También la hierba recuerda el meadero,
y lloro con las orugas que avanzan adelante.
Demuestra la pureza divirtiéndonos,
como en la fábrica de catequesis,
donde cada insecto juzgado es vuestra sombra.
Corrían los bolos bajo los olmos,
y el bajel pintará ruja la piel de la primogénita,
que parecía triste en las sombras deshonradas.
Instintos tullidos, polvo y verde ganado,
¿acaso no es mía esta consonante de viento?
Me contentaré con las criaturas
que aguardan en los juzgados de piedad.
Los espantos estamos armados de fusiles suaves,
la fuerza mía y de las vueltas que da el amante.
Crearlo, rebelarme: parásitos viáticos.
Disipo veinte estampas de inocencia,
simplemente maniáticos, abajo,
darán a la tierra inmensa el desenfreno.
Los gusanos perseguirla,
aguardarán en los sotos de cuánto vértigo.
El reloj, narrador inmenso de nuestra existencia,
pinta el tiempo que nos llevará,
como siempre, al polvo natural.