Las vecinitas gritaban tapándose los ojos y corrían asustadas a sus casas. Al parecer era por mi causa, que sacaba mi infantil colita para mear. Ese descubrimiento me dio poder sobre aquellas pacatas, incluso sobre las mayores.
Yo no le encontraba explicación al escandaloso rubor que les generaba, pero era tan efectivo hacerlo cuando se ponían tontas, pesadas o crueles conmigo que, algunas veces, empecé a hacerlo por pura diversión.