El árbol empezó a hacerlo a finales de octubre.
Nadie supo decir cuándo había aprendido.
Por las mañanas, los vecinos encontraban las aceras cubiertas de hojas amarillas. Al principio las barrían. Luego dejaron de hacerlo porque el barrendero descubrió que, al amontonarlas, desaparecían durante la noche.
Una madrugada decidió vigilar.
A las tres y diecisiete, el árbol se estremeció.
No fue el viento.
De sus ramas comenzó a caer una lluvia dorada, lenta y abundante. Las hojas descendían con una especie de alegría obscena, pegándose a los coches, a las ventanas, al pelo de los transeúntes dormidos.
El barrendero levantó la cabeza.
El árbol parecía desnudo de cintura para arriba.
Entonces vio que todavía quedaba una hoja.
Estaba en la rama más alta.
Temblaba.
El hombre esperó.
La hoja cayó.
Pero no llegó al suelo.
A mitad de camino se convirtió en una moneda.
El barrendero la recogió.
Tenía grabado su rostro.
A la mañana siguiente encontró otras doce.
Todas llevaban su cara.
Durante semanas fue recogiendo monedas.
Dejó de trabajar.
Compró una casa.
Después otra.
Finalmente compró la plaza entera y mandó cercarla.
El árbol quedó dentro.
Desde entonces nadie pudo acercarse a él.
Excepto el nuevo dueño.
Cada otoño entraba solo, cerraba la verja y esperaba.
El árbol comenzaba entonces su lluvia.
Monedas de oro.
Cientos.
Miles.
Todas con el mismo rostro.
Hasta que una noche cayó una distinta.
El hombre la recogió.
No tenía su cara.
Tenía la de un niño que aún no había nacido.
Levantó los ojos.
Por primera vez, el árbol estaba completamente desnudo.
Y sonreía.