Lo saben las piedras,
los dioses derribados,
las fotografías donde todavía sonríen
quienes ya no tienen boca.
Todo vuelve al polvo,
pero el polvo no vuelve a nadie.
¡Ay, qué larga es la vida de las cosas muertas!
Un imperio cabe en una mota,
un hombre entero en el silencio de un mueble,
una civilización bajo la uña
de un niño que juega a ser eterno.
Nosotros pasamos.
Con nuestros nombres, nuestros orgullos,
nuestras pequeñas vanidades de carne,
pasamos como pasa el viento
por las habitaciones abandonadas.
Y el polvo permanece.
Se posa sobre los libros no leídos,
sobre los retratos de los antepasados,
sobre las promesas que hicimos
cuando todavía creíamos en el mañana.
Nadie lo entierra.
Nadie le reza.
Nadie le pregunta de dónde viene.
El polvo dura… una eternidad.
Y acaso la eternidad no sea otra cosa
que sobrevivir a todo
sin que nadie recuerde
que alguna vez fuimos algo.