Tu aliento me sostiene en este bosque frío,
oh blanca muchacha de los cielos xarleenes.
En tu monte de Venus cohabitará mi mano
con los memes sin nombre de mis labios
y, en mis brazos, tu sexo cesará de su lucha;
yo escucharé el poema de tus labios vaginales
mientras el diablo en la Gloria
sufrirá los terribles tormentos
por no poder dormir en tus pechos,
esas dunas de arena y erótica luz
que aborrecen la fétida sopa.
Mes: octubre 2024
AHASVERO
FicciónHoy nado hacia la muerte,
serenamente,
como un río hacia la mar.
LOLITA LEVINE
FicciónDON SEBASTIÁN, nombre en clave de otra de las víctimas del rey de los asesinos. La víctima era también conocida como Judío errante. El Serpiente ha destruido todos los sistemas electrónicos que le mantenían vivo.
BERTOLT BRECHT
FicciónNo entiende nada de literatura aquel que sólo toma en consideración a los autores consagrados. Un cielo sólo con estrellas de primera magnitud es una aburrida patraña. No es el firmamento.
EL CIELO ES MI CASA… ESTE SITIO, ESTE CIELO.
ANTOÑITO
FicciónEl tío Antonio toma el sol en la esquina y mira su reloj. Su única preocupación es saber la hora exacta. Y mantener su reloj de muñeca en hora, claro, mientras toma el sol en la esquina. Mira su reloj, agarrándose la muñeca, porque el pulso le tiembla, y acerca su vista, porque ya no ve bien. Las cinco y diecinueve, murmura. Dado que su reloj se retrasa por el día y se adelanta por la noche, le preocupa enormemente saber la hora exacta. Al cabo de los años ha calculado cuanto se retrasa y cuanto se adelanta. Para su edad es una compleja fórmula de resolver, pero a base de ensayo y error es casi seguro que puede calcular la hora en punto. Eso dice. Con frecuencia, cuando paso a su lado, me pregunta, bueno, en realidad siempre que paso a su lado me pregunta ¿Tienes hora? ¿Qué hora es? ¿Llevas reloj? Aunque de sobra sabe que sí tengo, porque en mi primera comunión me regaló un reloj, mi primer reloj, y siempre lo llevo puesto. A mí el tiempo no me importa, no, al menos todavía, pero como sé que me va a preguntar la hora, siempre lo llevo puesto. ¿Qué hora tiene tu reloj?, insiste. Las cinco y veinte, creo. Digo yo. Pero cómo que creo… —protesta— ¿ya son y veinte en punto o no? Como el tuyo tiene segundero es más exacto. A ver, dime la hora exacta, dice. Las cinco, veinte minutos y quince segundos, le digo para tranquilizarlo. Ah, ves, el mío no tiene segundero, …como es viejo. El mío todavía tiene y veinte. Se atrasa, por el día se atrasa. Y vuelve a mirar su reloj, su dorado y viejo reloj. Aunque por la noche se adelanta, ¿sabes? Me cuenta por enésima vez. Sólo está en hora dos veces al día, ¿sabes? Es un buen reloj, no creas. El mío sólo se adelanta, le digo, y ni siquiera sé cuánto. Y eso que te compré el mejor reloj que tenían en la tienda de Frasco, dice. Ya no hacen relojes como los de antes, Toni. Concluye, como siempre. Este me lo regaló mi tío Anton para mi primera comunión, como yo a tí, me revela. De pronto una náusea me invade. Me veo viejo, sentado al sol y contemplando mi viejo reloj con segundero, preocupado por cuánto se atrasa o se adelanta mi reloj, preguntando a mi sobrino ¿Qué hora es en tu reloj, Antoñito? Entonces corro a mi casa y agitado le digo a mi madre: yo no quiero llamarme Antonio, y arrojo el reloj a la basura.
El suicidio
FicciónEl suicidio no es una buena salida si acabas de hacerte la manicura.
A partir de ahora
FicciónVale, a partir de ahora seré más pragmático, usaré la llave inglesa para todo, y cuando me pidas árnica yo te daré con la llave inglesa de mi tío Rompehuesos, el camionero.
Instintos
FicciónLos instintos en sí no son malos; son energía disponible.
Quien comete poesía, comete pecado
PoesíaElegante individuo,
¿qué será de los mares azulados
donde se agita noctámbula
la parda debilidad del ignorante
si un escritor, un rey de la ceniza,
en este alquímico encallar de la normosis,
comete pecado al cometer poesía?
Ante la tumba de César Vallejo
PoesíaEl día era frío y el cementerio de Montparnasse parecía un pulmón de muerte y de quietud en medio de París.
J’ai tant de neige
pour que tu dormes
está escrito sobre tu lápida, César Vallejo, maestro de la pena y de las cucharas vacías. Como tristes exvotos te acompañaban un cepillo de dientes, una taza de café, unas piedras sobre un pañuelo, una hoja sucia en la que alguien te había escrito un poema, y una flauta andina en miniatura. Tu dolor estaba intacto, hermano. Yo te he dejado una rosa blanca como la nieve y silenciosa como el sueño.
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