MERCADER

Ficción

EXT. BOSQUE – NOCHE.
Un bosque con frondosos árboles. Pájaros, lobos, zorros, ciervos, tormenta cada vez más intensa. Muy, muy lejos se divisa una cabaña.
Un rey, que está cazando, cabalga por un camino con su caballo. El rey va de caza con sus criados. Se nubla, llueve, el rey y sus criados se extravían y buscan refugio.
La tormenta arrecia y los criados y la guardia real se desbandan todos.
– CRIADOS. Majestad, volvamos, la tormenta arrecia.
– REY. No, no, sigamos al zorro, se fue por este camino.
El rey sigue el camino y encuentra la lejana cabaña.
– REY. ¡A mí la guardia!
– REY. ¡Cobardes y viles criaturas!
El rey dispara a los pájaros.
Los pájaros huyen en desbandada y luego vuelven a posarse.
Un pájaro muere. Los pájaros huyen en desbandada pero luego vuelven a posarse y atacan al rey.
– REY. Quien se mete debajo de hoja, dos veces se moja.
– CABALLO. ¿Y yo que hago aquí? ¡Brrr..!

INT. CABAÑA – NOCHE.
La cabaña tiene unos catres, una mesa, unas sillas, etc. Fuego encendido crepitando. Patos, cisnes, pavos reales.
En la sencilla cabaña hay un viejo mal vestido, de barba larga y blanca.
– REY. ¿Me das albergue, viejo?
– VIEJO. Venid y secaos al fuego, Majestad.
El rey tiende la ropa en la silla.
El rey se acerca al fuego.
El rey se echa a dormir en el catre. Se despierta por la noche al oír hablar al viejo. Al no verlo dentro de la cabaña, sale a buscarlo fuera.

EXT. CABAÑA – NOCHE.
Estrellas titilando, búhos.
El rey sale. El cielo está despejado. El viejo está sentado en el escalón.
– REY. ¿Con quién hablas, viejo?
– VIEJO. Con los planetas, Majestad.
– REY. ¿Y que les dices a los planetas?
– VIEJO. Les agradezco la fortuna que me han dado.
– REY. ¿Qué fortuna, viejo?
– VIEJO. Me concedieron la gracia de que mi mujer diera a luz esta noche, y nació un varón; y a vos la gracia de que vuestra mujer diera a luz también esta noche, y le nació una niña; y cuando llegue el momento mi hijo será el marido de vuestra hija.
– REY. ¡Ah, viejo descarado! ¿Cómo te atreves a hablar de ese modo?
El rey entra de nuevo a la cabaña muy enfadado.
– REY. ¡Me las vas a pagar!
– REY. Bonita luna.

INT. CABAÑA – DÍA.
Canto de los gallos, cerdos, gatos.
El rey se vuelve a vestir.
Con las primeras luces el rey sale de la cabaña.
El rey toma el camino de regreso a su palacio.

EXT. PRADERA – DÍA.
Rechinar de ruedas oxidadas. Burros, vacas, liebres, conejos.
El rey se encuentra en el camino a caballeros y criados que vienen en su busca. Los caballeros se inclinan ante él exageradamente.
– CABALLERO2. Buenos días, Majestad, ¿Cómo se encuentra su Majestad?
– CABALLERO1. Felices nuevas, Majestad. Anoche la Reina dio a luz una hermosa niña.
– REY. ¡Apartaos, pelotas, déjadme seguir!
– REY. ¡Arre!
El rey fustiga al caballo y se dirige a palacio cabalgando a todo galope.
– REY. ¡Qué corte, señor, qué corte!
– REY. ¡Esbirros!
– CRIADO1. Su Majestad no parece de humor.
– CRIADO2. Nunca lo está.
– CRIADO2. Nuestros amos son unos…
– CRIADO1. ¿Genuflexos..?

EXT. PALACIO – DÍA.
Campanadas, trompetas.
El rey llega cabalgando al palacio real y desmonta de la silla en el patio de armas.
Las nodrizas le muestran la niña al rey.
Le rodean cortesanos que le felicitan.
– REY. Que busquen a todos los hijos varones nacidos esta noche en la ciudad y les quiten la vida.
– JUGLAR1. Fea o bonita será..
– JUGLAR2. Tonta o lista crecerá..
– JUGLAR1 ¡Oh, que terrible será..!
– REY. ¡Basta ya, desmedrados bufones!
Relinchan los caballos.
Los perros ladran y huyen asustados.

EXT. CIUDAD – DÍA.
Gritos, llantos, jaleo. Palomas, ratas y ratones huyendo.
Los soldados se dispersan por las calles de la ciudad y en poco tiempo la registran entera.
– SOLDADO1. Aquí no hay nada.
– SOLDADO2. Claro que sí, mira.
Los soldados encuentran a un varón nacido esa noche.
– SOLDADO2. Ya no busques más..
– SOLDADO1. ¿Tu hijo ha nacido esta noche?
– MUJER. No, no..
Los soldados se lo arrebatan a la madre.
– SOLDADO2. Tenemos que llevarlo al bosque para matarlo por orden del Rey.
– MUJER. ¡No, no..!
– SOLDADO1. Es una niña. No nos interesa.
– SOLDADO2. Ya no busques más..

EXT. BOSQUE – NOCHE.
Aullidos de perros. Ardillas.
Dos soldados llevan al niño y lo dejan en el suelo.
– SOLDADO1. Hazlo tú.
– SOLDADO2. No, no.. hazlo tú.
Uno de ellos levanta su espada para matarlo.
El soldado baja su espada, no se atreve a matar al niño.
– SOLDADO1. ¿Pero de veras tenemos que matar a este inocente?
– SOLDADO2. Yo tampoco puedo hacerlo.
– SOLDADO1. ¿Y ahora qué hacemos? El rey nos matará a nosotros.
El perro ladra a los soldados.
– SOLDADO1. Se me ocurre una idea. Matamos a ese perro y con su sangre empapamos los pañales y se los llevamos al rey.
– SOLDADO2. ¡Qué buena idea! Pero ¿Y el niño?
– SOLDADO1. Lo dejamos aquí y que dios le ayude.
Así lo hacen.
– SOLDADO2. ¡Pobre perro!
El niño llora.
El niño balbucea.
El niño llora.
– CABALLO1. ¡Qué crueles! ¿Serán capaces?
Los caballos relinchan.

EXT. BOSQUE – DÍA.
Llanto de niño.
Un mercader pasa por el bosque en viaje de negocios y oye llorar a un niño. Lo busca entre los arbustos.
El mercader encuentra un trozo de pañal.
El mercader busca y no haya nada.
El mercader busca y no haya nada.
El mercader encuentra al niño y trata de calmarlo.
El mercader se lleva al niño consigo y lo sube al caballo.

INT. CASA – NOCHE.
Balbuceos de bebé. Perros, gatos.
El mercader entra en su casa llevando en los brazos un atillo.
– MERCADER. Mujer, la mercancía que traigo esta vez no la he comprado. Es un niño que estaba en medio del bosque. Nosotros no tenemos hijos. Este es un regalo del señor.
– MUJER. Lo criaremos y educaremos como si fuera nuestro hijo y siempre creerá que realmente lo es.

INT. CASA – DÍA.
Música de fiesta. Moscas, mosquitos, avispas, abejas.
Fiesta en casa del mercader. El hijo del mercader cumple 20 años.
– MERCADER. Hijo mío, yo estoy envejeciendo, tú te haces hombre. Encárgate de mis cuentas, mis registros, mis cajas de caudales. Tú seguirás con mis negocios.
El joven prepara sus baúles dispuesto a partir con sus criados a recorrer el mundo para ejercitarse en los negocios con la bendición de sus padres.
– AMIGO. ¡Qué suerte la tuya!.

EXT. CIUDAD – DÍA.
Ruido de carros, caballos, burros, voces de arriero. Serpientes, tortugas, reptiles. Ajetreo del mercado.
El joven recorre un reino extranjero comerciando con sus joyas y piedras preciosas.
La fama del mercader llega al Palacio Real.
El rey le hace llamar para ver sus piedras preciosas.

INT. PALACIO – DÍA.
Juglares.
El rey, el mismo que ordenó matarle, le recibe en la sala de audiencias del palacio real.
El rey llama a la princesa, convertida ya en una bella muchacha de 20 años.
– REY. Acércate a ver si hay alguna joya que te guste.
La princesa apenas ve al joven mercader se enamora de él.
– REY. ¿Qué pasa, hija mía, qué tienes?
– PRINCESA. Nada, papá.
– REY. ¿Quieres algo? Habla.
– PRINCESA. No, papá, no quiero joyas ni piedras preciosas. Yo sólo quiero casarme con este hermoso joven.
El rey examina al joven mercader.
– REY. ¿Y tú quién eres? Dime.
– JOVEN. Soy hijo de un rico mercader y recorro el mundo para ejercitarme en los negocios, y ocupar después el puesto de mi viejo padre.
El rey, considerando las riquezas del joven mercader, decide conceder al joven la mano de su hija.
El joven parte para invitar a sus padres a la boda.
– CORTESANA. Qué apuesto.
– CORTESANO. Lo que tu digas, querida.
– CORTESANA. Qué apuestas a que…
– PRINCESA. Silencio, ya basta de cuchicheos.

INT. CASA – NOCHE.
Cuchicheo de comadres.
El joven se presenta en la casa de sus padres. Les cuenta el encuentro con el rey y la promesa de matrimonio. Entonces la madre palidece de golpe y empieza a injuriarlo.
– MUJER. Ah, ingrato, quieres dejarme, te enamoraste de esa princesa y ya no ves la hora de irte. ¡Puedes irte ahora mismo! ¡Que no te vuelva a ver en esta casa!
– JOVEN. Pero, madre mía, ¿Qué he hecho yo de malo?
– MUJER. ¡Qué madre, ni qué narices! ¡Yo no soy tu madre!
– JOVEN. ¿Cómo? ¿Y entonces quién es mi madre, si no tú?
– MUJER. Pues vete a saber quién es. ¡A ti te encontraron en medio del bosque!
Y el mercader le cuenta la historia al pobre joven que casi pierde el conocimiento.
– JOVEN. ¿Qué he hecho yo de malo?
El mercader, ante la cólera de su mujer, no tiene el valor de oponerse. Afligido, provee al joven de dinero y mercancías y le deja partir.
– CRIADO, en voz baja. ¡Cómo está la jefa!
– CRIADO. ¡Arrea, que notición!
– MERCADER. Espera, hijo, espera, no te marches así.
Cuchichean criados.
Ladra el perro.

EXT. BOSQUE – NOCHE.
Canto de cigarras y grillos. Hormigas trabajando.
El joven llega desesperado, se tira al pie de un árbol y dando puñetazos en el suelo suspira.
– JOVEN. ¡Ay, madre mía! ¿Qué voy a hacer ahora, tan solo y desconsolado? ¡Alma de mi madre, ayúdame!
Junto a él aparece un viejo mal vestido de barba blanca y larga.
– VIEJO. ¿Qué te pasa, hijo?
El joven le confía sus pesares.
– JOVEN. Así que no puedo volver con mi prometida puesto que no soy el hijo del mercader.
– VIEJO. ¿Y de qué tienes miedo? Tu padre soy yo y voy a ayudarte.
El joven mira al viejo harapiento.
– JOVEN. ¿Tú mi padre? ¡Lo habrás soñado!
– VIEJO. Sí, hijo mío, soy tu padre. Si vienes conmigo, te traeré suerte. Si no estás perdido.
El joven mira a los ojos del viejo y piensa ‘Perder por perder, mejor me voy con él. Después de todo no me queda mucho donde elegir’.
– JOVEN. ¿Tú qué dices caballo?
– CABALLO. Yo que tú le haría caso al viejo.
Hace montar al viejo a la grupa del caballo y parten para el reino de su prometida.
– JOVEN. Demuéstramelo.
– VIEJO. Si vienes te lo demostraré..
– VIEJO. ¿Qué, has decidido ya?
– CIGARRA. ¡Eh, que yo no soy de este cuento!
– HORMIGA. Ni estos tampoco.
La cigarra canta y la hormiga trabaja.
– GRILLO. ¡Bocazas, bocazas.. que lo demuestre, que lo demuestre!
El grillo canta y la hormiga trabaja.
– HORMIGA. Es como la cigarra y el grillo, un andrajoso.

EXT. PRADERA – DÍA.
Cascos de caballo y asnos.
Mientras vuelven al palacio, van conversando por el camino.
– VIEJO. ¿Y quién dices que te encontró?
– JOVEN. ..y me encontraron en el bosque..
– JOVEN. Un comerciante ismaelita fue.. es mi padre.

INT. PALACIO – DÍA.
Cuchicheos palaciegos.
El joven y el viejo llegan al Palacio Real y se presentan en la sala de audiencias del rey.
– REY. ¿Dónde está tu padre?
– JOVEN, señalando al viejo. Este es.
– REY. ¡Este! ¿Y tienes el coraje de venir a pedir a mi hija?
– VIEJO. Majestad, yo soy aquel viejo que hablaba con las estrellas y os anunció el nacimiento de vuestra hija y el de mi hijo, que debía casarse con ella. Y este, como ya os ha dicho, es ese hijo mío.
El rey da un brinco del trono.
– REY. ¡Viejo descarado, fuera de aquí! ¡Guardias a él!
El rey se queda petrificado.
– VIEJO. ¿Majestad?
Los guardias se adelantan a cogerlo, entonces el viejo se abre la raída vestimenta a la altura del pecho y aparece el Toisón de oro, símbolo del emperador
– GUARDIAS. ¡El emperador!
– REY. ¡El emperador!
– TODOS. ¡El emperador!
– REY. Perdón, Sacra Majestad. No sabía con quién hablaba. Esta es mi hija, cúmplase tu voluntad.
La princesa y el joven se besan y abrazan.

EXT. CIUDAD – DÍA.
Ajetreo de un mercado. Golondrinas, oso amaestrado, cabras, ovejas, gallinas, pollos.
– UNO. Así que el Emperador, cansado de la corte, recorría el mundo disfrazado de pordiosero, solo, hablando con los planetas y las estrellas.
– OTRO. ¿Y dices que hoy mismo se concertaron las bodas?
– UNO. Así es. Y hoy llega el mercader y su mujer, que han sido llamados por el joven para asistir a su boda.

INT. PALACIO – NOCHE.
Canto de juglares, bullicio palaciego.
El joven recibe a sus padres en el palacio real.
Les da un abrazo.
– JOVEN. Hoy me caso con la princesa. Vosotros me echasteis de casa y por ello..
– JOVEN. .. os debo mi fortuna, Pero vosotros siempre os quedaréis conmigo. ¡Padre y madre mía, porque para mí vosotros sois mi padre y mi madre!
Y los viejos, enternecidos, rompen a llorar.

EXT. CIUDAD – NOCHE.
Desde la plaza mayor se ve un gran festín nupcial en toda la ciudad.
El hijo del emperador se casa con la hija del rey.
– UNO. Y ellos vivirán contentos y felices..
– OTRO. Y nosotros con un palmo de narices..
Fuegos artificiales.
– JUGLARES. ¡Viva el rey!
– TODOS. ¡Viva!

3. Saludó…

Poesía

Saludó con la mano a su viejo vecino que en ese momento parecía haberse quedado petrificado sobre la mecedora. Para ir a la iglesia tenía que cruzar el bosque. Su propósito era firme. Sabía que esto sería especialmente difícil pero no podía dejarse vencer al primer intento. Recorrió el trecho que le separaba del mismo sin dejar de apartar la vista de su vecino, que seguía inmóvil en su tumbona. Cierto era que nunca le había saludado, pero hoy, que había tomado la irrevocable decisión de cambiar, había que ser amable también con él. Volvió a saludarle al pasar frente a la cancela que daba entrada a su granja. El viejo se levantó tembloroso y convulso e hizo un áspero gesto como de despedirse. Entró a su casa con la celeridad que le permitían sus reumáticos huesos y sin cerrar la puerta se quedó oculto en la penumbra de la entrada. Gayol no le dió ninguna importancia, era de esperar que aquel viejo chocho, que era su vecino desde hacía veinte años -cuando llegó a vivir al campo- y al que nunca había saludado, se comportase esquivamente en su primer intento de establecer amigables relaciones vecinales. En cambio le intranquilizaba que el viejo continuase observándole tras la puerta. Nunca se había sentido acechado -hubiera sido fatal para sus antiguos propósitos- pero, conforme avanzaba, sentía tras su espalda la mirada clavada de aquel insólito abuelo. Al girar su cabeza, el ochentón cerró de un portazo. […]

CARLOS GAYOL

Ficción

Saludó con la mano a su viejo vecino que en ese momento parecía haberse quedado petrificado sobre la mecedora. Para ir a la iglesia tenía que cruzar el bosque. Su propósito era firme. Sabía que esto sería especialmente difícil pero no podía dejarse vencer al primer intento. Recorrió el trecho que le separaba del mismo sin dejar de apartar la vista de su vecino, que seguía inmóvil en su tumbona. Cierto era que nunca le había saludado, pero hoy, que había tomado la irrevocable decisión de cambiar, había que ser amable también con él. Volvió a saludarle al pasar frente a la cancela que daba entrada a su granja. El viejo se levantó tembloroso y convulso e hizo un áspero gesto como de despedirse.

2. Duque

Ficción

Duque arrastraba sus pantuflas y su mirada por el suelo. Tambaleante a cada paso, salió al porche y se sentó en la mecedora. Las nubes pasaban veloces sobre un terso cielo azul que contrastaba con las costrosas arrugas del viejo. Sus labios hundidos a causa de su falta de dentadura le daban un aspecto aún más tétrico e inquietante. Hacía tiempo que vigilaba a su vecino, siempre a la misma hora. Sus ojos eran saltones como los de un batracio de tanto fijar la vista durante veinte años. Para no levantar sospechas no quiso aceptar unos binoculares que le ofreció su mejor amigo cuando se lo contó. También se negó a ser acompañado en sus guardias, a causa de lo cual rompieron su, hasta entonces, larga amistad. Duque frotaba sus temblorosas manos con insistencia. No era a causa del frío. Formaba parte del ritual diario. «Tres frotes y saldrá»-pensaba. Era como conjurar al genio de la lámpara. A pesar de todo el tiempo transcurrido vigilándole -lo había visto miles de veces- no conseguía interpretar su peculiar lenguaje corporal. Hoy en cambio sí. […]

Duque

Ficción

Duque arrastraba sus pantuflas y su mirada por el suelo. Tambaleante a cada paso, salió al porche y se sentó en la mecedora. Las nubes pasaban veloces sobre un terso cielo azul que contrastaba con las costrosas arrugas del viejo. Sus labios hundidos a causa de su falta de dentadura le daban un aspecto aún más tétrico e inquietante. Hacía tiempo que vigilaba a su vecino, siempre a la misma hora. Sus ojos eran saltones como los de un batracio de tanto fijar la vista durante veinte años. Para no levantar sospechas no quiso aceptar unos binoculares que le ofreció su mejor amigo cuando se lo contó. También se negó a ser acompañado en sus guardias, a causa de lo cual rompieron su, hasta entonces, larga amistad. Duque frotaba sus temblorosas manos con insistencia. No era a causa del frío. Formaba parte del ritual diario. «Tres frotes y saldrá»-pensaba. Era como conjurar al genio de la lámpara. A pesar de todo el tiempo transcurrido vigilándole -lo había visto miles de veces- no conseguía interpretar su peculiar lenguaje corporal. Hoy en cambio sí. […]

ZÓHAR VENDE

Ficción

Subidos en su árbol,
adoran su cabeza,
esa víscera urna de camello enjuto y cuaternario.
Descienden la escalera cual divas impolutas.
Mas venden hilo viejo de vanos Sefirotes.
No hay simbolismo más mudo
que el rebuzno fonético
de estos pardos gramáticos.
Ni orín errante
que aclare sus comerciales y bárbaras tinieblas.

Abstruso

Ficción

Los ojos vidriosos de un poeta que desayuna gin ante la barra de un bar llena de viejos cansados de las vallas insalvables son las canicas de un dios abstruso que maléficamente se solaza con los dolores de vientre de las margaritas salvajes del patio de butacas de un mundo metamorfoseado por las ventosidades clericales y politicastradas.

EL RUISEÑOR Y LA ROSA

Ficción

—Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —murmuró el Estudiante—; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
—¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! —repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas—. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
—Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico —se dijo el ruiseñor—. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
—El Príncipe da el baile mañana por la noche —seguía quejándose el Estudiante—, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
—Este sí que es un auténtico enamorado verdadero —seguía pensando el Ruiseñor—. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
—Los músicos estarán sentados en su estrado —decía el Estudiante—, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
—¿Por qué está llorando? —preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
—¿Sí, por qué? —murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
—Está llorando por una rosa roja —explicó el Ruiseñor.
—¿Por una rosa roja? —exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
—Necesito una rosa roja —le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
—Mis rosas son blancas —le contestó—, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Mis rosas son amarillas —contestó—, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Rojas son, en efecto, mis rosas —contestó—; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
—Una rosa roja es todo lo que necesito —exclamó el Ruiseñor—; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
—Hay una manera —contestó el rosal—, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
—Dímela —repuso el Ruiseñor—. Yo no me asustaré.
—Si quieres una rosa roja —dijo el rosal—, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía…
—La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja —murmuró el Ruiseñor—, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.
El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
—¡Alégrate! —le gritó el Ruiseñor—. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
—Cántame, por favor, una última canción —le susurró la encina—, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.
—He de admitir que ese pájaro tiene estilo —se dijo a sí mismo caminando por la alameda—, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.
Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.
La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
—¡Mira, mira —gritó el rosal—, la rosa ya está terminada!
Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
—¡Caramba, qué maravillosa visión! —exclamó—. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
Se inclinó por el balcón y la cortó.
En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
—Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja —exclamó el Estudiante—. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
Pero la jovencita frunció el ceño.
—Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo —repuso—, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
—Eres una ingrata incorregible —dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
—¿Ingrata? —dijo la muchacha—. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
Y muy altanera se metió en su casa.
—¡Qué cosa más estúpida es el Amor! —se dijo el Estudiante mientras caminaba—. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.

Oscar Wilde

EL RUISEÑOR Y LA ROSA

Ficción

—Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —murmuró el Estudiante—; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
—¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! —repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas—. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
—Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico —se dijo el ruiseñor—. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
—El Príncipe da el baile mañana por la noche —seguía quejándose el Estudiante—, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
—Este sí que es un auténtico enamorado verdadero —seguía pensando el Ruiseñor—. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
—Los músicos estarán sentados en su estrado —decía el Estudiante—, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
—¿Por qué está llorando? —preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
—¿Sí, por qué? —murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
—Está llorando por una rosa roja —explicó el Ruiseñor.
—¿Por una rosa roja? —exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
—Necesito una rosa roja —le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
—Mis rosas son blancas —le contestó—, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Mis rosas son amarillas —contestó—, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Rojas son, en efecto, mis rosas —contestó—; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
—Una rosa roja es todo lo que necesito —exclamó el Ruiseñor—; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
—Hay una manera —contestó el rosal—, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
—Dímela —repuso el Ruiseñor—. Yo no me asustaré.
—Si quieres una rosa roja —dijo el rosal—, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía…
—La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja —murmuró el Ruiseñor—, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.
El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
—¡Alégrate! —le gritó el Ruiseñor—. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
—Cántame, por favor, una última canción —le susurró la encina—, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.
—He de admitir que ese pájaro tiene estilo —se dijo a sí mismo caminando por la alameda—, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.
Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.
La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
—¡Mira, mira —gritó el rosal—, la rosa ya está terminada!
Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
—¡Caramba, qué maravillosa visión! —exclamó—. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
Se inclinó por el balcón y la cortó.
En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
—Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja —exclamó el Estudiante—. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
Pero la jovencita frunció el ceño.
—Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo —repuso—, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
—Eres una ingrata incorregible —dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
—¿Ingrata? —dijo la muchacha—. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
Y muy altanera se metió en su casa.
—¡Qué cosa más estúpida es el Amor! —se dijo el Estudiante mientras caminaba—. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.

Oscar Wilde