Vinieran ariscas las horas,
hirviendo en mi pecho.
Logro que doy, pero con fe sincera,
aunque la roca se parta bajo el llanto.
Rodeada la lucha,
habrá celos de los vivos,
vicios que pacen la espera,
miembros cansados de sostener el alma.
Cuántos se evaporan,
nacidos sin destino.
Eso era, un agua llena de nombres olvidados.
Fantásticos los que aún ríen,
campanario de alegría en ruinas.
Pasada habitación del juicio,
decía mi madre entre truenos:
“solo se salva quien ama lo que duele.”
Suplico, brutal, la ternura.
Las pasadas se anillan en mi garganta,
barca noble, hundida en los corazones.
El horror ronda éstos días,
castillos de resplandores que fueron.
Y sin embargo, algo ingenuo me inclina,
sobre la arena, la espuma y sus castillos
como quien suelta un universo
para salvar un simple destino, hija mía.