Celso

Ficción

Celso tampoco aceptaba su sacrificio e hizo dejar bajo el septenario sus cándidos y transparentes zapatos. ¿Había llegado la hora cenit?
Cenit. No era la hora que Cenicienta estaba esperando. Un huracán procedente del polo la convirtió en cenizas. No era justo que así fuera. Todos lo lamentaron: aquel no podía ser su cenit, Cenicienta. Era demasiado joven para morir.

Cenicienta

Ficción

Cenicienta. Era demasiado joven para morir. Celso tampoco aceptaba su sacrificio e hizo dejar bajo el septenario sus cándidos y transparentes zapatos. ¿Había llegado la hora cenit?
Cenit. No era la hora que Cenicienta estaba esperando. Un huracán procedente del polo la convirtió en cenizas. No era justo que así fuera. Todos lo lamentaron: aquel no podía ser su cenit.

EXT. CALLE BALLESTA – DÍA

Ficción

El viento golpeaba la lona contra los andamios. Frío y sol radiante típico de Enero. En la esquina, Boni, que siempre llevaba los antebrazos al descubierto, se contoneaba con la rodilla doblada. En ese momento estaba ella sola en la calle. Era como un ensayo para cuando viniera un cliente. Se cruzó la eterna malla transparente que cubría sus pechos como una vieja que arregla su toquilla para entrar a misa. A través de ella se desbordaban sus enormes y blandos senos como de plástico. De pronto se percató de que la miraban.

BONI. Ya está aquí otra vez ese desgraciao. Yo me voy.

Boni puso sus tacones en marcha.

Boni no hacía ascos a nadie. Sólo una persona le resultaba imposible de soportar. Augusto producía en ella una repulsión instintiva. Con esa cara de moscote muerto que pone, esa sonrisa de estúpido y esos andares…

BONI. Eso jamás, –decía- no lo haría ni por mi madre. A mi no me hace ese lo que le hizo a la Pepi…

Boni

Ficción

El viento golpeaba la lona contra los andamios. Frío y sol radiante típico de Enero. En la esquina, Boni, que siempre llevaba los antebrazos al descubierto, se contoneaba con la rodilla doblada. En ese momento estaba ella sola en la calle. Era como un ensayo para cuando viniera un cliente. Se cruzó la eterna malla transparente que cubría sus pechos como una vieja que arregla su toquilla para entrar a misa. A través de ella se desbordaban sus enormes y blandos senos como de plástico. De pronto se percató de que la miraban.
– Ya está aquí otra vez ese desgraciao. Yo me voy. – Y puso sus tacones en marcha.

Boni no hacía ascos a nadie. Sólo una persona le resultaba imposible de soportar. Augusto producía en ella una repulsión instintiva. Con esa cara de moscote muerto que pone, esa sonrisa de estúpido y esos andares… Eso jamás, –decía- no lo haría ni por mi madre. A mi no me hace ese lo que le hizo a la Pepi.