El telefonazo

Ficción

En la penumbra de la habitación, la única luz provenía de la lámpara de mesa, que proyectaba sombras alargadas y espectrales sobre las paredes. Entre esas sombras, dos figuras se recortaban como espectros en un teatro de sombras, inmóviles, tensas, esperando que la atmósfera cargada de secretos se rompiera de alguna forma.

—Dame un telefonazo—, dijo él, con la voz impregnada de un tono que pretendía ser casual, pero que no lograba disimular el temblor subyacente.

Ella lo miró, sus ojos, dos pozos oscuros en los que parecían naufragar las palabras. Un segundo de silencio se extendió como un abismo entre ellos. Luego, su mano, antes temblorosa, se posó con firmeza en el viejo teléfono de baquelita que descansaba sobre la mesa.

—¿Un telefonazo?—, repitió, como si saboreara cada sílaba, retorciendo el sentido de la palabra en su mente, explorando sus múltiples aristas.

Él asintió, incapaz de captar el peligro que se escondía tras esa expresión que siempre había sido inofensiva, cotidiana. Una expresión que había usado mil veces, sin pensar en su carga potencial, en la violencia sutil que podría encerrarse en sus pliegues.

Ella levantó el teléfono, y en un solo y fluido movimiento, cargado de una decisión fría, lo lanzó contra su cabeza. El impacto resonó en la habitación con un sonido sordo, como el final de una sinfonía que culmina en un acorde disonante. El teléfono, ya no más un objeto de comunicación, se convirtió en un arma, un juez mudo que dictó una sentencia inapelable.

Él cayó al suelo, sin comprender del todo lo que había sucedido. La oscuridad comenzó a envolverlo, primero en los bordes de su visión, luego en su mente, hasta que todo quedó en silencio.

Ella, aún con el teléfono en la mano, lo observó sin remordimientos, como si la acción fuera la culminación lógica de algo que había comenzado mucho antes, quizás en el momento en que él dijo esas palabras por primera vez, sin darse cuenta del poder que podían tener. El teléfono cayó de su mano, y con él, se desmoronó el último lazo que los unía.

En la penumbra, solo quedaban dos cuerpos inertes, uno en el suelo y otro que aún respiraba, pero que había dejado de ser humano hace mucho.

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