reacción habían garabateado. Cada trazo era una nota disonante, un murmullo que vibraba entre las estrellas mudas. La luna, su majestad intacta, bajaba por esa escala de luces y sombras, con la gracia de una diosa agotada por el peso de los siglos, mientras Venus, desde su palco de amante olvidado, la miraba con ojos de fuego y envidia. Su luz titilaba con celos velados, como si el astro quisiera robarse un poco de esa belleza desbordante, pero nunca lo lograba.

La noche, cómplice de este duelo celestial, se extendía, azulada y suave, como un mar sin olas. Las estrellas eran notas perdidas, melodías enmudecidas por la danza sutil de los astros, y en medio de todo, la mirada humana. Unos ojos, los míos, parpadeaban ante tal orgía de luces y movimientos. Ojos tan pequeños, tan insignificantes frente a ese drama vespertino. Mis pensamientos se deshacían como espuma en la arena al comprender la absurda verdad: existimos solo para ser testigos de estas coreografías etéreas, nosotros, los tontos poetas que lloran al ver una lágrima cósmica deslizarse por el rostro de la luna.

Venus suspiraba, Venus deseaba, pero la luna, altiva, seguía su descenso por la escala de las diosas de la noche, ignorante del deseo que provocaba, ajena al duelo que se libraba en la bóveda celeste. Y yo, patético voyeur, sentía que mis lágrimas se mezclaban con el agua salada del mar que susurraba a mis pies. ¿Por qué mirar lo imposible? ¿Por qué amar lo que jamás podremos tocar?

Solo en estos momentos—donde la belleza aplasta con su inmensidad y deja al alma sin aire—se justifica el peso de los ojos que la contemplan. Las lágrimas se convierten en un tributo sagrado, como si el mar mismo llorara conmigo, en silencio, mientras Venus y la luna seguían con su ritual inalcanzable. La tristeza, tan absurda como la existencia misma, se envolvía en un manto de estrellas, y en ese velo inmortal, encontraba su redención.

La Luna, esa gran soberana pálida, se dejaba caer con una arrogancia elegante sobre el firmamento, redonda y plena, mientras los aviones a reacción dibujaban sobre su lecho un pentagrama gris, estriado, como si el cielo nocturno, cansado de su silencio eterno, se animara a componer una sinfonía secreta. Las nubes, en complicidad, se arremolinaban a su alrededor como notas dispersas, queriendo ser parte de esa partitura cósmica.

Y allí estaba Venus, suspendido en la distancia, con el brillo titilante de quien ha sido opacado por una belleza superior. Venus, que siempre había reinado con su resplandor dorado, observaba con ojos temblorosos, boquiabierto, tal vez envidioso, la magnificencia con la que la Luna descendía, nota tras nota, por la escala invisible de las diosas nocturnas. Era como si la propia naturaleza de Venus, el astro de la pasión, estuviera relegada a un segundo plano, condenado a ser mero espectador de aquella gloriosa caída.

Desde la orilla del mundo, un poeta insomne, de manos temblorosas y mirada ansiosa, seguía con avidez aquella orgía azulada de astros. Sus ojos, esos dos orbes diminutos que nunca comprenderían la vastedad del cosmos, se empapaban en una belleza que sabía momentánea, efímera como todo lo sublime. Cada parpadeo, cada destello en la atmósfera celeste, era para él una confirmación de lo absurdo de la existencia: nacer, sufrir, escribir… ¿para qué, si todo hallaba su explicación en un instante de perfección absoluta que desbordaba las fronteras del entendimiento humano?

El poeta no pudo evitar que las lágrimas, marinas y saladas, rodaran por sus mejillas. Lágrimas tontas, se decía. Como si los astros se dignaran a notar su insignificancia. Pero, en el fondo, sabía que eran ellas las que lo unían al espectáculo. Eran las gotas de un ritual secreto, un susurro húmedo que el cielo le devolvía en complicidad. Y aunque él, el testigo mudo, se sabía patético, también era parte de la sinfonía: cada lágrima, una pausa; cada suspiro, una nota al final de aquella melodía cósmica que sólo él podía escuchar.

Así, mientras Venus seguía contemplando, envidioso y hermoso en su impotencia, y la Luna descendía como la diosa que era, el poeta entendió que su dolor, su tristeza, todo su absurdo, no era más que una nota en esa misma sinfonía. Su vida era la pausa que daba forma a la música del universo, y en ese momento, lo entendió todo: no hacía falta más.

Sólo momentos así justifican la triste y absurda existencia de los ojos que admiraron estas astrales melodías, la vespertina y azulada orgía de dos astros y el voyeurismo de las lágrimas marinas de un poeta completamente tonto.

AMANTE DE ALQUILER

Ficción

Aquel fatal diluvio, de cándidos desdenes,
en que dejabas mis lánguidas vidrieras
—lóbrego lago de lágrima empedrado—
oh reina violeta que ahuyenta la alegría
al pálido palacio del débil desconsuelo,
tranquilo solloza en el equívoco camino
de la horrible cizaña de mi almohada
y la virginal zarza de látex de tu sexo
—satén erótico y de musgo perfumado
sobre el seto oxidado del afanoso otoño—
al mudo cobijo de tus bosques axilares
—apetitos tallados en el tórrido caucho—
o en el regazo pérfido del cuello.
¡Oh muñeca de goma y amante de alquiler!

6. La noche…

Ficción

nieblaLa noche empezaba a tragar el bosque cercano. El pesado aliento de la niebla otoñal se acercaba húmedo y sigiloso. Salió al pequeño cementerio de la iglesia. Ya nadie se ocupaba de él. Y deseó morir. Un repentino vértigo se apoderó de sus vísceras. Estaba a punto de desmayarse. Sus rodillas se clavaron en el suelo, su frente sobre una lápida. En su amplio mentón se imprimieron las primeras letras inscritas en una abandonada tumba: SOL… El resto de la inscripción estaba tapada por el barro, los trozos degradados de flores de plástico y una esquelética y deshojada corona de alambres torturados por el tiempo. Una repentina mueca se incrustó en su cara, sus ojos brillaron y por primera vez en su vida una lágrima se lanzó al vacío aterrada quizás porque aquel monstruo sin sentimientos hubiera sido capaz de expulsarla de sus sorprendidos y vírgenes lacrimales. Clavó sus uñas en el barro y comenzó a cavar con la desesperación de un condenado en las mazmorras del infierno. La letras esculpidas en piedra hablaban: SOLEDAD MARTÍN DE GAYOL – R.I.P. […]

Tres quimeras y dos miradas

Ficción

Una quimera está mirando
en el espejo
los arrobados labios
de los rostros.

Una quimera está riendo
bajo un almendro maculado
de estrellas y luceros.

Una quimera está llorando

en el estanque
con desoladas lágrimas
de madre.

A chimera is watching
in the mirror
the entranced lips
of the faces.

A chimera is laughing
under a spotted almond tree
of stars and bright star.

A chimera is crying
in the pool
with desolate
mother tears.