Confesionario

Ficción

La irisada mosca se posó en la gris celosía del confesionario.

CARLOS GAYOL.
Ave María Purísima.

PADRE YANKE.
Sin pecado concebida.

CARLOS GAYOL.
He vuelto a pecar, padre.

PADRE YANKE.
No, no, no… yo no puedo escucharte otra vez en confesión, hijo.

CARLOS GAYOL.
Será la última vez, se lo juro, padre, he decidido reformarme.

PADRE YANKE.

CARLOS GAYOL.
¿Padre? ¿Padre? ¿Está bien?

PADRE YANKE.
¿Eh? Sí, sí… pero… ¿lo has vuelto a hacer y dices que quieres reformarte? ¿Cómo piensas que voy a creerte?

CARLOS GAYOL.
Es la última vez, se lo juro.

PADRE YANKE.
¡No jures! ¡Vete, vete, no quiero escuchar tus horrendos crímenes!

4. El Padre…

Ficción

El Padre Yanke era gris. Su nombre era gris. Su cara era gris. Su pelo era gris. Su cabeza era gris. Sus gruesas gafas de culo de vaso eran grises. Su orondo cuerpo era gris. Su roída chaquetilla de lana -sobre su gris sotana- era gris. Su adocenado sermón era gris. La rancia casa parroquial donde vivía era gris. Su ramplona iglesia era gris. Las nausebundas hostias de consagrar eran grises. Su doliente y adulterado Cristo era gris. Su parroquia y sus gregarios parroquianos eran grises. Su mundo era gris. Todo alrededor del padre Yanke era gris, incluso su sangre no era roja, sino de un gris entre marengo y horchata. Todo -excepto Carlos Gayol, su cromático feligrés, contrito pecador y confesante reincidente- era gris. Gayol era una mosca negra en el vaso de leche agrisada del Padre Yanke, el cebo irisado de un triste y apagado pescador, de un pastor de grises y anodinos corderos modorros que pastaban en su agrisada y mohína pradera y que, en este preciso momento, llegaba revoloteando al excusado y vetusto confesionario del cura gris. […]