Voy a salir del armario

Ficción

El cuerpo… ¿Qué es sino una suerte de frontera porosa, frágil, tan expuesta como el horizonte al viento? El protagonista, o más bien, el experimento de sí mismo, siente en su piel la huella de un laboratorio secreto: no uno físico, con bisturíes y probetas, sino un taller de sueños y deseos en la penumbra de sus pensamientos. Ahí, las nociones rígidas que la humanidad ha tratado de fijar—como si fueran clavos incrustados en la carne—se disuelven como tinta en agua.

Se declara transgénico, no porque haya nacido con alguna alteración en su genética, sino porque su existencia misma es una intervención constante. A cada paso que da, cada mirada que recibe, algo en él cambia. «Soy un campo de batalla», piensa, «donde fuerzas invisibles luchan por poseerme.» El género… Ah, ese es solo el primer frente, el campo más visible donde la guerra se libra. La biología ha tratado de clavar banderas en su piel, diciendo: “eres esto, perteneces aquí”. Pero su mente, ese laboratorio inquieto, desmantela cada afirmación con la precisión de un cirujano. Y entonces, injerta en sí una noción nueva, tomada de la naturaleza, sí, pero también de la tecnología, de la máquina, del artificio.

Cada mañana despierta preguntándose qué parte de él ha sido alterada durante la noche. «¿Qué soy hoy? ¿Qué rasgo he dejado atrás, qué frontera he cruzado en silencio?» Es imposible saberlo con certeza, pues el cambio es tan sutil que apenas lo percibe hasta que su reflejo en el espejo le devuelve una imagen extraña, familiar y extranjera a la vez. Se mira las manos y se pregunta si las líneas en su palma han sido redibujadas. Tal vez son de otro, tal vez son las mismas que siempre fueron, pero más que carne parecen circuitos, mapas de un diseño oculto. Se ríe para sus adentros. El cuerpo transgénico es eso: un palimpsesto de identidades, donde cada capa es rasgada y escrita de nuevo, sin borrar del todo la anterior. El género es solo un campo; en otros frentes, se libra la guerra del ser y el no ser, de lo humano y lo inhumano.

«Aquí estoy», murmura en su soledad, «ni hombre ni mujer, ni bestia ni máquina. ¿Qué soy entonces? Soy la síntesis de todo aquello que me atraviesa». Como un río que recoge trozos de barro, hojas y ramas, su ser se construye en el flujo. Cada mirada ajena es una intervención, cada palabra escuchada es un nuevo gen que se adhiere a su espíritu. Pero en la mezcla de esos elementos no hay caos, solo una belleza incomprendida por los otros. La tecnología, a menudo vista como lo frío y ajeno a la naturaleza, se convierte en su más cercana aliada. «¿Qué es lo natural?», se pregunta, mientras visualiza las raíces de los árboles y los cables subterráneos fundiéndose en una danza subterránea. Las raíces buscan vida, los cables buscan energía: ¿no son, en esencia, lo mismo? Así se siente él, como una entidad que busca, incansable, la conexión entre lo vivo y lo inerte, lo orgánico y lo artificial.

La mente, su laboratorio íntimo, no tiene reposo. Ahí, los sueños de carne y metal, de fluidos y circuitos, de géneros fluidos y formas mutantes se entretejen en una especie de alquimia interna. Todo su ser es un campo de ensayo, una hoja de cálculo en la que variables se suman y restan sin cesar. ¿Qué soy hoy?, se pregunta una vez más. Quizá nunca llegue a una respuesta definitiva, pero, ¿acaso la vida no es eso? Una constante búsqueda de fórmulas para una ecuación que jamás se resuelve del todo.

Es entonces cuando lo comprende: ser transgénico no es una rebelión contra su naturaleza, sino una afirmación de que la naturaleza misma es una transformación perpetua. Se injerta en sí mismo no para ser más que humano, sino para ser humanamente transitorio, parte de un ciclo infinito de reescrituras. Y así, en su campo de batalla interior, decide que no hay guerra, sino una danza secreta entre todas las fuerzas que lo atraviesan. El laboratorio de su mente sigue funcionando, creando, destruyendo, inventando nuevas formas. Porque en la mezcla, en el híbrido, está la verdadera esencia de su libertad.

¿Qué es ser transgénico? Es ser algo más que un organismo fijado en un destino; es ser un río, un viento, una chispa que nunca deja de cambiar.

Ojos rasgados

Ficción

1

El gato, con su andar sigiloso y mirada enigmática, ha ocupado un lugar peculiar en la mitología y la cultura china desde tiempos ancestrales. No es extraño pensar en él como un «eslabón perdido», una criatura liminal que se desliza entre lo mundano y lo místico, entre la domesticidad y la independencia absoluta.

Los antiguos chinos observaban a los gatos con reverencia y misterio, pues estos animales parecían moverse en perfecta armonía con los ritmos de la naturaleza. Los felinos capturaban el aura de lo divino, el perfecto equilibrio entre el Yin y el Yang. Su cuerpo, suave y flexible, era el símbolo viviente de la adaptabilidad, mientras que sus ojos reflejaban la luna y el sol, fusionando lo diurno con lo nocturno.

En la cosmogonía felina de los pueblos chinos, el gato era un guardián entre mundos. Los emperadores de las dinastías pasadas tenían a sus gatos no solo como mascotas, sino como protectores contra los espíritus malignos. Quizás sea esta dualidad mística la que lo sitúe como el «eslabón perdido»: un animal que, a simple vista, se muestra mundano y cercano, pero que en sus profundidades oculta los secretos de los ancestros.

¿Qué ves cuando el gato te observa desde las sombras? Tal vez sea el eco de los viejos sabios chinos quienes, al intentar descifrar la naturaleza misma de la existencia, encontraban en los felinos una clave oculta, el eslabón perdido de una sabiduría que aún hoy permanece esquiva y silenciosa.


2

La neblina se había asentado como una alfombra etérea sobre el pequeño pueblo al pie de la montaña. Bajo la tenue luz del amanecer, los tejados de las casas se alzaban como siluetas fantasmas, mientras en las calles dormía un silencio denso, quebrado solo por el leve crujir de la escarcha bajo el peso de los pasos felinos.

Había rumores en el aire. Rumores de siglos que hablaban de una conexión perdida, un vínculo entre humanos y gatos que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Decían que los primeros hombres que llegaron a esas tierras no venían solos. Traían consigo a los felinos, no como simples compañeros, sino como iguales. Los ancianos susurraban que las líneas entre ambos se difuminaban, como si fueran ramas del mismo árbol genealógico que, en algún momento de la historia, se habían desviado, pero no completamente.

Bai Ling había oído toda su vida aquellas viejas historias. Sin embargo, lo que realmente le inquietaba no eran las palabras de los mayores, sino los ojos de su propio gato, Shen. Cada mañana, cuando ella se levantaba y se encontraba con esos ojos amarillos, rasgados y penetrantes, algo en su interior vibraba con una sensación de extraña familiaridad, como si no fuera una simple mirada animal lo que le devolvía la atención, sino algo más antiguo y profundo. Algo que la observaba desde un pasado enterrado.

—Los gatos son los guardianes de nuestro secreto —le había dicho su abuela una vez, sentada junto al fuego, mientras Shen, apenas un cachorro entonces, se enroscaba en su regazo—. Hace mucho tiempo, los primeros que llegaron aquí trajeron consigo una sabiduría oculta, y la sellaron en los ojos de los felinos. Ellos recuerdan lo que nosotros hemos olvidado.

Bai Ling, por supuesto, había reído entonces. ¿Cómo no hacerlo? Eran solo cuentos. Sin embargo, en las semanas recientes, algo había cambiado. Sentía que Shen la seguía de cerca, con una intensidad que nunca antes había percibido. Sus movimientos eran sigilosos, pero sus ojos, siempre esos ojos, parecían esperar algo de ella. Una respuesta, una reacción, como si aguardara el momento preciso para revelar algo que cambiaría la forma en que Bai Ling veía el mundo.

Una noche, incapaz de dormir, salió al patio bajo la luna creciente. Shen estaba allí, como si la hubiera estado esperando. Se detuvo frente a ella, sus ojos amarillos reflejaban la luz lunar, y en ese instante, Bai Ling lo sintió con una claridad inusitada. No había diferencia entre los ojos del gato y los suyos propios. El mismo brillo, la misma forma alargada, como dos espejos enfrentados en los que una sola alma se observaba desde dos cuerpos distintos.

Y entonces recordó.

No era una memoria concreta, sino un torrente de imágenes, sensaciones y sonidos que la asaltaron de golpe. Fragmentos de otro tiempo, de otro cuerpo. Vio a hombres y mujeres caminando al lado de gatos, no como dueños, sino como hermanos. Vio templos levantados en honor a seres felinos que custodiaban secretos ancestrales. Vio cómo, en algún punto de la historia, se había hecho un pacto. Un acuerdo silencioso entre especies, en el que los humanos cedieron una parte de sí mismos, confiando su conocimiento a los gatos, para preservarlo a lo largo de las eras.

Los ojos rasgados de los chinos, los de su pueblo, no eran una simple característica física. Eran una marca, un vestigio de ese antiguo lazo. Una señal de que, en algún lugar profundo de su ser, aún quedaba algo de los felinos con los que una vez caminaron codo a codo. Los gatos, guardianes del misterio, les habían legado esa forma en sus ojos como recordatorio de lo que alguna vez fueron.

Shen la miró, inmóvil, y entonces lo comprendió todo.

El gato no era solo su compañero; era el último eslabón, el guardián del conocimiento perdido, el puente entre lo que los humanos habían sido y lo que podrían volver a ser. Bai Ling dio un paso adelante, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Los ojos de Shen brillaron más intensamente, y en ese destello, ella vio una puerta, una oportunidad. No sabía adónde la llevaría, pero ya no podía ignorarlo.

El eslabón perdido no era un mito. Era real, y vivía entre ellos, oculto en la mirada silenciosa de cada gato que, en su aparente indiferencia, custodiaba un secreto que solo unos pocos se atreverían a desvelar. Y Bai Ling estaba a punto de convertirse en una de ellos.

—¿Te gustaría que exploremos más el trasfondo de este mundo? —Le dijo Shen.


3

El viento acariciaba las hojas secas en el umbral del templo, levantando un susurro que parecía formar palabras inaudibles, como si las piedras mismas quisieran contar su historia. Bai Ling estaba allí, al pie de aquella estructura que había observado durante años sin prestarle atención, sin entender lo que verdaderamente albergaba. Ahora, después de aquella revelación en la noche bajo la luna, el templo ya no era solo un lugar olvidado por el tiempo, sino el epicentro de un conocimiento ancestral, guardado celosamente por los felinos.

Desde niña, le habían advertido que no debía entrar. «Es un lugar sagrado para los gatos», decían las ancianas del pueblo. «Solo ellos saben qué oculta». Y siempre había pensado que eran supersticiones, cuentos para mantener a los curiosos alejados. Pero ahora, Shen la había guiado hasta aquí, caminando a su lado como una sombra constante, y Bai Ling sabía que estaba al borde de algo profundo. Una verdad que su familia, su linaje, había olvidado.

El interior del templo estaba cubierto de musgo, pero el aroma a incienso quemado se mantenía, flotando en el aire como si alguien lo hubiera encendido hacía poco. Los ojos de las estatuas de piedra —gatos tallados con precisión inquietante— la seguían mientras avanzaba por el pasillo central, con Shen caminando a su lado, sus patas felinas haciendo eco en la piedra. En sus manos, Bai Ling sentía un cosquilleo, una especie de energía latente, como si algo dentro de ella despertara al contacto con el lugar.

De repente, Shen se detuvo frente a una gran puerta de madera, oscura por los años, pero con símbolos dorados grabados en su superficie. Bai Ling los reconoció. No por haberlos visto antes, sino por algo más profundo, algo que vibraba en su mente con la misma claridad que las imágenes que había visto en su revelación. Era una lengua antigua, olvidada por los humanos, pero que los gatos habían conservado. Shen levantó una pata y, con un movimiento sorprendentemente humano, tocó uno de los símbolos, activando un mecanismo oculto.

La puerta se abrió lentamente, dejando a la vista una sala circular, iluminada por una luz que parecía emanar de ningún lugar en particular, como si el mismo espacio contuviera su propia energía. En el centro, había un altar de piedra lisa, y sobre él, un pergamino antiguo, flanqueado por dos estatuas de gatos que parecían observarlo con reverencia.

Bai Ling sintió un escalofrío recorrer su espalda. Este era el corazón del misterio. Aquí, en este lugar olvidado, estaba la clave del pacto que los humanos habían sellado con los gatos, y que ahora ella debía descifrar. Shen se sentó a su lado, mirándola con esa misma intensidad de siempre, como si aguardara su siguiente movimiento.

Con manos temblorosas, Bai Ling levantó el pergamino. Al tocarlo, una corriente de imágenes volvió a inundar su mente, pero esta vez eran más vívidas, más claras. Vio a los primeros humanos llegar a aquellas tierras, cansados y heridos, perseguidos por fuerzas que no comprendían. Los gatos, habitantes de aquellos parajes antes de la llegada de los hombres, los habían acogido, no como amos, sino como iguales. Había sido un tiempo de armonía, donde ambas especies compartían sus conocimientos. Los humanos ofrecían su destreza para construir y crear, y los gatos les enseñaban los secretos del alma y del espíritu. A través de los ojos de los felinos, los hombres podían ver más allá de lo tangible, percibir lo invisible.

Pero los hombres, en su sed de poder, comenzaron a desconfiar. Querían más, querían controlar ese conocimiento, dominar lo que los gatos habían compartido libremente. Y así, el pacto se rompió. Los humanos decidieron enterrar la verdad, olvidar su conexión, y los gatos, traicionados, se retiraron a las sombras, llevándose con ellos la clave de todo: el don de ver más allá.

Bai Ling respiraba con dificultad mientras las visiones se sucedían. La traición, el olvido… todo estaba escrito en el pergamino, una advertencia para las generaciones futuras. Pero también había esperanza, una última oportunidad de restaurar el equilibrio perdido. Los gatos, pacientes como siempre, habían estado esperando. Y ahora, a través de ella, la puerta se abría de nuevo.

—Siempre has tenido la llave —murmuró Bai Ling, mirando a Shen, cuyos ojos rasgados brillaban con una sabiduría antigua—. Nosotros somos los olvidados, los ciegos.

Shen ronroneó suavemente, como si aprobara sus palabras. Bai Ling comprendió entonces que el templo no solo guardaba el pasado, sino también el futuro. Era el centro de algo mucho mayor, una red de templos y guardianes felinos dispersos por el mundo, esperando el momento en que la humanidad estuviera lista para recordar. Y ella había sido elegida para iniciar ese proceso.

Al levantar la mirada, los ojos de las estatuas de piedra parecían moverse, observando, vigilando. Los gatos siempre habían estado allí, en las sombras, custodiando lo que los humanos habían olvidado. Bai Ling sabía que debía tomar una decisión. Desvelar el secreto o dejar que el pacto roto siguiera enterrado.

Pero ya no podía dar marcha atrás. Shen se levantó, caminó hasta el altar y con un suave movimiento de su cabeza, la instó a tomar el pergamino. Era su destino.

Con el corazón latiendo con fuerza, Bai Ling lo desplegó completamente. Era el comienzo de un nuevo pacto. Uno que conectaría a los humanos con los felinos una vez más, restaurando el equilibrio entre los dos mundos.

Prisiones del deseo

Ficción

La vida es, en su esencia, un sutil y persistente encarcelamiento. Uno camina por las calles, rozando el polvo y la luz que filtran las hojas de los árboles, respirando el aire tibio de una tarde sin promesas, sin sobresaltos. Y sin embargo, todo lo que nos rodea, todo lo que parece moverse y existir con libertad, está atado a los deseos que antaño, con la ingenuidad del niño que cree en el infinito, soltamos al viento como quien suelta globos, sin pensar en la cuerda invisible que se enrosca a su paso.

Recuerdo el primer deseo que se cumplió, tarde y con alevosía, como un huésped inoportuno que toca la puerta cuando la fiesta ya ha terminado. Llegó en un atardecer apagado, casi sin anunciarse, trayendo consigo la sensación amarga de haber esperado demasiado. No hubo júbilo, ni ese destello que, cuando más joven, imaginaba que vendría con la realización. En cambio, fue una especie de resignación: un deseo cumplido es, a veces, una cadena que nos ata a lo que fuimos y ya no somos.

Cuánto tiempo llevaba esperando ese momento, calculando en mi mente la forma exacta en que el futuro llegaría a tocar mi puerta. Pero ese futuro no era más que un eco distante, deformado por las curvas del tiempo y de las circunstancias. Cuando finalmente llegó, me di cuenta de que el deseo ya no tenía cabida en mi presente. Había envejecido en su propio latido, como una flor que se marchita antes de nacer. Y en su cumplimiento, sentí una prisión distinta, más profunda, más amarga.

Ahora, cada nuevo deseo que nace en mi pecho no es más que una sombra del carcelero que me espera en alguna esquina del tiempo. Porque, lo sé bien, los deseos no nos liberan. Nos atan. Nos empujan hacia un porvenir que no nos pertenece, donde quizás lo que anhelamos ya no tenga sentido. Nos enviamos a esos futuros con la esperanza ciega de que allí, en ese terreno incierto, encontraremos la satisfacción que nos falta. Pero ese futuro siempre nos recibe con las manos vacías, con la mueca burlona de quien conoce los secretos del tiempo y juega a dejarnos esperando.

Así, sigo enviando deseos al porvenir, sabiendo que quizás algún día vendrán, convertidos en carceleros con rostro amable, dispuestos a recordarme que la libertad, esa quimera con la que coqueteamos, nunca estuvo en cumplir los anhelos, sino en dejar de desear.

Porque al final, la vida es eso: estar prisionero de viejos deseos que se cumplen tarde y a deshora, mientras nos vamos cargando de nuevas cadenas que habremos de cargar en un futuro que nunca termina de llegar.

La vida es una celda cuyas paredes están tapizadas de antiguos deseos, cumplidos tarde y a deshora, como una burla del tiempo. Allí está, por ejemplo, el libro que tanto quise leer a mis veinte años, ahora deshilachado y amarillento, su historia marchita bajo el polvo del desencanto. Las páginas me hablan de un pasado que ya no me pertenece, de un ansia que en su momento ardía, pero que, al ser saciada ahora, me deja frío. También está aquel amor que soñé febrilmente cuando la juventud aún coloreaba mis mejillas. Llegó cuando las arrugas ya dibujaban mapas de tristeza en mi piel, y entonces su abrazo, que debía ser llama, fue brasa a punto de apagarse.

Cada rincón de esta celda está decorado con los ecos de lo que alguna vez ansié con toda el alma, pero que el tiempo, caprichoso y cruel, me entregó cuando mi mirada ya no los buscaba. ¿Es esto, entonces, la vida? ¿Una constante entrega de deseos cumplidos demasiado tarde, cuando ya han perdido su forma, su brillo? Los veo allí, amontonados como tesoros oxidados, recordándome la paradoja que soy: un hombre lleno de lo que un día deseó, pero vacío de satisfacción.

Ahora, en este presente que se me escapa entre los dedos, me descubro formulando nuevos anhelos. No puedo evitarlo. Sigo creando fantasías, pintando imágenes de futuros que, sé bien, llegarán cuando ya no las necesite. Pero, aun así, me entrego a ellas, porque, ¿qué es la vida sin desear? Cada nuevo deseo es como un carcelero que forjo con mis propias manos, uno que me espera en alguna esquina del tiempo para encerrarme de nuevo, cuando su cumplimiento ya no me regale ni una sombra de felicidad.

Me imagino a mí mismo, anciano, rodeado de todas esas prisiones. Cada deseo cumplido será una nueva cadena, un eslabón más en esta condena que yo mismo me impongo. El amor que espero hoy, la aventura que sueño vivir, el éxito que persigo… todos me aguardan en ese futuro incierto, donde, como siempre, me encontrarán ya cambiado, ya lejos de quien era cuando los concebí. Y entonces me pregunto, en medio de este vértigo: ¿es posible no desear? ¿Podría detener esta rueda?

Pero sé que no. Porque la vida, con todo su peso y sus trampas, no es más que un ir hacia adelante, sabiendo que al final de cada camino lo único que encontraremos es una nueva prisión, un nuevo anhelo cumplido demasiado tarde.

El suelo en otoño

Ficción

El suelo en otoño, con sus hojas dispersas y crujientes, parece querer transformarse en una página escrita por el viento. Cada hoja caída es una palabra no dicha, un susurro que el tiempo se ha guardado, y cada paso que damos sobre ese manto es como una pluma que deja su rastro, marcando el tránsito del alma por el mundo.

Los pies, al rozar la superficie suave y quebradiza, parecen seguir el ritmo de un poema oculto, como si cada movimiento fuese una pausa necesaria entre líneas de una historia que no cesa de contarse. Los colores que tiñen el paisaje —ocres, rojizos y dorados— son la tinta indeleble de un manuscrito efímero, escrito no por manos humanas, sino por las manos del viento, del frío y del paso del tiempo.

Es en ese juego, en ese diálogo entre el pie y la tierra, donde el otoño se revela como un libro impreso, donde cada fragmento de corteza, cada hoja seca, cada raíz a la vista es una letra, una sílaba que, al unirse, narran una historia milenaria que solo quienes caminan con atención pueden leer. Y así, mientras los pies continúan su andar, el suelo murmura su historia, y el otoño se convierte en el más íntimo de los cuentistas.

El suelo en otoño, un tapiz de hojas secas que crujen bajo cada paso, parece suplicar ser libro impreso. A puro pie, las suelas rozan su piel de ocres y amarillos, trazando senderos invisibles entre las sombras alargadas de los árboles. Cada hoja, al desprenderse del árbol, parece llevar consigo la historia de un verano agotado, de una luz que, lentamente, se diluye en la melancolía del ocaso.

Caminar sobre ellas es, quizás, como pasar las páginas de un libro antiguo, uno que cuenta la historia del ciclo eterno, donde cada crujido es una palabra no dicha, y cada huella, una marca indeleble en la memoria de lo efímero.

El suelo en otoño, con sus hojas crujientes y pálidas, parece reclamar un diálogo íntimo con las pisadas, como si cada paso fuera un eco de palabras que jamás fueron dichas. El viento juega a barajar las hojas, extendiéndolas en el aire antes de depositarlas sobre la tierra, donde se acomodan como páginas dispersas de un libro aún no escrito. Hay en esa textura de ocres y dorados una voluntad secreta, un deseo de que cada surco de la tierra, cada nervadura de las hojas secas, se convierta en letra viva, en un poema que se revela bajo el peso de quien se atreve a recorrerlo.

Los pies, en su andar, dejan huellas que no sólo graban la tierra, sino que parecen susurrar una historia muda, escrita en un lenguaje que solo el otoño entiende. En cada crujido, en cada frágil ruptura de las hojas secas, hay una consonante perdida, una vocal que se deshace en la brisa, pero que, por un instante, parece formar parte de una gran obra impresa en la memoria del paisaje.

El suelo en otoño es una alfombra de memorias caídas, un manto crujiente que respira bajo los pasos errantes. Las hojas, doradas y ocres, se despliegan como páginas de un libro que el viento hojea con desidia, arrastrando susurros de estaciones pasadas. Hay un lenguaje secreto en el crujido bajo los pies, como si la tierra misma quisiera recordar cada hoja que la ha cubierto, cada rama que la ha abandonado para dormir en su regazo.

El aire es espeso, impregnado de una fragancia húmeda, a veces terrosa, que promete la llegada de una quietud invernal. Cada rincón del paisaje parece contener un eco, una sombra de lo que fue verde y vibrante, ahora desvanecido en una lenta despedida.

Las sombras se alargan como manos que se estiran hacia el horizonte, queriendo atrapar los últimos rayos de un sol tibio que se oculta cada vez más temprano. Y el cielo, teñido de grises y malvas, observa, indiferente, cómo el mundo parece detenerse por un momento en ese frágil equilibrio entre el adiós y el renacimiento.

THE AVISO

Ficción

Siempre he odiado los pelotas. Como últimamente abundan mucho en el trabajo, ayer me hice con una escopeta de cazar elefantes y me la traje al curro, convenientemente provista de munición. El segurata se reía cuando le conté lo que venía dispuesto a hacer y, claro, me dejó pasar el tío.
Puse un aviso bien visible en mi mesa: «He venido a cazar pelotas. Tengo una escopeta de cazar elefantes y estoy dispuesto a usarla».
Me puse la gorra, me parepeté tras el ordenata, oculto entre la maleza de camuflaje –incluida gratuitamente en el pack junto con la escopeta– y me dispongo a pasar una bucólica mañana de safari.
¡Leches!, con los nervios se me olvidó ir al lavabo. Así que me la saco allí mismo, tras el árbol de plástico del camuflaje, y me despacho a gusto. Me la sacudo y continúo al acecho.
Es ridícula la jodida gorra –pienso– ¿no me habrán engañado los de la tienda? En cambio los pantalones me dan un aire tan marcial…
Estaba en estos pensamientos cuando el jefe me llama por el teléfono móvil.
Me va a estropear la caza -pienso y, a regañadientes, salgo del escondrijo. Me dirijo a su despacho. En el largo pasillo que circunda el edificio me encuentro a dos. Uno con patas de bandoneón y el otro con cuello de jirafa. Bang!, bang!
En la puerta del despacho otros tres, una hurraca y dos cuervos. Bang!, bang!, bang!
¡Al fin y al cabo, no va a estar tan mal este safari, es mejor salir a los pasillos que quedarse quieto tras el arbusto plastificado!
Entro –bastante contento, todo hay que decirlo– en el despacho y el jefe no está. Así que me siento en su silla. No sé por qué extraña razón se ha comprado un camuflaje como el mío y ha puesto un cartel igualito que yo… ¡Leches!