Labios finos, cejas finas, ojos saltones, calvo, macilento y recto como el cartón, esperaba frente a la puerta con la mirada inerte de un asesino. Una mueca indefinida en su cara, una extraña sonrisita que nunca se sabía si era de simpleza, decepción o desconfianza. Le llamaban “El polla mecánica”, aunque su verdadero nombre era Facundo. Acudía con la regularidad de un autómata todos los miércoles a las siete de la tarde y se quedaba inmóvil frente a la puerta hasta que “su novia” – como le decían las otras putas – aparecía flamante tras los cristales.
…
Facundo no tenía polla; se la habían cortado sus padres cuando era pequeño porque hubieran querido tener una hija y les vino aquel “pollastre” – como decía su padre.
A veces pienso que el rastro de muertes que este asesino está dejando sólo obedece a un catálogo de coleccionista: objetos, personas, lugares y motivos usados, únicamente se explican por la sistemática catalogación y clasificación de una mente obsesiva con una tendencia compulsiva a coleccionar. Un cordón, un simple cordón te hace dudar de todo.
Caso Swadesh. Lo he clasificado según el libro, pero no encuentro ninguna conexión con las circunstancias del asesinato, algo se nos escapa.
La ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.
—La transformación del asesinato en un arte simbólico.
El caso Wagner es esclarecedor. El asesino burla la inteligencia policial y los avances de la identificación genética. El progreso también beneficia al malvado. Ha falseado su huella genética, su firma es inconfundible pero indetectable en nuestros sistemas. ¿Sabiduría? Todo tiene su lado positivo y su negativo.
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